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Tribuna/Tribuna libre
El futuro según Saramago
Por Justo Serna, sábado, 10 de marzo de 2001
Aprovechando la ficción novelesca, Saramago aborda en La caverna el presente y el futuro de la globalización, condenando sus consecuencias sociales y sus efectos humanos. Un exceso de simbolismo manifiesto y unos personajes arquetípicos afectan negativamente a la narración.
Las obras literarias son artefactos materiales rodeados de instrucciones de lectura y precedidos por otros volúmenes de los que son deudores y resultado. Los libros irrumpen en un mundo que ya está abarrotado de papel impreso, en un mundo que está habitado por otros textos a los que desplazan o a los que no consiguen arrinconar, en un mundo en que esos mismos textos son producto de su tiempo y contra su tiempo. Vivimos en un universo con los anaqueles llenos de ejemplares de los que no somos autores y de los que sólo somos oficiantes, celebrantes o víctimas; vivimos en un espacio saturado, en una semiosfera repleta en la que se han sedimentado años, cultura y letras. Para poder guiarnos y para poder hacer una discriminación adecuada, los humanos hemos inventado todo tipo de señales, de signos convencionales: uno de ellos es el Premio Nobel, un rótulo universal que habría de servirnos para reconocer ciertos atributos, para reconocer calidad literaria, por ejemplo, un rótulo que habría de permitirnos elegir con grandes posibilidades de acierto entre una bibliografía ya oceánica. Quien lee a un autor aureolado en ese certamen anual supone que no perderá el tiempo y que, por tanto, accederá a un saber y a un deleite garantizados.

Cuando a un escritor se le ha concedido el Premio Nobel, ese galardón marca indeleblemente su producción posterior y sus esfuerzos personales no podrán esquivar ese serio condicionante. ¿Cómo se puede leer la nueva novela de un Nobel? ¿Es posible leerla sin envaramiento? ¿Es posible acceder a ella sin sentirnos intimidados por la fama que la precede, sin sentirnos cohibidos por la estatura del galardonado? Propongo un experimento. Fantaseemos con un lector, con un lector habitual de novelas, con alguien que crea saber, al menos por la experiencia que ha atesorado, de qué va la ficción; fantaseemos con un colega que, como ustedes o como yo, haya frecuentado la narración y otras literaturas, pero al que le supondremos un desconocimiento de la obra consolidada y previa del nuevo Nobel. Tal vez se trate de una ignorancia culpable, la de ese lector descuidado que no ha tenido el prurito de leer a un autor ya célebre y prestigioso antes del galardón, pero se lo concederemos: le admitiremos que el suyo sea un desconocimiento operativo que nos habrá de servir para el experimento que propongo. Empecemos, pues.
Que la novela de Saramago sea una jeremiada contra la globalización y que eso se exprese bajo la forma de ficción es todo un desafío. ¿Por qué razón? Porque una novela con una tesis tan explícita y tan ideológica, ha de estar muy bien resuelta para no pecar de inverosimilitud o de politiquería

Dado el prestigio del premio y dada la celebridad de quien lo logra, podemos imaginar a nuestro lector hipotético decidido a reparar su falta; pero podemos imaginar también que, en vez de empezar ordenadamente, siguiendo una estricta sucesión cronológica, resolviese comenzar por el libro más reciente, por esa última novela posterior al Nobel. En ese texto --conjetura-- estarán resumidas, condensadas, abreviadas las mejores virtudes del galardonado, la madurez del narrador; en esa obra confluirán los atributos del creador, las cualidades que lo hicieron merecedor del premio. Con ese espíritu, pues, nuestro personaje podría emprender, por ejemplo, la lectura de La caverna y, con ese ánimo, podría proponerse reparar su culpable desconocimiento de José Saramago. ¿Qué sabe de él? Sin haberlo leído --insisto--, le admite que sus obras están rotuladas con unos títulos prometedores, nada rutinarios, incluso audaces. Sin haberlo leído, sabe de sus ideas políticas, un comunismo emocional que apuesta instintivamente por los pobres y los menesterosos. Sin haberlas leído con minucia y pormenor, algo sabe de las entrevistas que ha concedido, en las que el declarante manifiesta su oposición testimonial a la globalización y a los daños que de ella se seguirían. Supongamos que nuestro lector hipotético no participara de esas ideas y que, además, la expresión pública de las mismas le convirtiera a Saramago en un personaje antipático, en un nostálgico de un mundo ya perdido irremisiblemente y en seguidor de un ideario bondadoso y nocivo a la vez. Pero supongamos también que ese lector se tuviese a sí mismo respeto intelectual y que no quisiera incurrir en sectarismos; supongamos, en fin, que aspirara a reconocer la excelencia allí donde se dé. Justamente por eso se empeñará en leer al Noble portugués.

