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Samuel Huntington

Samuel Huntington








Tribuna/Tribuna libre
¿Qué fue del Choque de Civilizaciones?
Por Vicente Palacio de Oteyza, sábado, 24 de marzo de 2001
Los acontecimientos de la política internacional, una década después del fin de la Guerra Fría, parecen quitar la razón a los que pronosticaban un nuevo orden mundial marcado por el choque entre civilizaciones.
Cuando aún no se ha cumplido una década desde que el profesor de la Universidad de Harvard Samuel Huntington profetizara en un polémico artículo de la revista Foreign Affairs un nuevo orden mundial marcado por el choque entre civilizaciones, no parecen quedar ya más que rescoldos de la Gran Discusión sobre el nuevo paradigma de las relaciones internacionales. Visto el éxito inmediato que cosechó su tesis en su día, y ante las posibles respuestas contundentes de Rusia, China o algunos países islámicos a la dura política exterior del tejano Bush hijo, la pregunta lanzada por Huntington cobra de nuevo relevancia: ¿estamos ante un choque de civilizaciones que va a configurar un nuevo orden mundial?
Hagamos memoria. Corría el año 93, y la hipótesis (más tarde hecha teoría por su autor) era que en el mundo de la post-guerra fría lo que iba a regir la política mundial ya no sería la ideología o la búsqueda del poder por los estados, sino el enfrentamiento entre civilizaciones por imponer su supremacía. En un momento en que la guerra de Bosnia hacía sus estragos con las luchas despiadadas entre musulmanes, eslavos ortodoxos y cristianos, y mientras la coalición árabe-occidental contra Sadam Hussein se resquebrajaba y el fundamentalismo islámico conocía una efervescencia notable, muchos sintieron que tenía que haber gran parte de verdad en tal idea.
Esas pretendidas civilizaciones unitarias, compactas en su doctrina y articuladoras de la acción de los pueblos o los estados, simplemente no existen.


A lo largo de estos inciertos años, los analistas más curtidos de las relaciones internacionales han criticado severamente la tesis del choque por diferentes motivos. La objeción más repetida ha sido sobre todo la poca solvencia del concepto mismo de civilización, que en la definición de Huntington no es más que una confusa amalgama de cultura, lengua, historia y religión que deja a los gobiernos sin una guía práctica para su política exterior. En efecto, la a todas luces arbitraria clasificación de las civilizaciones en ocho (Occidental, Confuciana, Japonesa, Islámica, Hindú, Eslavo-Ortodoxa, Latinoamericana y Africana) no se sostiene desde un punto de vista antropológico o histórico, y ha resultado un fiasco a la hora de explicar con un mínimo de coherencia los acontecimientos más importantes de la escena internacional en la última década. Esas pretendidas civilizaciones unitarias, compactas en su doctrina y articuladoras de la acción de los pueblos o los estados, simplemente no existen.

Más aún, las fracturas, en todo caso, parecen darse dentro de las llamadas civilizaciones, esto es, entre sub-culturas, lo que invalida una teoría en exceso simplista. En realidad, las civilizaciones aparecen subdivididas y enfrentadas hasta el infinito: divisiones que se dan no sólo entre las naciones occidentales (Francia-Reino Unido, Alemania-Francia, Francia-EEUU), sino también entre naciones y pueblos islámicos (rivalidad turco-iraní, chiítas-suníes, etc), por no hablar de la desconfianza chino-japonesa, los recelos de los países del sudeste asiático hacia éstos últimos, o las infinitas subdivisiones en el continente africano.

Las guerras de el Golfo, Sudán, Bosnia, Kosovo, Armenia-Azerbayán o Chechenia, por ejemplo, han echado por tierra empíricamente la teoría, pues ninguna de aquéllas se ajusta al modelo de un estricto enfrentamiento entre civilizaciones. El apoyo de Irán a la cristiana Armenia, o la ayuda de Occidente a los musulmanes de Bosnia o Kosovo, son indicios de que en el tablero mundial los factores estratégicos y el interés egocéntrico de los estados siguen siendo claves. Por otro lado, la división/pasividad de esa entelequia llamada mundo árabe frente a la lucha palestina contra Israel quedó demostrada una vez más durante la última Intifada del año pasado, para desesperación de Yasir Arafat.

Claramente, la pseudo-teoría del choque de civilizaciones no puede explicar lo que no ha pasado: por qué al fin y al cabo no se han dado choques directos entre Occidente, Rusia y China. O por qué nadie quiere que los EEUU retiren sus tropas de Japón, Corea del Sur o los Balcanes.


