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Tribuna/Tribuna libre
El Medio Oriente y la Realidad
Por Joel Salpak (diplomático israelí), sábado, 24 de febrero de 2001
La visión del conflicto en Oriente Medio de un diplomático israelí
Introducción

Creo que muchos de los lectores de esta página no me conocen, y me parece cuestión de buenas maneras presentarme - quienes me invitaron a escribir saben de mí y de mi particular forma de ver la diplomacia como un ejercicio de la verdad y la franqueza, pero no todos aceptan el lema artiguino “con la verdad no ofendo ni temo”...

De todos modos, mi condición de diplomático israelí no obnubila mi sensatez: trato de ser objetivo en mi entender y explicar, sin caer en esa cómoda posición de “neutralidad” que a veces los sociólogos (casualmente también lo soy) utilizamos para disimular nuestras actitudes críticas, más de una vez basadas más en los sentimientos que en las realidades.

Finalizo esta presentación-declaración de principios con una aseveración casi obvia: la realidad no existe; lo que existe es la percepción que cada uno de nosotros tiene de ella. Lo obvio es que la realidad existe, aunque bastante fuera de nuestra completa, correcta y deseada comprensión.

¿Y el ejemplo que quiero desarrollar? Ya que estamos, la situación hoy día en el Medio Oriente.


¿Quién tiene la culpa?

Los que tenemos hijos sabemos que en las riñas entre niños lo más difícil no es tranquilizar a los chavales, sinó descubrir quién fue el que comenzó.

Hace un par de días, un dirigente palestino afirmó que atropellar con un autobús a los que esperaban en la parada al costado del camino no es violencia, sino que es el resultado de una violencia básica, que es la “conquista” de los Territorios palestinos.

En realidad, casi tiene razón: si no hubiera “conquista” no habría intifada, pero igualmente se puede arguír que si no hubiese habido rechazo árabe al plan de partición de Palestina 1947, no habría aparecido esa extraña entidad del derecho internacional que es la Cisjordania (¿sabían que su anexión al Reino Hashemita de Jordania, en 1955, solo fue reconocida por dos países en todo el mundo?).

Por otra parte, también se puede arguír que si Arafat hubiese aceptado los (más que generosos, arriesgados) ofrecimientos de Barak en Camp David, quizás hoy Sharón no sería Primer Ministro electo de Israel.

Pero de especulaciones ya tenemos suficente en los periódicos – o como decía mi abuela, “si mi mamá hubiese sido locomotora, yo sería máquina de coser” – así que vayamos al meollo de la cuestión: no importa quién tiene la culpa; importa como terminar el conflicto.


Guerra de desgaste

El deseo de terminar el conflicto tiene como condicionante que ambas partes tienen que estar interesadas para que éste pueda ser finalizado (y que conste que no digo “resuelto”. Casi no hay político de izquierdas en Israel que no haya dicho alguna vez que para iniciar una guerra se requiere un solo agresor, pero para lograr la paz se necesitan dos socios. Y si lo pienso un poco, creo que también los políticos de derechas lo piensan y lo dicen.

Arafat tuvo varias oportunidades de lograr un acuerdo: inicialmente, luego de la primera intifada, Madrid abrió un camino promisorio (i.e. “que encierra promesas”, según mi diccionario), que desencadenó la Declaración de Principios y que llevó a Oslo, a Wy Plantation y a Camp David, con alzas y bajas. Hasta que Israel expuso los límites máximos de su aceptación de concesiones: prácticamente devolución de todo el territorio ocupado, cesión de tierras israelíes a cambio de pequeños nucleos de población judía en lo que sin duda devendría el Estado Palestino, partición de Jerusalén aún contra las promesas electorales de Barak y un generooso programa de desarrollo para la población palestina, basado en la experiencia de 52 años de crecimiento económico de Israel y el apoyo de casi todos los países ricos – al respecto, lo que llama la atención es la completa ausencia de promesas de financiación por parte del mundo árabe.

Y sin embargo, Arafat “patea el tablero”: la excusa (bastante trivial si no infantil) de la provocación de Sharon al subir a la explanada del Templo en donde estan las Mezquitas de Jerusalén, desencadena aparentemente una segunda intifada, llamada de “El Aksa” por la pretendida profanación de dichas mezquitas. Lo que no se menciona es que las manifestaciones, ataques con cocteles Molotov y tiroteos ya habían comenzado varios días antes de la visita.

Lo que sigue es una guerra de desgaste, así de simple: la Autoridad Palestina obtuvo de Barak las líneas rojas de máxima concesión israelí, las rechazó, provocó la caída de Barak y ante el recién accedido Sharón planteará como arranque de la negociación esta mismas líneas. Su supuesto es que a las derechas les es más fácil ceder que a las izquierdas y su técnica es acorralar al gobierno conservador mediante un doble ataque, en el territorio israelí mediante atentados “de baja intensidad” y en el frente internacional, mediante una permanente exposición de la represión israelí: el rifle contra la piedra, mensaje simple, llamativo, sentimental y – especialmente – firmemente ajustado en la realidad visual, lo que le hace parecer fiel reflejo de la realidad total, y quizás los memoriosos aún recuerden lo que dije más arriba sobre la realidad y la percepción de esa realidad.


