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Tribuna/Tribuna libre
¿La democracia y sus enemigos?
Por Justo Serna, sábado, 07 de abril de 2001
¿Hay un espacio público democrático capaz de permitir la integración de los inmigrantes? Giovanni Sartori sostiene que la democracia liberal se ve amenazada por todo tipo de "enemigos culturales". Entre ellos, los inmigrantes de cultura fideísta y teocrática. ¿Es así?
Giovanni Sartori es un reputado politólogo, un reconocido teórico de la democracia, un afamado autor de la ciencia política. A él le debemos textos esenciales acerca del sistema de partidos, acerca de las instituciones electorales, acerca de los fundamentos y límites del parlamentarismo y acerca de las bases constitucionales de la sociedad liberal. Por lo que se le reconoce y por lo que ha logrado mayor celebridad es por su condición de teórico y analista de la democracia, por el propósito manifiesto de aclarar y aproximar la teoría normativa y teoría empírica de la democracia como sistema procedimental. En efecto, más que un sociólogo, más que un estudioso de los regímenes políticos realmente existentes, de sus cambios circunstanciales e históricos, Sartori ha alcanzado nombradía académica por sus rigurosas descripciones del orden político liberal, unas descripciones en las que combina la teoría y el ajuste realista de sus fundamentos: de esa tarea y de esos logros es expresión su Teoría de la democracia (Madrid, Alianza, 1988). En los años noventa, sin embargo, la fama del politólogo ha rebasado las fronteras y sus libros han comenzado a ser conocidos por un público más vasto, por un público culto, inquieto y ajeno a las sofisticaciones académicas de las ciencias políticas, aunque –eso sí— interesado y preocupado por la suerte de la democracia después de la caída del Muro de Berlín. Para expresarse mejor o, al menos, para llegar más fácilmente a sus nuevos destinatarios, Sartori ha adoptado un género que le permite trascender esas barreras y acceder a unos lectores que, de otro modo, habrían permanecido distantes e ignorantes de sus lucubraciones: es el del ensayo crítico de divulgación, el del ensayo que, en el caso particular de Sartori, combina la teoría normativa de la democracia, la teoría empírica, la denuncia política, el análisis circunstancial y la predicción sociológica. Si se me permite la simplificación diría que lo que en la Teoría de la democracia era academicismo y expresión lenta y demorada, es ahora brevedad, urgencia y necesaria hipérbole argumentativa.
Algunos de los últimos libros de Sartori tienen algo de circunstanciales, tienen un objetivo más explícito de denuncia, tienen una meta pedagógica de ilustración ciudadana y de erradicación de vicios políticos

Desde antiguo, a este género, a este modo de intervenir y de expresarse, los italianos lo llaman pamphlet. El Zingarelli y el Garzanti, dos de los grandes diccionarios de la lengua, destacan su procedencia francesa, a su vez originaria del inglés, y como sospechamos lo identifican con el opúsculo, con el escrito breve de contenido marcadamente polémico o satírico, debelador de falsedades, crítico de inercias. En efecto, algunos de los últimos libros de Sartori tienen algo de circunstanciales, tienen un objetivo más explícito de denuncia, tienen una meta pedagógica de ilustración ciudadana y de erradicación de vicios políticos. Aunque sólo fuera por esto deberíamos celebrar dicha actitud, puesto que refleja la actitud interventora del intelectual y su dedicación a causas comprometidas, causas en las que se compromete y que comprometen, causas invisibles o que no cuentan en principio con el beneplácito de los contemporáneos o con el acuerdo de los pares académicos. Así, lejos de establecerse en la comodidad muelle del universitario, Sartori desciende y nos hace copartícipes de sus ideas, las difunde a manos llenas, exagera deliberadamente y se implica sin reparar en lo que más le conviene. Como leemos en el prólogo a la segunda edición italiana de uno de sus últimos libros, “tal vez exagero un poco, pero es porque la mía quiere ser una profecía que se autodestruye, lo suficientemente pesimista como para asustar e inducir a la cautela”. Es decir, que en vez de demorarse en la historia y en la reconstrucción de las bases y fundamentos de la democracia liberal, en lugar de pronunciarse con la mesura, con la contención y con la prudencia del académico que es, Sartori se emplea como un intelectual, hace predicciones y se expresa con la hipérbole queriendo hacer de sus textos manuales colectivos de autoayuda, livres de circonstances.