Con todo, lo más discutible de la tesis de Huntington resulta su división entre “el Occidente y el resto” como consecuencia de una modernización precipitada; una división que ve fantasmas amenazantes donde no los hay y pone en estado de alerta a las naciones occidentales. Curiosamente, hoy Huntington se halla teóricamente solo; se sospecha que nadie - tal vez ni siquiera los sectores más duros del Pentágono- cree realmente en la tesis del choque, y muchos se han llegado a preguntar incluso si el propio Huntington se la cree.

Claramente, la pseudo-teoría del choque de civilizaciones no puede explicar lo que no ha pasado: por qué al fin y al cabo no se han dado choques directos entre Occidente, Rusia y China. O por qué nadie quiere que los EEUU retiren sus tropas de Japón, Corea del Sur o los Balcanes. O por qué ha proliferado la cooperación económica entre países de regiones distantes pertenecientes a civilizaciones distintas. La respuesta es muy sencilla: porque los criterios económicos y estratégicos han primado sobre los estrictamente culturales, y no digamos ya sobre los civilizatorios; o al menos, como en los casos más sangrantes de Bosnia o Kosovo, los han contrarrestado. Es decir, una y otra vez se ve cómo en todos estos conflictos las afinidades culturales o religiosas – eslavo-ortodoxa entre Serbia y Rusia, o musulmana entre Irak y sus simpatizantes - no ha determinado los resultados finales, en los cuales, por cierto, siempre ha acabado imponiéndose la posición occidental.

Así pues, vista retrospectivamente, la teoría del choque de civilizaciones se convierte cada vez más en el soporte ideológico de un poder hegemónico desprovisto súbitamente de la identidad que le proporcionaba su antagonista soviético- una perversa relación, por otra parte, admitida por el propio Huntington. Una teoría que divide el mundo entre amigos y enemigos e inventa conspiraciones anti-occidentales, sirviendo en realidad a los intereses de la superpotencia solitaria para justificar políticas supuestamente preventivas o las guerras. Pero la agenda internacional del presente ni siquiera parece ajustarse al esquema de las civilizaciones. El escudo antimisiles o Guerra de las Galaxias que el nuevo presidente George W. Bush pretende desplegar tampoco parece responder a una prevención contra civilizaciones desafiantes, sino a un intento de mantener a raya a los llamados rogue states (intraducible: estados gamberros, irresponsables, gorrones), a saber: Irak, Libia o Corea del Norte, entre otros. Lo mismo ocurre con los debates más candentes en el terreno de la seguridad, como la ampliación de la OTAN o la creación de una fuerza europea de intervención rápida. Tampoco se ajustan a dicho esquema civilizatorio los retos de la agenda económica mundial: integración regional en América, Europa y Asia, la necesaria regulación de los mercados financieros, etc. ¿Entonces?

Los imperativos de la globalización económico-tecnológica tenderán a hacer cada vez más irrelevantes las alianzas basadas en cosmovisiones culturales o religiosas, produciendo coaliciones y fracturas nuevas, cambiantes, más pragmáticas


Nadie duda de que los conflictos India-Pakistán entre hindúes y musulmanes, o los sangrientos enfrentamientos entre facciones cristianas y musulmanas en el sudeste asiático, Indonesia principalmente, o en África (Sudán) pueden persistir durante un tiempo. En el futuro inmediato no son imposibles ni mucho menos una serie de escenarios compatibles con la teoría del choque: un eventual acercamiento estratégico entre Rusia y China (de corta vida) para contrarrestar la ventaja de EEUU, un consenso en temas de seguridad entre éstos y los países de la UE, incluso la continuación de sangrientos enfrentamientos civiles entre facciones de diversas etnias, en África, el Cáucaso o los Balcanes.

Sin embargo, una vez que el mapamundi se reconfigure durante los próximos años tras los movimientos sísmicos de la pasada década, con bastante probabilidad los estados recuperarán su peso. Paradójicamente, el empuje de la globalización económico-tecnológica espoleará la necesidad de que éstos recuperen la iniciativa. Además, los imperativos de la globalización tenderán a hacer cada vez más irrelevantes las alianzas basadas en cosmovisiones culturales o religiosas, produciendo coaliciones y fracturas nuevas, cambiantes, más pragmáticas. Claro está, siempre queda la opción de que las cosas empeoren y resurjan los fundamentalismos. Entonces el choque de civilizaciones se convertiría de nuevo en la teoría de urgencia para explicar el caos existente. Pero tales sucesos no serían más que ecos retóricos o máscaras de la economía y la política.
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