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    AUTOR
Pierre Bourdieu y Loïc Wacquant

    GÉNERO
Ensayo

    TÍTULO
Las argucias de la razón imperialista

    OTROS DATOS
Traducción de María José Furió Sancho. Barcelona, 2001. 600 pesetas. 56 páginas.

    EDITORIAL
Paidós




Reseñas de libros/No ficción
Contra el imperialismo cultural
Por Juan Manuel Iranzo, sábado, 30 de junio de 2001
El empleo de conceptos importados de Estados Unidos para analizar realidades sociales de otras culturas conlleva el riesgo de intentar encajarlas en categorías diseñadas para definir y legitimar situaciones foráneas. El análisis histórico-político de la Sociología del Conocimiento es preciso para exhibir el carácter socialmente situado de los conceptos sociales y su aplicabilidad limitada.
Todo el mundo sabe que «lo que nos está pasando» es la Globalización. Este fenómeno se encarna en una gran metáfora -la Red-, que se refiere a una concepción marcadamente mercantil de las nuevas facilidades de telecomunicación. Nos complace observar la dispersión geográfica del origen de nuestros bienes de consumo, pues coinciden felizmente la conveniencia y la solidaridad en transferir a los países pobres empleos de baja productividad, penosos, mal pagados, tediosos, insalubres y que producen esos bienes baratos y poco costosos de transportar desde lejos que nos proporcionan tanto confort –vestidos, calzado, pequeños electrodomésticos, pero aún más cualquier clase de materia prima-.

De otro lado, vemos el caso inverso: la universalidad del consumo de ciertos productos singularmente locales que caracterizan un cierto estilo global. Algunos de estos productos se han convertido en fetiches del discurso anti-sistema: refrescos de soda, restaurantes de comida rápida, cine de Holliwood, música pop anglo o rap afro, prensa y medios nutridos por las grandes agencias internacionales de noticias, etc. Un rebelde compra en tiendas de Comercio Justo, prefiere los bocadillos a las hamburguesas, ve cine independiente, escucha música étnica y se informa en la prensa alternativa de la red. Echando mano de un vetusto término denigratorio de la izquierda, se resiste al Imperialismo Americano.
Pierre Bourdieu y Loïc Wacquant definen el imperialismo cultural como “el poder de universalizar los particularismos vinculados a una tradición histórica singular haciendo que resulten irreconocibles como tales particularismos”

Nadie debe confundirse: el término clave es americano. Cualquier Fulano de Tal de la Unión Europea puede sentirse orgulloso, por las sinrazones más peregrinas, de la tecnología alemana, el diseño italiano, la solidez medioambiental holandesa o los documentales de la BBC. Si las exportaciones de la UE superan a las de los EE.UU., eso no es imperialismo económico sino expansión de la civilización. Lo curioso es que algunos estadounidenses tiene justo la opinión inversa (aún más cuando piensan en los países competidores de Asia Oriental). Este chovinismo mercantil no sólo obvia el problema real del desequilibrio Norte-Sur como obstáculo al desarrollo de los países pobres, sino que también pasa por alto el núcleo del Imperialismo Cultural que nos afecta de lleno.

Pierre Bourdieu y Loïc Wacquant definen el imperialismo cultural como “el poder de universalizar los particularismos vinculados a una tradición histórica singular haciendo que resulten irreconocibles como tales particularismos.” Ese poder reside principalmente en algunos rasgos de la hegemonía mediatica estadounidense. Las grandes universidades y fundaciones de filantropía e investigación americanas generan un conocimiento socio-históricamente situado que, como cualquier otra tecnología –ésta, de intelección-, no puede exportarse con éxito sin adaptaciones locales. La internacionalización de la prensa universitaria en inglés convierte los tópicos tomados sin crítica del debate sociológico americano, sin embargo, en referencia universal. Esas nociones son retomadas por informes de comisiones de expertos, libros y revistas de divulgación, revistas semiespecializadas y literatura de aeropuerto, coloquios de radio y televisión y hasta las agendas de los organismos internacionales. En los demás países, los agentes intelectuales vicarios -los barqueros- abordan temas semiperiodísticos y toman los manifiestos por teorías o aceptan “el beneficio material y simbólico que procura a los investigadores de los países dominados la adhesión más o menos asumida o vergonzosa del modelo procedente de Estados Unidos.”
El multiculturalismo americano es un modo de segregacionismo inaplicable al pluralismo lingüístico y étnico de Europa, África o Asia

