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Pablo Mediavilla Costa es periodista. Ha trabajado para la Agencia EFE, cubrió la crisis del Prestige en Galicia y participó en el documental “Do outro lado”. Desde el año 2003 ha viajado como free-lance a Cuba, Bolivia y Argentina (enlafusa@hotmail.com).

Pablo Mediavilla Costa es periodista. Ha trabajado para la Agencia EFE, cubrió la crisis del Prestige en Galicia y participó en el documental “Do outro lado”. Desde el año 2003 ha viajado como free-lance a Cuba, Bolivia y Argentina (enlafusa@hotmail.com).



La última foto con vida del Che. A su lado, el agente de la CIA, Félix Rodríguez

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Mapa de los combates de la guerrilla adjunto en la primera edición cubana de "El diario del Che en Bolivia"

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Guevara, vigilado muy de cerca por Estados Unidos y por la Unión Soviética, entrará en el país de incógnito: calvo, con una prótesis dental y haciéndose pasar por un tal Adolfo Mena González, economista uruguayo

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Antigua escuelita de La Higuera donde mataron al Che, ahora acoge el Museo de la Guerrilla de la Higuera

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Lavandería del hospital de Vallegrande

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Pila de la lavandería donde se tendió el cadáver del Che

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El cadáver del Che en la lavandería del hospital de Vallegrande<br>

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Pila de la lavandería donde se tendió el cadáver del Che

Pila de la lavandería donde se tendió el cadáver del Che

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Fosa de los guerrilleros en la pista de aterrizaje de Vallegrande

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Cartel del gobierno boliviano donde ofrece recompensa por la captura de los guerrilleros Pombo, Benigno, Urbano, Inti y Darío

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Dibujo del Che en una fachada de La Higuera

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Dibujos del Che en una fachada de La Higuera

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Dibujo del Che en la entrada del colmado de La Higuera

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Dibujo del Che en una fachada de La Higuera

Dibujo del Che en una fachada de La Higuera

Dibujo del Che en una fachada de La Higuera<br>

Dibujo del Che en una fachada de La Higuera


Dibujo del Che en una fachada de La Higuera

Dibujo del Che en una fachada de La Higuera

Dibujo del Che en una fachada de La Higuera

Dibujo del Che en una fachada de La Higuera


Tribuna/Tribuna libre
Las última horas del Che
Por Pablo Mediavilla Costa, jueves, 14 de octubre de 2004
Dicen que cuando llegó la orden a La Higuera los soldados hicieron un sorteo para decidir quién sería el encargado de asesinar a Ernesto Guevara de la Serna, capturado horas antes. Nadie quería pasar a la historia como “el hombre que mató al Che” y peor aún, nadie quería enfrentarse a la mirada serena y desafiante del guerrillero que había burlado al ejército boliviano -y a los Rangers entrenados por la CIA- durante más de un año por las montañas del este del país. El elegido, teniente Mario Terán, tuvo que beber unos cuantos tragos de whisky antes de decidirse a entrar en la improvisada cárcel, la pequeña escuela de La Higuera, para acabar a sangre fría con el hombre que soñó con “crear dos, tres Vietnam”. Dentro de la escuelita, herido de bala en una pierna, desfallecido por el hambre y el asma, el Che todavía imponía su presencia: “sé que viene a matarme. Dispare, cobarde, sólo va a matar a un hombre”. Era 9 de octubre de 1967 y la ráfaga de ametralladora se oyó en todo el pueblo.
Manuel Cortés, un campesino de La Higuera que no pierde ocasión para hablar con los visitantes, me contó en julio pasado que, efectivamente, los disparos se oyeron en unos centenares de metros a la redonda y que, si bien no conocía al ajusticiado, pensó que debía ser alguien importante. “El pueblo estaba lleno de soldados y nunca antes había ocurrido eso. Cuando lo mataron se tiraban por el suelo de alegría, les repartieron dos cajetillas de tabaco a cada uno y esa misma noche todos acabaron borrachos celebrando el fin de la lucha y el regreso al cuartel de Cochabamba”.

Este trágico episodio es sólo uno más de los muchos que conforman las últimas horas de su vida, que aún hoy, 37 años después, siguen plagadas de incógnitas, decisiones inexplicables y mentiras. En septiembre del 67 la guerrilla, diezmada en sus fuerzas después de un año de penurias, ya se encontraba en el triángulo formado por Vallegrande, Pucará y La Higuera, una zona muy poco habitada del noreste de Bolivia, surcada por montes bajos de vegetación agreste y poco frondosa. Los arbustos, llenos de espinas, hacían jirones la ropa; la travesía campo a través destrozaba las botas de los combatientes y la ausencia de pobladores dificultaba en exceso el abastecimiento de alimentos. Sin duda un mal lugar para desarrollar la guerra de guerrillas, en la que la ocultación durante el día, el contacto con los habitantes y las emboscadas son leyes básicas y fundamentales.

