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Bernabé Sarabia es catedrático de Sociología de la Universidad Pública de Navarra

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Tribuna/Tribuna libre
Más allá de la opinión pública
Por Bernabé Sarabia, miércoles, 5 de enero de 2005
Los medios de comunicación siempre han informado de un modo interesado. La famosa imparcialidad de la “BBC” está muy bien para consumo interno de la ingente cantidad de anglófilos que existen en el planeta, pero quien haya vivido –no visitado- el Reino Unido, sabe muy bien a qué me estoy refiriendo. Su tufillo, imperial eso sí, permanece.
La libertad de expresión se está refugiando cada vez más en publicaciones independientes –como ésta- que al amparo de internet y, ‘a pulmón’, dan cabida a un pensar en el que las cosas son como son y no como intereses predeterminados quieren que sean. Por desgracia, hoy por hoy, la difusión de estos medios de comunicación es limitada y su peso en la opinión pública es liviano.

Las distintas ayudas que la Administración y el mecenazgo proporcionan a la edición, al cine o al arte no llegan a las publicaciones que se difunden en la red. Es una situación injusta que empobrece a una opinión pública sometida a una tremenda presión de los grandes medios de comunicación, de la publicidad y del entretenimiento.

En estos primeros años del siglo XXI se quiere que la opinión pública sea cada vez más susceptible a las emociones y más distensa en determinados tipos de valores. Se trata de movilizar las conciencias ante desgracias cargadas de emoción. Una vez que la crisis ha remitido y desaparecido de las primeras portadas o de los telediarios, el empuje de la movilización de la opinión pública queda diluida en el flujo comunicativo. Se trata de exacerbar el sentimentalismo y evaporar la crítica intelectual y la reflexión profunda.
En España tenemos ejemplos muy próximos de cómo los medios de comunicación envuelven su información de tal manera que se adivina el bulto de su contenido más que se da cuenta y razón de su interior. De todos ellos el más evidente es el del terrorismo vasco

El primer puesto en el rango de estos sucesos cargados de emoción son los grandes cataclismos naturales y los igualmente mortíferos atentados terroristas. A continuación, guerras, hambrunas, epidemias e incendios son hechos destinados por los medios de comunicación al consumo masivo de la compasión. En un nivel más íntimo, más de andar por casa, el turbio fallecimiento de una asidua de los televisivos ‘programas del corazón’, de pasado fascista, emparentada con la nobleza y la torería cumple un cometido semejante: emocionar, entretener y distraer la atención de problemas más inmediatos y acuciantes cuya solución podría estar al alcance de nuestras posibilidades.

En España tenemos ejemplos muy próximos de cómo los medios de comunicación envuelven su información de tal manera que se adivina el bulto de su contenido más que se da cuenta y razón de su interior. De todos ellos el más evidente es el del terrorismo vasco. No estoy diciendo que ante la violencia etarra no reaccionen los medios –excepto los directamente vinculados al terrorismo-, condenando los atentados o cualquier otro tipo de ataque. Se condena y se velan los muertos. Tampoco quiero referirme a que no existan periodistas valientes y sinceros que expresen su repugnancia intelectual y moral ante la violencia terrorista; ahí están en la mente de todos y, precisamente por estar ahí, varios de ellos, demasiados siempre, necesitan protección armada, han de vivir con escolta las veinticuatro horas del día.
En ese algo sutil que los medios de comunicación encuentran difícil de expresar están los componentes elementales del humus que alimenta y hace crecer la violencia del nacionalismo independentista vasco. En este sentido, en el de la amenaza difusa y ominosa, el llamado “plan Ibarretxe” constituye un caso político en el que se hace más necesario que nunca pensar y desvelar

Es algo más sutil. Algo entre cuyos componentes estarían columnistas o periodistas habituales de los medios de comunicación que jamás han condenado el terrorismo vasco o que si lo han hecho ha sido de pasada, mirando al tendido, como si la cosa no fuera con ellos. Quizá sería interesante hacer una lista -seguramente el lector se llevaría alguna sorpresa- para averiguar, si es posible, por qué ante el principal problema de la democracia española escriben de perfil. Ahora bien, no se trata sólo de reaccionar ante el tiro a traición que desploma de muerte a una persona, se trata también de impedir que un ciudadano sea acosado de tal manera que tenga que salir huyendo de su lugar de residencia porque le resulta incómodo políticamente al nacionalismo vasco independentista. En ese algo sutil que los medios de comunicación encuentran difícil de expresar están los componentes elementales del humus que alimenta y hace crecer la violencia del nacionalismo independentista vasco.

