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Reyes Calderón: Los crímenes del número primo (RBA, 2008)

Reyes Calderón: Los crímenes del número primo (RBA, 2008)

    NOMBRE
Reyes Calderón

    OTROS DATOS
Reyes Calderón es profesora de Economía de la Empresa en la Universidad de Navarra y doctora en Economía y Filosofía. Amplió estudios en La Sorbona (París) y Berkeley (California). Además de Las lágrimas de Hemingway, ha publicado otras novelas históricas como Ego te absolvo y Gritos de independencia



Reyes Calderón

Reyes Calderón


Creación/Creación
Los crímenes del número primo
Por Reyes Calderón, viernes, 1 de febrero de 2008
La juez Lola MacHor está a punto de enfrentarse a la experiencia más terrible de su carrera: dos cuerpos con vestes clericales son encontrados en una remota ermita, brutalmente asesinados, y los cadáveres aparecen rodeados por una importante cantidad de dinero y de un antiguo Lignum Crucis. Todo parece indicar que el asesino está retando a la policía con un juego terrible que responde a algún tipo de regla matemática... Desde los ambientes palaciegos de la Iglesia a los monasterios más humildes, de la libertina Marbella a la conservadora Pamplona, esta intensa novela de intriga atrapa al lector desde la primera página. Un relato apasionante donde se combinan el horror y la ternura para conformar una obra hipnotizadora y de gran fuerza narrativa.

Por una fisura, el humo de Satanás ha entrado en el templo de Dios... El diablo existe… Es un ser viviente, espiritual, pervertido y pervertidor, una realidad terrible, misteriosa y temible.

Pablo VI, 29 de junio de 1972
Alocución. Noveno aniversario de su coronación


Prólogo


Nada ocurre por casualidad. Ni la impávida luz que se filtra tímidamente por las rendijas de tu ventana ni la nube que por un mísero instante pende del cielo sombreando tu lecho, nada, ni siquiera eso, se debe al azar. Lo aprendí instruyendo mi último sumario, el que la prensa llamó «los crímenes del número primo». Lo sé desde que las suelas de mis zapatos bajos pisaron aquella pequeña ermita tiznada de rojo oscuro, mucho más oscuro que rojo; lo sé porque aún huelo a romero.
Podrían haber pasado por accidentes fortuitos o por un ramillete de encuentros inesperados, sucesos amorfos que deambulan decorosamente por tu existencia sin dejar huella, pero bajo ese jardín de casualidades se ocultaba la verdad: los hados no tienen dueño porque, en realidad, no existen.
Creemos dominarlo todo, saberlo todo, controlarlo todo, pero antes de ser siquiera deseado, el sentimiento ya está diseñado. Late en el pecho un suave tintineo; en él se encuentra la clave de todo. Entiéndela, y podrás cabalgar por el bosque de las sombras hasta la pura casualidad, esa que no existe.
Lo sé porque aquella noche de luna creciente bajé a comprobarlo al corazón de las tinieblas; lo sé porque allí leí el mensaje, escrito en los mismos ojos del diablo.
No soy un número primo, pero doy fe de que existen. Yo he conocido dos muy distintos. He visto el cielo y el infierno, azufre y agua bendita, ambos bajo un mismo azar, señal de que lo que no existe no resulta, en definitiva, fundamental.


Cuando los sucesos que voy a referir acontecieron, había topado algunas veces (escasas en número) con miembros del estamento eclesiástico. No me pilló por sorpresa su actitud, mezcla de extremo respeto y excesiva altivez. Después de aquello, siempre con guante de seda, he asistido a algún juicio de faltas, he impuesto pequeñas penas o he amonestado a algún sacerdote enganchado al placer de la velocidad. Pero aquel día de junio fue para mí trascendental porque con quien topé no fue con un eclesiástico de tres al cuarto, sino con la Iglesia misma, con toda su majestad, con toda su magnificencia.
Quizás algún día, en su perenne resaca, la vida arroje nuevamente a mis pies despojos con veste clerical, pero tengo por cierto que ninguna marea será como aquélla, porque la verdad estaba allí, sumergida pero al alcance de mi mano, esperando, casi rogándome, que la rescatara de aquella negra orilla.
Lo hice. La caza no fue sencilla; nunca los asesinos son piezas fáciles, mucho menos si prueban la sangre y les gusta. La nuestra fue una batida lenta y tediosa. Muchas veces, harta de aquella maraña de acontecimientos, la idea de abandonar rondó por mi cabeza, pero no sucumbí a la tentación: era consciente, sigo siéndolo, de que los muertos —buenos o malos, santos o demonios— merecen todo nuestro respeto.
Acaso fuera el solideo color violeta; tal vez el ímpetu de los hechos o el número de cadáveres. No lo sé, pero tengo por cierto que, aunque dedique muchos más años de mi vida a la causa de la justicia, en éste o en cualquier otro juzgado de instrucción, no volveré a vivir una experiencia semejante.
Lo que pretendo en estas líneas es inmortalizar la historia. No quiero que se repita, no quiero que se olvide.

