Director: Rogelio López Blanco      Editora: Dolores Sanahuja      Responsable TI: Vidal Vidal Garcia     
  • Novedades

    Paul Preston: El zorro rojo. La vida de Santiago Carrillo (reeña de Iván Alonso)
  • Cine

    Cary Grant, La biografía de Marc Eliot (Lumen) (Blog de Juan Antonio González Fuentes)
  • Sugerencias

  • Música

    Contrabendo, CD de Calvin Russel (por Marion Cassabalian)
  • Viajes

  • MundoDigital

    La creación de contenidos web en la era de la economía de la atención
  • Temas

    Sociedad global o imperio mundial
  • Blog

    Un cuento chino en el Blog de Juan Antonio González Fuentes
  • Creación

    Carmen Borja: Mañana
  • Recomendar

    Su nombre Completo
    Direccción de correo del destinatario
Perdonen las molestias (El País-Aguilar, 2001)

Perdonen las molestias (El País-Aguilar, 2001)



Hannah Arendt: Eichmann en Jesusalen (Lumen, 1999)

Hannah Arendt: Eichmann en Jesusalen (Lumen, 1999)

Contra las patrias (Tusquets, 1996)

Contra las patrias (Tusquets, 1996)

Idea de Nietzsche (Ariel, 1995)

Idea de Nietzsche (Ariel, 1995)

El juego de los caballos (Siruela, 1995)

El juego de los caballos (Siruela, 1995)

El valoe de educar (Ariel, 1997)

El valoe de educar (Ariel, 1997)

Ética para Amador (Ariel, 2000)

Ética para Amador (Ariel, 2000)

La infancia recuperada (Taurus, 1994)

La infancia recuperada (Taurus, 1994)

Las razones del antimilitarismo y otras razones (Anagrama, 1999)

Las razones del antimilitarismo y otras razones (Anagrama, 1999)


Tribuna/Tribuna libre
El alma del verdugo
Por Justo Serna, sábado, 05 de mayo de 2001
¿De qué está hecha el alma del verdugo?, nos preguntamos. ¿Cuál es su índole?, insistimos. ¿Siente algún tipo de remordimiento? Necesitamos a una nueva Hannah Arendt que explore su psique.
Hace casi cuarenta años, oponiéndose a un juicio dominante, enfrentándose a una opinión mayoritaria, Hannah Arendt publicó un relato que conmovió al mundo entero. Me refiero a Eichmann en Jerusalén. En aquel libro, la politóloga norteamericana narraba los avatares, el proceso y la condena de Adolf Eichmann, teniente coronel de las SS y uno de los mayores criminales de la historia. Capturado por un comando israelí en una Argentina en la que había encontrado refugio cobijándose bajo una identidad falsa, el funcionario alemán sería juzgado en Jerusalén por los delitos horrorosos que, como responsable de la deportación y muerte de miles de judíos, se le imputaban. Fue tal la perversidad de los crímenes que quienes le encausaron se obstinaban en presentarlo como un monstruo del mal, sin perfiles, sin vida normal. Nadie en su sano juicio podía ser capaz de infligir tanto daño; nadie con un mínimo de reparo moral podía ser autor deliberado del horror que se le atribuía. Como se sabe, Hannah Arendt se opuso a este criterio: se empeñó en hacer de Eichmann un tipo precisamente normal, alguien que, como ustedes o como yo, pudo haber optado por el bien en vez de por el mal, un mediocre. Con la valentía y con la obstinación que la caracterizaron, y enfrentándose a la opinión común, la pensadora celebró el discurrir del proceso, su pulcritud, y, más importante aún, delimitó el estado y consecuencias morales de la culpa que achacar al miembro de las SS.

