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Joan del Alcàzar es profesor de Historia Contemporánea de América de la Universidad de Valencia

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Brasil

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Estados brasileños

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Fernando Henrique Cardoso

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Luiz Inácio "Lula" da Silva

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Salvador Allende

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Antonio Gramsci

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Lula y Fernando Henrique Cardoso

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Tribuna/Tribuna internacional
Lula, el síndrome Allende y la revolución pasiva a la brasileña
Por Joan del Alcàzar, martes, 15 de julio de 2003
Para Aggio, por las horas de discusión.

Vivimos tiempos de desolación. El pesimismo campa entre quienes no tenemos la mente tan esclarecida --o simple, o malvada-- como esos gobernantes que con tan extraordinaria facundia pretenden redefinir a cañonazos las líneas maestras de la geopolítica mundial. Y los malos augurios se adueñan de esa mayoría de ciudadanos que nos enredamos en cuestiones tales como la relación entre ética y política, el abismo que debiera separar la paz de la guerra, la vigencia o no del concepto mismo de derecho internacional u otras cuestiones incluso más escabrosas que ahora no vienen al caso.
Aturdidos, entiendo, hemos dejado de atender a la evolución de un proceso que había captado nuestro interés por cuanto de singular rayo de esperanza tenía a ojos de muchos de nosotros. Se trata de la nueva etapa abierta en Brasil tras la elección de Luiz Inácio Lula da Silva como presidente de la República. Han pasado tres meses desde su acceso a la más alta magistratura republicana y, dejando siquiera sea por un momento la zozobra que provoca la guerra, queremos avanzar ya algunas reflexiones sobre la nueva realidad política del país.

Brasil es, por sus dimensiones territoriales, demográficas y económicas, un gigante no sólo para América Latina sino también para el mundo. Un gigante, eso sí, que lamentablemente es el paradigma de lo que Luis de Sebastián ha llamado la sociedad dual: aquella en la que coexisten dos mundos en uno, el primero y el tercero, bajo la misma bandera y el mismo gobierno. Es verdad que América Latina es, como subcontinente, una sociedad dual; pero, en esa región de la desigualdad, Brasil es, tras Nicaragua, la nación más polarizada del área: el 20 por ciento más rico se reserva el 63 por ciento del ingreso nacional; esto es, 24 veces más que el 20 por ciento más pobre. Brasil, se ha dicho muchas veces, "es el país de los excluidos". Para Fernando Henrique Cardoso, FHC, hasta hace poco presidente, Brasil "más que pobre, es un país injusto".

No puede negarse a FHC un balance positivo en su tarea de gobierno. En estos últimos ocho años se ha mejorado sustancialmente en indicadores educacionales y sanitarios, como también se han reducido las cifras de pobreza. No obstante, las magnitudes siguen siendo pavorosas: de un 42 por ciento de pobres en 1990 se ha pasado a un 33 por ciento en 2000, pero, claro, se trata de poco más de un tercio de 170 millones de habitantes; es decir: 56 millones de pobres. En el año 2001 se estimaba que 1,6 millones de brasileños, los más ricos, disfrutaban de la misma riqueza como los 80 millones más pobres, de ese mismo total en torno a los 170 millones. Podemos hablar pues, con Waldo Ansaldi, de la existencia de un lacerante apartheid social que tiene una relación estrecha con los altísimos niveles de violencia que causan más muertos anualmente que muchos conflictos armados que son noticia cotidiana en los medios de comunicación. Jordi Borja rememoraba hace poco las palabras del flamante ministro de cultura brasileño, Gilberto Gil, quien decía que "la causa principal de la violencia urbana no es la pobreza sino la desigualdad social". Esta desigualdad con pobreza genera, dice Borja, grupos vulnerables o colectivos de riesgo de una parte y grupos amenazados de otra. Los primeros están formados, especialmente, por los jóvenes sin trabajo o con empleos muy precarios, frustrados por no poder acceder a casi nada de lo que la ciudad engañosamente parece ofrecerles, lo que con frecuencia genera en ellos comportamientos delictivos. Las diversas mafias de la economía del crimen (narcotráfico, secuestros, sicarios, sexo delictivo) no hacen sino amplificar los efectos de estos grupos (ver link: www.iigov.org). La respuesta de los grupos amenazados se caracteriza por la criminalización injusta de colectivos sociales e incluso de barrios enteros a los que se identifica abusivamente con los colectivos de riesgo.
El hombre sobre quien ha recaído la responsabilidad de conducir el nuevo Brasil es un sindicalista metalúrgico de gran carisma personal, que luchó contra la dictadura, que hace décadas es reconocido como el líder indiscutible de la izquierda (...), que ahora ha moderado su discurso y su imagen, sin perder su credibilidad de político honesto y decidido