Apenas un mes antes, el 31 de agosto, los insurgentes habían sufrido un duro golpe: la columna de retaguardia dirigida por Joaquín –alias del cubano Juan Vitalo Acuña- tras la división ordenada por Guevara en abril, caía acribillada por tropas del ejército boliviano en las aguas del Río Grande, mientras intentaba cruzarlo por un punto conocido como Vado del Yeso. En el ataque caen nueve guerrilleros, entre ellos, algunos de los hombres más importantes y queridos por el Che: el propio Joaquín, Tania –Tamara Bunke, la enigmática espía argentino-alemana al servicio de La Habana, responsable de la red urbana de la guerrilla en La Paz-, Moisés Guevara –sindicalista boliviano- y el cubano Braulio –Israel Reyes-.

A partir de ese momento la travesía por tierras bolivianas se parecerá más a una huida hacia adelante que a una verdadera confrontación directa al ejército boliviano que, por aquél entonces y con la inestimable ayuda de los Estados Unidos, tenía asignados no menos de 1.500 hombres a la caza y captura del Che y sus combatientes. Según el historiador Jorge G. Castañeda, ”para mediados de los años sesenta, la asistencia militar norteamericana [en Bolivia] era, en términos per cápita, la más elevada de América Latina y la segunda del mundo, después de Israel” (La vida en rojo, Madrid, 1997). A lo que se suman el millar de oficiales bolivianos adiestrados en la tristemente famosa Escuela de las Américas de Panamá, universidad de torturas y muerte auspiciada por el Departamento de Defensa norteamericano en la que se formaron los militares asesinos de las dictaduras latinoamericanas.

El 26 de septiembre se produce el segundo revés para la guerrilla: Roberto Peredo (Coco), miembro del Partido Comunista Boliviano y uno de los grandes protagonistas de la última aventura del Che, cae muerto en una emboscada de las tropas bolivianas cerca de La Higuera, junto a sus compañeros Mario Gutiérrez (Julio), y Manuel Hernández Osorio (Miguel). La moral del grupo se hace añicos, es el inicio del fin. Guido Inti Peredo, hermano de Coco, puede a la desolación del momento para escribir en su diario de campaña, “éramos más que hermanos. Camaradas inseparables de muchas aventuras, juntos militamos en el Partido Comunista, juntos sentimos el peso de la represión policial en muchas oportunidades y compartimos la cárcel, juntos trabajamos en Tipuani, juntos recorrimos el Mamoré, aprendimos agricultura y pasamos largas jornadas cazando caimanes, juntos ingresamos a la guerrilla. En esta nueva aventura no lo veré a mi lado pero siento su presencia, exigiéndome cada vez más”. Inti moriría dos años más tarde acorralado por la policía en una casa clandestina en La Paz en la cacería que sufrieron los revolucionarios supervivientes. En la corta vida de la guerrilla en Bolivia, pocas historias son tan emocionantes y admirables como la de los hermanos Peredo.

La guerrilla del Che en Bolivia

Tras el fracaso de la campaña en el Congo y la renuncia a seguir viviendo en Cuba –disconforme con la deriva de la isla hacia la Unión Soviética-, el Che decide embarcarse en una nueva aventura, a la postre, la última de su vida. Su deseo era iniciar una lucha insurgente en su Argentina natal. Sin embargo, sus allegados, Fidel Castro, la familia -muy especialmente su mujer Aleida- y los demás hombres de confianza del Che en Cuba son conocedores de la peligrosidad del objetivo y le convencen mediante una solución intermedia: primero crear un foco guerrillero en Bolivia que sirva como punto de partida a su doctrina de “dos, tres Vietnam” y luego, en todo caso, dirigir la columna que se internaría en Argentina. Bolivia es un país de gran valor estratégico, conocido como “el corazón de América Latina”, limita con otros cinco –Perú, Chile, Argentina, Paraguay y Brasil-. Con abundante población campesina sumida en la miseria parecía el lugar idóneo para crear una guerrilla madre que liberara el continente del control norteamericano. La ayuda de los Estados Unidos al país andino no era, por tanto, casual.

