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Tribuna/Tribuna libre
Todos no caben en la Europa mágica
Por Bernabé Sarabia, domingo, 7 de abril de 2002
En la Unión Europea no cabe todo el mundo. Los diecisiete países que la constituyen más Suiza, Noruega, Suecia o pequeñas naciones como Andorra, Mónaco o San Marino conforman un territorio, pequeño a escala planetaria, en el que la calidad de vida es mejor que en cualquier otro espacio de la Tierra.
En Europa no se atan los perros con longaniza y sus habitantes han pasado a lo largo de la historia muchas penalidades. Sin embargo, los ciudadanos europeos fueron capaces de superar la Edad Media y separar a partir de la Reforma el ámbito religioso del político. Más tarde tuvieron el coraje, desde la llegada de Colón a América en 1492, de emprender peligrosos viajes y de propagar sus mejores logros.

Conviene no olvidar que China dispuso de una colosal flota en la Edad Media que nunca utilizó para embarcarse en nuevos descubrimientos. El Islam, al entrar en la modernidad, interrumpió la innovación tecnológica y volvió la espalda a la imprenta ante las presiones religiosas.

Para explicar la expansión europea se han utilizado todo tipo de argumentos, en general faltos de base, aunque no se pueda negar que alguno de ellos sea ingenioso. Este es el caso de Jared Diamond, un profesor norteamericano que escribió en 1996 Guns, Germs and Steel, un libro de enorme éxito en Estados Unidos. Diamond se hacía la pregunta de porqué los incas no habían subido a sus barcos para desembarcar en las islas atlánticas, en Marruecos o en la costa portuguesa. La peregrina respuesta fue que como América tiene una distribución del territorio orientada en un eje norte-sur, los viajes este-oeste eran más difíciles. En cambio, según Diamond, como Europa se orienta más bien de este a oeste, viajar o trasladarse es más fácil. El traslado de personas, plantas o ganado, siguiendo latitudes próximas, es obvio que es menos complicado, pero el mismo razonamiento se le puede aplicar a Asia. El atraso africano lo justifica Diamond diciendo que si bien es verdad que Africa despertó a la civilización seis millones de años antes que los demás, al estar aislada por océanos no pudo evolucionar.
En el último siglo los distintos países europeos han llevado a cabo un esfuerzo considerable. Los avances en las ciencias sociales, entre ellos el descubrimiento del psicoanálisis y el desarrollo de la sociología, han facilitado que la vida interior y la libertad espiritual y personal alcanzaran cotas de satisfacción nunca gozadas hasta ahora. El impulso tecnológico y científico ha sido gigantesco, y a la vez se ha logrado una democratización política sin precedentes

El hecho de que los descubrimientos portugueses, españoles o ingleses hayan derivado en formas de colonialismo inaceptable es algo bien sabido que no invalida la tesis de la excelencia europea. Que Leopoldo II, rey de Bélgica, haya cometido en el Congo toda suerte de abusos es bien conocido, como muestra muy bien el libro de Adam Hochschild, El fantasma del rey Leopoldo (Ed. Península, 2002). Leopoldo II fue un anticipo de las matanzas de Hitler y Stalin, pero eso no anula el esfuerzo civilizatorio de conjunto.

En el último siglo los distintos países europeos han llevado a cabo un esfuerzo considerable. Los avances en las ciencias sociales, entre ellos el descubrimiento del psicoanálisis y el desarrollo de la sociología, han facilitado que la vida interior y la libertad espiritual y personal alcanzaran cotas de satisfacción nunca gozadas hasta ahora. El impulso tecnológico y científico ha sido gigantesco, y a la vez se ha logrado una democratización política sin precedentes. Mientras todo esto sucedía a lo largo del siglo pasado otro invento europeo se consolidaba. Me refiero a la consolidación del Estado de Bienestar.

En 1941, en plena II Guerra Mundial, William Beveridge, un británico educado en las elitistas Public Schools y en Balliol, uno de los mejores colleges de la Universidad de Oxford, publicó el célebre “Informe Beveridge”, que vendió 100.000 ejemplares a pesar de ser una publicación del gobierno. En dicho informe se sentaban las bases de lo que ahora conocemos como el Estado del Bienestar. Un sistema para proporcionar sanidad pública de calidad, desgravaciones por hijos, subsidio de desempleo y distintas ayudas públicas de muy diverso tipo. El dinero para subsidiar el Estado del Bienestar debía salir según Beveridge de los individuos, los empresarios y el Estado.

A lo largo de una historia llena de tensión y lucha se ha logrado en Europa un bienestar económico y una cultura política y artística impensables hace unos años. Si la I Guerra Mundial dejó amargura y desesperación, la II Guerra Mundial dejo un poso de optimismo que contribuyó, sin duda, al florecimiento de las últimas décadas.
La llegada de musulmanes ha sido una experiencia nueva para países como Gran Bretaña, Alemania, Bélgica, Holanda o incluso Francia. Por parte del mundo islámico la situación también fue de novedad y de desconcierto. El Islam no concibe la separación entre el poder religioso, algo fundamental en el funcionamiento de las democracias occidentales, y el poder político. Junto a ello el carácter universal de la revelación del Profeta hace que sea un deber para todo musulmán convertir a los infieles, incluso, si fuera necesario recurriendo a la guerra santa

Mientras tanto, en los años posteriores a la II Guerra Mundial, se armaba a toda prisa un proceso de descolonización que le iba muy bien tanto a la Unión Soviética como a Estados Unidos porque las colonias eran europeas. Con la descolonización se levantó el sombrajo ideológico de que todas las culturas tenían el mismo valor y que merecían el mismo respeto.

