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Joshua Ferris: Entonces llegamos al final (RBA Libros, 2008)

Joshua Ferris: Entonces llegamos al final (RBA Libros, 2008)

    NOMBRE
Joshua Ferris

    OTROS DATOS
Se licenció en lengua y literatura inglesas por la Universidad de Iowa, y es diplomado en bellas artes por la de Universidad de California, Irvine. Sus relatos han aparecido en la Iowa Review, Best New American Voices y Prairie Schooner. Actualmente reside en Brooklyn.



Joshua Ferris

Joshua Ferris


Creación/Creación
Entonces llegamos al final
Por Joshua Ferris, martes, 08 de enero de 2008
Nadie nos conoce exactamente del mismo modo que los hombres y mujeres que se sientan a nuestro lado en las reuniones de departamento y que llenan el frigorífico de la cocina con sus yogures etiquetados. Cada oficina es una especie de familia, y la agencia publicitaria de Chicago que Joshua Ferris describe con brillantez en su primera novela es una familia en sus aspectos más extraños. Los empleados de esta agencia de publicidad se enfrentan al empeoramiento de la situación económica a la manera consagrada por la tradición: por medio del chismorreo, las aventuras sentimentales clandestinas, bromas rebuscadas y unas pausas para tomar café cada vez más frecuentes. A medida que despiden a un colega tras otro, los supervivientes analizan obsesivamente las decisiones de sus jefes, cuando no compiten por los mejores muebles de oficina que dejan sus compañeros o tratan de encontrar sentido a la misteriosa campaña publicitaria gratuita que es el único «trabajo» que les queda.

