María Asunción Frexedas: <i>La voz antigua de la tierra</i> (Ediciones Carena, 2010)

María Asunción Frexedas: La voz antigua de la tierra (Ediciones Carena, 2010)

    AUTORA
María Asunción Frexedas Estébanez

    LUGAR DE NACIMIENTO
Vilafranca del Penedés (Barcelona, España)

    BREVE CURRICULUM
Se licenció en Filología Románica en la Universidad de Barcelona y se ha dedicado siempre a la enseñanza. Actualmente ejerce como profesora de Lengua y Literatura Española en el I. E. S Joanot Martorell de Esplugues de Llobregat. En los más treinta años que lleva dedicados a la enseñanza, ha colaborado en diversos proyectos editoriales relacionados, hasta ahora, con su labor docente La voz antigua de la tierra es su primera novela




Creación/Creación
María Asunción Frexedas: La voz antigua de la tierra
Por María Asunción Frexedas, martes, 1 de junio de 2010
Cuando a Miguel, un joven ingeniero en paro, se le ofrece la posibilidad de marchar a Malasia durante una larga temporada, para labrarse así un brillante porvenir, acepta sin el menor entusiasmo y parte con pena. Sin embargo, el juego caprichoso que a veces esconde la vida le deparará, en aquel rincón escondido de Malasia, un sinfín de sorpresas sobre sí mismo y sobre el mundo que le rodea. La novela de María Asunción Frexedas, La voz antigua de la tierra (Ediciones Carena, 2010), de prosa ágil y fluida, “engancha” o prende al lector desde las primeras páginas. Es una historia sencilla, y muy actual, en la que el lector se identifica pronto con los personajes. Y se va adentrando en la trama, sin sentirlo, ya que se van sucediendo las imágenes, de forma muy plástica, como si el lector visualizara interiormente una película. A lo largo del relato, aunque sin estridencias, se hacen evidentes, los sinsentidos y los absurdos del mundo en que vivimos, y la fragilidad de los dioses a los que adoramos, y la novela se va tornando, progresivamente, una novela comprometida y de mirada crítica a la sociedad.
Beatriz, aún somnolienta, abrió la ventana de su habitación, y se quedó allí como suspendida, mientras el aliento de la mañana, tibio y dulzón, la rozaba con suavidad. Las aletas de su nariz se dilataron brevemente y un tenue aroma despertó, de pronto, todos sus sentidos. Huele a primavera, se dijo, y sonrió para sí. Se vio de niña y adolescente parándose, de repente, en plena calle, para aspirar aquel olor que descubría cualquier día, inesperadamente, cuando iba a sus cosas... Casi había olvidado aquella fragancia. Hacía tiempo que no la olía; la contaminación o que estaba demasiado ocupada, tal vez. Se apoyó en el antepecho del ventanal y su sonrisa se fue borrando lentamente, mientras sus ojos se deleitaban, con asombro, en el paisaje. Con qué gozo, se admiró, había estallado este año la primavera. El mundo parecía una fiesta. Sin saber por qué aquel pensamiento la turbó. Tímidamente, desde algún lugar recóndito del fondo de sí misma, se fue abriendo paso la extraña sensación de que a ella no la invitaban a esa fiesta.

Se apartó de la ventana, confusa. Ignoraba a qué obedecían aquellas extrañas percepciones, y cómo se le ocurrían ideas tan absurdas. Todo estaba en orden en su vida, muy en orden. Las cosas no podían ir mejor. Tenía un magnífico trabajo y, desde que lo abrieron, su gabinete tiraba más que bien. Miguel había dejado de quejarse, entre bromas y veras, de que estaba en el culo del mundo y parecía contento. Sólo ella sabía cuánto le había costado, al principio, animarle a no desaprovechar aquella oportunidad y luego apoyarle para que no abandonara.

El recuerdo de Miguel avivó una punzada de nostalgia. Hacía demasiado tiempo, demasiados meses que no se veían, y el tiempo pesaba... o, tal vez, ahora sólo le pesaba a ella, pensó con una cierta desazón; últimamente –lo sabía bien– él ya no hablaba de volver, y hacía más de un mes que se había cumplido el plazo pactado con la empresa...Lo notaba cambiado. ¿Habrían cambiado, también, sus sentimientos? Qué ocurrencia ¡Miguel! ¿Es que no conocía a Miguel? Habría surgido algún contratiempo, ya se lo explicaría; era raro que no lo hubiera hecho aún. Quizá esperaba contárselo a su vuelta, que debía saber inminente. Había trabajado demasiado últimamente. A lo mejor, debía acudir a un psicólogo. Muchos de sus amigos y compañeros lo hacían. Ya lo pensaría.

Víctor consultó su reloj: las nueve menos tres minutos. Beatriz estaría al caer. Su puntualidad era proverbial, casi germánica. Jamás se retrasaba. A Víctor le encantaba esta cualidad de Beatriz. Llegaba siempre serena, tranquila, sin prisas, y a la hora. Como si los agobios y apremios que inquietaban al común de los mortales a ella ni siquiera la rozaran.

Allí estaba, venía tan bella y exquisitamente elegante como siempre. Y también como siempre, despertaba miradas de admiración –alguna de envidia– mientas caminaba, con soltura y aplomo, a la mesa que les tenían reservada.

Acudían con frecuencia a aquel restaurante. Era cómodo y acogedor y en él se sentían a gusto. Nunca estaba abarrotado y podían hablar con tranquilidad. Encargaron la cena. Beatriz pidió solamente un entrante ligero, no le apetecía nada más. Víctor intervino, solícito.

–Vas a morir de hambre sólo con lo que has pedido.

¿Seguro que no quieres algo más?

