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Julio Camba: La rana viajera (Alhena Media, 2008)

Julio Camba: La rana viajera (Alhena Media, 2008)

    GÉNERO
Viajes

    AUTOR
Julio Camba

    LUGAR Y FECHA DE NACIMIENTO
Villanueva de Arosa, 1884 - Madrid, 1962

    BREVE NOTA BIOGRAFICA
Considerado una de las plumas imprescindibles de España, Camba forjó un estilo que confirió al periodismo rango de literatura. Desempeñó su labor para distintas cabeceras, como España Nueva, El Imparcial y ABC. Corresponsal en Estambul, Londres, París y Nueva York, siguió la I Guerra Mundial y el crack de 1929. Entre sus obras destacan Aventuras de una peseta (1923), Sobre casi todo (1927) y Sobre casi nada (1927) y La ciudad automática (1932)



Julio Camba (1884-1962)

Julio Camba (1884-1962)


Magazine/Nuestro Mundo
Julio Camba: La rana viajera (Alhena Media, 2008)
Por Julio Camba, martes, 04 de noviembre de 2008
Alhena Media acaba de editar el octavo título de su colección Alhena Literaria. Se trata en este caso de una nueva entrega de Julio Camba, La rana viajera. Si en los dos títulos anteriores publicados en esta misma colección viajábamos por Europa (Aventuras de una peseta) o Nueva York (La ciudad automática), toca el turno a la España de las autonomías: Madrid, Cataluña, País Vasco y Galicia. En La rana Viajera, el lector tiene en las manos un libro divertido y triste a la vez, sagaz a la par que incómodo, no exento de una crítica mordaz y de una voluntad de crear polémica desde el humor y con un estilo ingobernable. Se trata de un libro que invita a repensar los problemas de este país desde una óptica distinta y que, conforme avanza, nos convence de la tremenda actualidad de Julio Camba como escritor: no es ya que algunos de sus artículos parezcan escritos anteayer, es que muchos podrían pasar perfectamente por ser la columna de pasado mañana.
EN EL RINCÓN DE LOS MILLONARIOS

I. El hierro

Cada vez que un bilbaíno me invita a comer, me parece que me da a comer hierro. El hierro es el pan de Bilbao. Todo ha sido aquí hierro en su origen, hasta el mármol y el oro de los millonarios de Algorta. Y el mismo chacolí, en estas alegres cenas bilbaínas, me produce un efecto así como de vino ferruginoso.

Constantemente se denuncian nuevos yacimientos, a veces bajo casas habitadas. Se denuncian calles, se denuncian viviendas, se denuncian amigos y vecinos... Y toda la actividad bilbaína, todo el tráfago gigantesco de la ría con sus hornos formidables, que durante el día eclipsan al sol y que enrojecen el cielo por las noches, no son más que un esfuerzo para convertir este hierro en oro y en billetes.

Hay quien dice que el dinero bilbaíno es más valiente que el dinero de otras ciudades españolas. Yo no creo gran cosa en la antropología del dinero. En un caso particular, el dinero puede ser más o menos audaz o más o menos timorato; pero, colectivamente, no hay calidades en el dinero: no hay más que cantidad. El dinero de un pueblo no es cobarde ni es valiente, sino que es poco o mucho. Las grandes fortunas, como los hombres grandes, se atreven a cosas que, por regla general, asustan a las fortunas pequeñas y a los hombres chiquitines. ¿Valor? No. Fuerza, peso, volumen.

Además, esto de tener el dinero en acciones es, poco más o menos, como tenerlo en fichas. Uno no le concede el mismo valor que si estuviera en billetes, y se lo juega. Todo el mundo pica. Un poeta bilbaíno que me quiso leer unos versos el otro día tuvo que buscar el manuscrito entre unas cuantas navieras que llevaba en la cartera.

Afortunadamente, Bilbao está llamado a tener más dinero cada vez, y uno no puede imaginarse su porvenir más que en una visión gloriosa. Hoy por hoy, Bilbao es ya una ciudad donde el dinero se cuenta por millones, y esta ciudad resulta doblemente extraordinaria porque se encuentra situada en el país de la calderilla.

