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Creación/Creación
El lucero
Por José María Lassalle Ruiz, sábado, 10 de marzo de 2001
Sus manos se aferraban desesperadas a los barrotes de la cabecera, como si intentasen asirse a una especie de tablón en medio de un naufragio... Bajo aquella atmósfera nada podía permanecer quieto en su mente. Las ideas centelleaban frenéticas, arrastradas por una corriente desbordante que hacía que la realidad se disolviera en medio de una respiración entrecortada y jadeante que se desgarraba de vez en cuando con alguno de los gritos que brotaban inesperados de su garganta.

Nada tenía sentido. Todo lo que era y pensaba se deshacía en medio de aquel desbordante paroxismo en el que los principios y las creencias se volatilizaban al ritmo de aquella deliciosa presión que soportaba su firme vientre. En aquellos momentos lo único que tenía importancia era seguir sintiendo aquel desgarrón por el que se deslizaba impetuosa una realidad que no entendía nada de aquello que su reflexiva cabeza le dictaba todos los días. Ahora, lo único que deseaba era que aquellos labios carnosos que tenía encima se aproximaran de nuevo y hurgaran en sus senos. Quería que aquella sensación de embriaguez se eternizase. Quería diluirse en medio de aquella marea de placer y vivir dentro de ella como un átomo más de su incesante e imperecedero flujo. Quería morir devorada por aquel espasmo que la elevaba hacia un espacio sin tiempo ni forma y que manaba desde los pliegues más recónditos y originarios de su ser.

De repente una sacudida le hizo recobrar la consciencia. El movimiento había cesado aunque aquellas manos seguían acariciándola al tiempo que ladeaban su cuerpo buscando nuevos páramos de placer. Ligeramente recostada sintió como se reanudaba el movimiento mientras un estremecimiento recorrió su espalda al percibir un suave y obsceno susurro en el que se insinuaban al mismo tiempo palabras de ternura y malicia... Palabras que le hablaban en su oído y que ultrajaban todo aquello en lo que creía. Palabras que se jactaban de estar poseyéndola y que le decían a bocajarro que era de él y de nadie más.

Lejos de aminorar ese deseo que la trastornaba, aquella nueva situación lo acrecentó. Así, al sentir como el fuerte torso de su amante se adhería a su humedecida espalda y como sus manos se transformaban en zarpas que la asían brutalmente, los restos de pudor que aún la mantenían dentro de un cierto recato fueron barridos al escuchar su voz suplicando que siguiera, que la tomara sin contemplaciones bajo aquella inconsciencia que la hacía gritar que era suya y no de aquel que había llamado hacía unos minutos sin que ella quisiera descolgar el teléfono...
***

Silencio...
Era incapaz de conciliar el sueño. Miró las estrellas a través del lucero que estaba justo encima de la cama. Desde allá arriba, aquella mancha negra salpicada de luces parecía asomarse indiscreta. ¿Habría seguido la escena? ¿Los habría visto sumergidos en la tórrida atmósfera que habían estado compartiendo?

Una ola de rubor invadió su rostro. Aquella lucerna que pendía sobre ellos le hizo recordar que fue el hombre del teléfono el que había sugerido que pusieran la cama donde estaba. Aquel hombre que había sido momentáneamente olvidado regresaba así a su memoria, y muy pronto ese mismo lucero los vería juntos... Pendería entonces sobre ellos como lo había estado haciendo esta noche. Es más, tenía la sensación de que aunque decidieran cegar aquel lucero, su imagen perduraría siempre...

***

Silencio...
Sentía calor. Al apartar de la cadera el brazo de su amante pudo ver con claridad el perfil de su rostro y el gesto acerado en sus labios. Incluso cuando soñaba su naturaleza se exhibía pletórica y en tensión, exudando una vitalidad que había sido capaz de desbaratar la altanería orgullosa de una mujer tan inteligente como ella; una mujer cerebral que hasta unas horas antes nunca se hubiera creído capaz de abandonarse al encanto de aquella brutalidad... De ahí la profunda desazón que la dominaba, pues cuando aceptó el juego que luego terminó entre las sábanas de su cama, lo hizo consciente de que nada más podía salir de aquel hombre. Lo sabía y eso fue lo que la sedujo, lo que la llevó hasta ese abismo en el que se encontraba. Pero, ¿por qué había obrado de este modo si sabía que ese iba a ser el reproche más duro que se estaría haciendo después de que todo terminase? ¿Por qué? ¿Por qué...?

***

Silencio...
Miró de nuevo el lucero. Las estrellas habían desaparecido. Unas nubes densas cubrían ahora el cielo. Seguía sintiendo calor, aunque percibía que la habitación estaba fría. Pensó de repente en el hombre que tenía que volver, y que ya estaría tomando el primero de los vuelos que lo traerían de regreso. Volvería, sí, y recordó que seguiría colmándola de atenciones, tal y como había hecho desde que se conocieron. Volvería con aquel rostro tan dulce y aniñado, y con aquella boca tan bien surtida de agudas reflexiones. Y, cómo no, cuando le preguntara por aquella llamada sin contestar, él, con su ingenuidad, también la creería porque estaba seguro de conocerla muy bien...

***

Silencio...
Eran sus labios ahora los que jugueteaban con su piel, los que se inclinaban y dejaban su huella. Eran sus manos las que se aferraban a su pecho, las que impregnaban de sudor su cuerpo. Era ella la que se movía furiosa, la que danzaba sobre él al entregarse de nuevo. Y era ella la que al echar la cabeza hacia atrás mostraba con impaciencia los senos, y la que al sentir en ellos el mordisco de su amante contemplaba como a lo largo de la superficie acristalada del lucero golpeaban las primeras gotas de lluvia...
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