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    AUTOR
Anthony Giddens

    GÉNERO
Ensayo

    TÍTULO
La tercera vía y sus críticos

    OTROS DATOS
Madrid, 2001. 210 páinas. 2300 pesetas.

    EDITORIAL
Taurus




Reseñas de libros/No ficción
El catecismo de la Tercera Vía
Por Juan Manuel Iranzo, sábado, 07 de abril de 2001
El centro-izquierda resurge como oferta política. Las clases medias empleadas en la nueva economía del conocimiento exigen más libertad y más seguridad, menos impuestos y mejores servicios públicos, más competencia en el mercado y más prevención de sus efectos perversos, más responsabilidad personal y más solidaridad social, más innovación técnica y más conservación ecológica, más gobernación global y más autonomía local. La Tercera Vía, más allá de la derecha ruin y la izquierda inepta, lo promete todo.
En los años noventa se invirtió el ciclo político y ciertos partidos socialdemócratas volvieron al gobierno. Regresaron dispuestos a probar que habían aprendido de las limitaciones de keynesianos y neoliberales, y a legitimar su permanencia en el poder por su capacidad para afrontar los retos del fin de siglo: la crisis fiscal y de legitimación del Estado del Bienestar; la crisis social y de seguridad en las áreas urbanas degradadas; la competitividad de las economías nacionales en los mercados globales; la adaptación de las empresas y los empleados a la economía del conocimiento, y de las instituciones públicas a la disciplina de la eficiencia financiera y presupuestaria; el aumento de los problemas ecológicos, etc. La Tercera Vía es la respuesta programática de la nueva socialdemocracia a estos desafíos –al margen de la suerte electoral de líderes concretos como Gore o Blair-.

La Tercera Vía se sitúa entre un socialismo estatalista ineficaz y un neoliberalismo insolidario y descohesionador; pero no equidista de ambos. Así, en principio, asume que el mercado genera paz, libertad, prosperidad y responsabilidad, pero también que puede destruir una sociedad, y a sí mismo, sin la ayuda de bienes públicos como límites éticos y de calidad a productos y procesos, respaldo legal a los contratos, mitigación de externalidades como el paro o el daño ecológico, lucha contra el monopolio, intervención presupuestaria para regular ciclos cada vez más rápido y volátiles, formación de capital humano por parte de familias, comunidades y estados, etc. Sin embargo, su planteamiento económico parte de que la globalización y la escalada tecnológica deben afrontarse con recetas liberales: apertura comercial, desregulación, flexibilidad laboral, eliminación del déficit y reducción de la deuda pública. La intervención estatal debería limitarse a garantizar la igualdad de oportunidades, el respeto a la ley y el orden, y a sustituir los viejos subsidios por incentivos al aumento de la integración, la productividad y la innovación. Cuando los críticos de izquierda le reprochan su economicismo, su abandono de una mayor equidad como objetivo político, su olvido de los perdedores del mercado –salvo si devienen delincuentes o cargas sociales duraderas- y su indiferencia al principio ecológico de precaución, Giddens responde que no hay alternativa al mercado, que oponerse a la globalización es suicida y que es necesario aprovechar las oportunidades que ofrece este brave new world. Dado que el residuo socialdemócrata se reduce a patrocinar políticas activas de empleo, de modernización educativa y de formación profesional no sorprende que los conservadores acusen a la Tercera Vía de confusión y vaciedad. Los democristianos continentales suscriben sus ideas; los socialdemócratas nórdicos dicen haberlas realizado; y ninguno cree que tenga soluciones originales y eficaces frente a la marginalidad o una posible recesión.
La Tercera Vía (...) ve la sociedad civil como un conjunto de individuos (adscritos a comunidades) que tienen la responsabilidad, a cambio de sus derechos, de buscar su auto-realización en el esfuerzo, la iniciativa, la creatividad, el espíritu de empresa y el asociacionismo comunitario para suplir al Estado en la gobernación local y en la solidaridad social. Eso es todo