Sartori se empeña en la defensa de la democracia representativa (...) Hay, sin embargo, en él algo que contraría el mejor liberalismo y que lo aproxima al conservadurismo aristocratizante y elitista, algo que incomoda y que irrita; hay algo molesto, tajante y simple en lo que dice, al menos hasta el punto de que nos hace distanciarnos de cada uno de esos libros

Piénsese, por ejemplo, en textos bien conocidos por el público español: La democracia después del comunismo (Madrid, Alianza, 1993), Homo videns: la sociedad teledirigida (Madrid, Taurus, 1998) y, por último, La sociedad multiétnica. Pluralismo, multiculturalismo y extranjeros (Madrid, Taurus, 2001). En todos esos libros, Sartori se empeña en la defensa de la democracia representativa, en la defensa de una esfera pública en la que pueda hacerse efectiva la ciudadanía, es decir, el ejercicio de los derechos de los que cada uno somos portadores. Sus mejores ideas son las propias del liberalismo en añeja aleación con las del republicanismo: derechos, ilustración y pluralismo. Somos ciudadanos dotados de humanidad, de valores, de cualidades que nos vienen dadas por el simple hecho de ser hombres; somos ciudadanos que tenemos el derecho de mejorarnos, de elevarnos, de cultivarnos, de buscar la excelencia, un derecho que es a la vez un deber que contraemos con la humanidad y con nosotros mismos como parte de esa humanidad que se esfuerza por progresar y por erradicar el dolor y el horror; somos ciudadanos diferentes, individuos que nos tomamos como meta y fin, objetivo y no medio ni instrumento, somos uno a uno la parte insustituible e irremplazable de una asombrosa y contingente experiencia irrepetible. Los logros de Occidente son, en este punto, los hallazgos de una sociedad histórica que, después de horrores y violaciones, de violencias y dominaciones, acepta su finitud. No hay providencia ni trascendencia colectivas que a todos acoja; no hay promesa de vida futura en un reino que no es de este mundo: sólo hay este mundo, esta sociedad que acepta y organiza la esfera pública democrática y la regulación política para que quepamos todos y cada uno de esos ciudadanos distintos que la constituimos. Hasta aquí, como puede apreciarse, lo dicho por Sartori no desmiente ni corrige lo que otros pensadores liberales dijeron antes que él. Hay, sin embargo, en Sartori, en el autor de pamphlets, algo que contraría el mejor liberalismo y que lo aproxima al conservadurismo aristocratizante y elitista, algo que incomoda y que irrita; hay algo molesto, tajante y simple en lo que dice, al menos hasta el punto de que nos hace distanciarnos de cada uno de esos libros, aunque a la postre sean libros a los que siempre regresemos porque contengan destellos clarividentes e iluminaciones del pensamiento.
En La democracia nos incomoda el desdén con que trata los derechos sociales o materiales, unos derechos que si bien no son absolutos, como él mismo advierte, son o forman parte del discurso de esa democracia liberal que él predica y en la que creemos

En La democracia, por ejemplo, con tono arisco dice ignorar la diferencia entre derechos civiles y políticos al entenderlos sin más como sinónimos. Sin embargo, fue el liberalismo decimonónico la opción que concedió derechos civiles y que restringió los políticos, y sólo después, cuando el liberalismo se fundó sobre una base democrática que nacía de la presión de los partidos de masas y del ejemplo americano, los podemos concebir como una aleación inseparable. En ese mismo libro nos incomoda el desdén con que trata los derechos sociales o materiales, unos derechos que si bien no son absolutos, como él mismo advierte, son o forman parte del discurso de esa democracia liberal que él predica y en la que creemos. ¿Y por qué desdén? Fundándose en la idea orteguiana de hombre-masa, Sartori nos habla del “hombre protegido”, del ciudadano que aún lleva dentro al “niño mal educado”, un individuo que lo espera todo de unos derechos materiales justamente porque los contempla como absolutos, sin coste, cuando son gravosos y beneficios que alguien debe pagar. Paradójicamente, aquel que es su destinatario es a la vez su “enemigo cultural”, aquel que puede hacer fracasar la democracia por lo mucho que espera de ella, por la cultura política en que nos adiestra la sociedad de las expectativas. Los derechos sociales –añade— han creado una sociedad de las expectativas que no repara en el costo social. Es decir, se ha confundido lo que son derechos formales, absolutos e incondicionales, con derechos materiales, que dependen de las disponibilidades. El lector entiende esos distingos y acepta, por supuesto, que la materialización y la provisión de los derechos sociales a cargo del presupuesto público sea una de las causas de la crisis fiscal del Estado asistencial; acepta que haya quien impugne ese modelo de sociedad del bienestar y la confusa mezcla entre los derechos incondicionales y los que están sujetos a disponibilidad; pero a lo que no renuncia al menos es a entender también esos derechos, por lo menos su proclamación como tales derechos, como el marco discursivo de una vida decente. Es más, si le aceptamos a Sartori la idea de “niños mal educados” que seríamos los occidentales adultos bien nutridos y asistidos por el Estado, entonces deberíamos revisar también la fuente orteguiana de ese aserto: cuando el filósofo lo señaló, lo hacía en alusión a la sociedad de masas, a la tiranía de las mayorías, al criterio homogeneizador de la opinión común, no al cuidado que el Estado prestaría a la población y que entonces, en la época de Ortega (1930), estaba lejos de haberse cumplido, puesto que aún no se avizoraba la alianza socialdemócrata y democristiana de posguerra.
