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    AUTOR
Soma Morgenstern

    GÉNERO
Narrativa

    TÍTULO
Huida y fin de Joseph Roth. Recuerdos

    OTROS DATOS
Edición original alemana, notas y estudio final de Ingolf Schulte.
Traducción: Eduardo Gil Bera. Valencia, 2000.


    EDITORIAL
Pre-Textos




Reseñas de libros/Ficción
Diálogo de un superviviente con un muerto inolvidable
Por Miguel Martorell Linares, sábado, 03 de febrero de 2001
Huida y fin de Joseph Roth reconstruye la amistad de Josep Roth, autor de La Marcha de Radetsky, y Soma Morgenstern, periodista y escritor judío, entre 1914 y 1939. Es, además, el retrato colectivo de toda una generación perdida en Europa central durante el período de entreguerras.
Ingolf Schulte, responsable de la edición alemana de Huida y fin de Joseph Roth, define el libro como el "diálogo de un superviviente con un muerto inolvidable". Apunte certero, sin duda, pues la obra se resiste a ser catalogada en el género biográfico o memorialista al uso. No es, en sentido estricto, una biografía de Joseph Roth, pues a lo largo del libro sólo vemos al personaje en tanto que amigo de Morgenstern, mediatizado por la relación entre ambos. No hay un estudio de su creación literaria, ni un seguimiento detallado de su peripecia biográfica; Roth desaparece de nuestra vista cuando está ausente de la vida de Morgenstern y reaparece cuando se reanuda su relación. Pero tampoco es una autobiografía del propio Morgenstern, pues éste sólo habla de sí mismo para tratar de Roth. De hecho, el breve, pero interesante, estudio biográfico de Ingolf Schulte ayuda a los lectores a reconstruir la trayectoria vital del autor de este libro, que a lo largo del texto se presenta sólo esbozada a grandes brochazos. ¿Biografía de una amistad, entonces? Sin duda. El libro constituye una hermosa crónica de la relación entre Roth y Morgenstern; una relación a veces fluida y otras tormentosa. Se trata, no obstante, de una amistad reconstruida por Morgenstern en los años cincuenta, casi veinte años después de la muerte de Roth, acaecida en 1939, y sin apoyo testimonial de ningún tipo, ya que la correspondencia entre ambos desapareció durante la guerra mundial. De modo que procede insistir en la pertinencia de la frase de Schulte, pues el libro consiste en la conversación de Morgenstern con su amigo muerto. Un diálogo sincero y entrañable que le lleva a ajustar cuentas pendientes con Roth, y que, a modo de viaje retrospectivo, le permite comprender algunas cosas sobre su amigo que no aceptó en vida de éste.

Joseph Roth, autor de La marcha Radetsky, La leyenda del santo bebedor o La cripta de los capuchinos, nació en 1894, en la Galitzia oriental, provincia del Imperio austro-húngaro que desde aquél año hasta nuestros días ha pertenecido a cinco estados distintos, y que hoy está repartida entre Ucrania y Polonia. También allí vino al mundo Soma Morgenstern, en 1890. Ambos pertenecían a familias judías. Su primer encuentro tuvo lugar unos cinco años antes de la Primera Guerra Mundial, cuando los dos acudían a un congreso de estudiantes sionistas en la ciudad de Lvov: Morgenstern como delegado; Roth, siempre curioso, haciéndose pasar por delegado. Fue el fugaz punto de partida de una relación que se afianzó en la inmediata posguerra, en Viena. A mediados de los años veinte, Roth abandonó la capital austriaca para instalarse en Berlín, primero, y en París, después. Desde este punto la amistad se nutrió de encuentros esporádicos en cada viaje de Roth a Viena, y de una intensa correspondencia epistolar, lamentablemente desaparecida. Hay, no obstante, dos momentos más intensos, en los años treinta, que coinciden con los dos exilios de Morgenstern en París, donde residía Roth: en 1934, el primero, tras el amago de golpe de Estado nazi que le costó la vida al canciller Dolfuss; en 1938, el segundo, cuando la Alemania nazi se anexionó Austria tras el Anschluss. Esta última etapa, de 1938 a 1939, que se corresponde con el último año de vida de Joseph Roth, abarca una tercera parte del libro.
Morgenstern recurre al término huida para describir la vida de Roth. Huida fruto del desarraigo, común a otros intelectuales austro-húngaros de su generación. Como judío de Galitzia, Roth vacila continuamente respecto a la actitud que ha de adoptar frente el mundo fragmentado de la primera posguerra mundial