Estábamos malhumorados y demasiado bien pagados. Nuestras mañanas carecían de alicientes. Quienes fumábamos por lo menos teníamos algo que esperar a las diez y cuarto. A la mayoría nos caía bien casi todo el mundo, unos pocos detestábamos a determinadas personas, a uno o dos les gustaba todo, querían a todos y por eso eran objeto del unánime vilipendio. Nos encantaban los bollos que, de tarde en tarde, nos daban gratis por la mañana. Nuestros privilegios eran asombrosos por su cobertura y calidad. A veces nos preguntábamos si merecían la pena. Pensábamos que quizá sería mejor marcharnos a la India, o volver al parvulario. Hacer algo con los disminuidos físicos o trabajar con las manos. Nadie se dejó llevar jamás por tales impulsos, pese a sus crispaciones cotidianas, en ocasiones constantes. En lugar de eso, nos reuníamos en salas de conferencias para hablar de los asuntos de la jornada.
En general, nos llegaban tareas que hacíamos a tiempo y de manera profesional. A veces se producían cagadas. Errores de impresión, cambios en el orden de las cifras. Nuestro negocio era la publicidad y los detalles eran muy importantes. Si el tercer número tras el segundo guión del número telefónico gratuito de un cliente era un seis en vez del ocho que aparecía impreso en la revista Time, nadie que hubiera leído el anuncio habría podido llamar y hacer su pedido. No importaba que pudieran consultar la página web, nos quedábamos sin cobrar el anuncio. ¿Te aburre ya lo que estoy contando? A nosotros nos aburría a diario. Nuestro hastío era permanente, un hastío colectivo que no moriría jamás porque nosotros no moriríamos jamás.
Lynn Mason se estaba muriendo de cáncer. Era socia de la agencia. ¿Muriendo? No era seguro. Tenía poco más de cuarenta años. Cáncer de mama. Nadie sabía con exactitud por qué todo el mundo había llegado a enterarse del hecho. ¿Era un hecho? Algunos hablaban de rumor. Pero lo cierto era que no había tal rumor. Existían los hechos, y existía aquello que no salía a relucir en la conversación. El cáncer de mama era controlable si se trataba en las primeras etapas, pero tal vez Lynn había esperado demasiado. Recordábamos la época en que mirábamos a Frank Brizzolera y pensábamos que le quedaban, si acaso, seis meses de vida. Le llamábamos El Viejo Brizz. Fumaba como un poseso. Salía del edificio a pesar de las inclemencias el tiempo, sin otra cosa que un chaleco de punto, para aspirar el humo de sus Old Golds. Entonces, y sólo entonces, parecía imperturbable. Cuando volvía, el hedor a nicotina le precedía por el pasillo, y allí permanecía hasta mucho después de que él hubiera entrado en su despacho. Empezaba a toser y, desde nuestros despachos, oíamos cómo se solidificaba el sedimento en sus pulmones. Debido a la tos, algunos le incluían todos los años en su Previsión de Fallecimientos de Famosos, a pesar de que no era una celebridad. Él lo sabía, sabía que estaba en peligro de muerte y que ciertos individuos aficionados a las apuestas se beneficiarían con su desaparición. Lo sabía porque era uno de nosotros… y lo sabíamos todo.
O casi todo: no sabíamos quién robaba cosas de los despachos de los demás. Siempre pequeños objetos como postales o fotografías enmarcadas. Teníamos nuestras sospechas, pero ninguna prueba. Creíamos que, fuera quien fuera, no lo hacía probablemente por el botín
sino por provocar, por adicción al placer de birlar; o tal vez se tratara de un grito patológico en busca de atención. Hank Neary, uno de los redactores negros de la agencia, preguntó:
—Vamos... ¿quién querría mi cepillo de dientes de viaje?
Tampoco sabíamos quién era responsable de haber puesto el rollito de sushi detrás del estante de Joe Pope. Durante los dos primeros días Joe no advirtió nada. Luego empezó a olisquearse furtivamente los sobacos y a ponerse la palma de la mano ante la boca para comprobar su aliento. Hacia el final de la semana estaba seguro de que no se trataba de él. Nosotros también lo olíamos. Persistente, intenso en las fosas nasales, era peor que el olor de un animal moribundo. Joe sentía náuseas cada vez que entraba en su despacho. A la semana siguiente el olor era tan repugnante que el personal del edificio se aplicó a fondo y registró la oficina hasta encontrar el pastelillo de atún, pescado blanco, salmón y brotes. Mike Boroshansky, el jefe de seguridad, se llevaba continuamente la corbata a la nariz, como si fuese un auténtico policía en la escena del crimen.