Es un reto, admite. Que la novela de Saramago sea una jeremiada contra la globalización y que eso se exprese bajo la forma de ficción es todo un desafío. ¿Por qué razón? Porque una novela con una tesis tan explícita y tan ideológica, ha de estar muy bien resuelta para no pecar de inverosimilitud o de politiquería. Ese lector hipotético puede recuerdar, por ejemplo, a aquel personaje de Alfredo Bryce Echenique, novelista también, novelista comprometido también, al que sus compatriotas y correligionarios le habían encargado la escritura de una ficción que diera cuenta de las luchas de los sindicatos de mineros del Perú. Martín Romaña, que así se llamaba aquel esforzado y exagerado autor, renunciaba al final a tamaña empresa al admitir que un compromiso tan explícito arruinaba la ficción y que la solidaridad expresa con las causas progresistas no tiene por qué garantizar la feliz resolución de una novela. Pero, contrariamente a las reflexiones del personaje peruano, nuestro lector confía en el Nobel, confía en Saramago y en su capacidad universalmente reconocida para salir airoso de una ficción. Por eso, le concede todo el crédito que su celebridad literaria le merece e, insisto, le admite el reto titánico que supone escribir --así, sin más-- una novela contra el mundo moderno y sus averías, contra las injurias de la globalización, contra el fin de los viejos tiempos. Al fin y a la postre, concluye, no hay temas buenos o malos, no hay ideas buenas o malas, para la novela; hay sólo buenas o malas novelas. Lee, lee La caverna, ¿y qué se encuentra?
Se puede contar cualquier historia, con cualesquiera personajes y ser perfectamente verosímil. La cualidad de lo verosímil no depende del realismo, de la crónica y de las expectativas, sino del coherencia dada a los elementos, del acabado del relato, de la congruencia de sus partes. Pues bien (...) la novela decepciona no por la inverosimilitud de la fábula, sino por el desajuste y la mala resolución de algunos de esos ingredientes

La historia la protagoniza una familia de alfareros, particularmente el más anciano de ellos, Cipriano Algor, un viudo sesentón que ve reducirse su mundo de evidencias y de estabilidades, que ve cómo el Centro (comercial) que le compraba en exclusiva sus barros, sus platos y sus cántaros, decide rescindir ese contrato, los pedidos y, en fin, la relación mercantil que mantenían. La historia acoge además a otros personajes que le hacen compañía al protagonista y que son su propia familia (hija y yerno y un perro al que adoptan) y una vecina, viuda también, que se siente atraída por el artesano, por sus manufacturas y por su persona. Lo que se nos cuenta a lo largo de cuatrocientas cincuenta y cuatro páginas es la lucha de una supervivencia, la derrota digna de un alfarero y de los suyos que, queriendo adaptarse a las arbitrariedades y a las tiranías mercantiles del inmenso Centro, se verán obligados a cerrar su taller, su horno, y a emprender una marcha que los aleje de esa mole, de esa construcción que es tan grande como la ciudad que le da cabida. Los espacios en que se desarrolla la acción son la pequeña localidad en donde trabaja y reside Algor, un lugar falto de futuro, distante de la urbe, un lugar campesino y premoderno; las carreteras por las que conduce su furgoneta hasta la ciudad, unas arterias sobre las que se arraciman chabolistas y perdedores, delincuentes por necesidad; y, en fin, el propio Centro, un inmueble efectivamente gigantesco, cerrado, con aire condicionado y con luz artificial, limpio, con mármoles bruñidos, con pequeños apartamentos para residentes y con vigilancia permanente. Justamente, el cese de actividades de la alfarería traerá el traslado temporal de la familia Algor a una de aquellas exiguas viviendas: la condición de guardia del establecimiento comercial por parte del yerno es lo que les permite acceder y acogerse a esa dádiva. Sin embargo, el alfarero se resistirá en principio, querrá mantener su negocio y auxiliado por su hija cambiará cántaros y platos por figurillas de barro con el propósito y con el fin de que el Centro le siga aceptando sus elaboraciones. Todo será en balde. El horno cerrará y, a cambio, deberá aceptar su derrota: el traslado de residencia hasta aquella vivienda minúscula, sin la vecina y sin el perro. El descubrimiento de la caverna de Platón en el vientre del Centro, el descubrimiento de sus fantasmagorías y de su propio destino, atado él y los suyos frente a un muro de espectros le llevará a emprender la huida. Cipriano Algor montará a su familia, al perro y a la viuda en la desvencijada furgoneta emprendiendo una marcha liberadora, un escape personal y moral que les permita arrancarse de las seducciones y de las mentiras mercantiles, incluso de esa caverna de Platón cuya próxima apertura se anuncia como nueva atracción del Centro.