La televisión puede dictarnos el tema de discusión, puede imponernos una agenda de debate (...) pero no puede extirpar nuestras opiniones previas ni decretar el sentido de lo que hay que pensar. Es decir, los espectadores son evidentemente influenciables, pero cuentan con otras fuentes de cognición: la charla, la reunión, el contacto, la familia, los amigos, los contemporáneos con quienes se tropiezan, los vivos y los muertos a los que leen. Pero de todo esto no habla Sartori en Homo videns

En Homo videns nos irrita la hiperbólica condena de los mass media, como si la pereza crítica y la ruina del pensamiento simbólico --de acuerdo con las categorías de Cassirer que hace propias-- fueran producto evidente de la televisión, como si fueran producto inevitable de la exposición televisiva a que se someterían de grado unos espectadores que por el hecho mismo de serlo ya estarían inermes y alienados. Es evidente que la televisión abrevia el habla, que la representación de lo real se suele hacer de manera espectacular, que organiza esa representación en una serie no siempre divisible de programas informativos y de ficción, que es un discurso continuo en el que frecuentemente se banaliza, se mezcla y se contamina lo alto y lo bajo. Pero inferir de ahí que la exposición frecuente del espectador anula su capacidad simbólica, crítica o reflexiva es una hipérbole verdaderamente excesiva. Ocupándose de la televisión, Sartori no dice nada o prácticamente nada de los usos reales de la televisión, de cuál es la pragmática de los destinatarios, de cómo se contrarrestan imágenes con la cultura propia, la alta o la baja cultura. La teoría de la disonancia cognitiva nos enseñó que los espectadores –con distintos niveles de instrucción— tienen capacidad para oponerse reflexiva o instintivamente a los mensajes mediáticos, justamente porque tienen vida propia, porque tienen un mundo propio, interior y exterior, que no siempre se adapta y es congruente con lo que pretenden los emisores. La televisión –como después aprendimos también-- puede dictarnos el tema de discusión, puede imponernos una agenda de debate, puede establecer los asuntos de la controversia pública, pero no puede extirpar nuestras opiniones previas ni decretar el sentido de lo que hay que pensar. Es decir, los espectadores son evidentemente influenciables, pero cuentan con otras fuentes de cognición: la charla, la reunión, el contacto, la familia, los amigos, los contemporáneos con quienes se tropiezan, los vivos y los muertos a los que leen. Pero de todo esto no habla Sartori. Para él la democracia está amenazada por nuevos “hombres-masa”, por nuevos niños malcriados, por nuevos “enemigos culturales”, por unos espectadores a los que se les habría amputado su capacidad simbólica, la capacidad para pensar, para imaginar, para fantasear, para distinguir las ficciones de la realidad, para discernir, en suma. En vez de exigir un mayor despliegue educativo, de una mayor búsqueda de la excelencia en la enseñanza, de un mayor número de horas dedicadas a la lectura y a la escritura que sirvan de contrapunto y equilibro, en lugar de constatar el aumento de lectores frente al exiguo número que hubo en la sociedad del pasado, predica sin más la erradicación de la tecnología en el aula; en vez de exigir una mayor dedicación de los padres, de una mayor atención de los padres a los hijos –a los que necesariamente tienen que contrariar--, augura sin más su derrota; en vez de confiar en el individualismo, de constatar su triunfo por encima de exigencias tribales y colectivas, certifica precipitadamente el éxito del gregarismo, como si en el pasado, cuando no existía la televisión, hubiera habido excelencia cultural y dedicación lectora universales.