 

Libro primero. Perfume de azufre


Y Satanás respondió al Señor: «¡Piel por piel! Un hombre
da todo lo que tiene a cambio de su vida».
Libro de Job, 2:4

 

1


Monasterio benedictino de San Salvador de Leyre, Navarra
Madrugada del viernes, 11 de junio

Imposible. Que Pello Urrutia, de frágil cuerpo de anciano y templado carácter, abandonase en plena noche los muros del retiro benedictino y se internase en los parajes abiertos, parecía a todas luces imposible. Pero eso fue exactamente lo que Pello Urrutia hizo aquella madrugada de viernes; lo último que hizo antes de ser atraído por la irremediable llamada de la muerte.
Nadie comprendió el porqué. Los que tenían al menudo clérigo como ejemplo de hombre apacible y cabal se extrañaron tanto de su inesperado comportamiento que le tuvieron por perturbado. Era cierto que el padre Urrutia rara vez perdía los nervios. Nadie, ni siquiera los más allegados, le recordaban dominado por la excitación o la impaciencia, pero todos ellos desconocían los detalles que encendían su angustia; de haber estado al corriente, de haber olido el azufre, es posible que hubieran logrado salvarle.
Pero no lo estaban. Por ello, no supieron descifrar por qué, cercanas las cuatro de la madrugada, cuando aún la noche dormía sobre las colinas, el abad Urrutia no descansaba en su celda, como el resto de la comunidad. Ellos nunca comprendieron por qué, en aquella intempestiva hora, el abad emergió en el patio procedente del interior del claustro y obligó a sus titubeantes piernas a avanzar hacia el portón exterior, deprisa, al son del rumor que provocaba su gran rosario de cuentas al golpearle la cadera.
Sus íntimos no pudieron ver el testamento que sujetaba, ni vislumbraron en su frente el pavor que le ocasionaba la cercanía del mal, ni oyeron lo que rezaban los labios del abad cuando perseguía su destino; de haberlo oído, quizás hubieran entendido algo.
Pello Urrutia hablaba del humo, de uno muy especial; se refería al perfume de Satanás. Musitaba entre dientes, sin dejar de santiguarse, que el aliento de azufre del rey de las tinieblas se había colado por alguna fisura en el templo de Dios y, ya dentro, trataba de perpetuarse.
Pello Urrutia comprendió enseguida que aquello era obra del maligno pervertidor, cuernos de carnero, vergajo inmundo. Pero no entrevió siquiera que a aquella realidad, misteriosa pero etérea, nada más que humo, le seguiría otra mucho más tangible: la sangre, espesa y oscura.