Y lo antedicho es toda la discusión crítica de la Tercera Vía que el lector encontrará en este libro. Lo que trasluce, de otro lado, es que la nueva socialdemocracia constata la necesidad de sumar al voto obrero el de los empleados y autónomos del sector servicios. Y éstos no piensan en términos de clase, sino de niveles de consumo; demandan más competencia para que bajen los precios, pleno empleo y menos burocracia para que bajen los impuestos, libertad y seguridad ciudadana para desarrollar su estilo de vida, inversiones en capital humano, infraestructuras, educación y comunicaciones, y políticas sociales de calidad y bien gestionadas. Y como antes de gobernar hay que ganar votos, la Tercera Vía acepta una profunda reforma del Estado de Bienestar para devolverle la confianza pública. Aunque el Estado aún sería el garante de los valores de la izquierda -solidaridad, cooperación y justicia social, regulación de los mercados y del poder corporativo, centralidad de la ecología-, se subraya su incapacidad para realizarlos a causa de los problemas de dependencia, pasividad, riesgo moral, burocracia, formación de grupos de interés, clientelismo, irresponsabilidad, ineficiencia, derroche y fraude que genera. La Tercera Vía se propone como meta última un equilibrio del mercado, el Estado y la sociedad civil que asegure un máximo de prosperidad, cohesión social, democracia y libertad. Sin embargo ve la sociedad civil como un conjunto de individuos (adscritos a comunidades) que tienen la responsabilidad, a cambio de sus derechos, de buscar su auto-realización en el esfuerzo, la iniciativa, la creatividad, el espíritu de empresa y el asociacionismo comunitario para suplir al Estado en la gobernación local y en la solidaridad social. Eso es todo. El grueso de este libro es un programa de reforma del Estado. Véase la muestra.

El primer deber económico del Estado es no ser un lastre financiero: crecer según su productividad y el PIB, privatizar las empresas competitivas, proteger sólo transicionalmente las no competitivas, introducir criterios de eficiencia en la administración y la empresa pública, descentralizar, transferir servicios asistenciales a agentes no lucrativos, etc. Además, debe propiciar la competitividad de las empresas con una política económica que logre inflación, deuda y tipos de interés bajos, aumente la flexibilidad laboral, limite los impuestos, incentive con ayudas y créditos fiscales (no subsidios) las actividades y asociaciones de cooperación innovadora entre empresas-universidades-laboratorios, que combine la desregulación que desinhibe el crecimiento con la regulación que lo armoniza y que potencie el capital humano, que es el primer activo de las empresas de vanguardia. De otro lado, el Estado debe contribuir a la cohesión social con políticas activas de inserción laboral cuyo fin es el pleno empleo, con fórmulas educativas que no sólo generen civismo y espíritu solidario sino también una cultura empresarial proclive a la innovación y a aceptar riesgos, con una mayor proximidad a la ciudadanía -más transparencia y responsabilidad- y con acciones de apoyo a familias y comunidades como fuentes de valores y base moral del imperio de la Ley, pero sin indulgencia con quienes promueven políticas identitarias excluyentes que originan comunidades alienadas e intolerantes.
Hay aquí más catecismo que argumentación con unos críticos a los que se despacha con acusaciones de insensibilidad y mezquindad por la derecha y de ingenuidad o ineptitud por la izquierda