Como era costumbre tras cada encuentro, nos dábamos mutuamente las gracias. Nuestro agradecimiento nunca era fingido ni mordaz. Nos agradecíamos haber hecho el trabajo con tanta rapidez, habernos esforzado. Cada vez que nos reuníamos, al finalizar, agradecíamos a los convocantes que hubieran concertado la reunión. Pocas veces decíamos algo negativo acerca de estas reuniones. Sabíamos que casi siempre eran bastante inútiles; de hecho, una de cada tres o cuatro carecía de interés u objetivo, pero muchas revelaban lo único que importaba, así que asistíamos a ellas y luego nos dábamos mutuamente las gracias.
Karen Woo siempre tenía algo nuevo que decir; la aborrecíamos por ello. Empezaba a hablar y los ojos se nos ponían vidriosos. ¿Sería posible, como a veces temíamos durante el trayecto de regreso a casa, que fuéramos unos individuos crueles e insensibles, incapaces de ser solidarios, llenos de rencor hacia la gente sin más motivo que el de su proximidad y familiaridad? De repente descubríamos que no estábamos dando lo mejor de nosotros mismos. ¿Deberíamos marcharnos? ¿Resolvería eso el problema? ¿O acaso esas cualidades eran innatas y nos condenaban a la maldad y la mezquindad de espíritu? Esperábamos que no.
Marcia Dwyer se hizo famosa por haber enviado un correo electrónico a Genevieve Latko-Devine. Marcia solía escribirle a Genevieve después de las reuniones. «Es realmente irritante trabajar con gente irritante», le decía. Se detuvo ahí y aguardó la respuesta de Genevieve. Normalmente, cuando recibía una contestación, en vez de escribir de nuevo, cosa que le llevaría demasiado tiempo, Marcia era directora de arte, no redactora, iba al despacho de Genevieve, cerraba la puerta y hablaban. Para Marcia, la única ventaja del irritante entredicho con la irritante persona era la idea de contárselo todo a Genevieve, quien la comprendería mejor que nadie. Marcia podía llamar a su madre, y la escucharía. Podía llamar a uno de sus cuatro hermanos, y cualquiera de aquellos tipos del Southside estaría más que dispuesto a dar una paliza a
la persona que la hubiera irritado. Pero no comprenderían. Se sentirían solidarios, que no es lo mismo. Genevieve apenas tenía que hacer un gesto con la cabeza para que Marcia supiera que la entendía. ¿No comprendemos todos la imperiosa necesidad de que alguien nos comprenda? Sin embargo, el correo electrónico que Marcia recibió no fue de Genevieve, sino de Jim Jackers. «¿Te refieres a mí?», escribió. Y de Amber Ludwig: «No soy Genevieve». Benny Shassburger escribió: «Creo que la has pifiado». TomMota escribió: «¡Ja!». Marcia estaba avergonzada. Recibió sesenta y cinco correos en dos minutos. Uno de ellos era de Recursos Humanos: le advertía de los peligros de enviar correos personales. Jim le escribió una segunda vez: «¿Puedes decirme, por favor, si soy yo, Marcia? ¿Soy la persona irritante a la que te refieres?».
Marcia la tenía tomada con Jim porque algunas mañanas iba a los ascensores arrastrando los pies y nos saludaba diciendo: «¿Qué hay, negros míos?». Lo decía en broma, esforzándose por ser gracioso, pero no tenía maldita la gracia. Nos hacía sentir vergüenza, sobre todo a Marcia, en especial si Hank estaba presente.
En aquella época era extraño que cualquiera empujara a toda velocidad, pasillo abajo, a otro sentado en un sillón giratorio. Allí, la mayor parte del tiempo transcurría en larguísimos silencios durante los cuales podíamos oír nuestra propia respiración cuando nos encorvábamos sobre los escritorios, trabajando absortos en alguna tarea que tuviéramos entre manos... Largos silencios antes de que Benny, aburrido, viniera y se detuviese en el umbral.
—¿Qué estás haciendo? —preguntaba.
Podía haberse dirigido a cualquiera de nosotros.
—Trabajo —era la respuesta habitual.
Entonces Benny daba unos golpecitos con su anillo de topacio auténtico en la puerta y se alejaba.
¡Cómo odiábamos nuestras tazas de café! Las almohadillas para el ratón, los relojes de mesa, los calendarios, todo el contenido de los cajones de la mesa. Incluso las fotos de nuestros seres queridos en los márgenes de la pantalla del ordenador para darnos ánimos y apoyo, se convertían en empalagosos recordatorios del tiempo de encierro cumplido. Cuando nos trasladamos a una oficina nueva más espaciosa, a la que llevamos nuestros bártulos, todo volvió a gustarnos. Pensamos detenidamente dónde íbamos a colocar las cosas y, al final de la jornada, contemplamos satisfechos el aspecto que tenían nuestros viejos trastos en aquel sitio nuevo, más cómodo y digno. Entonces no tuvimos la menor duda de que la decisión había sido acertada, mientras que la mayor parte del tiempo éramos mujeres y hombres inseguros. Dondequiera que mirases, en pasillos y lavabos, en el bar y la cafetería, en los vestíbulos y las fotocopiadoras, allí estábamos nosotros con nuestras tribulaciones.
Por lo visto, no había más que un sacapuntas electrónico en todo el puñetero lugar.