El clima de inseguridad ciudadana, especialmente en las ciudades grandes, perjudicó electoralmente a José Serra, quien fue percibido en amplios sectores como el continuismo de Cardoso ("Continuidade sem continuísmo" era el lema de campaña de Serra). Y es que, más allá de que FHC y su gobierno –del que Serra había sido miembro muy destacado-- han mejorado objetivamente indicadores sociales esenciales y han reforzado la democracia, en la elección de Lula parece haber primado la idea de que es necesario profundizar más en esa dirección, avanzar más en las reformas. Pese a que la propuesta lulista, se quiso sintetizar en un mensaje sesentayochista ("Paz e amor"), detrás había una propuesta muy polisémica, ciertamente, pero un poco más tangible: la mudança do modelo. Los resultados de los comicios permitieron contabilizar más allá de cincuenta y dos millones de votos favorables a Lulinha.

El hombre sobre quien ha recaído la responsabilidad de conducir el nuevo Brasil es un sindicalista metalúrgico de gran carisma personal, que luchó contra la dictadura, que hace décadas es reconocido como el líder indiscutible de la izquierda razonablemente no sistémica brasileña (y de la latinoamericana), que fue fundador del Partido dos Trabalhadores (PT) y de la Central Única de Trabajadores en 1980, en plena dictadura militar. Un hombre que ha resistido el desgaste de sucesivas derrotas electorales desde 1989, ante Collor de Melo y Fernando Henrique Cardoso, en su aspiración a la más alta magistratura republicana, que ahora ha moderado su discurso y su imagen, sin perder su credibilidad de político honesto y decidido.

Algunas voces lanzaron, durante la campaña electoral y especialmente entre la primera y la segunda vuelta, en Brasil y en América Latina, insinuaciones comparativas más o menos veladas entre Lula y Allende. Parece que se trató, sin más, de intentos de perjudicar la candidatura del entonces aspirante asociándola a los miedos que todavía hoy pueda evocar el trágico final de la experiencia chilena de los años setenta. Un analista escribía poco antes de la cita electoral que si Lula resultaba elegido, "sería bueno que los supermercados cerraran sus puertas" (O Estado de Sao Paulo, 5.09.02). Agitar el fantasma del miedo a los disturbios, junto a la especulación financiera y el acoso a que se había sometido al real, fueron las armas más utilizadas contra el candidato Lula.
El síndrome Allende consistiría en la incapacidad de un gobierno progresista de resistir el desafío o el chantaje, ético o directamente político, de colectivos a los que se supone partidarios ante sus exigencias reivindicativas más allá no sólo de la oportunidad política para hacerlo sino, incluso, al margen del marco legal existente

Sin embargo, ni la realidad internacional, ni las específicidades de Chile y Brasil, entre los años setenta y los actuales, permiten ligerezas comparativas. La Administración Nixon, en un contexto delimitado por las condiciones de la Guerra Fría, conspiró contra Salvador Allende y la Unidad Popular incluso antes de su elección como máximo mandatario. La situación del Brasil de Lula es muy distinta, como lo son estos tiempos complejos, a pesar de la obstinación y el maniqueísmo del segundo Bush, que ha conseguido no sólo convocar la primera manifestación mundial contra sus sangrientos delirios imperiales, sino que nos ha embarcado en una guerra ilícita e ilegal.