–Seguro. Estoy un poco cansada, hoy; prefiero comer poco. Tranquilo.

Víctor asintió. Pero, casi al instante, una duda cruzó por su mente. Beatriz era muy sensata, desde luego, aparte de esbelta, con todo, ¿no estaría siguiendo alguna dieta? Muchas de sus amigas se empeñaban en matarse de hambre.

–¿No estarás haciendo régimen, verdad?

–No, claro que no, Víctor, ¡qué va! –respondió Beatriz, con una sonrisa–. Es puro cansancio. Mucho trabajo. Eso es todo. No podemos rechazar ni una obra y hay que cumplir los plazos... Menos mal que mi hermano Jorge acaba este año y se vendrá al despacho. Estamos, realmente, desbordados.

–No se te nota. Yo te veo siempre como si acabaras de salir de la ducha. No sé cómo te lo haces.

–Con calma. Procuro mantener la calma y no perder los nervios.

Les sirvieron la cena y la conversación quedó momentáneamente interrumpida. Cuando el camarero se alejó, Víctor comentó con entusiasmo:

–He visto, esta mañana, la casa de Pedro y María. Es maravillosa, Beatriz, un trabajo impecable.

–Me dieron total libertad para hacerla como quisiera, y eso no ocurre a menudo… Es un placer trabajar así. Yo también estoy contenta.

–Me gustaría vivir en una casa como esa –casi susurró Víctor, soñador–, a Miguel le encantaría.

Beatriz lo miraba y sonreía complacida. Pero sus ojos no sonreían, observó Víctor, y creyó adivinar en su fondo una sombra de tristeza.

–Supongo que sí –respondió, mientras se iba apagando, despacio, su sonrisa– ¿Has hablado con él últimamente? –preguntó. Y a Víctor le pareció que un ligero timbre de ansiedad, desconocido hasta entonces, temblaba en su voz.

–Sí, el viernes pasado ¿Por qué? ¿Algo anda mal?

–No, no. Pero ¿cómo lo encontraste?

–Bien, muy bien. Me pareció contento.

–¿Lo notaste cambiado? –siguió preguntando Beatriz.

–Lo noté como siempre. Bueno, y creo que, al fin, del todo adaptado.

–Sí, muy adaptado –corroboró Beatriz–, muy adaptado–, y dijo, como para sí –tal vez demasiado.

Víctor miró a su amiga con total desconcierto.

–Beatriz, no te entiendo. ¿No era eso lo que querías?

–Sí, claro que sí, Víctor. Pero hay algo que me extraña...no habla de volver. Y la empresa lo envió a Melaka... por dos años..., va a hacer dos y medio que se fue.

–Por Dios, Bea..., ¿es que no sabes cómo van las empresas? Le habrán exigido más tiempo o ¡yo qué sé! habrán surgido dificultades. Me habías preocupado.

Víctor conocía bien a Beatriz. Era una mujer que mostraba, siempre, un total y casi absoluto control de sus emociones, pero el rostro de su amiga, ahora, era elocuente. Otra, pensó Víctor, se hubiera echado a llorar. La oyó decir:

–A mí lo que me preocupa y me duele es...su silencio. Me intranquiliza que no me diga nada…

–Mujer, espera…

–Hace tiempo que espero. Al principio, sólo me impacienté, y ahora…, ahora ya no sé qué pensar, Víctor. Ese no es su estilo; siempre lo hemos hablado todo, desde que estamos juntos. Y tú sabes el tiempo que llevamos juntos.

Víctor asintió repetidamente y quedó pensativo.

Miguel y Beatriz eran novios eternos, de toda la vida. Se habían conocido en la escuela, de pequeños, y al llegar a secundaria ya andaban ennoviados. Eran estudiantes destacados y responsables, tal para cual, que fueron superando los cursos con brillantez, muy respetados por sus profesores y, con todo, muy queridos por el resto de los alumnos. Habían sido igualmente brillantes en la universidad en la carrera que cada uno había elegido. Y habían seguido juntos y extrañamente unidos, sin dudas ni desmayos, mientras a su alrededor se hacían y deshacían parejas con frecuencia, en busca de una estabilidad emocional, por lo que parecía, cada vez más difícil de conseguir. El propio Víctor había salido un tanto maltrecho y escaldado de diversas relaciones de desigual intensidad que le habían dejado un cierto escepticismo y resquemor en materias amatorias. Pero con Miguel y Beatriz era distinto. Estaban a punto de firmar la hipoteca de una casa, no muy distante del actual apartamento de Beatriz, y casarse, cuando, sin previo aviso, la factoría en que trabajaba Miguel cerró sus puertas para trasladarse a Polonia. Hubo que aplazar la firma de la hipoteca y la boda, mientras Miguel buscaba y encontraba otro trabajo. Beatriz trabajaba, entonces, en el despacho de un afamado arquitecto y su sueldo era escaso. Y, en ese momento, llegó una oferta excepcional: la antigua compañía de Miguel, conocedora de su valía, le proponía una estancia de dos años en una factoría de un lugar retirado de Malasia, en la provincia de Melaka, donde se necesitaban sus conocimientos y su recién adquirida experiencia, y le aseguraba un importante puesto directivo en la empresa a su vuelta.

Miguel había dudado. Beatriz, no: era una oportunidad de oro y había que aprovecharla. Dos años pasaban volando y ella prometía ir a verlo. Podrían hacer, además, pequeñas escapadas a diversos lugares menos alejados para ambos y pasar algunos días juntos. Miguel, al fin, se convenció.



Nota de la Redacción: agradecemos a Ediciones Carena en la persona de su director, José Membrive, la gentileza por permitir la publicación de este fragmento de la novela de María Asunción Frexedas, La voz antigua de la tierra (Ediciones Carena, 2010).