Eichmann –insistió-- no era un degenerado patológico. Había que tomarse en serio sus pretextos porque, en vez de irresponsabilizarlo, servían para detallar lo banal de su maldad. En efecto, Eichmann era un tipo trivial, uno más entre millones, un esforzado ciudadano que no se metía en pendencias particulares, alguien que decía observar respetuosa y virilmente las costumbres y las tradiciones de su país y que se oponía a quienes –a su juicio-- las bastardeaban, un amante de su patria, un amigo en quien se podía incluso confiar, un vecino ejemplar, un eficaz, laborioso y modélico funcionario. De hecho, concluía Arendt, si había sido un eficiente organizador de las caravanas de la muerte, no se debió a ninguna inquina particular. Nada de eso. No había odio explícito ni ojeriza personal contra los hebreos; no había hostilidad expresa ni, por supuesto, --se exculpaba Eichmann ante el juez— los había hostigado, puesto que con alguno de ellos había llegado a tener trato amistoso, incluso cordial. Hanna Arendt hizo el esfuerzo doloroso y supremo de acercarse a uno de los máximos responsables del Holocausto, a sus pretextos, el empeño de intentar entender qué cosas podía haber en el alma –permítanme una expresión antigua-- de quien se empecinó en ser un diligente funcionario de la muerte. Eichmann fue un ciudadano corriente que simplemente no se interrogó acerca de lo que hacía, del mal que ocasionaba, alguien que no sintió miedo o inquietud o desazón especiales: justamente porque con él no había reproche alguno, cargo que imputarle o con que afearle su conducta patriótica. Fue tan laborioso, obstinado, fehaciente en el cumplimiento de sus funciones letales, de los trabajos que le adjudicaron, que su tarea fue desempeñada con la frialdad impersonal de quien sabe cuáles son sus obligaciones y no se pregunta por la índole de las mismas, por sus consecuencias, por el reparto que a él le corresponde y por los efectos que se derivan de su aquiescencia, de su participación o de su silencio.
De un Savater maduro, defensor del amor propio, defensor de una ética eudemonista, y compasivo a la vez, he aprendido sobre todo el valor de la democracia laica, incluso explícitamente atea, sin trascendencias, el coraje que es preciso desplegar para no aceptarla por rutina o con condescendencia instrumental: ésta no es un medio para lograr otros fines, sino que son sus procedimientos y el respeto de la ciudadanía lo que constituye la única base de una vida decente

Quien pone una bomba en una Facultad universitaria o quien ejecuta a un fontanero que sale a hacer sus recados o a un urbano que transita por las calles probablemente no se vea a sí mismo como un simple dinamitero o como un monstruo sin escrúpulos: es posible que se tenga por un soldado, incluso por un trabajador honrado, cabal; es probable que sus convecinos –ignorantes o sabedores de sus actividades clandestinas-- lo tengan por un joven campechano aunque algo levantisco, un muchacho del vecindario, un chaval al que todos conocen y en quien se puede confiar. Quien pone una bomba en una Facultad universitaria o en los bajos del coche de un fontanero y observa a distancia como todo hace explosión o simplemente abate a tiros a un municipal es un profesional, es un técnico, uno más, un manitas de los explosivos o de los revólveres, que después debe de tener –suponemos-- vida personal, celos o dudas. ¿Es así?

En las intervenciones públicas que hay, algunos echamos en falta el análisis del alma del verdugo. No es sólo tarea de psiquiatras o de sociológos, de psicólogos o de terapeutas. Necesitamos a una nueva Hannah Arendt que, con tino, con denuedo, con inteligencia y con clarividencia, nos ayude a evaluar su psique y su composición, lo que constituye su existencia ordinaria, esos momentos seguramente triviales que también tiene y en los que se abisma o en los que es derrotado por el tedio. A pesar del horror de que es capaz, a ese individuo no podemos tomarlo como una simple fiera y queremos atribuirle una vida privada, unas zozobras, unas dudas acerca de sí mismo, tal vez alguna complejidad torturada, tal vez una angustia privada que lo justifique como ser humano. Acostumbrados cada uno de nosotros a cargar con culpas reales y fantásticas, queremos pensarlo como un Raskólnikov dañino, tóxico, destructivo, peligroso, muy peligroso, pero Raskólnikov al fin. Pensamos, en efecto, en el alma torturada del homicida de Crimen y castigo y queremos concebir al verdugo de nuestro tiempo como una fiera con perfiles, con odios personales, con cargas personales, con algún remordimiento, con alguna vida ajena que sostener. Si es un Raskólnikov, hay esperanza, nos decimos. ¿Pero y si, por el contrario, se parece más a aquel personaje de Joseph Conrad, dinamitero sin escrúpulos, que decía desentenderse de cualquier sentimiento? “Él me miró muy fijamente. Pero yo no. ¿Por qué tendría que dedicarle más que una ojeada? Él estaba pensando en muchas cosas... sus superiores, su reputación, los tribunales, su sueldo, los diarios... un centenar de cosas. Pero yo sólo pensaba en mi perfecto detonador”. ¿Cuáles son las pequeñas cosas en las que piensa nuestro verdugo de hoy? ¿A quién se parece, a Raskólnikov o al dinamitero de Conrad? Necesitamos a una Hanna Arendt que nos ayude a entender esa psique de maldad indescifrable.
Perdonen las molestias, un volumen que recopila ensayos e intervenciones antiterroristas de los últimos años, es una obra necesaria, una exploración del horror, una demostración de la estupidez criminal, una comprobación de la mediocridad y de la indigencia moral de los verdugos

