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    AUTOR
Manuel Álvarez Tardío

    GÉNERO
Ciencia Política. Historia

    TÍTULO
Anticlericalismo y libertad de conciencia. Política y religión en la Segunda República española (1931-1936)

    OTROS DATOS
Madrid, 2002. 405 páginas.

    EDITORIAL
Centro de Estudios Políticos y Constitucionales



Manuel Alvarez Tardío

Manuel Alvarez Tardío


Reseñas de libros/No ficción
La cuestión religiosa durante la Segunda República
Por Julio de la Cueva Merino, lunes, 6 de enero de 2003
En 1932, el jurista Nicolás Pérez Serrano, en una obra sobre la ley fundamental republicana recién aprobada, afirmaba que la cuestión religiosa se había revelado el “verdadero punto neurálgico de la Constitución”. Curiosamente, setenta años más tarde, el premio que lleva su nombre y que anualmente concede el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales a las mejores tesis doctorales en Ciencia Política y Derecho Constitucional recae en un joven profesor universitario, Manuel Álvarez Tardío, con un tema semejante al enunciado por el tratadista.
En efecto, Álvarez Tardío aborda en su tesis la centralidad concedida por la Segunda República al sempiterno “problema” religioso de España, la drástica “solución” que al mismo dio la coalición republicana alzada al poder en 1931 y las dramática consecuencias para el mismo futuro del régimen republicano que ello tuvo. Esta tesis se presenta ahora magníficamente convertida en libro bajo el título Anticlericalismo y libertad de conciencia. Política y religión en la Segunda República española (1931-1936).

El tema del libro no es, indudablemente, nuevo en la bibliografía histórica española. No es ni puede serlo la Segunda República, cuya historia ha sido expuesta en cientos de estudios, pero que sigue necesitada en todo caso de perspectivas que rompan con mitificaciones, lugares comunes, apriorismos y lecturas teleológicas. Tampoco nadie se atrevería a reclamar la mera novedad de un trabajo sobre la Iglesia española o sobre cuestiones que con ella se relacionan, aunque cada vez sea más urgente su normalización historiográfica y su contemplación desacomplejada desde una óptica, en sentido más estricto del término, laica. En fin, por fortuna, el anticlericalismo va dejando de ser aquel objeto de estudio contemplado con un cierto desprecio por anecdótico o “epifenoménico” (como recientemente observaba Manuel Pérez Ledesma) por los historiadores que decían dedicarse a asuntos de mayor enjundia. Comenzamos a disponer ya de buenas aproximaciones y monografías sobre el tema y el trabajo de Manuel Álvarez Tardío es buena muestra de ello. También es buena muestra del cumplimiento de las exigencias que acabo de apuntar, a mi juicio, han de responder aquellas investigaciones que quieran aportar algo original al estudio de la Segunda República, de la Iglesia católica española o de ambas al tiempo.
El autor no enjuicia conductas políticas de manera arbitraria, sino sirviéndose de un criterio difícilmente desestimable: su adecuación a los principios universales del liberalismo y, más concretamente, del liberalismo democrático. Tampoco juzga Álvarez Tardío sin información: la minuciosa labor de investigación reflejada en las cuatrocientas páginas del volumen avalan la solidez de su argumentación

Ciertamente, si ni el tema ni el período de Anticlericalismo y libertad de conciencia pueden resultar nuevos a estas alturas, el hecho no desmerece en absoluto la originalidad del trabajo. Antes bien, realza la valentía de un autor que se aventura a revisitar una cuestión debatida y espinosa y que, alejándose de los senderos trillados, se atreve a ofrecer su propio juicio sobre la misma. Escribo “juicio” y no “explicación” o “interpretación” –como quizá suela ser más común decir entre los historiadores, incluso entre quienes no cesan de emitir opiniones-, porque el propio Álvarez Tardío considera tarea indeclinable del científico social “juzgar y valorar” comportamientos políticos. En cualquier caso, el autor no enjuicia conductas políticas de manera arbitraria, sino sirviéndose de un criterio difícilmente desestimable: su adecuación a los principios universales del liberalismo y, más concretamente, del liberalismo democrático. Tampoco juzga Álvarez Tardío sin información: la minuciosa labor de investigación reflejada en las cuatrocientas páginas del volumen avalan la solidez de su argumentación.