En consecuencia, intentamos comprender y explicar nuestra vida social travistiéndola con conceptos cuyo contenido corresponde sólo a la sociedad estadounidense. Tomemos por caso el tema de raza e identidad: un modelo bipolar derivado de un racismo excluyente que proscribe el mulataje (2 por ciento de matrimonios mixtos) se aplica a sociedades como Brasil, donde docenas de términos perfilan identidades heteróclitas (fisiognómica, económica, relacional) que casi nunca han derivado en linchamientos o disturbios raciales. El multiculturalismo americano es un modo de segregacionismo inaplicable al pluralismo lingüístico y étnico de Europa, África o Asia.

Otro tanto ocurre con la noción de underclass (subclase). Acuñada en Europa para señalar el residuo no aburguesado de la clase obrera, ha devenido en Estados Unidos en un término con el que los gestores de la pobreza imputan culpabilidad y conducta antisocial a una amalgama incongruente de “parásitos”: perceptores de ayuda social y parados crónicos, familias monoparentales y fracasados escolares, pandilleros y traficantes, enganchados y sin techo, o todo el poblado o gueto; los mismos colectivos que en Europa se definen como víctimas de la exclusión, a veces enculturados en la marginalidad, pero a los que se intenta integrar educativa, social, laboral y políticamente.
La agenda política oculta americana (¿cómo lograr la integración multiétnica sin mestizaje?) domina Europa a pesar de su ínfima relevancia local

La cuestión, sin embargo, va más allá de las dificultades conceptuales y metodológicas de la sociología europea o de otros países. La agenda del progresismo mediático está llena de asuntos que asumen una crisis de la civilidad: la violencia y discriminación contra las mujeres, los derechos de las minorías étnicas o sexuales, la xenofobia popular, el subempleo de los licenciados, la violencia o la drogadicción juveniles, etc. Todas estas problemáticas son reales y merecen atención; pero también es imprescindible poner en evidencia que todas son variantes del Gran Tema Americano Contemporáneo: la fragmentación de la comunidad por minorías identitarias que lleva al dilema: segregación o violencia. La agenda política oculta americana (¿cómo lograr la integración multiétnica sin mestizaje?) domina Europa a pesar de su ínfima relevancia local.

Asistimos, pues, a una mundialización que es en ocasiones una auténtica americanización, por cuanto que la agenda civil-cultural americana concentra la preocupación y aleja complacientemente la atención de la agenda político-económica: “la remodelación de las relaciones sociales y de las prácticas culturales de las sociedades avanzadas conforme al patrón norteamericano, basado en la pauperización del Estado, la mercantilización de los bienes públicos y la generalización de la inseguridad social.” La nueva disciplina espartana de la flexibilidad legitima la dominación global de esta nueva élite de guerreros-empresarios y sacerdotes-financieros que defiende la prosperidad de las clases medias precarizadas frente a las ansias depredatorias del lumpen étnico-moral local y de los estados enemigos, incompetentes y agresivos.

El antídoto contra esta situación sería recobrar la tradición europea de la Sociología del Conocimiento. Esta disciplina se disolvió durante la guerra fría en la crítica izquierdista de las ideologías y en los derechistas (o conformistas) estudios de opinión pública. Su recuperación podría proporcionar “una verdadera historia de la génesis de las ideas sobre el mundo social, asociada a un análisis de los mecanismos sociales de circulación internacional de dichas ideas”. Esto permitiría un debate transparente sobre la idoneidad de aplicar nociones importadas fuera del contexto que las configuró. La consecuencia mayor de esta disciplina crítica sería el logro de la autonomía intelectual de las comunidades culturales para establecer sus propias agendas político-civilizatorias o, por lo menos, una protección más robusta frente a cualquier imperialismo cultural. La conclusión de este artículo elevado a la categoría de ensayo breve es que pensar con pensamientos ajenos nos enajena, nos lleva a no ser dueños de nuestras vidas.

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