Juan Antonio González Fuentes
Recientemente ha salido al mercado, en dvd,
Ordet (
La palabra, 1955), película del director danés
Carl Theodor Dreyer. Yo he tenido la suerte de verla al menos dos veces en pantalla grande, gracias a los desvelos cinéfilos
Enrique Bolado, director de la filmoteca de Cantabria. Pero ahora, gracias al nuevo formato, he podido volver a repasarla con detenimiento junto a unos amigos, y la revisión me ha confirmado que estamos ante una obra sobrecogedora desde cualquier punto de vista desde el que la analicemos.
Sin embargo, los amigos con los que la vi se quejaron al terminar la sesión esencialmente de dos cosas: por un lado, todas las personas religiosas de la historia viven con sosiego y firmeza su existencia, mientras que los que dudan sufren en todo momento la crueldad de las diversas situaciones planteadas; y por otro lado, lo inverosímil del final de la historia: el loco que se cree
Jesucristo acaba realizando nada más y nada menos que el milagro de resucitar a su cuñada.
Mis amigos, todos ellos progresistas y “librepensadores”, y en lógica consecuencia, según ellos mismos apuntan, necesariamente contrarios a lo “religioso” y a lo que tenga que ver de alguna forma con la iglesia y la reflexión en torno a Dios, estaban incluso indignados con los planteamientos de la obra de Dreyer.
Carl Theodor Dreyer
Bien, como entonces no podía decirles sin cierto riesgo personal que en mi opinión no habían visto con “ojos limpios” la obra, he preferido darles mi visión y entendimiento de la misma por escrito, y a esta página les remito a ellos, además de a todos los lectores, para que se acerquen y compartan o rechacen mis opiniones al respecto.
En efecto, todos los personajes en la película son radicalmente creyentes, salvo el hombre que pierde a su mujer, quien siempre ha sido un tanto escéptico y esa pérdida le hace abandonar casi por completo cualquier posible fe en Dios, en la vida, en sí mismo, en su familia, en lo establecido.
Pero la mirada de Dreyer sobre ese personaje creo que es profundamente afectuosa, pues comprende esa actitud que le hacer ser, claro, tan rabiosamente humano. El resto de la comunidad que le rodea, sí, son creyentes, pero sobre ellos Dreyer lanza una mirada bastante reprobatoria, pues no son “creyentes” de verdad (no creen en la posibilidad del milagro final, por ejemplo), sino sólo fanáticos, gentes domesticadas, con una vida plana y desapasionada… Gentes que se aferran con uñas y dientes a unas estrictas normas religiosas que les marcan un camino; camino que, sumisamente, fanáticamente diría yo, aceptan y siguen. Su vida no tiene riesgos, todo lo dejan en manos de una providencia que a su vez está en manos de un Dios hierático e impositivo bajo cuya protección nadie toma realmente decisiones, no hay libre albedrío, todo en la vida viene establecido en una especie de libro de instrucciones que hay que aceptar con resignación cristiana.
Dreyer no está en modo alguno con ellos. Dreyer mira y hace mirar de otra manera a los personajes que sí son dolorosamente “humanos”: al esposo desconsolado por la muerte de su amor; a la pareja de jóvenes novios que están dispuestos a cambiar de fe por entregarse al amor; a la mujer que muere e intuyes que ha sacrificado todo por amor a su marido y a su familia –incluso tolera con paciencia y sonrisas las intolerancias evidentes de su suegro-, los niños que creen a ciegas que su tío resucitará pronto a su madre... Dreyer, es obvio, piensa en un Jesús que no es ni justiciero ni impone estrictas normas de conducta. En ese Jesús-Dios hierático sólo creen los fanáticos porque les conviene, porque ese Dios les ofrece una vida egoísta, perfectamente enmarcada y reglada, sin tener que amar, sin tener que pensar, sin tener que esforzarse, sin tener que imaginar, sin tener que apasionarse, sin que la ‘locura’ tenga cabida alguna en sus vidas.

De ahí el personaje del loco que se cree Jesucristo. Evidentemente es
Don Quijote. Ha perdido la razón de tanto leer sobre religión, sobre la religión dogmática en la que los demás, su propio padre y comunidad, sí creen, o hacen pensar que creen, porque sólo creen de verdad en el cultivo de sus tierras, en sus dineros bien guardados, en dormir calientes y en respetar las normas y reglas que posibilitan que todo siga igual.