Contemplaba sus últimas estrellas, aunque no lo sabía. Los que sostenían que su rostro, a juego con su níveo cabello, era fruto de alguna suerte de combinación genética, se equivocaban. Pello Urrutia tenía la memoria poblada de momentos en que ciertos sucesos habían reconcomido su alma. No eran sus genes sino la clausura benedictina la que había logrado que la dulce paz germinara en su alma. Al atravesar aquellos muros de vieja raigambre monástica, había sido tocado por la magia de la vida contemplativa y comprendido que la mitad del éxito estribaba precisamente en proscribir cualquier atisbo de precipitación, la lujuria del tiempo.
Lo que para Pello Urrutia había sido simple convencimiento, terminó haciéndose regla cenobítica cuando, por unanimidad, fue nombrado abad del monasterio benedictino de San Salvador de Leyre. Iban para diez los años en que se había consumado aquella designación y, desde entonces, su estilo monástico había fascinado a medio centenar de hombres, obligando a ampliar las primitivas instalaciones para acoger a la abundante cosecha de mansos frailes.
Pero cuando aquella madrugada de viernes los pies de Pello Urrutia pisaron sagrado y sus ojos comprobaron la tropelía que allí había tenido lugar, se vio invadido por un rosario de síntomas mundanos. Comenzó por sentir una desagradable sensación de peso en el estómago; luego sus piernas tiritaron como hojas de otoño; y sus flacos tobillos se negaron a sujetarle, obligándole a apoyarse en el muro. Hasta su nariz, de por sí aguileña, se inclinó peligrosamente hacia su boca, abierta por el estupor y la sorpresa.
Y lo peor fue que, al toparse con aquella sinrazón, su mente se apagó como claudica la pasión: de improviso. Ciego, trastornado sin remedio hizo lo que nunca habría aconsejado a otros: abandonó raudo el templo en dirección al infierno. Hacía mucho tiempo que no sentía aquella íntima turbación; ésta sería su experiencia terminal.
A trompicones, corriendo con toda la fuerza que permitía su exigua anatomía, consumida por la enfermedad y los años, se dirigió al garaje, una insulsa construcción adherida al magno edificio principal.
Cuando lo alcanzó, desaliñado y sudoroso, el alto dignatario exhibía un aspecto lamentable. Jadeante, con el color extraviado, levantó manualmente el portón y se acercó al Land Rover, propiedad del monasterio. Se le saltaban las lágrimas cuando subió al vehículo. Se sentó en el asiento del conductor y dejó el documento en el contiguo. Introdujo la llave en el bombín y se colocó el cinturón; tenía un chófer a su entera disposición y, por ello, falto de costumbre, estar al volante le causaba cierta desazón. Arreciaron las lágrimas; aun así, decidió seguir. Cogió con ambas manos su cruz pectoral y la obsequió con generosos besos, mientras decía en voz alta:
—El humo de Satanás, Señor, se ha vuelto a colar en tu casa… ¡Protégeme!
Iba a girar la llave cuando notó el aliento en su nuca. Se volvió y topó con la máscara negra. Sobre la base oscura, unos brillantes ojos verdes, por un momento, le recordaron tiempos pasados.
—Buenos días, abad —escuchó de una voz melódica, extrañamente tranquila—. Le agradezco que acepte mi repentina invitación.
El anciano no tuvo tiempo de responder. Unas manos enguantadas surgieron de la oscuridad y le sujetaron con fuerza por ambos lados. El clérigo trató de defenderse, pero era de complexión frágil y su oponente contaba con la ventaja de la sorpresa. El brazo izquierdo de su adversario le atenazaba el pecho; el derecho le obligaba a respirar a través de un pañuelo impregnado con una solución de fuerte olor.
Dominado por el pánico, el fraile clavó las uñas en su agresor, mientras sus ojos se agrandaron hasta adquirir cerca del doble de su tamaño. Pero el anestésico realizó enseguida su función. Los largos y huesudos dedos del abad se aflojaron hasta soltar por completo a su presa; luego se desmayó y su cabeza cayó hacia delante.
Al aminorar lentamente la presión, su asaltante permitió que la nívea cabellera del monje se rindiera ante el salpicadero. A pesar de la apariencia, el agresor esperó unos segundos, para confirmar que definitivamente el abad Urrutia cedía en la lucha. Cuando estuvo seguro de que su víctima se había sumergido en el sueño, pasó al asiento delantero por el amplio espacio que separaba los dos lados.
Antes de sentarse en el lugar del copiloto, retiró el pergamino y lo dejó sobre el salpicadero. Luego, se acomodó en el asiento y sacó del bolsillo un rollo de cinta aislante, con la que ató las muñecas y los tobillos del clérigo. Sólo entonces, soltó el cinturón del abad y arrastró el cuerpo, cogido por las axilas, hacia la parte de atrás. Finalmente lo tumbó en el suelo y lo tapó con la desgastada manta de cuadros verdes y rojos que encontró en el asiento trasero.
Sudaba cuando ocupó el puesto del conductor; se quitó la capucha y se secó el rostro. Sus ojos felinos resplandecían con el metálico brillo de las luciérnagas. No arrancó de inmediato. Esperó hasta acompasar su respiración. Mientras lo hacía echó un vistazo  a su antebrazo, que sangraba ligeramente a causa de los arañazos del abad. Pensó en sacar el pañuelo y vendarse la herida; luego cambió de opinión: cicatrizaría mejor en contacto con el aire.
Se serenó; debía completar su plan. Extendió la mano para recoger el pergamino, pero no estaba. De nuevo, el corazón le dio un vuelco. Miró hacia abajo, el documento había resbalado al suelo; lo recogió e introdujo en uno de sus bolsillos.
Giró la llave. El coche renqueó varias veces, pero al fin el ronroneo del motor diesel rompió el silencio de la noche. Apretó el mando a distancia, sujeto al salpicadero del Land Rover por una clavija. En el momento de trasponer la cancela y abandonar las tierras del monasterio, el asaltante detuvo el coche y miró hacia atrás.
Todo estaba en silencio; no obstante, las sombras de los muros de piedra parecían amenazarle, recriminando su acción. No fue ira lo que sintió; aun así, estalló como si aquella visión le hubiera dañado irremediablemente. Apretó con fuerza el acelerador. Una nube de polvo se elevó indecisa sobre el aire purísimo de la montaña.
El monasterio quedó atrás, durmiendo su pacífica soledad, erguido sobre la agreste balconada de la sierra de Errando, dominando Navarra y Aragón desde su altozano, ignorando las oscuras siluetas que se cernían sobre sus milenarios edificios de piedra y espíritu.


