La literatura centroeuropea es una especie de filón inagotable. La intensa
creatividad engendrada durante los años que antecedieron y precedieron al final
del imperio de los Habsburgo resulta increíble y fascinante. Aquella "Finis
Austria" que llevaba muerta varias años antes de que la derrota de 1918
certificara su colapso, produjo en medio de su putrefacción un magma artístico
difícilmente parangonable. Inmersa en un orden de cosas en el que la simulación
fue elevada a la categoría de naturaleza, la Kakania soñada por Robert Musil en
El hombre sin atributos llegó incluso a suplantar a esa Austria-Hungría
verdadera que, víctima de una singular esquizofrenia colectiva, asumió tan a
pecho su papel que murió sin enterarse, corroída por el cáncer de las naciones
que albergaba en su seno.
Estudiada con precisión por el italiano Claudio
Magris en Il mito absburgico nella letteratura austriaca moderna (1963),
El anillo de Clarisse (1984) o El Danubio (1986), la calidad de la
literatura centroeuropea se ha ganado a pulso su merecida fama gracias a la
genialidad de nombres como Kafka, Schnitzler, Roth, Hofmannstahl, Zweig o Broch,
aunque no se agota ni mucho menos con ellos. Y es que alrededor de tan
esplendoroso núcleo central se ubica una brillante periferia que forman autores
menos conocidos que, si bien no revisten el relumbre de los antes citados, sin
embargo, tienen por sí solos un peso y un interés que los hacen dignos de
atención a pesar del eclipse al que les condena la presencia de los
primeros.
Silenciada su obra debido a la proscripción
que soportó en Hungría, la desaparición del Muro berlinés lo ha sacado
definitivamente del olvido, iniciándose así su recuperación, primero en su
patria y después en todo Occidente
Pues bien, uno de los escritores que conforman esta notable periferia
literaria es el húngaro Sándor Márai, el autor de la novela que comentamos aquí:
La herencia de Eszter (1939). Desconocido en España hasta la publicación
el año pasado de su novela El último encuentro (1942), Márai nació en
Kassa en 1900 dentro de la minoría húngara que habita la actual Eslovaquia.
Exiliado en Francia y Alemania durante los años veinte debido a la dictadura del
almirante Horthy, posteriormente volvió a Hungria, aunque la invasión soviética
y la instauración del régimen comunista en 1948 le hizo abandonar
definitivamente su país. Emigrado desde entonces en los Estados Unidos, allí
vivió hasta que se suicidó en San Diego en 1989.
Silenciada su obra
debido a la proscripción que soportó en Hungría, la desaparición del Muro
berlinés lo ha sacado definitivamente del olvido, iniciándose así su
recuperación, primero en su patria y después en todo Occidente. Heredero de la
mejor tradición literaria centroeuropea, Sándor Márai construye un universo
novelístico que aunque recuerda algo al de Stefan Zweig, sin embargo, está
dotado de sus propios recursos y registros expresivos. En este sentido, lo que
más llama la atención de su prosa es la forma en la que elabora su discurso
creativo. Un discurso melancólico y refinado, provisto de un esteticismo
contenido que sirve a una voz elegante que se articula a través de personajes
que parecen vivir atrapados por su pasado. De ahí que sus historias giren
alrededor de la incapacidad de aquéllos por proyectarse más allá de una
temporalidad acuciada por fantasmas biográficos que introducen una tensión que
va en aumento gradualmente hasta que por fin se plantea la necesidad imperiosa
de resolverla bajo la forma de una encrucijada vital en la que se decide el
futuro de los protagonistas e, incluso, su propia supervivencia. Descritos por
Márai como seres arrinconados, sumergidos en un parálisis emotiva que los hace
vivir suspendidos en medio de un paréntesis que se eterniza en el ayer, sus
personajes permanecen en los márgenes de una realidad que no desean asumir,
hasta el punto de sobrevivir en medio de santuarios personales desde los que
eluden cualquier contacto con un mundo que perciben hostil hasta que éste,
precisamente, acaba entrando de manera brutal en ellos.
Lo que más llama la atención de su prosa es
la forma en la que elabora su discurso creativo. Un discurso melancólico y
refinado, provisto de un esteticismo contenido que sirve a una voz elegante que
se articula a través de personajes que parecen vivir atrapados por su
pasado
En La herencia de Eszter el pasado es el núcleo
alrededor del que se desarrolla la trama que protagoniza una mujer que sobrevive
entre los muros de la casa familiar tras el naufragio de su mundo afectivo
veinte años atrás, cuando Lajos, el hombre que amaba, la abandonó para casarse
con su hermana. Organizada alrededor de una especie de duelo sentimental, la
historia que relata Eszter en forma de monólogo describe el pulso que se ve
forzada a mantener con Lajos cuando, ya viudo y casi derrotado por la vida,
regresa a ella inesperadamente. Descrito como un canalla amoral e hipervitalista
que malgastó la hacienda de la familia de su mujer embarcándose en toda suerte
de aventuras, la vuelta de esta especie de émulo del superhombre nieztscheano
trastorna de nuevo la tranquila existencia de Eszter.
Prevenida por los
buenos amigos detrás de los que vive parapetada frente a sus recuerdos, sin
embargo, la seducción de Lajos acaba arrollando todo su comedimiento, incluso
cuando intuye claramente que al optar por él y sus mentiras está renunciando a
la tranquila seguridad que le ofrece la "mediocritas" burguesa en la que vive
instalada. ¿Por qué? Quizá porque como le reprocha el inconsciente irracional de
Eszter a ese "yo" consciente y morigerado que encarna la figura de su amigo
Endre: "Si yo hubiese sido sabia y verdaderamente sincera, habría huido, hace
veinte años, con Lajos... el novio de mi hermana... el eterno mentiroso; ese
desecho de la humanidad... Eso habría tenido que hacer, si hubiese sido
valiente, sabia y sincera. ¿Qué habría pasado? No lo sé. Probablemente nada
especialmente bueno o alegre. Pero, por lo menos, habría obedecido una ley, un
orden; una ley más fuerte que las leyes del mundo y de la razón". Y es que como
dejó bien dicho Ortega: "la vida es lo que es en vista de un pasado que sobre el
presente actúa y vuelve a actuar". Curiosa reflexión que, aplicada al concreto
momento en el que fue escrita la novela de Márai, el año 1939, permite extraer
alguna conclusión mucho más inquietante que la puramente
literaria...