II. El hombre que se vendió brea a sí mismo

Cuando un hombre, en Bilbao, dice que necesita vagonetas, esto no significa necesariamente que ese hombre necesite vagonetas. A lo sumo, las vagonetas las necesita un amigo de un amigo de un amigo suyo. Y cuando otro hombre, en el mismo Bilbao, le ofrece vagonetas a la gente, esto tampoco implica el que ese hombre tenga muchas vagonetas en su poder, sino que conoce a un señor, el cual, por medio de otro señor, sabe de un tercer señor que quiere vender vagonetas. Y así ocurre el que unos hombres que no necesitan vagonetas absolutamente para nada se pasen la vida comprándoles vagonetas a otros hombres que no las tienen. Y quien habla de vagonetas, habla de traviesas. Y quien habla de traviesas, habla de clavos. Y quien habla de clavos, habla de brea. Y quien habla de brea, habla de barcos. Y así sucesivamente.

Yo tengo en Bilbao un amigo que se compró a sí mismo trescientas toneladas de brea. No se trata de un bilbaíno, sino de un madrileño. A poco de llegar al café del bulevar, este chico dijo que necesitaba brea. En Maxim’s hubiese pedido whisky; pero en el café del bulevar se le desarrollaron apetitos de más importancia. Quería brea, muchas toneladas de brea, y, cuanto antes, mejor. Pasaron días, y los deseos de mi amigo fueron satisfechos. Mi amigo tuvo brea en gran abundancia; pero como, en realidad, él no necesitaba la brea para nada, al verse lleno de ella se puso a ofrecerla.

—¿Quién quiere brea? —dijo—. Yo puedo venderla en excelentes condiciones.

—¿Vende usted brea? —le preguntó un señor—. Pues yo le compro a usted trescientas toneladas.

Convinieron el precio y firmaron un documento. Pero el comprador no compraba por su cuenta, sino por cuenta de un señor a quien, quince días antes, le había oído decir que quería brea. Y este señor resultó ser precisamente mi amigo, el cual siendo vendedor de sí propio no pudo robarse gran cosa y sólo perdió la comisión.

¿Cuántas operaciones de este género no se harán diariamente en Bilbao? ¿Cuántos hombres que ni hacen clavos ni tienen fábricas de clavos, ni se dedican a industrias para las que se necesiten clavos, no vivirán de los clavos en esta ciudad? Es el comercio, el honrado comercio, genio del mundo moderno...

III. El vascuence

Yo he creído en el vascuence hasta que lo he oído hablar. Ahora tengo la idea de que hay trescientas, cuatrocientas, tal vez quinientas palabras de vascuence, y que todas las otras son una hábil invención. Me he enterado, por ejemplo, de que mientras los vascos españoles le llaman al tenedor tenedoroa, los vascos franceses le dicen fourchetoa. En una esquina, y al lado de un letrero que decía «Calle de Echembarrena», otro letrero ponía «Echembarrena kalea». Y cuando me dijeron que el segundo letrero estaba en vascuence, yo me reservé unas dudas bastante serias. Luego he oído decir «genté elegantía», por gente elegante, y otras cosas análogas. A veces, una palabra como «oguía», que significa pan, le desconcierta a uno; pero luego resulta que se trata de un derivado de hogaza.

—No se fíe usted —me dijeron algunos amigos—. Los que dicen «tenedoroa» y «genté elegantía» no saben vascuence; pero pregúntele usted a Mourlane Michelena...

Y en fuerza de oír esto he llegado a deducir que existe, en efecto, un rico vocabulario vascuence, y que Mourlane Michelena es su único depositario.

¿Qué hará con el vascuence Mourlane Michelena? Yo me explico que se tenga una casa para uno solo, y una botella para uno solo, y una mujer para uno solo; pero no me explico que nadie tenga un teléfono ni un idioma para usarlos exclusivamente consigo mismo.

¡Habrá que oír a Mourlane Michelena en sus monólogos aglutinantes y prearios! Pero, por otro lado, yo no puedo menos de felicitar a un hombre que, en medio del tráfago bilbaíno, se encuentra de pronto este tesoro de un idioma perdido durante tantos siglos.

Me explico que se coleccionen las palabras del vascuence con un espíritu de numismático, como pudieran coleccionarse raras, preciosas e interesantísimas monedas antiguas. Por mi parte, es con ese espíritu con el que las oigo; pero los «tenedoroa» y los «elegantía» me producen el efecto de duros sevillanos entre monedas romanas.



Nota de la Redacción: agradecemos a Alhena Media la gentileza por permitir la publicación de esta parte del libro de Julio Camba, La rana viajera (Alhena Media, 2008).
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