Tribuna/Tribuna libre
La reforma de la universidad como problema
Por Bernabé Sarabia, sábado, 12 de mayo de 2001
El pasado día 7 de mayo se hizo público el texto del Anteproyecto de Ley de Universidades que viene a substituir a la Ley de Reforma Universitaria aprobada por el PSOE en 1983. Con el texto todavía caliente, casi sin leer, han aparecido ya las primeras críticas de políticos y rectores. ¿Es posible la reforma de la universidad?
El pasado lunes día 7 de mayo se hizo público el texto del Anteproyecto de Ley de Universidades que viene a substituir a la Ley de Reforma Universitaria aprobada por el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) en 1983, tras haber ganado las elecciones de octubre de 1982 por mayoría absoluta. Con el texto todavía caliente, sin casi tiempo material para su lectura, se han producido ya las primeras críticas. El Secretario General del PSOE ha sido rotundo al afirmar que nada más llegar al gobierno deshará la ley. Los diez rectores de las universidades públicas andaluzas dieron, el 9 de mayo, su opinión en contra.

Tanto apresuramiento lleva a pensar, en primer lugar, en un juego político que obliga a oponerse de modo sistemático a cualquier intento constructivo del adversario. Desde esa lógica el análisis se reduce a un mero antagonismo. Tomar como elemento de juicio el juego de oposiciones es eficaz pero también es, con frecuencia, reduccionista. Sin embargo, un análisis más fino y, sobre todo, más distanciado a lo que nos lleva es a la pregunta de si reformar la Universidad es un problema con solución.

A primera vista parece que no. En la segunda mitad del siglo XIX la ordenación jurídica de la vida académica tuvo en España un carácter, con algunas excepciones, progresista. No obstante, desde la importante y bien conocida Ley Moyano de 1857 todo ha sido un constante tejer y destejer como si sobre nuestra universidad hubiera la maldición de lo que podríamos llamar el Efecto Penélope.

El siglo XX no mejora mucho las cosas. Tras proclamarse la República, en abril de 1931, se elabora un nuevo plan de estudios que afecta a varias facultades de Filosofía y Letras. Madrid y Barcelona se constituyen como referencias. El plan denominado Morente, por el apellido del decano madrileño que lo puso en práctica, anticipó el esquema de lo que habría de ser la Ley de Instrucción Pública. Sin embargo, pese a todas las promesas nunca llegó a promulgarse la esperada ley.
Junto a la intrusión de la política en la vida académica nos encontramos, desde la Ley Moyano con toda claridad, que toda reforma supone incrementar los recursos académicos. Hace falta un dinero que, en principio, un contribuyente como el español, que ve la enseñanza universitaria como un derecho casi gratuito, no está dispuesto a pagar

Como es bien sabido, la universidad sufrió en sus propias carnes las consecuencias de la Guerra Civil. Ya en pleno proceso de modernización se intentó con la ley de Villar Palasí recomponer la enseñanza superior siguiendo el modelo francés de universidad napoleónica. Con el PSOE en el gobierno se orquestó la reforma universitaria con el tono marcado por el estilo universitario anglosajón. No hace falta recordar que las manifestaciones estudiantiles –Cojo Manteca incluido con su muleta rompiendo mobiliario público- echaron al ministro Maravall de su despacho de Alcalá 34.

Un joven Ortega y Gasset pronuncia en 1910, en la Sociedad “El Sitio” de Bilbao, una conferencia en la que contempla la educación como un hecho social y la pedagogía como la ciencia destinada a transformar las sociedades. Esta perspectiva, que tiene mucho que ver con el pensamiento anarquista de primeros de siglo, será actualizada dos décadas después por republicanos de la importancia de Rodolfo Llopis. De este modo se empareja la educación universitaria con la vida política y se somete aquélla a los vaivenes e incertidumbres de ésta.

Junto a la intrusión de la política en la vida académica nos encontramos, desde la Ley Moyano con toda claridad, que toda reforma supone incrementar los recursos académicos. Hace falta un dinero que, en principio, un contribuyente como el español, que ve la enseñanza universitaria como un derecho casi gratuito, no está dispuesto a pagar.

A la falta de dinero y a la incertidumbre política se añade un problema de muy difícil solución: la universidad debe ser la institución social capaz de proporcionar las ideas, las técnicas y las personas necesarias para afrontar las nuevas situaciones a las que se ve abocada la humanidad.
Para servir a la sociedad es necesaria una universidad capaz de organizar, además de los cometidos clásicos conocidos por todos –investigación, enseñanza y cultura-, un conjunto muy diverso de prestaciones que han de ir desde la educación permanente a lo largo de toda la vida hasta la creación de alta tecnología o la gestión de patentes

El 9 de octubre de 1930 Ortega y Gasset dicta una conferencia en el Paraninfo, abarrotado de estudiantes, de la Universidad Central en la que aborda la entonces llamada cuestión universitaria. Nada más comenzar la lectura de sus cuartillas pronuncia unas palabras que hoy pueden leerse en Misión de la universidad: "La reforma universitaria no puede reducirse a la corrección de abusos, ni siquiera consistir principalmente en ella". Acierta Ortega y Gasset al señalar que el problema no está tanto en los defectos, en las corruptelas, como en la visión de conjunto. El gran dilema de la universidad es la necesidad que tiene como gran institución social de transformarse para poder desempeñar las funciones, los cometidos que la sociedad le demanda.

Se anuncia el nuevo siglo como un tiempo de cambio acelerado y permanente en el que será imprescindible adaptarse a las nueva magnitudes demográficas y a la creciente movilidad social, laboral y tecnológica. Para servir a la sociedad es necesaria una universidad capaz de organizar, además de los cometidos clásicos conocidos por todos –investigación, enseñanza y cultura-, un conjunto muy diverso de prestaciones que han de ir desde la educación permanente a lo largo de toda la vida hasta la creación de alta tecnología o la gestión de patentes.

No parece fácil dar solución al problema que hoy supone la reforma universitaria. Si con el esfuerzo de todos se logra mejorar ahora la Universidad española habría que volver a la frase con la que Ortega y Gasett cierra su Misión de la universidad: "Entonces volverá a ser la universidad lo que fue en su hora mejor: un principio promotor de la historia europea".