Director: Rogelio López Blanco      Editora: Dolores Sanahuja      Responsable TI: Vidal Vidal Garcia     
  • Novedades

    Vladímir Vysotski: Zona Desmilitarizada
  • Cine

  • Música

  • Viajes

  • Reseñas

    Josu Ternera. Una vida en ETA, de Florencio Domínguez
  • Autores

  • Creación

  • Recomendar

    Su nombre Completo
    Direccción de correo del destinatario




    AUTOR
Josep Fontana

    GÉNERO
Historiografía

    TÍTULO
La historia de los hombres

    OTROS DATOS
Traducción de Ferran Ponton. Barcelona, 2001. 382 páginas, 3.900 pesetas.

    EDITORIAL
Crítica




Reseñas de libros/No ficción
El historiador de guardia
Por Justo Serna, sábado, 28 de abril de 2001
Josep Fontana y su historia de la historiografía, después de las crisis contemporáneas y después de la caída del comunismo. Erudición, capacidad y juicios apocalípticos.
Josep Fontana acaba de publicar un nuevo libro de historiografía. Se titula, así sin más, La historia de los hombres. Debemos felicitarle por ello. En principio, la iniciativa es encomiable: poner a disposición de los estudiantes más de dos mil años de historia de la historiografía en poco más de trescientas cincuenta páginas es un esfuerzo notable, muy notable, y es un ejemplo de generosidad. Lejos de contenerse y de atesorar para él el saber acumulado, el autor se entrega a manos llenas y se prodiga en un elevado número de capítulos, de juicios, de sugerencias, de erudiciones, de evaluaciones, de promesas. Aunque sólo fuera por eso –insisto--, Fontana merecería nuestro respeto. Permítanme, pues, hacer ostentación de la deferencia, virtud deliciosamente antigua que conviene mantener: un rasgo de nobleza de nuestros antepasados era el respeto que se profesaba a los mayores; se les rendía tributo y homenaje porque se esperaba conseguir de ellos la guía, la tutela, el consejo y la dirección de los más jóvenes e inexpertos. Josep Fontana es, para muchos, un maestro que acumula el saber y las injurias del tiempo, los sedimentos del siglo, los conocimientos, las esperanzas y los errores que fueron comunes a una época.

Ahora bien, si en el pasado el criterio de los mayores era incuestionable, en este siglo tan descreído ya no lo es. Los impugnamos, polemizamos con ellos, descreemos de sus enseñanzas, abandonamos su inspiración y tomamos su palabra sólo como una más, como esa voz atendible y discutible, valiosa y dudosa, de aquel que ha resistido el paso del tiempo. La historia de los hombres es atendible y discutible, valiosa y dudosa, pero es sobre todo la voz de quien se opone a las injurias que la vida le inflige, una vida en la que se alumbraron esperanzas –las promesas de una sociedad comunista— y en la que se derrumbaron los instrumentos políticos y las categorías que debían fundamentarlas y ponerlas en práctica. Un lector que no partiera de este dato no entendería el tono y el modo que adopta Fontana, un tono frecuentemente irritado, agraviado con sus adversarios políticos e intelectuales, y un modo duro, admonitorio, casi inquisitorial con quienes devalúan la concepción que él defiende o a la que aspira. Lejos de haberse resignado, en vez de haberse entregado a la molicie capitalista y a la comodidad resignada del burgués bon vivant, Fontana dice empeñarse en sus ideales y proclama la justeza de sus luchas. No significa esto que se desentienda de ese derrumbe ni que haga como si no hubiera pasado nada. Acepta la necesidad de renovar los útiles intelectuales y las categorías históricas que den sentido y hondura al proyecto político emancipador en el que aún cree. Por eso no se resigna ante los hechizos del tiempo presente y se propone sanear el marxismo, aceptando la urgencia de reparar sus averías, integrando las reivindicaciones históricas radicales que en este fin de siglo cobran protagonismo y presencia. Aunque esa meta se percibe a lo largo del todo el libro, son la introducción y el último capítulo los lugares concretos de esa proclama, el momento explícito de ese empeño esperanzado.
El grueso del libro, aquello que es la tarea minuciosa a la que se dedica, resulta decepcionante, decepcionante para las propias expectativas que el autor había proclamado. Queriendo ser –según declara al principio— un libro a la contra y rompedor, resulta que el itinerario reconstruido y aquello que nos lega lo son en términos muy convencionales y previsibles, muy similares a los que el propio Fontana ya nos había acostumbrado