En más de una ocasión a lo largo de la obra -y en el título de la misma-, Morgenstern recurre al término huida para describir la vida de Roth. Huida fruto del desarraigo, común a otros intelectuales austro-húngaros de su generación. Como judío de Galitzia, Roth vacila continuamente respecto a la actitud que ha de adoptar frente el mundo fragmentado de la primera posguerra mundial: ¿debe obtener la nueva nacionalidad polaca o reclamarse ciudadano de la pequeña Austria? ¿deben los judíos asimilarse a los nuevos estados nacionales o preservar su identidad a todo trance? ¿debe Austria, amputados sus lazos con Europa oriental, aumentar sus vínculos con Alemania? Un entorno complejo, sin duda, ante el cual Roth opta por huir en una triple dirección. Por una parte, hacia el pasado, a la búsqueda nostálgica del Imperio perdido, cuya atmósfera recrea con minuciosidad descriptiva en La marcha Radetsky. Huida que deriva también, tal y como detalla Morgenstern con cierta minuciosidad, en sus tratos políticos durante los años treinta con los círculos del exilio monárquico austriaco en París, y que le llevará a plantearse su conversión al catolicismo, religión imperial. Por otra parte, también habrá una huida en el espacio: Roth es un permanente exiliado, que abandona una Viena que no le gusta ni comprende para instalarse definitivamente, después de varias escalas, en París.

Pero, además de la fuga en el tiempo y en el espacio, hay una tercera huida, más trágica, que le conducirá hacia la muerte: desde mediados de los años veinte, Roth es un alcohólico crónico. Morgenstern explica en el epílogo del libro que una de sus primeras intenciones fue describir la decadencia de Joseph Roth, a modo de prevención ejemplarizante frente al consumo inmoderado de alcohol. De hecho, una parte considerable de sus recuerdos se centra en los intentos por apartar a Roth de la bebida, o en su auxilio para paliar sus efectos. Sin embargo, en un notable rasgo de honradez, el autor -el amigo- confiesa que, muerto Roth, su opinión acerca de la relación de éste con el alcohol varió con el paso de los años, para acabar asumiendo que su obra literaria fue fruto en buena medida del alcoholismo: "¿qué habría sido de Roth sin el alcohol?", se pregunta Morgenstern, "¿hubiera sido lo que él quería? No lo creo".
Como apunta Morgenstern en un momento del libro, "pertenezco a la desventurada generación que naufragó en el diluvio de la historia universal, del que sólo unos pocos salvaron su vida, pero no salieron, en ningún caso, indemnes"

El libro esboza la vida de Roth y Morgenstern, pero también es el retrato colectivo de toda una generación de intelectuales europeos. Junto a los dos protagonistas en el relato aparece un lujoso reparto de personajes secundarios: Stefan Zweig, Alban Berg, Karl Kraus, Robert Musil, Berthold Viertel, los exiliados monárquicos vieneses en París... Como apunta Morgenstern en un momento del libro, "pertenezco a la desventurada generación que naufragó en el diluvio de la historia universal, del que sólo unos pocos salvaron su vida, pero no salieron, en ningún caso, indemnes". La tragedia del propio Morgenstern en la Segunda Guerra Mundial ilustra esta terrible situación. Exiliado en París desde 1938, cuando comenzó la guerra fue internado por los franceses en un campo de concentración en el Loira, como "enemigo extranjero", al igual que todos los alemanes y austriacos residentes en Francia, la mayoría de los cuales había llegado huyendo del terror nazi. Tras la derrota francesa, el campo de concentración pasó a manos alemanas. Morgenstern logró huir, mientras que otros paisanos suyos fueron trasladados a los campos de concentración nazis en Alemania. Poco después llegó a Marsella, donde el intelectual Varian Fry le consiguió un pasaporte diplomático hacia Estados Unidos. Su hermana y su madre sucumbieron en el Holocausto; la mujer de Roth, que residía en un asilo aquejada de demencia, fue asesinada en aplicación de la legislación alemana sobre eugenesia. Joseph Roth falleció con apenas cuarenta y cinco años, poco antes de que Alemania invadiera Francia, internado en un hospital tras una crisis alcohólica. Murió justo a tiempo, pues, como apunta Morgenstern, "ya el hecho de que su amada Francia nos metiera a los emigrados en un campo de concentración habría acabado con su vida".
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