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    AUTOR
Joanne K. Rowling

    GÉNERO
Literatura infantil

    TÍTULO
Harry Potter y la piedra filosofal

    OTROS DATOS
Traducción de Alicia Dellepiane. Madrid, 2000. 254 páginas. 1.700 pesetas.

    EDITORIAL
Salamandra




Reseñas de libros/Ficción
Harry Potter y sus contemporáneos
Por Justo Serna, sábado, 27 de enero de 2001
Una invitación a los adultos para acercarse y gozar del universo infantil a través de las aventuras de Harry Potter, protagonista de una serie de libros que contienen la esencia de la mejor literatura
Es un vocerío interminable y es el misterio cultural de nuestro tiempo. Habituados como estamos a la demanda contraria (¿a qué se debe la falta de lectura entre los chavales?), los papás nos preguntamos sin entender demasiado y sin explicarnos por qué se vende un libro así, por qué se lo prestan y se lo pasan. Sé de chicos que lo han disfrutado, que lo han alabado y que se han divertido con sus gestas, sacando tiempo de vacaciones y fiestas, de Navidades y estíos, hasta leer todos los volúmenes que completan la serie entera. Sin embargo, no sé de muchos adultos que admitan haberlo leído, que confiesen haberse deleitado con sus aventuras. El motivo de este descuido es, seguramente, la poca estima en que tenemos la literatura infantil. Pues bien, pienso que hay un grave error en esta negligencia y en este juicio, un error que ahonda el abismo que hay entre ellos, entre los niños, y nosotros, los adultos. Podríamos enmendar este olvido y este descuido leyendo la primera de sus aventuras, leyendo Harry Potter y la piedra filosofal, de J.K. Rowling. Si lo hacemos, averiguaremos qué impresiona a los niños, que conmueve a los chicos, pero, sobre todo, advertiremos qué hay en la mocedad, en qué consiste el arrojo, qué es lo que se libra en nuestra vida, y qué es lo verdaderamente importante, lo que cuenta. ¿Tantas cosas descubriremos los adultos? Pues, sí, el misterio de muchas cosas nos será revelado.
A los niños no les ocurre lo mismo que a nuestros críticos: irrumpen en ella sin prevenciones, con la libertad salvaje que da el disfrute sin culpas y sin lastres, sabiendo que hay en ella todos los ingredientes que una buena historia debe tener

En efecto, he de confesar que los más jóvenes no yerran al deleitarse con esta historia. En ella están las virtudes y las mejores herencias de la literatura, de la literatura para niños, que son o deberían ser lo mismo. Esta historia es una especie de repertorio o de depósito, una obra de trozos y de retales aprovechables que reúne lo que una novela así tiene que tener. Es una ficción de aprendizaje y de crecimiento, una historia en la que un niño de diez años (al final, once) ha de luchar solo y enfrentar la vida y oponerse al mal. Con el tono arrogante que tan frecuentemente le caracteriza admite Harold Bloom que esta novela no es una gran obra, que no es nada rompedora ni original, que hay en ella resonancias de otras que la precedieron. Al evaluarla así se prohibe leerla verdaderamente, se prohibe el disfrute del niño. Él, que nos da lecciones de lectura, parece vivir angustiado por las influencias y, por eso, se tapa los oídos para no escuchar las voces, por temor a confundirlas con los ecos. Más benévolo, Miguel García-Posada la juzga ocurrente y la estima por reunir lo mejor de la literatura clásica infantil, aunque, eso sí –admite--, su lenguaje sólo es correcto y su valor literario no puede ser enjuiciado desde el canon. A los niños no les ocurre lo mismo que a nuestros críticos: irrumpen en ella sin prevenciones, con la libertad salvaje que da el disfrute sin culpas y sin lastres, sabiendo que hay en ella todos los ingredientes que una buena historia debe tener o reunir. ¿Y cuáles son éstos?

En primer lugar, la novela está escrita sin el abuso de la fantasía, persiguiendo siempre la verosimilitud, respetando y finalmente doblegando el descreimiento del lector a través de la perspectiva escéptica del protagonista. Los chicos son muy estrictos con la inverosimilitud y con las incongruencias --averías narrativas que no admiten y que nos corrigen, por ejemplo, cuando les relatamos un cuento--, y de ellos no puede esperarse la aceptación resignada ante la invención sin freno. Cuando ingresamos en una ficción y le aceptamos a su autor el uso de la fantasía no es porque pequemos de ingenuos o de bobos; cuando la toleramos es porque nos ha dado pruebas fehacientes y sobradas de su existencia, porque ha vencido nuestra resistencia y nos ha hecho concluir que en verdad existe. ¿No nos ocurre lo mismo cuando le aceptamos al narrador que el personaje de Kafka aparezca convertido en un insecto monstruoso? Es a partir de ese pequeño cambio de las condiciones de la vida corriente y ordinaria cuando la novela ha de progresar con verosimilitud. Por eso es posible creer en la magia con la que está dotado Harry Potter; por eso le aceptamos su descubrimiento, que haya un mundo doble y alternativo de magos, investidos con una cualidad que no todos los hombres poseemos.