2


En aquellas frías horas matutinas, todas las estancias que componían el vetusto cenobio —el claustro y la sala de capítulo, la cocina y el refectorio, la biblioteca y la vieja despensa, el oratorio, el templo y las salas de recibir— se hallaban bajo el dominio de las tinieblas y el silencio de la noche. Sólo el rojizo reflejo de las pequeñas luces de emergencia arañaba las sombras, desfigurando grotescamente la iconografía de los retablos y capiteles que, por doquier, vestían sus paredes.
En las pequeñas celdas, articuladas en torno a las arcadas de medio punto del claustro, los monjes benedictinos disfrutaban del último sueño que el día habría de ofrecerles. Antaño, la regla de San Benito ordenaba partir varias veces el descanso nocturno, obligando a los sufridos frailes a levantarse para recitar el oficio divino. Pero el progreso se había deslizado hasta el mismísimo corazón de la Iglesia y, en Leyre, el retiro, que comenzaba cerca de las diez, tras el rezo del oficio de completas, era respetado hasta las cinco y media de la mañana, momento en que sonaba la campana de levanto y el monasterio volvía a la vida.
Pasaban unos minutos de las cuatro, cuando un ligero rumor rasgó el mutismo del convento. Procedente de la cámara más alejada del ala izquierda, una corpulenta figura, enfundada en un hábito marrón demasiado estrecho, emergió en el desierto pasaje. Sigilosamente, evitando arrastrar los pies y desplazándose siempre por el interior de la estrecha moqueta grana que marcaba el camino, el monje avanzó hacia la larga escalera, espaciosa y sobria, llamada de San Bernardo en honor al fundador del Císter, primera orden que pobló el monasterio.
Pese a que la negrura subyugaba la construcción con su férrea disciplina, el fraile avanzó resuelto. Cuando creyó haber llegado al lugar adecuado, se detuvo y extendió las manos, agitándolas mientras palpaba el aire. Necesitó varios segundos para localizar el pasamanos y acertar con el primer peldaño de la escalera. Luego, todo fue fácil.
El hermano Fermín Chocarro sonreía abiertamente mientras, agarrado a la balaustrada, descendía los retorcidos tramos de escalera. Había mirado la esfera reflectante de su reloj digital antes de abandonar su celda; esta vez, había cubierto el caliginoso recorrido en 42 segundos, dos menos que su mejor marca.
Mediaba el mes de junio, pero el frescor del alba parecía filtrarse por los muros convertido en una molesta humedad. El fraile bajó las escaleras frotándose las anchas manos para entrar en calor, al tiempo que, mentalmente, repasaba las tareas del día. Descendió sin pausa hasta el penúltimo rellano, donde se detuvo ante el amplio portón de roble que comunicaba el territorio destinado a clausura con la sacristía. Ubicada en el muro sur del gran templo abacial, la dependencia marcaba el punto de acceso al exterior, espacio abierto al mundanal ruido.
La recia puerta de doble hoja, construida en el siglo XVII, había sido remozada con un baño de antiestética pintura marrón que ocultaba completamente su origen. A cambio, se había respetado el nicho de coronamiento, cuyas toscas esculturas mostraban la aparición de la Virgen a san Bernardo. El fraile encendió la pequeña lámpara situada en el lateral de la puerta. Con la mano izquierda, apartó su capelina apenas unos centímetros, lo suficiente para sacar de su bolsillo un poblado manojo de llaves, aprisionadas en una gran anilla de hierro. Con parsimonia las pasó una tras otra, hasta encontrar la que buscaba. Dos giros y un ligero empujón fueron suficientes para que el mecanismo, bien aceitado, cediera y el hermano entrara en la sacristía.
Cerró la puerta tras de sí sin atrancarla; en breve, a las seis, el resto de la comunidad acudiría al gran tabernáculo para rezar el oficio de vigilias.
La sacristía, rectangular y barroca, cubierta por tres tramos de bóvedas de lunetos, reunía espléndidos relicarios, valiosos ornamentos litúrgicos y antiquísimas piezas de orfebrería: cálices de gusto plateresco, ostensorios barrocos, arquetas repujadas en oro y plata, bustos florentinos con las reliquias de las santas adoradas en el lugar… Pero para Fermín Chocarro aquella estancia era, fundamentalmente, su lugar de trabajo. Como sacristán del monasterio, formaba parte de sus competencias asegurar que ningún detalle del rito, por pequeño que fuera, violara la inercia de la vida monástica. Por eso, cuando el resto de los monjes aún dormía, él se arrastraba hasta el templo y comprobaba meticulosamente el buen orden de los libros sagrados, las partituras para el canto o el adorno del sagrario y las cosas santas. Por su cargo, el hermano sacristán gozaba de una libertad de movimientos que otros monjes tenían vedada y la aprovechaba a su modo: madrugaba más que el resto y disfrutaba de la soledad en las umbrías estancias del templo.
El orondo sacristán se acercó a la hornacina de piedra que contenía un precioso lavabo barroco y mojó apenas sus dedos. Ya se había lavado en su celda y el agua estaba muy fría. Tras secarse, preparó las vestiduras para la celebración litúrgica del día: alba y estola para todos los frailes; casulla roja, para el abad. Comprobó primero que la patena grande tuviera hostias suficientes y las vinajeras, agua y vino. Más tarde, que los corporales, los purificadores y el platillo de comunión estuvieran en su sitio y que los libros litúrgicos contaran con la señal en la página adecuada: semana XII del tiempo ordinario. Satisfecho con la labor, cogió de nuevo el aro de llaves y localizó la que le abriría el paso hasta el templo.
