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Creación/Creación
Después de la guerra...
Por Alicia Moreno Pato, miércoles, 3 de enero de 2001
Mi madre plantaba pianos después de la guerra. Enterraba una maderita bajo la tierra, y la regaba pacientemente, esperando que emergieran las ilusiones desde el fondo del jardín de la casa del puente.

Mis recuerdos arrastran ecos de voces de mujeres entre la emoción y el disparate, hermosas mujeres desbaratadas. Mujeres fuertes, heroínas clásicas en desuso, con una soledad inabarcable.

La mayor parte son sombras desenfocadas, entre el negro, el gris y el violeta, dependiendo del último difunto. Mi vida se inauguró con uno de ellos, de cuyo fantasma mi madre huía, conmigo en el vientre, hacia el desván, pensando que iba a cogerla de las piernas, y que aún sigue persiguiéndome a mí en los rellanos oscuros.

Una herencia de mujeres que siento muy viva cuando se me transparenta la sangre, especialmente en el dolor, al asistir impávida a un sufrimiento que me descompone y me aniquila, con una fatalidad abrumadora.

No sabría explicar cómo se oscurecieron y se llenaron de niebla los recuerdos, como antiguas películas en blanco y negro sin restaurar, la mirada intensa de ojos negros de las fotos de mi abuela, sus piernas perfectas, la cara de mi madre con el cutis de melocotón de las fotos de antes, aún con el pelo rojo y encrespado, mi madre y yo de la mano en la calle empinada de la casa del puente, con abrigo de fieltro y terciopelo yo, con traje de chaqueta y sombrerito ella.

Repaso nuestras vidas, intentando adivinar los giros importantes y concretos que nos fueron convirtiendo en lo que ahora somos cada uno de nosotros. El tiempo lo inundó todo, cambió los escenarios, los decorados y los sueños.

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