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Tribuna/Tribuna libre
La muerte de la voluntad
Por Bernabé Sarabia, sábado, 24 de febrero de 2001
La voluntad como sentimiento del esfuerzo se va extinguiendo. Esto está cambiando el modo de vida del mundo occidental desde finales del siglo XX.
En las últimas décadas del siglo XX el perfil de la voluntad como sentimiento del esfuerzo ha ido perdiendo relieve. En la Unión Europea se ha borrado casi por completo. La tensión de la voluntad, como la del arquero de Ortega y Gasset, sólo permanece en unos pocos individuos aislados y en grupos minoritarios. Estamos ante una situación de cambio.

La voluntad ya no es objeto relevante de reflexión filosófica aún cuando desde Platón y Aristóteles hasta Schopenhauer y Foucault haya sido un eje constante de la filosofía. En psicología ha sucedido algo semejante. Para Wundt, William James o Maine de Biran fue importante, los cognitivistas de ahora ignoran el papel de la voluntad.
Poco a poco, pasada la mitad del siglo, la voluntad comenzó a verse con sospecha. Empezó a oler a campo de concentración

La tragedia que supuso la Segunda Guerra Mundial ha tenido mucho que ver con esta pérdida. En occidente se creía en la voluntad de las personas como instrumento para la perfección individual y social. Los pilotos de la Royal Air Force (RAF) que defendieron el cielo británico de las bombas de la Luftwaffe, metidos en las angostas carlingas de los maniobreros Spitfire, dieron ejemplo del esfuerzo de la voluntad. Roald Dahl ha dejado en sus novelas un testimonio lleno de matices. Algo semejante puede afirmarse de los tanquistas alemanes del general Rommel luchando en el Norte de Africa contra las fuerzas, superiores en medios, de Montgomery o de los rusos resistiendo tenazmente la embestida alemana en Stalingrado.

La creencia en la voluntad no estaba vinculada sólo a la guerra o a las acciones heroicas. Ramón y Cajal la predicaba como uno de los elementos indispensables para todo investigador con aspiraciones. El sistema educativo y religioso buscaba formar la voluntad de los jóvenes como un rasgo de personalidad esencial abrirse paso en la vida.
Con ello se abolían los castigos. Ya nadie habla de castigar. Al niño desobediente, al joven perezoso o grosero hay que motivarle, divertirle para que aprenda sin esfuerzo. No hay que suspender

Poco a poco, pasada la mitad del siglo, la voluntad comenzó a verse con sospecha. Empezó a oler a campo de concentración. Wagner y sobre todo Nietzsche, emblemas germánicos de la voluntad, fueron reinterpretados en su filosofía del poder para concluir que su exaltación de la voluntad estaba teñida de nazismo.

Mientras tanto la psicología y la pedagogía caían en manos del conductismo norteamericano. Desde esta teoría psicológica el comportamiento humano se debe analizar en términos de estímulos y respuestas. De este modo, si a niños y jóvenes se les estimula adecuadamente, sus respuestas, su modo de comportarse será el conveniente. La consecuencia de una visión tan simplista ha sido catastrófica, no sólo para la psicología sino sobre todo para la buena educación. Ya en los años sesenta la situación empeoró todavía más. Los expertos llegaron a la conclusión de que los estímulos debían ser positivos. Con ello se abolían los castigos. Ya nadie habla de castigar. Al niño desobediente, al joven perezoso o grosero hay que motivarle, divertirle para que aprenda sin esfuerzo. No hay que suspender.

Ahora, como dicen los anuncios, se puede aprender inglés sin esfuerzo y sin moverse de casa. Se está engañando a la gente. Todavía hay que sufrir para ser más alto, más rápido o más fuerte. La libertad se fundamenta en la volición.
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