Arturo Valenzuela, quien fuera Asesor de Seguridad Nacional para América Latina de la Administración Clinton, ya advertía antes de la elección del sindicalista brasileño, en su calidad de Director del Instituto de Estudios Latinomericanos de la Universidad de Georgetown, que "lo que va a hacer Washington es que, a diferencia de Chávez, le va a tender una mano muy fuerte a Lula [porque éste] tiene un cierto nacionalismo o una posición económica más estatista, pero no un discurso abiertamente hostil como Chávez" (La Tercera, -Santiago-, 07.10.2002). La lógica de Valenzuela es impecable, ya que Brasil, también para los norteamericanos, es un gigante que, acosado, podría arrastrar muchas cosas en su caída. La cuestión ahora, en estos días finales de marzo, es saber hasta que punto la lógica política ha sido expulsada del Despacho Oval de la Casa Blanca. El diario El País titulaba recientemente “Estados Unidos se olvida de América Latina”, y añadía “Los países del sur del río Grande temen que un conflicto bélico sólo empeore aún más su difícil situación económica” (17.03.2003).

Otra referencia al gobierno chileno presidido por Salvador Allende entre 1970 y 1973 vino de un hombre relevante al que, sin embargo, no cabe identificar como un enturbiador de las aguas políticas. Se trata del prestigioso sociólogo Helio Jaguaribe, quien durante la campaña electoral alertó sobre la posibilidad de que tras la victoria de Lula "grupos enloquecidos del país, que insensatamente quieren desencadenar una revolución zapatista en una sociedad urbanizada en un 80 por ciento, pretenderán alcanzar posiciones de fuerza". Si esto pasara, decía Jaguaribe, "Lula se enfrentará con el síndrome Allende". Mantiene el reconocido sociólogo que a contrapelo de los planes de reforma agraria diseñada por el gobierno de la Unidad Popular, que diferenciaba las tierras que habían de mantenerse en régimen de propiedad privada de las que habían de ser afectadas por la reforma, los radicales de izquierda, entre ellos los socialistas de Altamirano, ocuparon tierras y se apropiaron de los rebaños que el gobierno quería mantener en manos de sus dueños. Afirma Jaguaribe que Allende remitió cartas amables a los invasores para que desistieran, que no fueron atendidas en absoluto. En el caos resultante, tras la huelga de los camioneros, generosamente financiada por la CIA, a los militares les bastó con darle un empujón para derribar a Salvador Allende (Jornal do Brasil, 5.10.2002).

Más allá de que seguramente el sociólogo brasileño ha simplificado quizá en exceso el proceso chileno en beneficio de la claridad de su tesis, el síndrome Allende consistiría en la incapacidad de un gobierno progresista de resistir el desafío o el chantaje, ético o directamente político, de colectivos a los que se supone partidarios ante sus exigencias reivindicativas más allá no sólo de la oportunidad política para hacerlo sino, incluso, al margen del marco legal existente.
Como escribía tras conocer los primeros resultados Manuel Castells, amigo personal de FHC y experto en la realidad brasileña, el reto de Lula es dar garantías a los mercados y al FMI y, al mismo tiempo, responder con rapidez a las enormes expectativas que ha generado en una sociedad como la que hemos descrito

No es banal, desde luego, la advertencia de Jaguaribe. El Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST), en escrito de su Coordinación Nacional "Al pueblo brasileño y al Presidente Lula", ha juzgado sin piedad los ocho años del gobierno Cardoso, "que sólo aumentó el sufrimiento del pueblo y trajo graves perjuicios para los que viven en el medio rural, con el aumento de la pobreza, de la desigualdad, del éxodo, de la falta de trabajo y de tierra". Paralelamente, el MST ha recibido con expectación al nuevo presidente y, por medio de su dirigente Joao Pedro Stedile, ha declarado que respaldan "en su gestión administrativa al presidente Luiz Inácio Lula da Silva, pero estaremos vigilantes para que las presiones de los sectores de la derecha no lo vayan a obligar a abandonar su programa que lo llevó al poder" (los documentos en http://movimientos.org/cloc/mst-brasil/).

El MST ha entendido que la victoria de Lula"es una victoria del pueblo [y] es una derrota de las elites y de su proyecto". Gilberto Gil, el flamante ministro de cultura del gobierno de Lula da Silva, declaraba recientemente: "Sabemos que no es fácil lo que nos proponemos, que la gente espera mucho y muy rápido de los gobiernos populares". Gil afirmaba en la misma entrevista: "Las miradas reaccionarias vienen de todas partes", y entre ellas citaba, sin nombrarlas, las de aquellos que "pueden ver la gestión de Brasil como algo que podría tornarse revolucionario, en un sentido viejo, del pasado, esos sectores están en todas partes, en el Gobierno, en los partidos, incluido el del presidente, en sectores muy influyentes de la vida empresarial" (El País, 22.01.2003).