El Che y un grupo de combatientes cubanos escogidos personalmente –casi todos compañeros de armas de la Sierra Maestra y del Congo- irán viajando de forma escalonada y clandestina a Bolivia a partir de noviembre de 1966. Ernesto Guevara, vigilado muy de cerca por Estados Unidos y por la Unión Soviética, entrará en el país de incógnito: calvo, con una prótesis dental y haciéndose pasar por un tal Adolfo Mena González, economista uruguayo.

Sin embargo, los problemas aparecerán muy pronto. Los cuadros dirigentes del Partido Comunista Boliviano y sobre todo su líder Mario Monje obstaculizaran de forma notable las acciones de Guevara en Bolivia por desavenencias varias con el propio Che, con La Habana y por motivos e intrigas difíciles de explicar pero muy características de la Guerra Fría. Al mismo tiempo, el campesinado, el pueblo llano, no ayudará en nada a la guerrilla o directamente colaborara con el ejército. La reforma agraria decretada en el 52 y el miedo inculcado por la propaganda militar harán que el Che y sus hombres se sientan solos y aún peor, repudiados por las gentes por las fueron a luchar. Todas estas trabas desembocan en una serie de decisiones precipitadas, sospechas, continuas deserciones en el seno de los insurgentes y derrotas que marcarán la suerte de la empresa. No es desacertado decir que con un poco de apoyo externo e interno y con una visión más pragmática y a largo plazo, el Che habría triunfado en Bolivia. De hecho, en algunos momentos del año 67 el ejército boliviano y el presidente Barrientos pasaron verdaderos apuros, corregidos rápidamente por la “mano negra” del Departamento de Defensa norteamericano.

Tras la captura y asesinato del Che los guerrilleros supervivientes, apenas cinco de los más de cuarenta iniciales, conseguirán escapar milagrosamente del cerco de La Higuera y comenzarán una huida a la desesperada del territorio boliviano. Sólo los cubanos Harry Villegas (Pombo), Dariel Alarcón (Benigno) y Leonardo Tamayo (Urbano) y los bolivianos Guido Peredo (Inti) y David Adriazola (Darío) alcanzarán territorio chileno y serán repatriados a Cuba con la ayuda del presidente Salvador Allende. En el camino se queda Julio Luis Méndez (Ñato) que tras ser herido de gravedad por el ejército le pide a Benigno que le dé el tiro de gracia. El propio Benigno contará, desde su exilio en París, la larga huida y las intimidades y anécdotas de sus años junto al Che –combatió con él en Sierra Maestra, Congo y Bolivia- en las interesantísimas Memorias de un soldado cubano (Barcelona, 1997). Guevara se aparece como un personaje más oscuro, inflexible, a veces incluso tiránico con el resto de sus hombres pero también “extremadamente honrado” e implicado en el combate como “uno más”.

La captura

A Ramón -sobrenombre del Che en el país andino- no le quedan muchas salidas más. El ejército inunda los valles a su alrededor y el grupo de insurgentes se encuentra al borde de la extenuación. Entre el 27 de septiembre y el 1 de octubre los combatientes permanecen ocultos y sólo realizan algunas tareas de exploración para situar a un enemigo cada vez más numeroso –la Octava División se trasladó especialmente a Vallegrande-. El día 30 el Che escribe en su diario “otro día más de tensión. Por la mañana, Radio Balmaceda de Chile anunció que altas fuentes del Ejército manifestaron tener acorralado al Che Guevara en un cañón selvático”. Hablando con Eric, un alemán afincado en Vallegrande desde su llegada en el 66 con el Servicio de Voluntariado Alemán, no se explica porque Guevara “no decidió cruzar el Río Grande de noche y meterse en el bosque, hacia el este. Hubiera sobrevivido. Son cientos de kilómetros de selva, imposible capturarlos allí”.

La noche del 7 de octubre, y quizás confirmando la teoría de Eric, el Che y sus 16 hombres se dirigían hacia el Río Grande por un desfiladero conocido como Quebrada del Yuro. El Che ordena hacer noche en el lugar y escribe por última vez en su vida en el diario, su fiel compañero de hazañas desde los viajes de juventud por Latinoamérica, “el Ejército dio una rara información sobre la presencia de 250 hombres en Serrano para impedir el paso de los cercados en número de 37 dando la zona de nuestro refugio entre el río Acero y el Oro. La noticia parece diversionista. Altura, 2000 metros”.