Respecto a la cohesión social, la Tercera Vía apoya la diversidad cultural y una “igualdad dinámica” que se refleja en tres dimensiones políticas. En lo laboral subraya la necesidad de garantizar la igualdad de oportunidades y de asumir salarios progresivos y desigualdades de renta como motivación para el talento y el esfuerzo. En el campo fiscal deben reducirse los impuestos desincentivadores (sobre trabajo, ahorro o beneficios) y aumentarlos sobre actividades negativas (gasto energético, contaminación, consumo, “lujos” importados) y la herencia –que la desigualdad de logro de una generación no sea la desigualdad de oportunidades de la siguiente-. Debe asumirse que una excesiva progresividad es menos eficaz que un nivel alto de imposición y transferencias, y que ciertas rebajas fiscales y los incentivos a la filantropía pueden acrecer la inversión, el empleo y la base fiscal. La obsesión con los ricos debe dar paso a fiscalizar nuevos activos financieros, paraísos fiscales, beneficios transferibles de las multinacionales, etc. Y, ante todo, el gasto debe ser transparente y ajustarse lo posible a los intereses de la gente; es el primer requisito para exigir responsabilidad fiscal. En política redistributiva y asistencial debe distinguirse entre usuarios ocasionales -que necesitan oportunidades de formación y empleo-, quienes sufren estrechez temporal recurrente -atrapados en un bucle de paro y empleos inestables y mal pagados, que pueden recibir formación y préstamos para sostenerse y arrancar de nuevo- y los atrapados, a menudo excluidos a causa de una enfermedad crónica, adicciones destructivas, segregación geográfica o étnica, que precisan una mayor intervención en sus circunstancias vitales. Hay que apoyar preventivamente a los grupos más vulnerables (familias no propietarias de vivienda y dependientes de un solo ingreso bajo e inseguro) y promover iniciativas de desarrollo local en los guetos. La filosofía básica consiste en apoyar la capacidad de auto-defensa de las personas contra la adversidad (ahorro) derivada del máximo aprovechamiento de su capacidad laboral.

En el plano internacional, los retos del nuevo estado están ligados a la creciente distancia entre los países más ricos y los más pobres. El Norte puede ser insolidario y sus multinacionales rapaces, pero muchas de sus ONGs tienen un gran compromiso con los desfavorecidos. Además, los países pobres cuyos gobiernos son democráticos, invierten en salud y educación, favorecen la apertura de mercados, apoyan la emancipación femenina, contienen la corrupción y mantienen la paz tienen más oportunidades de éxito y deberían gozar de trato de favor en la concesión de ayudas y créditos. La ayuda se beneficiaría de una menor volatilidad financiera internacional. Para ello debería crearse una agencia reguladora de flujos financieros, un Banco Central Mundial que actuase como prestamista de último recurso, canales para la renegociación y pago ordenado de la deuda y un consorcio equilibrado de países con autoridad económica. La estabilidad sería aún mayor con una regulación antimonopolista del poder corporativo, que cooperase con las empresas responsables social y ecológicamente y que se enfrentase a las transgresoras. Por último, en el plano de la seguridad los riesgos de la globalización son tanto ecológicos como bélicos. Es preciso potenciar la investigación de innovaciones ecológicas rentables; potenciar el reciclaje, el control de la polución, la economía inmaterial y la responsabilidad de las empresas; hay que fijar acuerdos internacionales y cumplirlos. Los gobiernos deben guiar la gestión de riesgos entre acusaciones de alarmismo y de encubrimiento mediante un uso prudente del principio de precaución con el auxilio de debates públicos y cuerpos reguladores donde los expertos y el público establezcan consensos. Las nuevas guerras surgen como conflictos de identidad que catalizan descontentos existentes y donde la negociación preventiva es crucial porque la intervención casi nunca logra algo más que prevenir parcialmente una limpieza étnica. Todo hace necesario el fomento de la democracia internacional mediante organizaciones supranacionales democráticas al modo de la UE, más democratizada.

Este catálogo del buen gobierno viene aderezado con algunas historias morales: “si los EE.UU. hubieran protegido a IBM de la competencia no habrían surgido Intel o Microsoft; su sistema postal introdujo los incentivos por objetivos y logró beneficios; una divorciada británica sin educación y con dos hijos estudió gracias a la asistencia social e inició una satisfactoria carrera en educación; Monsanto ignoró la opinión pública europea: no pudo exportar su maíz transgénico”, etc. Hay aquí más catecismo que argumentación con unos críticos a los que se despacha con acusaciones de insensibilidad y mezquindad por la derecha y de ingenuidad o ineptitud por la izquierda.
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