No teníamos mucha paciencia con los disconformes. Todo el mundo lo era en uno u otro momento; de poco nos servía quejarnos de nuestra increíble suerte. En nuestro país las cosas iban bastante bien, a nuestro favor; para las empresas era fácil obtener dinero. Coches al alcance de cualquiera, coches que apenas cabían en los senderos de acceso a las casas, tenían el atractivo de lo invulnerable, teníamos la certeza de que, una vez a bordo, nada malo podría sucederles a nuestros hijos. Continuamente se hablaba de primeras ventas de acciones ordinarias a inversores públicos. Además, todo el mundo conocía a un banquero. ¡Era un placer dar una vuelta en bicicleta alrededor de la reserva forestal un domingo de mayo, con bicicletas de montaña, botellas de agua y cascos de seguridad! La tasa de delitos era más baja que nunca y oíamos historias de antiguos beneficiarios de subsidios de desempleo que ahora tenían puestos de trabajo fijos. A diario se introducían en el mercado nuevos productos para el pelo; en los estantes de vidrio de nuestros estilistas se sucedían las pulcras hileras de envases que contemplábamos en el espejo mientras charlábamos, convencidos de que uno de aquellos productos era exactamente el que necesitábamos. Sin embargo, a algunas les costaba encontrar novio y otros mal jodían con sus esposas.
Algunos días nos reuníamos en la cocina del piso sesenta para almorzar. En la mesa sólo había espacio para ocho. Si todos los asientos estaban ocupados, Jim Jackers tenía que comerse el bocadillo apoyado en el fregadero y tratar de intervenir en la conversación desde allí. Para los demás era muy cómodo que, si lo necesitábamos, pudiera pasarnos una cuchara o un sobrecito de sal.
—¡Es irritante de veras trabajar con gente irritante! —dijo TomMota a quienes estaban reunidos alrededor de la mesa.
—Que te jodan, Tom —replicó Marcia.
Los especialistas en el reclutamiento de ejecutivos nos perseguían.Nos asediaban con promesas de mejores puestos y aumentos de salario. Algunos se marcharon, pero la mayoría nos quedamos. Nos gustaban las perspectivas que teníamos allí y queríamos evitar el fastidio de conocer gente nueva. Habíamos tardado en habituarnos unos a otros, en sentirnos cómodos. El primer día los nombres te entraban por un oído y salían por el otro. Te presentaban a un tipo de pelo rojo fulgurante y piel blanca cuajada de pecas y, antes de que te dieras cuenta, estabas delante de otro y otro más. Transcurridas las primeras semanas empezabas a relacionar el nombre con la cara, y un día ambas cosas quedaban unidas para siempre como si se hubieran soldado: el pelirrojo impaciente se llamaba Jim Jackers. Dejabas de confundirlo con «Benny Shassburger», cuyo nombre solías ver en los correos y las notas, pero a quien aún no reconocías como el judío un tanto entrado en carnes de cara fofa, con rizos como sacacorchos y risa fácil. ¡Había tanta gente! Tantos físicos, colores de cabello y maneras de expresarse…
El cabello de Marcia Dwyer se había quedado anclado en los años ochenta. Marcia escuchaba una música terrible, de grupos que habíamos
superado en el instituto. Algunos ni siquiera habíamos escuchado esa música, y nos parecía inconcebible que pudiera disfrutar de semejante ruido. A otros no nos gustaba nada la música, unos pocos preferían las charlas radiofónicas y eran muchos los que mantenía sus receptores sintonizados en la emisora de los clásicos. Por la noche, cuando la gente se había ido a casa, todo el mundo dormía y el ritmo de la ciudad se había desacelerado, los clásicos seguían sonando en la oficina abandonada. Imagínatelo... sólo un paralelogramo de luz en el umbral. Una alegre melodía de los Drifters que suena en la oscuridad a las dos o las tres de la madrugada, cuando en otros lugares se producen asesinatos, trapicheos con drogas y atroces asaltos. La tasa de delitos era baja, pero aún no eran cosa del pasado. Por las mañanas, los pinchadiscos favoritos volvían a poner nuestros clásicos preferidos. La mayoría nos comíamos primero la crujiente corteza y luego el resto del bollo. Eran las mismas canciones que hubiesen sonado durante un invierno nuclear.
Teníamos muchos recuerdos viscerales de horas aburridas e interminables. Entonces, un buen día, la jornada transcurría en perfecta armonía con nuestros proyectos, nuestros familiares y compañeros de trabajo. Y no podíamos creer que nos pagaran por hacer aquello. Decidíamos celebrarlo con vino a la hora de cenar. A algunos nos gustaba un restaurante concreto, mientras otros se dispersaban por la ciudad para probar aquí y allá y hacer la crónica. A Karen Woo le resultaba de vital importancia ser la primera en conocer un nuevo restaurante. Si alguien mencionaba un restaurante que Karen desconocía, podías jugarte la camisa a que ella estaría allí aquella noche, para probar y hacer la crónica. Y cuando a la mañana siguiente nos hablaba de lo estupendo que era (a quienes no conociéramos la existencia del restaurante que acababa de descubrir), nos recomendaba probarlo. Quienes seguíamos el consejo de Karen dábamos el mismo consejo a quienes no se habían enterado y no tardábamos en tropezarnos unos con otros en el nuevo restaurante. Para entonces nadie encontraría allí a Karen.