La historia, morosa, sentenciosa, pausada y fundada en la amplificación verbal, la cuenta alguien que no se identifica y que se expresa en primera persona del plural, un relator que cambia frecuentemente el punto de vista, como si de un narrador omnisciente se tratara; un relator que es incluso capaz de revelarnos los pensamientos del perro o las intimidades mudas de los protagonistas, alguien que en ocasiones confiesa sus ignorancias y que, por eso mismo, se ve obligado a conjeturar acerca de sus personajes. Nuestro lector, habituado a tratar con narradores que se cancelan y que escrupulosamente siguen el punto de vista, celebra el hallazgo de ese contador de historias, irónico, sabedor de lo que puede o de lo que no puede decirse, un contador que, al modo de los viejos relatores, se involucra en la trama y manifiesta sus ojerizas y sus adhesiones, pontifica, juzga y admite una "confesada simpatía de clase" por el alfarero. Nuestro lector hipotético, dotado de experiencia, habituado a la ficción, le acepta a Saramago ese hallazgo, la ironía del hallazgo, una fórmula expresiva que mezcla las antiguas formas de contar y la metanarración posmoderna. Sin embargo, esa historia le deja insatisfecho, le deja descontento. Algunas personas que, como él, también emprendieron su lectura le confesaron sus dudas sobre las vicisitudes del alfarero: contar una historia contra la globalización tomando como referente la ruina de un oficio premoderno es quizá un desajuste imperdonable que hace inverosímil el relato. Nuestro lector, sin embargo, no comparte este juicio: se puede contar cualquier historia, con cualesquiera personajes y ser perfectamente verosímil. La cualidad de lo verosímil no depende del realismo, de la crónica y de las expectativas, sino del coherencia dada a los elementos, del acabado del relato, de la congruencia de sus partes. Pues bien, a juicio de nuestro lector hipotético, la novela decepciona no por la inverosimilitud de la fábula, sino por el desajuste y la mala resolución de algunos de esos ingredientes.
Después de pasajes en que la novela nos sumía en descripciones ansiógenas y nos hacía habitar en un mundo tiránico y de inspección continua, el de un Centro regulador en cuya narración resonaban los ecos amenazantes de las utopías negativas del siglo XX, no podemos dar una salida escapista y consoladora a lo que es derrota

Los personajes, por ejemplo, son previsibles, sabemos siempre lo que piensan y cómo sienten, y adivinamos el curso de sus intenciones: las zozobras de su mundo interior las anticipamos porque su modelado es arquetípico, como el de esas figurillas que hornea Cipriano Algor; su lenguaje, además, es marcadamente sentencioso, incluso palabrista, lapidario. Por otro lado, la novela está también aquejada de un simbolismo manifiesto, excesivo, redundante, un simbolismo que, al margen de las ironías del narrador, funciona como marco reconocible, como alusión explícita que el lector medio culto reconoce. Por ejemplo, para nuestro lector habitual, el Centro es un trasunto del castillo de Kafka pero sin añadir nada nuevo al enigma de la institución sin rostro, sin trascender en términos irónicos la gravedad enfática que le suponemos al inmueble y a sus moradores. Ese simbolismo literal se agrava, por ejemplo, cuando topamos con el principal referente cultural de la novela, la caverna de Platón. Aunque la presencia de la cueva espectral es abordada con un esbozo de ironía, al final ese dato manifiesto se queda en el tópico: podemos manejarnos con ese hallazgo sin necesidad de haber leído el libro séptimo de la República, es decir, que el narrador sólo nos presenta la caverna reproduciendo el estereotipo que está en el aire y que todos conocemos sin haber accedido a Platón, sin haber hecho el esfuerzo de leerlo.

Pero no acaban aquí las cosas, puesto que el uso de esos referentes culturales que saturan la novela vuelve a fracasar por el simbolismo enfático de que está aureolado el oficio de alfarero: es también un tópico --del que, por cierto, son sabedores los propios protagonistas-- el aludir a Dios como primer alfarero. Si el personaje con quien debemos familiarizarnos lo sabemos esterotipo o encarnación del símbolo del Dios creador, entonces su estatura decrece y pierde encarnadura real: no sabemos si quien habla es alguien pequeño como nosotros o, por el contrario, asume la onerosa carga de hablar como el primer alfarero. Pero, además, la novela acaba disgustándole a nuestro lector hipotético por el final mismo que el narrador le da, por el final melodramático y antiguo con que el relato se cierra. Si Cipriano Algor es derrotado por el Centro, si un mundo se derrumba, si una profesión se vuelve obsoleta, si un universo de espectros reemplaza lo real y lo convierte todo en una fantasmagoría, la huida en furgoneta de los cuatro personajes no arregla las cosas. El amor no lo puede todo, la amistad no lo vence todo, los buenos sentimientos no nos salvan. Después de pasajes en que la novela nos sumía en descripciones ansiógenas y nos hacía habitar en un mundo tiránico y de inspección continua, el de un Centro regulador en cuya narración resonaban los ecos amenazantes de las utopías negativas del siglo XX, no podemos dar una salida escapista y consoladora a lo que es derrota. Si, como se nos dice, el Centro es más grande que la ciudad que lo acoge, si ya no hay pequeña población que nos albergue, no habrá providencia que nos salve, no habrá lugar al que huir, no habrá lugar a la esperanza. Nuestro lector hipotético, derrotado por La caverna, disgustado por un relato conmovedor pero desajustado, decepcionado por una novela fallida y consoladora, se compromete con Saramago y se obliga a regresar a las obras que la preceden, a esos textos por los que mereció el Nobel. ¿Qué encontrará?
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