Porque, en efecto, el resto del volumen se destina a exhumar los momentos capitales de una historia de la historiografía. Pues bien, el grueso del libro, aquello que es la tarea minuciosa a la que se dedica, resulta decepcionante, decepcionante para las propias expectativas que el autor había proclamado. Queriendo ser –según declara al principio— un libro a la contra y rompedor, resulta que el itinerario reconstruido y aquello que nos lega lo son en términos muy convencionales y previsibles, muy similares a los que el propio Fontana ya nos había acostumbrado en Historia (1982) o en La historia después del fin de la historia (1992) o muy próximos a los que Pelai Pagès ya había alcanzado en su Introducción a la historia (1983). Pero, hay más. Como sucedía en esos volúmenes de 1982 y en 1992, también este nuevo libro peca de erudición ornamental, excesiva. Quiero decir, a Fontana hay que agradecerle su dadivosa, su torrencial entrega en las notas bibliográficas y en las referencias extensísimas que nos da, en donde los títulos serían soporte del texto que hay arriba. ¿Soporte? La verdad es que el lector tiene la impresión de que hay un desequilibrio evidente entre unos párrafos historiográficos que, insisto, son convencionales, muy apretados y que no están nada a la contra, y unas notas copiosas, con un repertorio bibliográfico consultado que no tiene reflejo alguno en esos juicios que están en el margen superior de la página.
Las aportaciones de Isaiah Berlin, Emmanuel Le Roy Ladurie o François Furet, por ejemplo, son objeto de un agrio vilipendio o de desprecio por su antiguo y probado liberalismo, por su antiguo y probado anticomunismo

Ahora bien, más allá de esa historia milenaria que Fontana nos propone como manual, ¿hay algo más atendible?, ¿una proclama historiográfica o una renovación del utillaje categorial? Como antes señalaba, de eso dice ocuparse en la introducción y en las conclusiones. Por tanto, deberíamos acudir allí para averiguar el alcance de esos logros o para apreciar la índole de su propuesta. Pues bien, lo que hallamos son dos cosas principalmente. En esas páginas encontramos, en primer lugar, una diatriba política, una durísima jeremiada contra el ilusionismo verbal de posmodernos y demás ralea, contra quienes expropiarían a la historia de sus funciones colectiva y cognoscitiva, contra quienes se abismarían en la duda epistemológica y proclamarían su condición de discurso, de texto, de representación, de artificio lingüístico para así dañar la salud quebradiza de una ciencia en construcción. Lejos de enjuiciar con idéntica severidad a quienes fueron sus aliados políticos o intelectuales, a quienes con su actitud o su aquiescencia callaron ante el Gulag, los trata como héroes intelectuales. Más aún, las aportaciones de Isaiah Berlin, Emmanuel Le Roy Ladurie o François Furet, por ejemplo, son objeto de un agrio vilipendio o de desprecio por su antiguo y probado liberalismo, por su antiguo y probado anticomunismo. Otros autores de izquierda y con una obra meritoria, como Carlo Ginzburg, y que en el libro de 1992 eran despachados jactanciosamente, en un santiamén, los perdona ahora o incluso los recupera dedicándoles párrafos de mayor enjundia sin que la obra de ese historiador italiano haya dado razones nuevas o distintas para cambiar el severo juicio de entonces.

Pero, más significativo aún, es el modo en que nuestro autor concluye su libro. Empeñado en restaurar algún tipo de historiografía radical, Fontana exhuma la voz escatológica, mesiánica y poética de Walter Benjamin: el Walter Benjamin del fin de la historia, de las tesis de la filosofía de la historia, el Benjamin hebreo y justamente materialista, aquel que se levantara contra la fuerza irresistible y destructora del progreso, aquel historiador materialista que regresara al pasado para descubrir los momentos de esperanza en la derrota. “Hay infinita esperanza, pero no es para nosotros”, anotaba Benjamin. Las últimas palabras de Fontana, tristes, aspaventosas y severas, parecen condensar ese momento final. Admitamos que nuestro historiador del año dos mil pueda hacer suyos el pesimismo dañado o el optimismo apocalíptico que hay en Benjamin, en alguien que veía derrumbarse en 1940 no las categorías o las concepciones políticas, sino la civilización y la vida, el honor de una Europa decente, en alguien cuya muerte estaba próxima y, además, era ya inminente. Pero, la verdad, esas expresiones parecen algo altisonantes en alguien que disfruta –y que sea por muchos años-- del confort de la cátedra, en alguien que está cómodamente instalado en una Barcelona burguesa, industriosa y menestral.

  • Suscribirse





    He leido el texto legal


  • Blog

    Poussin y Anthony Powell en el Blog de Juan Antonio González Fuentes
  • Temas

    Crisis y capitalismo en el tercer mundo (por Muakuku Rondo Igambo)
  • Publicidad

    Estrategia, posicionamiento SEO, creatividad, diseño, redacción y Apps