Control y descontrol

Tratemos de ver – y entender – como funcionan las cosas: Yasser Arafat llevó las concesiones israelíes al extremo, tanto que Israel decidió cambiar Primer Ministro y así evitar ceder todo y en todo. Arafat decide seguir presionando, ya no en la mesa de negociaciones sino en dos frentes paralelos: el internacional y el israelí. En el plano internacional es sencillo: CNN y la predisposición de público multiplican los efectos negativos de la represión israelí; en el plano israelí, el acoso a los colonos y el tiroteo esporádico en las rutas de los territorios, al que se agregan atentados en zonas urbanas de Israel, desencadenan una guerra de desgaste – o guerra de nervios – que llega a un clímax con el chofer de autobús que causa ocho muertos en una parada caminera.

Arafat aduce que es un accidente de tránsito,
ninguna organización palestina reclama la autoría, el sentido común señala que al conductor actuó casi espontaneamente y por impulso sin que nadie se lo ordenase, los analistas señalan que la Autoridad Palestina no controla la acción individual... y que se trata de un “atentado ambiental”, es decir, motivado por las circunstancias políticas y frustraciones socio-económicas por las que atraviesan los palestinos.

Pareciera que el tema es el control y el descontrol: la radio, la televisión y la prensa palestina hierven de proclamas y consignas anti-israelíes; los predicadores en las mezquitas y los políticos de todo nivel y todo color ideológico incitan a la intifada y el jihad (Guerra Santa) contra la opresión en la Cisjordania y Gaza. La Autoridad Palestina no sólo hace la vista gorda, sino que autoriza – expresa o tácitamente – este ambiente enfebrecido: controla el descontrol.

El mismo Shimon Peres cae en la trampa, al decir que Arafat no puede controlar a su gente. Si ello es así, ¿qué clase de autoridad es la Autoridad Palestina?


El uso de la mentira

Hace unos años, corrió por los Territorios la versión de que los israelíes envenenaban los pozos de agua; luego, otra de que drogaban a los estudiantes palestinos con goma de mascar.

Ahora – como parte de la guerra psicológica - se habla de municiones radioactivas y de bombas de gas letal: acción psicológica que se ejerce sobre dos públicos: los propios palestinos, entre los que funciona el fenómeno del rumor potenciando las noticias de la radio y TV, y el público europeo y norteamericano, predispuesto siempre a apoyar al debil y que recibe estas noticias por vía de (y sacralizada por) la prensa internacional, en especial la televisión – que recorta la noticia de su contexto, la trivializa y comercializa hasta dejarla en su mínima expresión y máxima efectividad, y luego la repite ad nauseam, como en el caso del niño-mártir Muhamad, del que finalmente se estableció que no fue muerto por balas israelíes... pero ya era demasiado tarde: lamentablemente, su vida se perdió doblemente en vano.

La acción psicológica que se ejerce sobre los palestinos tiene otro objetivo, el de desviar su atención de la corrupción y el desmande en que viven, bajo el gobierno de Arafat: mientras que los líderes de la Autoridad Palestina se enriquecen – y las noticias al respecto provenientes de propias fuentes palestinas fueron rápidamente acalladas – las consecuencias explícitas e implícitas de la intifada y el cierre de la frontera con Israel han disparado la tasa de desempleo, la pobreza y el desánimo, creando una masa crítica que bordea la desesperación y cuya obvia respuesta se ve orientada (por efecto de la prensa y la prédica político-religiosa) contra Israel.


Cerrando el círculo

Un conflicto de más de cien años, con raíces culturales, religiosas, ideológicas, políticas, económicas y demográficas, no puede ser resumido en 1500 palabras, del mismo modo que la realidad – como anoté al principio de estas notas – no puede ser captada completamente por cada uno de nosotros.

Menos aún puede ser resuelto mágicamente: llevará tiempo, y probablemente sangre, llegar a una solución y a una paz en Medio Oriente que satisfaga mínimamente a todas las partes que rodean el problema en círculos concentricos: israelíes, palestinos, países vecinos con diverso grado de hostilidad contra Israel y hacia los palestinos (¡sí, hacia los palestinos!, como lo demuestra la indiferencia de algunos ante el sufrimiento de los refugiados y hasta la agresión abierta de otros, evidenciada en el caso del “septiembre negro” de 1970.

Pero éso, como solía decir Kipling, es otra historia. Quizas entrando en detalles, podremos mirar el pasado y el futuro con un poco más de criterio.
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