Pero el hecho de ser un mago no le evita a Potter el enojo y el alborozo de vivir su propia infancia, llena –como todas-- de esperanzas y de derrotas. Harry arrastra su orfandad desde tiempo atrás y reside con unos tíos cascarrabias y odiosos que no le dispensan buen trato. Esas páginas son las de una infancia descrita al modo de Dickens, con un huérfano obligado a forjarse y a rehacerse él solo, y con un colegio en el que los internos aprenden los rudimentos de la magia. En pocas palabras, esa infancia es la del crecimiento, la del aprendizaje y la del conocimiento, con la paulatina revelación de la madurez y de una identidad labrada con el coraje y con la temeridad, al modo de lo que es propio en la gran literatura infantil. Pero esa infancia es también el momento en que el protagonista descubre el valor de la camaradería, el precio de la amistad con ese adulto dolido y algo monstruoso, con ese ogro razonable, lleno de suturas y de cicatrices. Es, en fin, la infancia en la que un niño llamado Harry Potter debe evaluarse y debe sopesar sus herencias, el destino que asume y que es en parte la defensa del buen nombre del padre, de los padres --al modo de Telémaco--, y en parte también la forja de sí mismo como persona irrepetible, al margen de los legados y las exigencias de los mayores.
para Potter y para nosotros la vida es un pequeño gesto heroico, una manera de probarnos y de sobrevivir con bravura, una manera de conservar al niño valiente que aún somos

Como en todos los cuentos populares –-según aprendimos de Vladímir Propp--, hay aquí un malo necesario, imprescindible, funcional, alguien dispuesto a arrebatar un tesoro, un bien muy preciado y que es la piedra filosofal. ¿Y quién es el villano? Como se nos dice en esta historia, es Lord Voldemort, un antiguo mago que habiendo sido bueno optó por el mal, un ángel que, como el diablo, eligió el mal perdiéndose y degradándose. Contra él debe enfrentarse Potter y reiniciar el combate permanente que opone el bien contra la perversidad, una lucha para la que el villano cuenta con algún odioso y taimado traidor que está dentro del internado. El escenario es variado y es, como tiene que suceder en todo cuento fantástico, un laberinto que el protagonista debe transitar y superar adentrándose, aventurándose con arrojo, con coraje, incluso con temeridad. Hay un bosque, el recinto de lo oscuro y de lo ignoto, de la experiencia y de la amenaza; y hay también pasadizos igualmente laberínticos, corredores secretos en los que Potter ha de dar muestras de esfuerzo y de avance valeroso. Esos bosques y esos corredores son el atrezzo de la lucha y de la restauración del orden dañado. ¿Y para qué quería hacerse el villano con la piedra filosofal? Para alcanzar una vida corpórea e inmortal. Dado que no cuenta con un organismo permanente y que, por eso, no puede mantener su propia identidad corporal –justamente lo más evidente y frágil del ser humano--, Lord Voldemort debe materializarse de manera diferente para así seguir emprendiendo ruindades y para así seguir completando sus maldades. Lo que parece una ventaja del villano (la inmortalidad incorpórea), en realidad es un límite y una dolencia, algo parecido, en fin, a lo que le ocurriera al vampiro de la tradición gótica. El arrojo de Harry Potter frustra las pretensiones de Lord Voldemort y frustra también el plan de sus fechorías, pero no logra destruir absolutamente el mal. ¿Por qué razón? Porque los humanos --y los magos también-- necesitamos a los villanos para medirnos y mejorarnos, para probar nuestro coraje y esforzarnos en la búsqueda del bien, de lo éticamente deseable. Pero también porque, según aprendimos de Homero, precisamos que algo malo suceda para que no nos falte algo que contar. El villano, en efecto, no desaparece y los lectores de la primera novela sabemos de su vuelta en las siguientes aventuras de Harry Potter. De ese modo podrán continuar la ficción y la serie, el relato del mundo, pero también de ese modo podrá reanudarse la eterna lucha del bien contra la perversidad; de ese modo podremos confirmar que para Potter y para nosotros la vida es un pequeño gesto heroico, una manera de probarnos y de sobrevivir con bravura, una manera de conservar al niño valiente que aún somos.
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