En la madrugada del 8 de octubre un campesino informa al ejército de la presencia de los guerrilleros. El capitán boliviano Gary Prado dispone sus fuerzas alrededor de la quebrada y se sienta a esperar. El hombre más buscado del mundo y sus compañeros se encuentran acorralados en una garganta boscosa de trescientos metros de largo y apenas cincuenta de ancho. Después de un intensa balacera caen muertos Aniceto Reinaga, René Martínez Tamayo (Arturo), y Orlando Pantoja (Antonio). El resto del grupo se oculta a lo largo de la quebrada sin saber que el Che ha sido herido en la pierna izquierda y que su carabina M-2 ha quedado inutilizada por otro disparo. Al mediodía, desarmado y casi sin poder caminar, el Che intenta salir del lugar con la ayuda del boliviano Simón Cuba (Willi). Bernardino Huanca, sargento del Ejército boliviano, sale a su paso y les apunta con el fusil, “no dispare. Soy Che Guevara. Valgo más vivo que muerto”.

El capitán Prado y el teniente coronel Selich -al mando de la Octava División en Vallegrande- se desplazan rápidamente al lugar y tras identificar al Che lo llevan preso a La Higuera. En la pequeña escuela del pueblo le encierran, atado de pies y manos, y junto a él colocan los cadáveres de Antonio y Arturo. En la sala de al lado, encierran a Willi, vivo e intacto. Los demás guerrilleros, ignorantes de la suerte de su jefe, siguen combatiendo en la Quebrada del Yuro hasta bien entrada la noche.

Proceder a la eliminación del señor Guevara

Lo que ocurre a partir de este punto –desde su captura hasta su asesinato- es del todo confuso sobre todo teniendo en cuenta que la única fuente de información autorizada es el propio ejército boliviano. Si bien algunos historiadores –y el propio Fidel Castro- defienden que el Che se negó a hablar con sus captores y permaneció en silencio hasta su trágico final, otros, como el periodista norteamericano Jon Lee Anderson reconstruye minuciosamente en la biografía Che, una vida revolucionaria (Barcelona, 1997), las últimas horas del jefe guerrillero. Según el testimonio del teniente coronel Selich -recogido por Anderson-, él mantuvo una conversación con Guevara en la que éste reconocía su derrota, defendía la legitimidad de su lucha y se negaba rotundamente a informar sobre el estado de los guerrilleros aún dispersos por la zona. A la espera de órdenes “de arriba” los militares se incautan de los documentos y pertenencias del Che, entre ellas, ropa, dinero, una pipa con tabaco, unos relojes Rolex, una pistola de 9 milímetros de fabricación alemana –la P-38 utilizada por el ejército del Tercer Reich en los últimos años de la Segunda Guerra Mundial-, la carabina M-2 inservible y los dos volúmenes de su diario de campaña.

En la madrugada del 9 de octubre un helicóptero aterriza en La Higuera, a bordo se encuentran el coronel Joaquín Zenteno Anaya y el capitán Ramos, nombre en clave del agente cubano de la CIA, Félix Rodríguez. Zenteno entra en la escuela para hablar unos minutos con el prisionero mientras Rodríguez se dedica a fotografiar las páginas del diario de campaña y el resto del botín. Hacia el mediodía Rodríguez entra en la escuela para ver al Che. Éste se burla de él y no responde a ninguna de sus preguntas acerca de la guerrilla y de Fidel Castro. En sus memorias el mercenario de la CIA escribiría, sin esconder sus toscas maneras, que el Che parecía “un montón de basura” y que, dentro de la escuela, “no había otro ruido que su respiración”.

A las 12.30 llega un mensaje a La Higuera para el coronel Zenteno. Es la llamada de la muerte en forma de comunicado cifrado del alto mando militar en La Paz. “Dí buen día a papá” o lo que es lo mismo “proceder a la eliminación del señor Guevara”. La suerte del héroe de Santa Clara está decidida. Antes de cumplir la orden dos soldados ejecutan a Willi y al peruano Juan Pablo Chang (Chino), aún con vida. Parece que el Che presencia estas muertes o, con toda seguridad, oye los disparos. Félix Rodríguez saca a Guevara de la escuela, se hace unas fotos triunfantes y detestables con el prisionero –que aún adornan una de las paredes de su casa en Miami y que fueron escondidas durante años por la CIA- y lo devuelve al interior para que el soldado Mario Terán acabe con su vida.