En la época en que los presupuestos iban bien y del notable ascenso del NASDAQ, nos dieron polos de algodón de calidad con el logotipo de la agencia a la altura del pecho izquierdo. Eran para algún acontecimiento especial; todos los llevábamos con el orgullo de pertenecer a la empresa. Después del acto, era raro ver a alguien con el polo, no por falta de orgullo, sino porque era un poco embarazoso que te vieran con una prenda que se sabía era un regalo. Al fin y al cabo, nuestros portafolios estaban llenos de ofertas del NASDAQ, y aunque nuestros padres sólo hubieran podido comprarnos ropa en Sears, ahora podíamos permitirnos comprarla en Brooks Brothers y no teníamos ninguna necesidad de los polos de la empresa. Los cedíamos a una organización benéfica, languidecían en nuestros cajones o nos los poníamos para cortar el césped. Años después, Tom Mota exhumó aquel polo de alguna caja con ropa que tenía debajo de la cama. Es muy probable que lo encontrara cuando el juez ordenó que se dividiera con su esposa los bienes muebles. Se lo puso para ir al trabajo. Lo había llevado, igual que todos nosotros, el día que se celebró un evento, pero desde entonces su vida había dado un cambio espectacular, y el hecho de que no le importara que lo vieran con una prenda que la mayoría nos poníamos para lavar el coche, fue un indicio de su estado mental. La verdad es que el polo era de un algodón realmente bueno. Tom volvió a usarlo al día siguiente. Nos preguntamos dónde dormía. El tercer día nos preocupó su régimen de duchas. Tras una semana con el mismo polo, esperábamos que despidiera cierto olor. Pero Tom debía de haberlo lavado; nos lo imaginamos con el torso desnudo en la lavandería, contemplando el polo que giraba en la secadora, porque no le permitían volver a su casa en Naperville.
A finales de mes, imaginamos que aquello no tenía nada que ver con el divorcio de Tom. Treinta días seguidos con el polo de la empresa... era el comienzo de la campaña de agitación de Tom.
—¿Vas a cambiártelo alguna vez? —le preguntó Benny.
—Me encanta este polo. Quiero que me entierren con él.
—¿Quieres el mío para que, por lo menos, puedas cambiarte?
—Me gustaría mucho —respondió Tom.
Así pues, Benny le dio su polo a Tom, pero él no lo usó para ambiarse, sino que se lo puso encima del suyo. Dos polos, uno debajo del otro. Nos abordó a los demás y también nos pidió los polos. Jim Jackers aprovechaba cualquier oportunidad para congraciarse con el prójimo, y Tom no tardó en ir por ahí vestido con tres polos.
—Lynn Mason está empezando a hacer preguntas —dijo Benny.
—Orgullo de pertenecer a una empresa —replicó Tom.
—¿Pero tres a la vez?
—No sabes qué hay en mi corazón —dijo Tom, golpeando tres veces con el puño el logotipo de la empresa—. No sabes qué es el orgullo de pertenecer a una empresa.
Algunos días llevaba el verde encima; otros, el rojo; y otros, el azul. Más adelante descubrimos que había sido él quien fijara con cinta adhesiva el rollito de sushi detrás del estante de Joe.Era el responsable de muchas cosas, incluido el cambio de las emisoras de radio, de la instalación de salvapantallas pornográficos y de dejar su simiente en el suelo del lavabo en las plantas sesenta y sesenta y una. Supimos que era él porque, después de que lo despidieran, las radios funcionaron sin contratiempos y los guardianes dejaron de quejarse a la administración.
Era la época de los folletos gratuitos y las baratijas de las promociones. Nadábamos en la abundancia gracias al boom de internet, del que sacábamos buen partido. Sosteníamos que el diseño del logotipo era tan importante como las prestaciones del producto y los sistemas de distribución. «De fábula», eran las palabras que empleábamos para calificar nuestros diseños. «Una pijotería», decíamos de los de otras agencias, a menos que se tratara de un logotipo realmente bien diseñado, en cuyo caso nos inclinábamos ante él, más o menos como los antiguos mayas se inclinaban ante sus dioses paganos.
También nosotros creíamos que aquello no terminaría jamás.


Nota de la Redacción: Este texto forma parte de la novela de Joshua Ferris, Entonces llegamos al final (RBA, 2008). Queremos hacer constar públicamente nuestro agradecimiento a RBA Libros por su gentileza al facilitar la publicación de dicho texto en Ojos de Papel.

 

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