Cuando hubo abierto, el fraile se dio de lleno con el candor románico de la antigua iglesia. La sacristía se comunicaba con el magnífico edificio por el ábside más oriental, el de la epístola. Instintivamente, en cuanto sus enormes pies, calzados con sencillas sandalias de cuero, pisaron sagrado, izó los talones. Como si le preocupara despertar a los santos que reposaban en las criptas, Chocarro entró de puntillas en la gran nave.
La negrura cubría también la regia iglesia, aunque no completamente. Se acercaba el verano. En aquellas horas, el sol comenzaba a inyectar minúsculas hiladas de luz que iban tejiendo el día al diseminarse por la construcción, comenzando por los ábsides románicos, siguiendo por la bóveda ojival.
La iglesia abacial disponía de un moderno y caro sistema de iluminación; sin embargo, el sacristán no encendió los focos, la pizca de claridad le pareció suficiente. El padre administrador les recordaba constantemente que eran tiempos de penuria, demostrando ser muy corta la distancia que mediaba entre una existencia pacífica y la ruina. Por lo general, Chocarro obedecía todos los consejos, pero si evitó encender la luz no fue por el coste, sino por el placer de la noche. Conocía al dedillo el camino que debía recorrer y gustaba de atravesarlo en penumbra, teniendo como única guía las pequeñas motas de luz rasgada que penetraban por las estrechas ventanas de jambas inclinadas. Solía concederse ese capricho, aunque, en ocasiones, por mortificación, prendía la mitad de las bombillas. Aquella madrugada de viernes, se dejaría llevar por su antojo y caminó a oscuras entre los pétreos lienzos.
Sin pensar siquiera en otra posibilidad, dio por vacío el lugar y se movió por entre los viejos muros a sus anchas. Dentro del antiquísimo conjunto monástico, la iglesia era el edificio más visitado por turistas y curiosos, pero, naturalmente, a horas más tardías: las viejas campanas de bronce acababan de revolverse de nuevo anunciando las cinco.
Con la seguridad que otorga dominar las costumbres, el fornido sacristán comenzó su procesión hasta la capilla del Santísimo, fija la mente en la necesidad de comprobar de regreso que el ejemplar para la lectura bíblica del oficio estaba correctamente dispuesto. El jueves previo, un deplorable descuido había ocasionado que se leyera por segunda vez un pasaje de Las confesiones de san Agustín, cuando correspondía escuchar un bello fragmento de los Hechos de los Apóstoles, en el que se narraba la insólita llamada de Pablo de Tarso. El compungido sacristán había recibido del prior una seria reprimenda por ello y no estaba dispuesto a que se repitiese su error. En ese caso, le impondría un castigo consistente en reducir su comida a pan y agua, y al orondo hermano le costaba mucho soportar el hambre.
Sin embargo, el fraile sabía que disponía de tiempo suficiente. Por ello, disfrutó como cada día del apacible momento; recorrió el templo y se detuvo en cada una de las capillas laterales en las que saludaba a sus respectivos moradores con pequeñas jaculatorias.
Siguió por el muro de la epístola hasta la imponente portada románica que antaño conectaba con el exterior pero que, en la actualidad, cobijaba, con sus triples columnas y capiteles, la capilla del Santísimo. Rezó un credo agarrado a la verja labrada que impedía el acceso, y siguió su ruta. Durante el camino, entre dientes (era consciente de que poseía una nefasta sensibilidad musical), entonó Salve Regina; de las cuatro antífonas, la que más le gustaba. Aunque corta, no llegó a concluirla.
Mucho antes de completar su amable paseo, notó que algún extraño detalle descomponía la bella armonía del conjunto. No supo de inmediato de qué se trataba, pero, aun sin comprender el motivo, un extraño nerviosismo se adueñó de su ánimo y lo mortificó dolorosamente. El escalofrío se paseó a sus anchas por el gran corpachón del sacristán.
Dejó de cantar y miró inquisitivamente en torno, mas, en la penumbra, no observó movimiento alguno. No parecía haber nada anormal y, no obstante, a Fermín Chocarro su instinto le decía que algo muy grave estaba ocurriendo en aquellos instantes en aquel templo. De súbito, la bóveda parecía más alta y más fría; la piedra, hierro.
Frunciendo el ceño, apretando los labios, volvió sobre sus pasos. Su fina intuición le advirtió pronto de una extraña presencia. Le embargó el miedo, el mismo denso y negro pavor que sintiera cuando, de niño, soñaba con el demonio en forma de carnero oscuro y cuellilargo. Sí, pareciera como si el enemigo, el ángel negro, se hubiera colado en la casa del Padre y acechara ladinamente desde las sombras.
Cuando estaba asustado, Chocarro no se mostraba ecuánime. Por ello, sin pensarlo dos veces, salió corriendo hacia la enorme pila de mármol que rebosaba agua bendita. Se mojó sin cautela, más la palma de la mano que los dedos, y se santiguó varias veces. Pero en aquella ocasión, el poderoso líquido, bendecido con toda solemnidad por el abad del monasterio en la vigilia de Pascua, no produjo los benéficos efectos que esperaba.