Fernando Savater no es, desde luego, una Hanna Arendt rediviva, pero, como ella, es un polemista que se multiplica, que se empeña en mil y una causas, que lee a los contemporáneos y a los clásicos, que admite honestamente sus deudas intelectuales. Como ella, asume con coraje y con inteligencia la denuncia del totalitarismo y de la estupidez, aunque en el caso del pensador español, esa denuncia vaya siempre acompañada de una palabra festiva, de un humor y de una ironía que, quizá, le faltaron a la politóloga norteamericana. Como en los asuntos peliagudos y difíciles es razonable que el observador se identifique, los lectores me permitirán una confesión personal sobre Savater y sobre el respeto que le profeso. Creo que me autoriza el antiguo conocimiento que de él tengo, no tan antiguo, desde luego, como sus coetáneos, porque --por suerte para mí-- son unos pocos años los que aún nos separan. Verán, sobrepaso los cuarenta y comencé a leer algunas cosas suyas hace un cuarto de siglo, cuando publicaba en Triunfo y en la primera época de El viejo topo. Recuerdo sus artículos al lado de otros firmados por autores de evidente inspiración althusseriana, maoísta y marxista, y recuerdo también el aprecio que por Nietzsche Savater declaraba una y otra vez. Por un lado, yo le tenía una envidia manifiesta: alguien que era capaz de lidiar con la expresión nietzscheana y salir indemne, alguien que era capaz, incluso, de aclarar su léxico en medio de la verborragia estructuralista, merecía nuestra atención, mi atención. Era el joven intelectual que se aupaba hasta París y que era capaz de hablar sin oscurecer las cosas y de sostener el tipo sin complejos, sin la mediocridad y la indigencia teóricas que había en el mundo académico. Por otro, sin embargo, cada artículo suyo me incomodaba más con su autor: apreciaba su festividad expresiva, pero la aureola nietzscheana con que se revestía me aturdía, me inquietaba.

Años después, Savater ha seguido fiel a los preceptos básicos de Nietzsche, a su defensa del individualismo y de la vida sin objeciones colectivistas, sin metafísicas compensatorias, pero se ha distanciado del nietzscheanismo más tremebundo que algunos aún cultivan como oposición esteticista contra el sistema. Años después, el Nietzsche que me aturdía ya no me incomoda y, en efecto, también yo, el lector de Nietzsche y Savater, los tomo a ambos como tónicos contra las abdicaciones antiindividualistas a que nos obligan la mediocridad y una vida de renuncias. Años después, de Savater, de un Savater maduro, defensor del amor propio, defensor de una ética eudemonista, y compasivo a la vez, he aprendido sobre todo el valor de la democracia laica, incluso explícitamente atea, sin trascendencias, el coraje que es preciso desplegar para no aceptarla por rutina o con condescendencia instrumental: ésta no es un medio para lograr otros fines, sino que son sus procedimientos y el respeto de la ciudadanía lo que constituye la única base de una vida decente. A esto ha dedicado muchos artículos y libros, textos valientes, hermosos y justificados, y nos ha dado páginas memorables, chispas de inteligencia, lascas de humor y de coraje. Perdonen las molestias, un volumen que recopila ensayos e intervenciones antiterroristas de los últimos años, es una obra necesaria, una exploración del horror, una demostración de la estupidez criminal, una comprobación de la mediocridad y de la indigencia moral de los verdugos. Se trata de un livre de circonstances, un libro urgente, perentorio, un libro en el que el autor se ensucia las manos metiéndose en un cenagal de sangre y de dolor, un libro en el que explora la psique de los fanáticos y en la que, lamentablemente, no parece hallar remordimiento al modo de Raskólnikov. Dice Savater que la cuestión del terrorismo ha sido tratada "desde todos los puntos de vista: periodístico, antropológico, histórico, jurídico, novelesco... Que yo sepa --concluye--, sólo falta un buen estudio psiquiátrico, quizá el enfoque más prometedor". Dice esperarlo aún. Yo creo, sin embargo, que esta obra es su avance, un primer diagnóstico clínico del alma del verdugo y de sus adláteres.

 

  • Suscribirse





    He leido el texto legal


  • Reseñas

    Eta en Cataluña, de Florencio Domínguez (reseña de Rogelio López Blanco)
  • Publicidad

  • Autores

    Entrevista a Ramón Esteban Magaña, autor de 15-J. El día en el que los políticos se indignaron