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Tribuna/Tribuna libre
Transexualidad
Por Bernabé Sarabia, sábado, 17 de marzo de 2001
Los transexuales españoles ya se pueden casar y crear una familia. Han sido necesarios veinte años de lucha para que sus derechos civiles hayan sido reconocidos. La seguridad social andaluza está dispuesta a pagar la operación de cambio de sexo. Un transexual no es ni un travestido ni un homosexual.
Los transexuales españoles se pueden casar. El Ministerio de Justicia acaba de autorizar el matrimonio de un transexual, varón de nacimiento, con un hombre. Ya es posible cambiar de sexo y crear una familia. Estamos ante un avance significativo de los derechos individuales y, en definitiva, de la sociedad civil.

Los transexuales han tenido que sufrir mucho en su larga lucha legal y moral. De la transexualidad no han querido saber nada las izquierdas. Del sufrimiento de unos miles de españoles no han querido saber nada. Lo han contemplado con sospecha, como si pudiera pringarles la ropa. Para los conservadores el transexual es un vicioso cuya solución es la castidad y la resignación. Entre unos y otros la masa analfabeta ha vociferado lo suyo tratando de evitar que la Seguridad Social pagase las operaciones de cambio de sexo. ¿Para qué si a ellos no les empastaban gratis las muelas?

Hasta 1983 las operaciones de cambio de sexo eran ilegales, equipo médico y paciente podían ir a la cárcel. Ha sido necesario recurrir a la Justicia, llegar al Tribunal Supremo, y convencer poco a poco a la sociedad de que la transexualidad es algo tan difícil de soportar como para causar un malestar psicológico capaz de bloquear mentalmente a una persona y convertir su vida en algo insufrible.
A pesar de los esfuerzos de Hirschfeld, Havelock Ellis o Gregorio Marañón tratando de diferenciar la transexualidad del travestismo, del transformismo, del goce fetichista de las ropas del otro sexo o de los estados intersexuales, la transexualidad no ha podido quedar establecida como una categoría de diagnóstico diferenciada hasta muy recientemente

La transexulidad la identificó el médico alemán Magnus Hirschfeld en 1910. Etiquetó así la situación mental en la que un ser humano con un desarrollo y una diferenciación somática aparentemente normal tiene la profunda e íntima convicción de que él o ella es en realidad un miembro del otro sexo. Dicha convicción va acompañada del rechazo de las características sexuales primarias y secundarias que le han sido dadas por la naturaleza y se expresa todo ello en un intenso deseo de deshacerse de los propios genitales y de vivir como miembro del sexo contrario.

A pesar de los esfuerzos de Hirschfeld, Havelock Ellis o Gregorio Marañón tratando de diferenciar la transexualidad del travestismo, del transformismo, del goce fetichista de las ropas del otro sexo o de los estados intersexuales, la transexualidad no ha podido quedar establecida como una categoría de diagnóstico diferenciada hasta muy recientemente. En la edición de 1980 del todopoderoso Diagnostic and Statistical Manual de la Asociación Americana de Psiquiatría se incluían estos términos bajo el concepto de disforia de género. La transexualidad permanecía en la lista de desórdenes mentales aún cuando la homosexualidad dejó de estarlo en 1973. La revisión de la tercera edición en 1987 simplificó las cosas aunque sin terminar de aclararlas.

La transexualidad, como ha señalado Lipovetsky, rompe el mundo de la disyunción de los sexos y termina con el universo fijista de la división inmemorial de los sexos. Encarna la escalada del individualismo en el mundo globalizado. Por desgracia, es siempre un drama personal y familiar.
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