Y la argumentación de la obra es básicamente la que sigue. El anticlericalismo, elemento tan característico de los programas de la izquierda española, no supone en ella una mera práctica política reactiva frente a los abusos eclesiásticos; constituye –en la línea interpretativa de René Rémond- una ideología “positiva” de defensa y fomento de la secularización. En este sentido, el anticlericalismo sería una variable política independiente: independiente no tan sólo de supuestas determinaciones económicas, sociales o “culturales”, sino también, y sobre todo, independiente del comportamiento y actitudes adoptadas en cada momento por su adversario clerical. Este anticlericalismo autónomo de cualquier instancia situada al margen de su propio proyecto político se constituyó en punto determinante del programa de las fuerzas republicanas que accedieron al poder en abril de 1931. Sin embargo, lo que éstas pudieran entender por “anticlericalismo” y “secularización” eran cosas bien distintas. Mientras que la derecha republicana (Alcalá Zamora, Maura) entendía por tal cosa un ideario meramente liberal de establecimiento de la libertad religiosa y la aconfesionalidad del Estado, la izquierda republicana (Azaña incluido) y los socialistas defendían un laicismo que proponía la separación hostil de la Iglesia y el Estado y la utilización de los mecanismos del segundo para contrarrestar la influencia social de la primera, a la cual se culpaba del atraso social, cultural y político de España. Como insiste Álvarez Tardío, el anticlericalismo izquierdista no acarreaba un mero programa de reforma, sino una auténtica “revolución religiosa”, laicista, estatista y difícilmente compatible con los principios y usos del liberalismo.
El libro brinda abundante material para el debate historiográfico y ofrece, desde una perspectiva rigurosamente laica, insoslayables reflexiones, alejadas de muchos de los tópicos al uso, sobre la verdadera naturaleza las relaciones Iglesia-Estado durante la Segunda República

El trágala de la “revolución religiosa” acabó imponiéndose y -lo que tendría resultados más desastrosos- adquiriendo rango constitucional. De nada sirvió, como argumenta el autor, la buena voluntad de gran parte de la jerarquía eclesiástica, la cual, lejos de emprender una cruzada contra la República, mostró su acatamiento y disposición a negociar un nuevo statu quo. Tampoco sirvieron los esfuerzos de la minoría católica republicana ni del más nutrido grupo de católicos accidentalistas, dispuestos a hallar acomodo en una República que los integrase. Con la Constitución en la mano, el gobierno de la República se lanzó durante el primer bienio a legislar para alcanzar la laicización de España. Uno de los resultados de estas política sería el insospechado crecimiento de la contestación católica y su éxito electoral a finales de 1933. Las dificultades encontradas por la política rectificadora del segundo bienio (Revolución de Octubre incluida) pusieron aún más de manifiesto la imposibilidad de construir una República integradora, una República de todos los españoles -también de la derecha católica, y aún más de la posibilista- frente a quienes sustentaban una concepción patrimonial y exclusivista del régimen republicano.

Obviamente, la riqueza de un trabajo de esta envergadura y de esta vehemencia interpretativa no se agota en el breve bosquejo argumental que se acaba de esbozar. El libro brinda abundante material para el debate historiográfico y ofrece, desde una perspectiva rigurosamente laica, insoslayables reflexiones, alejadas de muchos de los tópicos al uso, sobre la verdadera naturaleza las relaciones Iglesia-Estado durante la Segunda República. Alguna crítica, no obstante, se podría hacer del presente estudio. Una primera tendría que ver con el lenguaje demasiado normativo que con frecuencia emplea el autor en su exposición, aunque ya he señalado más arriba que ésta constituye una opción intelectual explícita, y por tanto legítima, desde el principio del libro. Una segunda se refiere al empeño excesivo de Álvarez Tardío en reclamar el carácter no reactivo del anticlericalismo. Aun estando en gran medida de acuerdo, tal vez sea necesario recordar que los desencuentros de las izquierdas (desde las liberales a las socialistas) con la Iglesia no comienzan en 1931 ni en 1923 ni siquiera en 1901 o 1875, sino que vienen de más atrás y han de ser explicados también en función de esa larga historia de conflicto. Una tercera y última matización, en fin, tendría que ver con la enérgica reivindicación de la autonomía de lo político que realiza el autor a lo largo de todo el trabajo. Mi desacuerdo estribaría no tanto en la enunciación del principio cuanto en el carácter restrictivo de su aplicación: del universo político también forman parte las culturas, las identidades, las presiones que se ejercen y se reciben, y éstas, un tanto despreciadas –me parece- por el autor, pueden ayudar a explicar por qué, en un momento dado, se toman determinaciones que, a nuestros ojos, pueden parecer estratégica o moralmente erróneas.

En fin, Anticlericalismo y libertad de conciencia, de Manuel Álvarez Tardío, constituye un libro que resultará polémico sin duda, pero que es, en cualquier caso, excelente. Cualquier debate futuro sobre la Segunda República española no podrá prescindir de él y de su aguda percepción de la oportunidad perdida por los políticos republicanos de administrar generosamente su victoria sobre la Iglesia y la Monarquía y así construir simultáneamente un Estado aconfesional moderno y una República integradora y duradera.
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