Stedile, más allá del apoyo vigilante, también ha anunciado que el MST seguirá con las ocupaciones de tierra: "Mientras haya de un lado grandes propietarios, latifundistas, con tierras ociosas; y, de otro, millones de 'sin tierra', obviamente que habrá ocupaciones de tierra" (Jornal do Brasil, 5.01.2003). ¿Qué hará el gobierno de Lula si el problema de las ocupaciones lo sitúa ante la disyuntiva de darlas por buenas o de reprimirlas? ¿Aparecerá el síndrome Allende del que alertaba Jaguaribe?

El antagonismo, además, no se haría tangible de forma dicotómica entre los desheredados de la tierra del MST y el gobierno Lula. Desde la izquierda del PT José Paulo Netto ha hablado de as duas almas do goberno Lula, una que desea perseverar en el legado de FHC y otra que pretende superarlo radicalmente. Que as duas almas existen parece una evidencia, pero, al menos de momento, parecen estar conciliadas.
La revolución en estos tiempos de mundialización y de cambios radicales en los patrones productivos no puede ser una revolución de ruptura, sino que ha de ser necesariamente pasiva, el problema reside en quién dirige los cambios para que estos tengan una dirección y un sentido positivos

Tras la toma de posesión de Lula, Francisco Weffort, politólogo y ministro de cultura con FHC, constataba que el sentido de las conversaciones, en el final de campaña, entre los candidatos, Lula incluido, y las autoridades monetarias, brasileñas e internacionales, giraba exclusivamente en torno a lo que la economía permitiría al Estado. El primer punto del orden del día en la agenda del equipo de Lula era "acalmar o mercado", y el nombramiento de Mireilles, ex presidente del Bank of Boston como presidente del Banco Central fue una señal inequívoca en este sentido. Se trata, a fin de cuentas, concluye Weffort, de hacer aceptable para los sectores conservadores de la sociedad la revolución democrática que Fernando Henrique representó antes y que Lula representa hoy (Folha de Sao Paulo, 1.01.2003).

En el país de los excluidos, con los más poderosos encastillados en propiedades protegidas con armas automáticas de combate y alambradas electrificadas, con miedo a sufrir el secuestro selectivo o la violencia fortuita, pero torpemente impermeables a cualquier cambio que obedezca a la urgencia de la mejora en la distribución de la riqueza, y con millones de pobres e indigentes en lucha diaria por la simple subsistencia, parece lógico que un gobierno de progreso esté prevenido contra los peligros que pueden hacer zozobrar el proyecto. Quizá por ello Lula ha escrito en su Carta ao Povo Brasileiro que "será necesaria una lúcida y juiciosa transición entre lo que tenemos hoy y aquello que la sociedad reivindica. Lo que se hizo o se dejó de hacer en ocho años no será compensado en ocho días. El nuevo modelo no puede ser producto de decisiones unilaterales del gobierno, tal y como ocurre hoy, ni será implantado por decreto, de modo voluntarista. Será fruto de una amplia negociación nacional, que debe conducir a una auténtica alianza por el país, a un nuevo contrato social, capaz de asegurar crecimiento con estabilidad" (Folha de Sao Paulo, 5.10.02).

Ciertamente, como escribía tras conocer los primeros resultados Manuel Castells, amigo personal de FHC y experto en la realidad brasileña, el reto de Lula es dar garantías a los mercados y al FMI y, al mismo tiempo, responder con rapidez a las enormes expectativas que ha generado en una sociedad como la que hemos descrito (El Periódico, 8.10.02).
Cardoso dirigió una revolución pasiva reactiva a los cambios sociales, lo que le confirió un cierto sentido oligárquico, mientras que Lula puede estar emergiendo como el líder de una revolución pasiva favorable a los movimientos sociales. Eso haría que su inequívoco sentido popular se afirmara como un poder popular de significado nuevo en la historia brasileña. Esa impronta no puede ser, claro, ni un novo zapatismo (Jaguaribe), ni una revolución vieja (Gil)

La mudança ha comenzado a hacerse tangible desde la misma toma de posesión de Lula. Dos medidas han sido especialmente resaltadas: la de dar títulos de propiedad a millones de habitantes de las favelas de todo Brasil y la anunciada por el ministro de educación Cristovam Buarque: "Retribuiremos a los analfabetos por aprender a escribir". Buarque, además, era muy explícito al referirse al fenómeno Lula, al lulismo, cuando declaraba "Creo que aún no tenemos un rumbo ideológico claro. No sabemos aún bien que es el llamado lulismo. Necesitaríamos un gran debate sobre el tema y eso debería salir de la Universidad. El PT es un partido de actitudes como la ética, la soberanía nacional, la distribución del trabajo, pero le falta aún un cuerpo de doctrina, un modelo político, que es lo que estamos intentando crear" (El País, 16.01.2003).