El hermano sacristán fue presa del pánico e hizo lo que tenía por costumbre hacer, cuando era un infante y su madre no respondía a sus llamadas: hincó las rodillas en el suelo y volvió a declamar la antífona. Lo hizo lentamente, desgranando las sílabas, tratando de acompasar su agitada respiración. Al son de cada palabra, pronunciada en digno latín, la magna estructura fue retornando poco a poco a su estado original, puro, simple, espiritual, sin mácula.
«O clemens, o pia, o dulcis Virgo Maria…», entonó, con la desbocada voz que tanto molestaba al padre prior y a la mayoría de la comunidad. Convencido del imperio de la oración, al concluir el rezo dio por sentado que si una presencia había morado entre los ábsides, sin duda habría decidido marcharse. Ningún ser maligno resistiría tan sentido y confiado rezo.
En efecto, cuando se incorporó, el lugar parecía haber recuperado su fascinante paz, aquella que había conquistado el corazón de Chocarro hasta el punto de arrancarle de su idilio con las ecuaciones diferenciales. El gran matemático de cabellos alborotados y gesto cándido, pretendido por agencias estatales y universidades que veían en él a un nuevo Einstein, había caído perdidamente rendido ante aquella existencia sencilla, ante la serena luz emanada del sagrario, ante el sosiego de la vida hogareña.
Desde que, quince años antes, buscando unos fáciles días de descanso, atravesara la abrupta y desnuda sierra de Leyre para instalarse en el monasterio, se le había marchitado la piel y su hirsuta y pajiza cabellera aparecía casi nívea. La falta de ejercicio y la inadecuada alimentación habían agravado su tendencia a acumular grasas y su largo cuerpo se mostraba atocinado. Sin embargo, ni éstas ni ninguna de las muchas incomodidades propias de la vida monacal habían agriado su carácter. Sus pequeños ojos marrones mantenían su brillo original; su sonrisa, la frescura. De hecho, no había pasado un solo día en el que no hubiera encontrado una lozana alegría en aquel templo pálido y en penumbra, temprano, cuando el mundo dormía bajo su manta de cuadros negros.
Hasta aquel instante…
En pie, aún con las mejillas encendidas por la congoja, continuó su marcha recitando el resto de las antífonas. No había declamado más de cinco sonoros versos cuando el temor volvió a embestirle con la fuerza de un toro bravo. A empujones, una idea se hacía hueco en su mente, atrayéndolo a sus peligrosos rompientes.
—¡Dios mío! —chilló, mientras escudriñaba en torno por segunda vez en pocos instantes.
El hermano Chocarro acababa de darse cuenta de cuál era el elemento perturbador. La lámpara votiva no brillaba…
Es costumbre que en todas las iglesias de culto católico luzca encendida una pequeña linterna junto al sagrario, cuando éste se halla habitado. San Salvador de Leyre disponía de la suya, una preciosa pieza de plata, que poblaba con sus destellos el tabernáculo. Pero en ese momento, no parpadeaba… Pese a contener Pan Celestial consagrado, la lamparilla estaba apagada.
Mientras, con gesto adusto, Chocarro rememoraba sus andanzas vespertinas, dirigió diligentemente sus pasos a la capilla del Santísimo. Su recuerdo fue tajante: había puesto un cirio nuevo la noche anterior, tras el oficio de completas. Aunque los hachones eran cada vez de peor calidad, era imposible que se hubiera agotado el cabo en tan corto espacio de tiempo. En el interior del gran templo no soplaba el viento, ni había corrientes. Además, la vela estaba protegida por un cilindro de cristal.
—¡No, no y no!
El tono que el sacristán empleó daba a entender que no había lugar para la duda: aquel estridente detalle no era fruto de un lamentable accidente ni de un descuido suyo; debía de proceder de la voluntad humana. Pero ¿de quién?
Con pocas zancadas, el corpulento fraile cruzó el recinto. Mientras lo hacía, su temor fue acentuándose. Agarrado a la verja de la capilla del Santísimo, la pizca de enfado que la disonancia le había causado se transformó en estupor. No le hizo falta buscar la llave, la reja cedió al empujarla.
—¿Qué es esto? ¿Quién ha entrado aquí y cómo? —preguntó al aire, con porte desafiante.
Sin pensarlo dos veces, abrió completamente la verja y llegó hasta el sagrario.
—¿Qué ha pasado? ¿Dónde estás, mi Señor? —gritó desconcertado, girando varias veces sobre sí mismo, con los puños en alto, como protegiéndose las espaldas.
Con un intenso padecimiento en el alma, el monje descubría que el sagrario, su amado sagrario, había sido abierto, violada su puerta de oro y profanado su contenido.
La luz que filtraban los severos ventanales del muro meridional fue suficiente para atravesar el majestuoso templo y llegar hasta allí, pero apenas le permitía distinguir siluetas. Por ello, tras santiguarse tres veces, acercó su cabeza a la bellísima casa de oro, hasta casi introducirla en su interior. Ya cerca, los grumos de claridad le confirmaron la tragedia.
—¡No, por favor! —voceó volviéndose bruscamente, muy enojado—. ¡Devuélvemelo, seas quien seas! ¡No te haré nada, lo juro ante estos sagrados muros, pero restitúyelo a su casa! ¡Tú no lo entiendes, pero has de saber que es valiosísimo! ¡Parece humilde y frágil pan de trigo, pero es el Señor en persona!
Esperó con la cabeza alta, ansioso, abriendo mucho sus rasgados ojos color miel. Instintivamente, su pie izquierdo pateaba el suelo en clara señal de impaciencia. Su enojo iba poco a poco adquiriendo el estatus de ira.