En La sociedad multiétnica hay tres cosas que nos irritan y nos incomodan. La primera tiene que ver con la idea de comunidad pluralista; la segunda con la noción misma de extranjería que emplea, o mejor con la condición de “enemigos culturales”, de la que serían portadores ciertos inmigrantes; la tercera con la radiografía del racismo, como patología de rechazo, como expresión morbosa y delictiva de una provocación inducida o externa

¿Y en La sociedad multiétnica? ¿Hay algo que nos desazone? Al margen de pequeños disentimientos, al margen de pequeñas cosas que uno no diría o al menos no diría igual, hay tres cosas que nos irritan y nos incomodan. La primera tiene que ver con la idea de comunidad pluralista; la segunda con la noción misma de extranjería que emplea, o mejor con la condición de “enemigos culturales”, de la que serían portadores ciertos inmigrantes; la tercera con la radiografía del racismo, como patología de rechazo, como expresión morbosa y delictiva de una provocación inducida o externa. En este libro se hace una defensa ardorosa de la democracia liberal, de los fundamentos de la democracia, y en ese sentido, se nos presenta dicho régimen político como el único dotado de un auténtico principio de legitimidad, según ya pudimos leer en alguna obra suya anterior. El sistema democrático –dice muy juiciosamente Sartori siguiendo a Popper— se funda en una sociedad abierta y crea el marco de una convivencia pluralista, es decir, reconoce y admite la diversidad, el respeto de lo distinto, que se expresa en el valor liberal de la tolerancia y en la copresencia de partidos diferentes que encarnan y presentan agregados de intereses varios e incluso contrapuestos. El error en el que incurre el autor empieza cuando quiere llevar a cabo una aleación entre sociedad y comunidad o, mejor, cuando la sociedad pluralista que es la base de la democracia la identifica con una comunidad –en el sentido que le diera Ferdinand Tönnies a esta expresión— de lazos primarios, la comunidad originariamente simbiótica. Los lazos primarios son el fundamento de la identidad, el fundamento de lo que me identifica con un grupo, el fundamento de una pertenencia de grupo, sea éste la familia o, como hemos visto en la contemporaneidad, la nación. La sociedad o la asociación --según las traducciones de la obra de Tönnies— son, por el contrario, un agregado de vínculos secundarios, un agregado al que me sumo o en el que participo.
Poner el énfasis en que a la postre pertenecemos a un agregado superior que engloba grupos y que en ese agregado nos identificamos distinguiendo el nosotros del ellos es forzar las cosas y el lenguaje, puesto que el nosotros de la sociedad abierta no precisa comunitarismo alguno

Idealmente, la historia contemporánea es la época del debilitamiento de los lazos primarios, la pérdida de aquello que nos ataba a los otros y que impedía el ejercicio individual del sí mismo o si se quiere el ejercicio del individualismo. De ahí procede, por ejemplo, la constación durkheimiana de la anomia, de la falta de ataduras y de valores compartidos, la ruptura entre una vida individual llena de promesas y unos recursos que la colectividad no me ofrece y que me impiden realizarme. Frente a ello, la nación se ha tomado como una de las fuentes contemporáneas de la identidad, del rescate comunitario frente al individualismo y el aislamiento. Nos gusta pertenecer, ser esclavos, porque esa dependencia nos libra del destino propio, nos rebaja la angustia individual. A juicio de Sartori, de lo que ahora se trata no es ni de rebasar el comunitarismo con el cosmopolitismo ni de regresar a formas preindividualistas o posindividualistas de comunidad. Se trata de crear y de afirmar comunidades pluralistas, que integren a ciudadanos con múltiples pertenencias, ciudadanos que se saben dependientes de numerosas asociaciones voluntarias y de las que extraen sus fuentes de identidad. Desde mi punto de vista, que asumamos distintos papeles y que participemos de distintas asociaciones a las que nos unen lazos secundarios son dos hechos que se compadecen mal con la idea de comunidad pluralista, en tanto la noción de comunidad alude irreparablemente a vínculos primarios. Poner el énfasis en que a la postre pertenecemos a un agregado superior que engloba grupos y que en ese agregado nos identificamos distinguiendo el nosotros del ellos es forzar las cosas y el lenguaje, puesto que el nosotros de la sociedad abierta no precisa comunitarismo alguno.