Pues bien, la Universidad, como reclamaba Buarque, ha comenzado a intervenir en el debate. Luiz Werneck Vianna, reconocido profesor del Instituto Universitario de Pesquisas do Rio de Janeiro, escribía recientemente un artículo titulado significativamente "O que mudou", y afirmaba que está en curso una revoluçao silenciosa, en la que "todo cambió, pues nuestras instituciones surgen ahora como lugares de confianza para la realización de los cambios que la sociedad ha decidido emprender" (Folha de Sao Paulo, 10.02.2003). Werneck ha retomado el concepto gramsciano de revolución pasiva, una revolución sin revolución, y lo utiliza en su análisis de lo que está pasando en Brasil.

Convencido de que la revolución en estos tiempos de mundialización y de cambios radicales en los patrones productivos no puede ser una revolución de ruptura, sino que ha de ser necesariamente pasiva, el problema reside en quién dirige los cambios para que estos tengan una dirección y un sentido positivos. El gran desafío es que sean las fuerzas del cambio, las de la mudança, quienes dirijan el proceso en términos de los actores políticos, de los programas de gobierno, de los cambios sociales y económicos.

Lula puede ser el director de ese proceso de revolución pasiva que se mueve hacia delante no tanto como reacción a los movimientos sociales sino para consolidarlos y, además, para reforzar todavía más el sendero de la democratización progresiva del país. De lo escrito por Werneck Vianna puede deducirse que Lula representa una apuesta por la revolución pasiva a la brasileña. Con su victoria electoral ha habido una importante mudança en la base política de la sociedad, aunque en la superficie, la política macroeconómica, todo parece inalterable, como nos decía Francisco Weffort. Desde esa lectura se podría decir que Cardoso, FHC, dirigió una revolución pasiva reactiva a los cambios sociales, lo que le confirió un cierto sentido oligárquico (especialmente irritante para el MST, por ejemplo), mientras que Lula puede estar emergiendo como el líder de una revolución pasiva favorable a los movimientos sociales. Eso haría que su inequívoco sentido popular se afirmara como un poder popular de significado nuevo en la historia brasileña. Esa impronta no puede ser, claro, ni un novo zapatismo (Jaguaribe), ni una revolución vieja (Gil).

Ciertamente el nuevo presidente del Brasil enfrenta lo que no puede sino calificarse como un desafío histórico. Un reto que Lula ha expresado sin un gramo de retórica cuando ha cifrado su éxito de gobierno en la consecución de que los brasileños, todos los brasileños, hagan tres comidas al día al final de esta primera legislatura. El diario El País, explícito, titulaba a los pocas horas del primer Consejo de Ministros presidido por Luiz Inácio da Silva: "44 millones de hambrientos esperan a Lula. La lucha contra la pobreza en un país de recursos es el gran reto del nuevo gobierno brasileño" (5.01.2003).

Si esta revolución pasiva a la brasileña pusiera en marcha profundas reformas sociales financiadas desde el crecimiento con estabilidad, que es el contenido de lo que Lula llama nuevo contrato social, eso sí resultaría democráticamente revolucionario. Y podría serlo no sólo para el Brasil, sino, como referencia, para toda la América Latina. El apartheid social que encontramos en la práctica totalidad de las sociedades continentales no puede mantenerse indefinidamente porque la caldera social no admite más presión, y basta con hacer un repaso mental por el mapa del continente para entender que estamos ante una coyuntura política extremadamente complicada. La experiencia brasileña podría ser una propuesta tangible para que en América Latina se comenzara a ver la luz al final del largo túnel en el que se encuentran. Los demás países al sur del Río Grande también necesitan una urgente "mudança do modelo".
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