Su tímpano se llenó de las voces del silencio, elocuentes. Por eso, los altísimos arcos parecieron doblarse sobre él en señal de duelo; la ojivas, enfocar sus lanzas hacia el cielo pidiendo venganza.
Permaneció perplejo unos segundos, con los párpados entornados y la mirada borrosa, sumergido en mil reflexiones contradictorias. ¿Qué debía hacer? ¿Qué habría hecho Jesucristo en su lugar?, pregunta que se hacía siempre que se enfrentaba ante un problema difícil de resolver. No tardó mucho en decidirse. Echó a correr con todas sus fuerzas hasta los interruptores y prendió todos los focos. No era momento para cálculos de costes.
—¡Por última vez, sal! —gritó. Su voz sonó potente, casi virulenta—. Desconozco qué te traes entre manos, pero no tengo intención de permitir que te vayas… ¿Me estás oyendo?... Mírame bien; obsérvame desde donde quiera que estés: peso 120 kilos, soy ágil y tengo la fuerza de un oso. Observa estos brazos, son capaces de tumbarte de un único puñetazo… Escucha: si estimas en algo tu integridad, muéstrate ya.
Sacudiéndose convulsivamente el inexistente polvo del hábito, Chocarro esperó. Como testigos mudos, la imagen de santa María y la gran talla del Crucificado siguieron la escena. Tras otra de las verjas, los cuerpos de los reyes de Navarra se revolvieron en su panteón y las reliquias de las santas Nunila y Alodia chirriaron. Pero nadie acudió a su llamada.
—¡Sal, alimaña corrupta, asqueroso demonio de los infiernos! —bramó, mientras, respirando trabajosamente, recorría la amplia nave buscando rastros del profanador.
A los pocos minutos, el fraile concluyó la infructuosa búsqueda. No encontró ningún rastro, pero mientras lo cruzaba, aquel lugar tan amado, plácida balsa de aceite místico durante tanto tiempo, se convirtió poco a poco en un territorio vacío, gélido, esquivo.
Volvió a la capilla del sagrario. Hasta el momento, había buscado al ladrón blasfemo: un hombre, quizás algún demonio. No había tenido suerte, pero pensaba tenerla con el botín.
—Seguro que se trata de un simple robo; sí, eso es, estoy ante un ladrón en busca de una valiosa pieza de oro —se expresó en voz alta, tratando de fortalecer su esperanza y de aminorar sus iracundos sentimientos de venganza.
En teoría, su pensamiento resultaba acertado. Lo que faltaba no era un copón modesto aunque digno, como la mayoría de los empleados para celebrar la eucaristía en las parroquias ordinarias. Se trataba de una antigua copa de oro fino, con un brillante incrustado de considerable masa y profunda claridad. El valor de vaso y piedra justificaban la elección del botín; el fácil acceso (la cerradura del sagrario era más testimonial que efectiva y el trinquete de hierro antiguo), la osadía.
El hermano Chocarro era consciente de que se trataba de una sustracción blasfema, a él aquel recipiente finamente repujado no le concernía. Sólo era un metal dorado, una baratija que brillaba al sol, una tontería a la que los hombres, y no Dios, habían decidido otorgar precio. Ante los hechos que zarandeaban el monasterio alcanzando de lleno a su Señor, una antigüedad valiosa no era más que un insignificante detalle. Lo que a él le importaba era que, si se confirmaba que el autor de la sustracción había sido un vulgar ladrón, era más que probable que sólo estuviera interesado en lo fungible. En ese caso, el contenido del copón habría sido despreciado y, por consiguiente, se hallaría cerca.
Alentado por estos razonamientos, el hermano Chocarro buscó con ahínco en los rincones contiguos al sagrario; más tarde, en toda la capilla del Santísimo, finalmente en el resto del templo. Revisó cada centímetro de la planta: la cabecera románica, toscamente bella; el sillar de los irregulares pilares; la nave de la epístola y el costado del evangelio y, por último, uno por uno, los modernos bancos de madera que llenaban la nave central. No encontró nada. Consciente de la gravedad de lo que acontecía, iracundo, se echó las manos a la cabeza y comenzó a mesarse los ensortijados y canosos cabellos. Por fin, sin saber qué hacer, corrió hasta la gran talla del Cristo crucificado y cayó de rodillas. Levantó la cara y se topó con la mirada serena del Crucificado, con la nariz afilada y los pómulos hinchados por los golpes, con la cabeza rendida.
—¡Perdona, Señor, ha sido culpa mía! Pero no te preocupes, te…
Mientras pronunciaba esta frase, una fugaz fragancia llenó su nariz. Olfateó el aire, confirmando la primera impresión: olía a perfume, una esencia densa y sensual, con ligeros toques de tabaco y madera. Podía haber sido de cualquier turista que visitara el templo el día anterior, pero entonces el olor se habría dispersado. Su cabeza empezó a funcionar a toda velocidad. Aquel perfume era reciente, por tanto, quien se lo hubiera rociado, estaría en los alrededores. Mantuvo la posición: postrado, plegado sobre sí mismo. Sin embargo, no rezaba; pensaba. Acababa de recorrer el templo de cabo a rabo. Era una iglesia abierta, sin sitios donde ocultarse…
Dio vueltas y más vueltas al problema, hasta que se acordó del lugar…
