AUTOR
George L. Mosse

    GÉNERO
Ensayo

    TÍTULO
La nacionalización de las masas

    OTROS DATOS
Traducción de Jesús Cuellar Menezo. Madrid, 2005. 286 páginas. 23 €

    EDITORIAL
Marcial Pons



Concentración nazi en Nuremberg en 1935

Concentración nazi en Nuremberg en 1935

George L. Mosse

George L. Mosse


Reseñas de libros/No ficción
George L. Mosse: "La nacionalización de las masas" (Marcial Pons, Madrid, 2005)
Por Rogelio López Blanco, lunes, 6 de febrero de 2006
Hay que agradecer a Marcial Pons que el lector en español interesado en temas históricos de gran calado pueda disponer de la traducción de este valioso libro sobre el simbolismo político y el movimientos de masas en Alemania desde las Guerras Napoleónicas al Tercer Reich, obra de un historiador tan eminente como George L. Mosse (1919-1999).

Cuando se sostiene que el fascismo italiano y el nazismo alemán son productos de la Europa de entreguerras, no hay ninguna inexactitud en ello, pero la explicación queda coja si no se amplía la perspectiva, como ocurre en Alemania, que es el caso que trata el volumen, a la consideración del desarrollo de los movimientos y la política de masas que precede durante más de cien años a esos fenómenos totalitarios. El punto de partida de Mosse es, además de perspicaz, muy sugerente, pues afirma que el fascismo representa a la democracia de masas: “Millones de personas vieron en las tradiciones de las que hablaba Mussolini una expresión de la participación política más vital y elocuente que la que representaba la idea `burguesa´ de democracia parlamentaria”. Se refiere a la existencia de una tradición anterior que tomó cuerpo, entre otros, en los movimientos nacionalistas y obreristas tras el advenimiento de la Revolución Francesa, a todo lo largo del siglo XIX.

En Alemania, la emergencia del nacionalismo y la democracia de masas fueron los factores que a los largo del Ochocientos estimularon el culto al pueblo como religión secular. Estos “movimientos exigían un nuevo estilo político que transformara la multitud en una fuerza política coherente” y el nacionalismo “proporcionó un culto y una liturgia que podrían alcanzar ese propósito”. Al estudio de este proceso, desde la etapa napoleónica hasta su culminación con el nacionalsocialismo, dedica el historiador Mosse la parte más sustancial de este espléndido libro con el estudio de los grupos de fomentaron y canalizaron mediante sus actos festivos y sus liturgias la conformación de ese nuevo culto político, las sociedades corales masculinas, las del tiro al blanco y las de gimnastas.

Lo que hizo el nacionalsocialismo fue adoptar la tradición y costumbres políticas que estaban vigentes desde hacía décadas y adaptarlas

Junto a estas asociaciones, otros elementos que contribuyeron a preparar a la multitud para esa nueva política de la época de masas fueron los monumentos nacionales, elevados para enraizar los mitos y símbolos nacionales en la conciencia del pueblo. El nuevo estilo político que se iba imponiendo, rival del concepto liberal de gobierno parlamentario, se basaba en una estética que resultaba crucial para la unidad del simbolismo, forma idónea de someter el pasado y de dar coherencia a la implicación de las masas mediante un ideal de belleza que, lejos de la ornamentación y el juego del Barroco, suponía o simbolizaba el orden, la jerarquía y la nueva plenitud.

Lo que hizo el nacionalsocialismo fue adoptar esta tradición y costumbres políticas que estaban vigentes desde hacía décadas y adaptarlas. Como señala Mosse, esa tradición “ya llevaba alrededor de un siglo ofreciendo una alternativa a la democracia parlamentaria”. De este modo, el fascismo fue más una “actitud” o estilo que un sistema, lo que importaba era la liturgia, los ritos del culto, como es el caso del discurso, más valorado por su función dentro del ritual que por su componente didáctico.

El mejor ejemplo del nuevo estilo político que culmina con el nazismo, que es preciso advertir fue sólo uno de los elementos que contribuyeron al desarrollo del Tercer Reich, son las reuniones de masas organizadas por el partido nazi en Nuremberg. Grandes grupos alineados militarmente, de modo uniforme, junto a sus estandartes y banderas, con un juego de luces que enfatizaba al grupo, lo que supone la desaparición de todo signo de individualidad en medio de una multitud ordenada que actuaba y se significaba como comunidad. Hasta el Fuhrer, situado en el proscenio, quedaba sumido en medio del espectacular protagonismo de la masa, en su forma particular de discursear facilitaba la participación del público que, además de salpicar la alocución con sus aclamaciones rítmicas, vivía extasiado la experiencia del acto alejado del contenido exacto de las palabras. Mosse rechaza la calificación de estricta “propaganda” y manipulación para este tipo de política y actos públicos. No era un fenómeno artificial puesto que tenía una “naturaleza esencialmente religiosa” que apelaba a las emociones e impulsos inconscientes de la gente, creando una suerte de magia que cohesionaba y subrayaba la interdependencia entre el líder y la masa, reforzando el espíritu de grupo.