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    AUTOR
V. S. Naipaul

    GÉNERO
Novela

    TÍTULO
La pérdida de El Dorado

    OTROS DATOS
Traducción de Flora Casas. Madrid, 2001. 407 páginas. 3.500 pesetas.

    EDITORIAL
Debate




Reseñas de libros/Ficción
La Trinidad caribeña de V. S. Naipaul
Por José María Lassalle Ruiz, sábado, 12 de mayo de 2001
Crónica literaria del novelista V. S. Naipaul acerca de esa Trinidad caribeña de la que es oriundo y que, a pesar de su reducida geografía, condensa las claves de la fracasada utopía que quisieron construir los europeos en América.
En esa magnífica, pero desgraciadamente olvidada reflexión que plantea Luis Díez del Corral a través de su libro El rapto de Europa (1954), se dice que América fue para los europeos que pusieron su pie en ella, ese escenario físico que habían añorado desde que Platón se embarcó camino de Siracusa con el deseo de diseñar su particular “locus” utópico.

En realidad, aquellos europeos del Renacimiento que dieron el salto atlántico no sólo abordaron su empresa movidos por una sed de conquista y dominación, tal y como la “leyenda negra” se ha encargado de resaltar sino, también, por un apetito utópico que les hizo afrontar la construcción de un nuevo orden político y humano en el que pudieran pulirse los defectos del viejo mundo del que provenían. De hecho el descubrimiento del continente americano fue la oportunidad soñada durante generaciones. Así lo vieron sus protagonistas al bautizar las tierras americanas como un Nuevo Mundo en el que se podían modelar esas virtudes de la civilización occidental que los vicios inherentes a ella habían venido lastrado históricamente. En La gran Instauración Francis Bacon lo vio con claridad al señalar que el descubrimiento de nuevas tierras, unido a los inventos que revolucionaban el continente europeo por aquellas fechas, permitía aventurar el surgimiento de nuevas sociedades modeladas gracias al creciente conocimiento de los hombres. De este modo, la construcción ideal de una Nueva Atlántida, una Cristianópolis, una Nueva Jerusalén o una Ciudad del Sol vinieron casi de la mano de aquellas otras nuevas Españas, Francias e Inglaterras que pronto fueron levantadas al otro lado del Atlántico.
La historia que nos cuenta Naipaul en La pérdida de El Dorado busca ser fiel a esa tentativa postnovelística que predica, aunque, todo hay que decirlo, no lo hace con buena fortuna, ya que se enmaraña inútilmente en una sucesión de acontecimientos que ralentizan el desarrollo de la exposición, dispersando ésta en exceso e impidiendo la fluidez de una trama

De ese paraíso trocado pronto en un infierno terrenal habla precisamente el libro que aquí comentamos: La pérdida de El Dorado de V. S. Naipaul (1932). Descendiente de una familia hindú llevada a la isla de Trinidad por la acción del colonialismo inglés de finales del siglo XIX, Sir Vidia S. Naipaul es uno de los grandes escritores actuales en lengua inglesa que en su haber creativo tiene obras tan magníficas como Una curva en el río y Una casa para Mr. Biswas. Nominado cada año al Nobel de Literatura, su condición de novelista de ultramar no le ha vedado el acceso a los más altos círculos literarios británicos, quizá porque sus novelas, ensayos y libros de viajes están escritos con un estilo tan inteligente y sutil, y con una prosa tan precisa como irónica, que ni siquiera libros tan difamadores como el de Paul Theroux -Sir Vidia’s Shadow: A Friendship across Five Continents (1998)- han podido socavar su merecido prestigio.

Autor que se desliza a menudo en las turbias aguas de lo políticamente incorrecto, en una ocasión, preguntado por la ascendente literatura africana, respondió sin morderse la legua: “Pero, ¿existe?”; y hace unos pocos años no tuvo empacho en afirmar que la “novela” había superado su “momento”, de manera que los escritores que se dedicaban a este género deberían pensar en frecuentar otros e, incluso, dar forma a una nueva escritura.

Organizada alrededor de los acontecimientos vividos en Trinidad desde que a finales del siglo XVI Antonio Berrío tomó posesión de ella en nombre de la Corona española, la historia que nos cuenta Naipaul en La pérdida de El Dorado busca ser fiel a esa tentativa postnovelística que predica, aunque, todo hay que decirlo, no lo hace con buena fortuna, ya que se enmaraña inútilmente en una sucesión de acontecimientos que ralentizan el desarrollo de la exposición, dispersando ésta en exceso e impidiendo la fluidez de una trama que se hace excesivamente deudora de las fuentes documentales manejadas, en este caso, los archivos oficiales británicos sobre Trinidad, y en particular las actas del proceso seguido contra el gobernador Picton en el asunto de la tortura de Luisa Calderón acaecida durante el comienzo de la dominación inglesa de la isla, a principios del siglo XIX.
Lo mejor de este libro es ver cómo a través de sus páginas se pone de manifiesto que la utopía buscada por los europeos que se trasladaron hasta las márgenes fantásticas de la Arcadia de El Dorado, más que sueños virtuosos, lo que en realidad pretendía era instituir una legalidad que les permitiera lograr aquello que se les había negado en el viejo continente: un "lugar bajo el sol"

Si Naipaul quería hacernos ver lo que significó la conquista europea de América bien podría haberse ahorrado, con perdón, tanta horajasca. Y es que tantas idas y venidas de españoles e ingleses y tantas descripciones del mal gobierno con el que se abordó la administración de Trinidad hubieran sido mejor tratados de otra manera: o bien a través de la forma de una novela innovadora o, quizá, de un ensayo, pero nunca siguiendo el esquema de una falsa crónica.

En cualquier caso, lo mejor de este libro es ver cómo a través de sus páginas se pone de manifiesto que la utopía buscada por los europeos que se trasladaron hasta las márgenes fantásticas de la Arcadia de El Dorado, más que sueños virtuosos, lo que en realidad pretendía era instituir una legalidad que les permitiera lograr aquello que se les había negado en el viejo continente: un "lugar bajo el sol", ya fuera bajo la égida imperial de las Españas -habsbúrguicas o borbónicas-; el colonialismo francés buscado por los exiliados antillanos de la revolución de 1789; el republicanismo de los criollos de la vecina Venezuela o el imperialismo británico de los plantadores de azúcar. En fin, un lugar bajo el sol, sí, pero abonado por la sangre y el sudor de los mismos: primero, los indios aborígenes y, después, los esclavos africanos y los trabajadores indios traídos desde la lejana Asia.

Y es que la utopía siempre desemboca en lo mismo, pues, los sueños utópicos de aquel Nuevo Mundo pronto se vieron frustrados por la acción de quienes se trasladaron “libremente” a él; quizá porque, como vio Hölderlin, “siempre que el hombre ha querido hacer de la Tierra un paraíso ha hecho de ella un infierno”.
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