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Francisco Ayala

Francisco Ayala


Tribuna/Tribuna libre
Granada, ciudad tan compleja
Por Bernabé Sarabia, sábado, 2 de junio de 2001
En Granada se cruzan distintas pero profundas nostalgias. Sus habitantes vuelven al pasado y cuando retornan al presente siempre traen algo entre las cejas. Es fácil y difícil estar en Granada. La biografía de García Lorca ilustra la vida de una ciudad tan especial.
En Granada se cruzan distintas pero profundas nostalgias. Sus habitantes vuelven al pasado y cuando retornan al presente siempre traen algo entre las cejas. Muchos se zambuyen en el reino nazarita para pensarse en el reducto más culto, tolerante y políglota de Europa. Tras la invasión musulmana, en 1013, Granada fue la capital de un reino taifa bereber. Con los almohades, en 1148, se convirtió en la capital de Al Andalus. Pero la gloria llega con la dinastía nazarí, capaz de mantener el último reino musulmán del occidente europeo hasta casi el siglo XVI. Dicen que sus sofisticados sistemas de regadío sustentaban una agricultura intensiva mucho más sofisticada que la de sus vecinos cristianos. Fueron capaces de construir los palacios de la Alhambra, el monumento español más visitado. En todo caso, en las callejuelas de la parte de detrás del Hotel Meliá, te ponen junto al vino o la cerveza una cazuelita de barro con unos suaves y jugosos dátiles que se deshacen cuando los presionas entre la lengua y el paladar; forman parte, te dicen, del recetario de cocina nazarí.

Boabdil, el último rey de Granada, se rindió dejando para la historia una frase que puesta en boca de su madre adquiere una resonancia machista de pesadilla: “Llora como mujer lo que no has sabido defender como hombre”. Sin embargo, las condiciones de la rendición del reino de Granada en 1492 a los Reyes Católicos fueron generosas. Ahí está la granada como símbolo permanente en el emblema de España. Luego las cosas fueron empeorando: de la universidad árabe, la Madraza Yusuffina, creada en el siglo XIV por Yusuf I, no quedó más que un bello edificio que todavía hoy se puede contemplar junto a la Capilla Real, en la calle Oficios.

Los Reyes Católicos, para contrarrestar la potencia cultural islámica, fundan los Colegios de Doctrina y mientras tanto el clima se va enrareciendo. Quizá por eso y quizá también bajo la impresión de un entorno arquitectónico y de belleza natural tan fuerte, Carlos V, el emperador menos español de las monarquías hispanas, se lanza a construir y ordena la creación en 1531 de una Universidad destinada a competir con las mejores de la época. El Papa Clemente, con su Bula de ese mismo año, sitúa la recién creada universidad en la línea de los grandes centros europeos como Alcalá de Henares, Bolonia, París o Salamanca.
Guarda el antiguo reino nazarí aromas y resabios de difíciles convivencias, nunca ha sido Andalucía del todo. Muchos granadinos ni aprecian las corridas de toros -“ese lujo de la monarquía de los Austrias”- ni bailan sevillanas. Ante el flamenco se da mucha ambivalencia

Pero la mezcla de las tres grandes culturas, las mismas que hoy siguen peleando en Jerusalén, no fragua y la revuelta morisca dirigida por Aben Humeya en 1570 acaba con una derrota que para los viajeros de la nostalgia ha convertido al dirigente y al rey Boabdil en dos referentes. La derrota produce una melancolía todopoderosa en el recuerdo y en la ambivalencia de los cambios de luz al atardecer. Ese sabor lo han paladeado mucho los nacionalistas. En 1610 son expulsados los moriscos.

Granada encierra otras nostalgias del pasado. Allí se celebró el primer concilio de la Iglesia española alrededor del año 300. Francisco Ayala dejó Granada a los dieciséis años para vivir en Madrid, y todavía recuerda una ciudad de claroscuros y mucha mala leche. La Junta de Andalucía y el Ayuntamiento de Granada le han andado detrás para incorporarlo a las glorias andaluzas, pero él se resiste y se queda a vivir, más libre, en Madrid.

Guarda el antiguo reino nazarí aromas y resabios de difíciles convivencias, nunca ha sido Andalucía del todo. Muchos granadinos ni aprecian las corridas de toros -“ese lujo de la monarquía de los Austrias”- ni bailan sevillanas. Ante el flamenco se da mucha ambivalencia. Ahora la ciudad tiene alrededor de 300.000 habitantes que conviven con más de sesenta mil estudiantes. En Granada la mezcla a veces hace gloria y en ocasiones espino.
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