Pero las lecturas que le han convertido en loco para los demás (salvo para los niños, claro), le han dado por completo la vuelta como ser, al igual que le sucedió a Don Quijote. Le han hecho un ser del espíritu y la poesía, alguien que ha dinamitado con su forma de actuar y pensar la vida reglamentada hasta el espasmo y la arcada de su comunidad. Es un loco, todos le creen un loco, pero simplemente es un ser con luz propia, con personalidad, un ser misterioso que sólo es tolerado por los demás y que desaparece, se volatiliza peregrino, para reaparecer en la emocionante y alucinatoria escena final.
La sociedad bien pensante le trata como a un loco, se ríen de él. Igual le sucedió a Don Quijote, que sufre las burlas de las clases altas, de las bajas, del médico, del cura, del barbero…, pero él continua en su fe inquebrantable en la caballería, fe en sí mismo que lo convierte, finalmente, en alguien resplandeciente: el payaso se convierte en caballero en la obra de
Cervantes; en la de Dreyer el payaso es un santo, el único creyente de verdad, pues es el único que tiene verdadera fe, fe en un Jesús, en un Dios, que es el del amor, el que no va a permitir el sufrimiento del marido, el que va a devolver a la vida a la mujer, el que da esperanzas a los niños. Dejad que los niños se acerquen a mí!, dijo Jesús a sus discípulos. En este sentido, la escena de la conversación del tío-loco con su sobrina-creyente mientras la cámara gira lenta a su alrededor describiendo un círculo perfecto es sin duda una de las más hermosas de toda la historia del cine.
Todos los personajes humanos (capaces de amor) de la película son recompensados: los niños recuperan a su madre; el marido a su mujer; la mujer la vida; los novios forman pareja… Todos ellos han sufrido, claro, todos han experimentado los vaivenes de la existencia, la crueldad de las reglas sociales y naturales, todos han sufrido pérdidas que les han angustiado y hecho sufrir hasta las lágrimas…, pero todos tenían una pasión, un por qué vivir, una fe en el Amor, tomando éste multitud de formas: madre, pareja, mujer, Jesucristo...
Es el amor, la fe en el Amor lo que hace que resucite la mujer. Un amor que para unos lo encarna Jesús, para otros lo puede encarnar una mujer o un hombre, para otros los hijos…“El que crea en mí se salvará”, dice Jesús en los
Evangelios. ¿Y qué es Jesús? También lo dice con claridad el libro sagrado: “Yo soy el amor”.
Ordet es una historia de amor, una de las más grandes historias de amor jamás filmadas, del AMOR en abstracto, una reflexión sobre el amor como fuerza capaz de mover montañas, de dar sentido final a la vida, de devolverla incluso en forma de milagros.
Don Quijote estaba loco: sí, claro. Pero esa no es la cuestión que plantea Cervantes. La cuestión es que esa locura le hace ser mucho más humano, dota a su vida del sentido de la que carece la vida de los demás, le hace sufrir y pasar calamidades, sí, pero también ser más feliz, llevar una vida infinitamente más plena.
¿Está loco el personaje de Dreyer? Sí, no es Jesús claro (aunque todos somos Jesús, claro). Pero es que eso no importa nada, nada en absoluto. Es como si alguien te cuenta Don Quijote diciendo que es la historia de un loco que va por los caminos creyéndose un caballero andante. ¿Eso es el
Quijote? ¿
Ordet es la historia de un loco que se cree Jesús y resucita a su cuñada? No, ya lo hemos dicho, es una reflexión sobre el amor, contra la intolerancia, a favor del riesgo de vivir con pasión y fe en la vida…Es una bomba de relojería contra la ñoñez, contra las normas establecidas, contra la falta de imaginación, contra la ausencia de riesgo existencial… Sus lecturas son múltiples: política, religiosa, social… Pero al final, siempre está el Amor, la palabra, la fuerza, la pasión, la pulsión que devuelve siempre a la vida, aunque sea de forma metafórica. Esa es, creo, la palabra en imágenes que comparte con nosotros Dreyer.