En este sentido, en el de la amenaza difusa y ominosa, el llamado “plan Ibarretxe” constituye un caso político en el que se hace más necesario que nunca pensar y desvelar. Como es bien sabido, el paso político del franquismo a la democracia se hizo a través de la Ley para la Reforma Política que, al igual que posteriormente la Constitución, se pactó entre los distintos partidos políticos, incluidos los nacionalistas catalanes y vascos. Bien es verdad que estos últimos jugaron a estar y a no estar. Hecho este último, muy repetido en el nacionalismo vasco, cuyo cinismo político volvió a ponerse de manifiesto el pasado 30 de diciembre cuando la mitad de Batasuna votó a favor del “plan Ibarretxe” y la otra mitad en contra.
Conviene advertir que, pese a lo que ahora se afirma desde sectores nacionalistas, la Guerra Civil no fue una guerra contra el nacionalismo vasco o catalán. Fue un combate entre ideologías y entre clases sociales. Durante el franquismo los vascos que se pusieron del lado del general y ganaron dinero fueron muchos

Desde su origen el nacionalismo vasco es independentista, imperialista, muy religioso y jugador de cartas marcadas. En las portadas de los periódicos de estos días se utiliza el término soberanista para calificar el “plan Ibarretxe”, cuando en realidad el llamado “soberanismo” no es más que una etapa en el proceso que ha de conducir a Euskadi a la independencia. Lo que quieren los nacionalistas vascos, sean del PNV o de Eta, es un país independiente. El ideal de ciertos vascos es ser embajador del País Vasco en el Reino Unido. Más de uno está dispuesto a matar para conseguirlo.

En las memorias de un periodista inglés, nada sospechoso de ser franquista, Henry Buckley, Vida y muerte de la República española (Espasa, 2004), se lee que en pleno furor de la Guerra Civil consigue casarse por la Iglesia en Barcelona con María Planas. Son años en los que ser cura en Barcelona equivalía a la prisión o a la muerte; sin embargo los nacionalistas vascos tenían su propia capilla atendida por sus propios sacerdotes. Eso revela una astucia muy ingeniosa, la que sin duda no faltó para que sus “niños de la guerra” (los pequeños de la España republicana que fueron enviados al extranjero para que no sufrieran los efectos de la guerra) quedaran instalados en buenos internados ingleses o irlandeses. Los otros, los demás, los españoles republicanos, tuvieron destinos menos agradables, por no decir muy duros, como fueron la Unión Soviética o México.
Ahora, en pleno siglo XXI, sólo un Estado sin fuerza permite que una estructura político-militar como Eta y su entorno que asesina, extorsiona, da palizas y hace mobbing siga existiendo. Para encontrar algo así, cerca de mil muertos y cuatro mil heridos, hay que irse a países muy deteriorados. En el resto de los países de la Unión Europa esto es impensable

El nacionalismo vasco no fue leal con la República. Los famosos ‘gudaris’ (soldados vascos) no pusieron mucho empeño en defender su sagrada patria. Parece que tiraron los fusiles con prisas y echaron a correr por el monte para recogerse en sus caseríos, lo cual facilitó la victoria de Franco y el que la guerra no se prolongase hasta el estallido de la II Guerra Mundial. Con ello, quizá las cosas hubieran sido de otro modo.

Conviene advertir que, pese a lo que ahora se afirma desde sectores nacionalistas, la Guerra Civil no fue una guerra contra el nacionalismo vasco o catalán. Fue un combate entre ideologías y entre clases sociales. Durante el franquismo los vascos que se pusieron del lado del general y ganaron dinero fueron muchos. Pasados los años el nacionalismo vasco siguió siendo desleal, mañoso y clerical en una España democrática cuya debilidad tiene mucho que ver con la debilidad de una República que el 18 de julio de 1936 no fue capaz de acabar con unos sublevados cuyas fuerzas militares más importantes se encontraban en África y tenían que llegar a la Península por mar, cuando el grueso de la flota estaba en manos republicanas.

Ahora, en pleno siglo XXI, sólo un Estado sin fuerza permite que una estructura político-militar como Eta y su entorno que asesina, extorsiona, da palizas y hace mobbing siga existiendo. Para encontrar algo así, cerca de mil muertos y cuatro mil heridos, hay que irse a países muy deteriorados. En el resto de los países de la Unión Europa esto es impensable. España es el Estado más descentralizado de la Unión Europea si se exceptúa Alemania, un país federal estructurado por los aliados y sus ejércitos de ocupación tras la Segunda Guerra Mundial con la vista puesta en evitar que se volviese a repetir el brutal arrebato de 1939.

Para un europeo al que le hubiera tocado vivir en cualquiera de los tres últimos siglos, la idea del independentismo vasco de asentar su patria a caballo de los Pirineos, entre los ríos Adour y Ebro, escaparía a su idea de la política europea. No existe justificación histórica o política para tal cosa. El “plan Ibarretxe” incluye Navarra en su imperialismo, algo desmesurado, sin justificación a la luz de la historia y de las ciencias sociales puesto que en las zonas limítrofes con el País Vasco y en los valles pirenaicos sólo se siente vasca o vasconavarra una pequeña parte de la población que utiliza el vascuence como lengua cotidiana. Navarra fue un reino y mantuvo en todo momento su idiosincrasia jurídica.

Ante una situación como la que plantea dentro del independentismo vasco el “plan Ibarretxe” conviene analizar con finura los mensajes, las informaciones que producen los medios de comunicación. Es preciso matizar, porque de otro modo se podría acabar cogiendo el rábano por las hojas. No puede confundirse la voluntad de una minoría bien organizada y violenta con la legitimidad que tiene todo ciudadano español para reclamar la integridad territorial de España.
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