El inmigrante y el occidental deberán someterse mutuamente a un proceso de aculturación individualista, a una aceptación del marco general que a todos obliga, a no hacer de la diferencia cultural atributo público. La secularización es un logro y no puede haber vuelta atrás

El comunitarismo de la sociedad contemporánea se ha expresado en la nación, en las naciones, en esas naciones que han guerreado justamente invocando lazos primarios y pertenencias irrevocables. Pienso, por el contrario, que hay que crear un marco político de instituciones bien asentadas, unas instituciones que den amplitud y estabilidad a la esfera pública democrática, en la que nadie pueda verse excluido en función de ninguna pertenencia o identidad e incluso en donde nadie pueda verse perseguido por lo suyos al renunciar o abdicar a la identidad de grupo. Necesitamos --insisto— que ese marco institucional y constitucional haga suya la defensa universalista de los individuos, una defensa de la autonomía, integridad y dignidad de los individuos. Desde ese punto de vista, el inmigrante tiene el derecho de salir del infierno de determinaciones y miserias que lo coartan individualmente, y, por tanto, sus creencias religiosas no lo hacen de entrada inasimilable, no lo hacen “enemigo cultural” como parece constatar y lamentar Sartori al referirse a aquellos que son portadores de una cultura fideísta o teocrática. El inmigrante que procede de esa cultura fideísta o teocrática puede haber emprendido la huida de esa misma cultura y destino y, por tanto, negarle la acogida por su lugar de origen es vulnerar literalmente el individualismo liberal y universalista del sistema democrático. Pero a la vez el inmigrante fideísta o teocrático que escapa principalmente de las determinaciones de la miseria material y que busca la riqueza de Occidente no podrá invocar la pertenencia cultural para guarecerse en el multiculturalismo, aquel que separa y demarca el espacio público en islotes soberanos y de mutuo reconocimiento. Si se aceptara eso –y ahí tiene toda la razón Sartori— fracasaría la democracia liberal fundada sobre el individuo. El inmigrante y el occidental deberán someterse mutuamente a un proceso de aculturación individualista, a una aceptación del marco general que a todos obliga, a no hacer de la diferencia cultural atributo público. La secularización es un logro y no puede haber vuelta atrás.
El último error de Sartori: a su juicio, el racismo es sobre todo y principalmente una manifestación morbosa y delictiva de xenofobia provocada, inducida (...); esa aseveración es un dislate peligroso, porque nos hace creer que esas conductas delictivas son fruto de un provocación en vez de decir que el racismo es fruto de lo que se percibe fantasiosamente como una provocación

Tomado así, pues, no hay enemigos culturales, porque todo rasgo o atributo que atente contra el individuo o que vulnere ese espacio pluralista será perseguible por la ley. Esa constatación es precisamente la que nos hace lamentar el último error de Sartori: a su juicio, el racismo es sobre todo y principalmente una manifestación morbosa y delictiva de xenofobia provocada, inducida. O, dicho en otros términos, “un racismo ajeno genera siempre, y llegado un momento, reacciones de contrarracismo. Tengamos cuidado –apostilla--: el verdadero racismo es el de quien provoca el racismo”. Tomada así, literalmente, esa aseveración es un dislate peligroso, porque nos hace creer que esas conductas delictivas son fruto de un provocación en vez de decir que el racismo es fruto de lo que se percibe fantasiosamente como una provocación. La tendencia xenófoba está arraigada en el ser humano, esto es, contemplamos con prevención, con temor o con odio lo que nos desmiente y lo que nos cancela o lo que creemos que nos cancela, y sólo una esmerada, tolerante, democrática y sofisticada educación nos hace aceptar al otro, a ese extraño que no encaja en nuestro mundo de evidencias. En las sociedades étnica y culturalmente homogéneas, en la sociedad cerrada, el otro no incomoda y es invisible; en cambio, en la sociedad abierta que no hace de la pertenencia comunitaria su fundamento y que permite un efectivo pluralismo, el extraño es una molestia con la que debemos aprender a convivir y que nos ensancha; a la vez, ese otro debe aprender a aceptar y respetar las condiciones generales de la convivencia política que hacen posible la democracia liberal. Se trata de crear un espacio de acogida para disidentes, ellos y yo, un espacio en donde a nadie se le puede discriminar por sus ideas, creencias, etcétera, pero también un espacio en donde nadie puede pretender respeto incondicional por sus ideas y creencias, sino sólo respeto por su persona, el que hace posible la autonomía, dignidad e inviolabilidad de los individuos.
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