Para percibir la falsedad de algo que ha llevado a lo que ahora se denomina multiculturalismo no hay que ir muy lejos. No es necesario, como hizo Vida Naipaul en 1981, irse a cuatro países islámicos: Irán, Paquistán, Malasia e Indonesia. En Irán se encontró con un absurdo rechazo a Occidente que se reflejaba muy bien en la actitud de sometimiento de la mujer. Las universidades estaban ahogadas en el fundamentalismo islámico. Paquistán se refugiaba en la fe. En Malasia los musulmanes eran incapaces de competir con los chinos, la otra mitad de la población. En Indonesia, una sociedad derrumbada en sus valores cívicos, la fe era la única salvación.

Insisto en que no hay que ir muy lejos para ver que las sociedades y sus culturas no son iguales. Son más bien, como los cepillos de dientes o cualquier otra cosa, distintas unas de otras y, por tanto, unas mejores que otras. Los españoles ésto lo tenemos muy cerca. Es evidente cuando analizamos las culturas peninsulares. Ahí está la cultura vasca como un ejemplo. Los vascos, que no tuvieron la fortuna de ser romanizados, han desarrollado hasta hace dos días, en términos históricos, una cultura básicamente oral. La capacidad tecnológica y de gestión económica de los vascos ha sido muy superior a su grado de desarrollo cultural. Su burguesía sana, deportista y rica ha sido incapaz de generar una buena universidad para todos. La vida académica del País Vasco, como tantas otras cosas, ha sido cosa de curas, de funcionarios de la fe. ¿Una cultura gastronómica, rala en el pensamiento, es igual de buena que otra que hace filosofía o matemáticas? Una cultura primitiva entiende mejor el asesinato como forma política. Una cultura así es peor que otra de conversación, escritura y formas políticas. No todo es igual.

Después de la II Segunda Guerra Mundial, Europa comenzó a recibir inmigrantes. El flujo migratorio se invirtió en un momento en el que, salvo Francia, no existían experiencias previas. Aún así, la experiencia francesa se limitaba a españoles, italianos, portugueses, polacos y ármenios. Todos eran católicos menos algunos judíos, pocos, de la Europa germánica y rusa.
Frente a la diversidad de la inmigración que está recibiendo España, nos encontramos con un doble problema. Por un lado, el de unos orígenes muy distintos. No se puede olvidar que a lo largo del siglo XX España ha estado en guerra con Marruecos en repetidas ocasiones y ahora mismo está bien presente el contencioso de Ceuta y Melilla, más el de los antiguos territorios saharauies

La llegada de musulmanes ha sido una experiencia nueva para países como Gran Bretaña, Alemania, Bélgica, Holanda o incluso Francia. Por parte del mundo islámico la situación también fue de novedad y de desconcierto. El Islam no concibe la separación entre el poder religioso, algo fundamental en el funcionamiento de las democracias occidentales, y el poder político. Junto a ello el carácter universal de la revelación del Profeta hace que sea un deber para todo musulmán convertir a los infieles, incluso, si fuera necesario recurriendo a la guerra santa.

En los países de la Unión Europea la capacidad y los modos de asimilación varían, de igual modo que se diversifican los orígenes de los inmigrantes musulmanes. De este modo encontramos paquistaníes, kurdos, turcos y chiítas instalados en el Reino Unido y en Alemania. Tunecinos, cavílenos, argelinos, beréberes, marroquíes y negros africanos en Francia, Bélgica y Holanda. Sin olvidar que algunos proceden de ciudades y conocen la vida urbana y otros llegan directamente del campo.

Henri Medras en su texto Sociología de Europa Occidental (Ed. Alianza, 1999) señala que, en conjunto, en los países de la Unión Europea la inmigración musulmana a tenido el efecto de reavivar unas tensiones ciudadanas que de otro modo se habrían difuminado.

En España, país de emigrantes, no se estaba preparado para recibir el número de inmigrantes llegados en los últimos cinco años. En un primer momento estos han sido sobre todo “magrebíes” ente otras cosas porque eran los que estaban más a mano. Después han ido llegando, muy deprisa, hispanoamericanos y personas procedentes de la antigua Unión Soviética.

Frente a la diversidad de la inmigración que está recibiendo España, nos encontramos con un doble problema. Por un lado, el de unos orígenes muy distintos. No se puede olvidar que a lo largo del siglo XX España ha estado en guerra con Marruecos en repetidas ocasiones y ahora mismo está bien presente el contencioso de Ceuta y Melilla, más el de los antiguos territorios saharauies. La imagen de España de alguien que viene de Kiev es muy distinta de quien llega de Fez, y lo mismo sucede con sus deseos de integración y sus expectativas.

Pero por otro lado, el inmigrante que llega aquí se topa con un segundo problema: en la España autonómica cada autonomía desarrolla su propia sistema de lealtades. Dentro de España existen conceptos, a veces enfrentados, de su mismidad. En España, no está muy claro cuál es la fuente de legitimidad y ciudadanía a la que hay que adaptarse cuando se llega de fuera.

En Madrid, según datos aportados el pasado 3 de abril por Pilar Martínez, consejera de Servicios Sociales, de los 281.183 extranjeros que había en diciembre de 2000 se ha pasado 425.513 en el mismo mes de 2001. De ellos, únicamente están en situación regular 231.295.

Por nacionalidades el colectivo más numeroso es el ecuatoriano, con 24% del total, seguido del colombiano (12%), el peruano (6%), el dominicano (5%) y el rumano (5%). Estos son los datos oficiales, la realidad es peor y está fuera de control. Todos no caben.
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