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Tribuna/Tribuna libre
España. La inmigración como drama
Por Bernabé Sarabia, sábado, 10 de febrero de 2001
España, país pobre y de emigrantes, se ha convertido de la noche a la mañana en un estado rico al que llegan inmigrantes de todos los continentes. De pronto, no se sabe cómo ordenar un flujo que, con ventajas e inconvenientes, está resultando muy complicado de asimilar.
Si exceptuamos el terrorismo, el gran problema español es la inmigración. España era un país de emigrantes hasta 1986, año de la adhesión a la Comunidad Económica Europea. Desde mediados del siglo XIX hasta la Segunda Guerra Mundial se emigraba a Argentina, Cuba, Brasil, México, Uruguay o algún otro país iberoamericano. También se emigró a Francia, Marruecos o Argelia. A partir de los años cuarenta cambió el flujo migratorio. Se abandonó Hispanoamérica a la vez que la recuperación económica de los países salidos de la guerra necesitaban mano de obra. Se estima que entre 1960 y 1973 dos millones de españoles - el10% de la población activa- cruzaron los Pirineos hacia Europa para ganarse el pan.

La crisis del petróleo en los años setenta marcó el comienzo del retorno y, ya en 1986, el flujo de europeos jubilados y pensionistas hacia el sol español y el menor coste de vida superó en número a los emigrantes. En 1991 se intentó saber qué estaba pasando y poner cierto orden. El proceso de regulación de mayo de ese año legalizó a algo más de 100.000 personas, marroquíes en buena medida. Seis años más tarde, en 1997, la cifra de emigrantes ‘oficiales’ apenas sobrepasaba los 600.000, más o menos en torno al 1.5% de la población. Dicha cifra, baja en relación con los países de la Unión Europea, no preocupó a nadie a pesar de que la tendencia al aumento del número de inmigrantes se estaba moviendo hacia arriba de modo rápido y continuo.
El análisis de la inmigración requiere no olvidar que operamos sobre personas. Esto implica respetar a unos seres humanos con creencias e ideas propias. Integrar a un ecuatoriano es bien distinto que hacerlo con un argelino

De pronto, como suceden siempre estas cosas, la situación se ha desbordado. Ni el gobierno, ni los sindicatos, ni los agentes sociales, ni los expertos han sabido prever la tragedia que se nos ha venido encima. Bien es cierto que los países de la Unión Europea están sufriendo el mismo fracaso, peor en su caso porque disponen de una experiencia de la que se carece en España. El cierre de fronteras no ha impedido la entrada de nuevos emigrantes y las políticas de integración social de la inmigración han sido insuficientes, no ya en el caso de los ilegales sino, sobre todo, en el de los legales.

El análisis de la inmigración requiere no olvidar que tratamos con personas. Esto implica respetar a unos seres humanos con creencias e ideas propias. Integrar a un ecuatoriano es bien distinto que hacerlo con un argelino. Tampoco es lo mismo que dicho proceso se lleve a cabo en la huerta murciana que en Barcelona.
España tiene una capacidad de integración social y cultural muy limitada. Aquí no disponemos del aparato de integración ciudadana que existe en los Estados Unidos

Días pasados Barea escribía en La Razón que España necesita 150.000 inmigrantes al año. El problema no es que los empresarios quieran enriquecerse con mano de obra barata, la verdadera cuestión está en saber cuál es nuestra capacidad de absorción a corto y medio plazo. ¿Son capaces los fatigados sistemas educativo y sanitario –los dos grandes pilares de la igualdad social- de absorber la demanda de tal flujo de recién llegados? Hay que responder a éste y a los muchos interrogantes que plantea la hipercomplejidad que caracteriza a la inmigración actual. Lo que sobra mafias y curitas de izquierda o de parroquia y progres avejentados con ganas de salir en el telediario.

España tiene una capacidad de integración social y cultural muy limitada. Aquí no disponemos del aparato de integración ciudadana que existe en los Estados Unidos. Allí todo está preparado para que el hijo de un soviético sea más norteamericano que la Estatua de la Libertad. Hollywood y sus películas saben mucho de inmigrantes.
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