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    AUTOR
Alejandra Pizarnik

    GÉNERO
Poesía

    TÍTULO
Poesía completa

    OTROS DATOS
Barcelona, 2000. 336 páginas.

    EDITORIAL
Lumen



Alejandra Pizanik y Julio Cortázar

Alejandra Pizanik y Julio Cortázar










Reseñas de libros/Ficción
Alejandra Pizarnik: el jardín del furor
Por Manuel Crespo, sábado, 14 de abril de 2001
Lumen recoge la obra lírica completa de la argentina Alejandra Pizarnik.
Hay, en el territorio de la lírica, aguas subterráneas que se remontan a la fuente, en la cima; sendas en el centro del bosque, holladas por alimañas y sombras de árbol, que se detienen en las ruinas de un castillo; oscuras catacumbas, capillas iniciáticas excavadas en el subsuelo de palacio. Delimitan estos parajes estatuas erosionadas por el tiempo, borrados ya los rasgos: la obra de algunos poetas llegados al umbral del Verbo, que elevó su casa en el páramo; ámbito donde el cántico tiende a la materia. Siguió el hacer de estos poetas una herencia que a lo largo de los siglos, pese a épocas de esplendor, permaneció la mayor de las veces soterrada y que se basa en la insurrección, en negarse a acatar las estrictas reglas del lenguaje usual. Y esta tradición no se esconde por voluntad propia, aunque tampoco puede en rigor decirse que sea hoy especialmente hostigada por el poder, sino que se oculta porque su cercanía ensancha el campo significante de la palabra, obliga a favorecer la emoción y disloca la percepción sensible e inmediata. Es poesía de la intemperie, a la que se teme y contra la que se busca abrigo tras murallas erigidas con la argamasa de lo convencional, lo cómodo por dominable.
Quizá no sea evidente pero se detecta inconformismo con el panorama lírico, hartazgo que conduce la mirada hacia artistas de mayor enjundia, aquellos que apostaron la vida escribiendo con sangre: Artaud, Lautréaumont, Celan o ésta que nos ocupa, Pizarnik

Desde su suicidio en 1972 a la edad de 36 años la leyenda de Alejandra Pizarnik no ha hecho más que crecer, sobre todo entre los más jóvenes -me refiero al espíritu- que no se identifican con el costumbrismo de muchos poemas, ni con aporías metafísicas supestamente trascendentales, ni con el malditismo de botellón, chupa pija y cama hecha en casa de los papis con que muchos vates actuales nos vomitan. Quizá no sea evidente pero se detecta inconformismo con el panorama lírico, hartazgo que conduce la mirada hacia artistas de mayor enjundia, aquellos que apostaron la vida escribiendo con sangre: Artaud, Lautréaumont, Celan o ésta que nos ocupa.

Nacida en Buenos Aires en 1936, autora precoz, ya desde las primeras composiciones se destacarán los mismos temas, abordados hasta el fin y convertidos en obsesión: la infancia, estrella estrangulada por la edad; la muerte, siempre al costado y aunada a la noche y la soledad insomne, sitio lunar poblado de ángeles, jardines y extraños animales, delatando la actividad del espíritu que ocupa la escena y habla, presencia ante la que Pizarnik se inclina en pos de "un minuto de vida breve/única de ojos abiertos/por un minuto de ver/en el cerebro flores pequeñas/danzando como palabras en la boca de un mudo". Y es que nos encontramos en la deflagración de la palabra, desvelamiento de la esencia última del Ser cuando este es ya más que persona espacio indecible del que sólo cabe dar razón mediante la experiencia: "los bordes del silencio de las cosas/lo callado que recorre la presencia de las cosas" .
Estamos ante un libro que resume el intento heroico al que Alejandra Pizarnik no tuvo más remedio que asentir: trascender su alienación humana y abrazar los procesos interiores del alma que se manifiesta en cuanto agrede los sentidos

Transita esta autora un tiempo oscuro con misteriosos personajes del trasmundo, portadores de experiencias límite, para lo cual tuvo que afrontar el peligro de disolverse al abandonar su yo en el camino, despidiéndose de su consciencia, seguro pero pobre armazón cotidiano, para alcanzar la zona donde la palabra quema y el Verbo inicia el tránsito a la carne, donde el universo aturde y vigoriza. Y de este aludido confín regresa con versos víctimas de temblor y tensión que bajo su aspecto patético liberan, pues gracias a ellos se accede a la zona donde la lógica quiebra por un lenguaje esencial, maravilloso: "Vigilas desde este cuarto/donde la sombra temible es la tuya./No hay silencio aquí/sino frases que evitas oír./Signos en los muros/narran la bella lejanía./(haz que no muera/sin volver a verte.)".

Estamos ante un libro que resume el intento heroico al que Alejandra Pizarnik no tuvo más remedio que asentir: trascender su alienación humana y abrazar los procesos interiores del alma que se manifiesta en cuanto agrede los sentidos; mezclarse a una realidad donde el objeto ya no está, o no importa su ubicación espacial, sino que ES; llegar a ser "no más que un adentro" que contenga los afueras :"Hora en que la yerba crece/en la memoria del caballo./El viento pronuncia discursos ingenuos/en honor a las lilas,/y alguien entra en la muerte/con los ojos abiertos/como Alicia en el país de lo ya visto
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