Bajo el gran templo, en una construcción parcialmente subterránea, existía una amplia cripta que reproducía la estructura superior de ábsides y naves. El lugar gustaba mucho a turistas y curiosos. Las visitas, previo pago, entraban en ella por una puerta situada en el muro exterior de la iglesia; sin embargo, también existía un acceso desde el interior del templo. Casi nunca se empleaba, pero había una tosca y primitiva puerta del siglo XI que comunicaba la nave con la cripta y con un antiguo pasadizo que llevaba directamente al claustro.
Corrió hacia ella. Cuando estuvo cerca, le pareció notar una respiración jadeante. Se detuvo, ocultándose tras una columna con el cuerpo tenso. En cuanto apareciera aquel sinvergüenza, le propinaría un buen derechazo. Aunque fuera todo un demonio, Chocarro estaba seguro de que no sería inmune a su juego de muñeca. Pero no apareció. Tras esperar unos instantes, finalmente continuó su marcha hasta la puerta.
La empujó, pero estaba cerrada. Nervioso, buscó en su manojo de llaves la correspondiente a aquel acceso. Tardó en encontrarla, porque rara vez los monjes empleaban ese camino; no obstante, una vez en la cerradura, bastó una pequeña presión para que la hoja cediera.
Bajó sigilosamente las tortuosas escaleras, apoyando la espalda en el muro de piedra. La posición le permitía mantener libres los puños para enfrentarse, si era menester, a una embestida del intruso, pero, sobre todo, le confería seguridad, porque los peldaños eran toscos e irregulares y la posibilidad de tropezar y bajar rodando, mayor. Cuando llegó al final de la escalera y pisó terreno firme, se detuvo unos segundos. Imperaba el silencio. Los ventanales abiertos en los ábsides y las angostas troneras insuflaban sobre la milenaria planta cuadrada rastros luminosos, los suficientes para que Chocarro atisbara los rincones del curioso hipogeo.
Ideada para salvar el desnivel del terreno y soportar el colosal peso de la cabecera de la iglesia superior, la cripta acumulaba ingentes masas de piedra, como un primitivo bosque de columnas, pilastras e inmensos capiteles. Sobre los árboles de piedra, lucía un cielo de bóvedas de cañón. Siempre apoyándose en los muros, el sacristán la recorrió. Mantuvo la cabeza gacha y la espalda inclinada. Aunque era difícil golpearse con las arcadas, la escasa altura de los fustes, en relación con las dimensiones de los capiteles, producía una agobiante sensación de claustrofobia.
Se paseó por la ruda nave, subdividida en otras más pequeñas por los grandes pilares cruciformes, husmeando en busca de rastros del perfume. Pero allí sólo olía a polvo y a tiempo. Fuera quien fuera el intruso, hombre o demonio, no había pasado por allí… Entonces cayó en la cuenta, se incorporó bruscamente y chocó con la frente en uno de los arcos del ábside meridional.
—¡Seré estúpido! —chilló, llevándose la mano a la cabeza—. ¡He dejado la sacristía abierta, le he dejado huir!
Abandonó el subterráneo como una exhalación, moviendo desaforadamente los brazos. Al culminar la ascensión, corrió a la sacristía; empujó la hoja hacia dentro e irrumpió ansioso en la estancia: un tumulto de aromas ahumados —tabaco, cuero y madera quemada— le abofeteó el rostro. El olor lo impregnaba todo: los cálices y casullas, los ostensorios y reliquias, el aguamanil de piedra, los arcos y las bóvedas.
Chocarro sintió una profunda rabia. Con el puño, golpeó una y otra vez el enorme armario de roble que contenía los ornamentos —casullas, amitos y cíngulos, capas pluviales y estolas— y ocupaba todo el ancho de la pared lateral. Como una extraña firma, rubricada con sangre, sus nudillos quedaron marcados en la madera.
No sabía qué debía hacer. Comprendía que era necesario perseguir al intruso y recuperar a su Señor, pero ¿qué camino habría seguido? El ladrón había atravesado la sacristía y entrado en la clausura y ésta era muy amplia: estaba dividida en dos plantas alrededor del claustro y contaba con muchas estancias auxiliares. El falsario podía haber huido por la zona de cocinas, salir por la portería, u ocultarse en la biblioteca o el refectorio. Además, el cenobio contaba con una hospedería monástica: siempre había hombres del mundo exterior que pasaban unos días conviviendo con los monjes y compartiendo con ellos oraciones y culto. Podía ocultarse en cualquiera de esas celdas…
Mientras pensaba en el mejor camino a tomar, la ola de furia bajó y le invadió una infinita soledad. Se envolvió la mano ensangrentada con su pañuelo y, de hinojos, pidió perdón a Dios por aquel ataque de ira. Hacía tantos años que no padecía uno, que volver a caer en el antiguo defecto le recordó su condición pecadora. Entonces, lo vio todo más claro: él era una pobre criatura incapaz de hacer algo a derechas; iría a la cabeza. Se incorporó de un salto y salió a la carrera en busca del responsable del monasterio. Las luces del templo quedaron encendidas; el libro del oficio divino, fuera del atril, abierto por la página equivocada; nuevamente el obispo de Hipona tomaba la delantera a los Hechos de los Apóstoles y a la conversión de san Pablo.
El gran templo milenario volvió a quedarse desierto, triste y silencioso.


Nota de la Redacción: Este texto forma parte de la novela de Reyes Calderón, Los crímenes del número primo (RBA, 2008). Queremos hacer constar públicamente nuestro agradecimiento a RBA Libros por su gentileza al facilitar la publicación de dicho texto en Ojos de Papel.


 

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