¿Por qué y quién dio la orden de asesinar al Che? Si bien desde la CIA siempre se dijo que querían al Che vivo para juzgarlo en Panamá, la activa implicación de Félix Rodríguez en las últimas horas del guerrillero, la ayuda económica y logística de Washington a la lucha contrainsurgente y el secretismo que siempre ha envuelto la participación de los Estados Unidos en toda esta historia hacen pensar que la CIA, efectivamente, aprobó o, por decirlo de una forma benévola, compartió la opción de matar al Che. Es innegable que la orden precisa y el verdugo tuvieron el sello del ejército boliviano pero como dice Eric “la CIA nunca se mancha las manos de sangre”.

El porqué es sencillo de explicar pero difícil de entender. El ejército boliviano había sufrido un evidente desprestigio internacional tras los juicios a Régis Debray y Ciro Bustos –contactos del Che para Europa y Argentina- y no quería repetir la historia con un personaje de la talla de Ernesto Guevara. Además existían riesgos de que el servicio secreto cubano o los guerrilleros supervivientes intentaran una espectacular operación de rescate. Por hablar en términos militares, la eliminación física se aparecía como la mejor solución para acabar de raíz con el problema. No es difícil apreciar que esta decisión ayudó de forma evidente a configurar la leyenda del Che.

El misterio, sin embargo, se prolongó más allá de su asesinato y las horas posteriores a su muerte son igual de decisivas o más que las últimas de vida. El cuerpo del revolucionario, en una camilla, es llevado hasta Vallegrande en los patines de un helicóptero. Al aterrizar una multitud de soldados y gentes del pueblo espera impaciente. Pero aguarda para ver a un hombre vivo, porque tal y cómo recuerda Eric, que fotografió la llegada del helicóptero, “nos dijeron que el Che estaba vivo y que lo traían preso a Vallegrande. Fue una gran sorpresa verle muerto”. Este es uno de los puntos más interesantes de la historia. Desde un primer momento el Ejército boliviano dijo que el Che había muerto en combate. Querían esconder el asesinato a sangre fría pero no pensaron en toda la gente que le vio caminar desde la Quebrada del Yuro hasta La Higuera todavía vivo ni en las fotos que se hicieron con él cuando estaba preso en la escuela. A los pocos días la mentira se desbarató y empezaron a circular los primeros rumores fiables de que el Che había sido liquidado.

El cuerpo sin vida permaneció expuesto, como un trofeo de caza, en la lavandería del hospital Señor de Malta de Vallegrande hasta el día 10 de octubre por la noche. Cientos de vallegrandinos, militares y periodistas visitaron el lugar para ver al guerrillero y entre todos se comentaba lo mismo: los ojos abiertos, el pelo largo revuelto, el cuerpo joven martirizado, ¡parecía Jesucristo! Hasta las monjas del hospital se sobresaltaron con el parecido. Doña Lígia estuvo en la lavandería aquel día y me confiesa que guarda un mechón de su pelo como amuleto, “a él le mataron el cuerpo, pero su espíritu está en cada uno de nosotros. Su sangre se mezcló con la tierra de este pueblo”. Aún hoy, una misa semanal a petición de los vecinos honra su presencia en el lugar. Fotos suyas adornan las paredes de las casas junto a la estampa del Señor de Malta, patrón del pueblo. Curioso final el de un ateo convertido en santo, en mártir.

En la noche del 10 de octubre los mandos del Ejército boliviano toman otra decisión sorprendente. No contentos con el espectáculo de la lavandería deciden cortarle las manos para despejar todas las dudas acerca de la autenticidad del cadáver que llegaban de Washington y La Habana. También hacen dos máscaras de cera de su rostro. La historia de las manos del Che se convertirá en un culebrón aparte digno de una película de espías. En 1968, el entonces ministro de Interior boliviano, Antonio Arguedas, roba las manos, guardadas en formol en la caja fuerte del Banco Nacional de Bolivia y las lleva a Cuba escondidas en el equipaje de mano, junto con un microfilm del diario de campaña. Las manos se encuentran en una sala cerrada al público en el Museo de la Revolución de La Habana y el Diario del Che en Bolivia fue editado por el gobierno cubano y regalado a todos los habitantes de la isla ese mismo año.

Pero sigamos con la historia. En la mañana del 11 de octubre, Roberto Guevara de la Serna, hermano del Che, llega desde Argentina para reclamar el cuerpo. Es demasiado tarde. Ninguno de los altos mandos militares bolivianos quiere explicar qué se ha hecho con el cadáver y esa actitud se prolongará durante 28 años. Existía la sospecha de que había sido enterrado en una fosa situada en el aeropuerto de Vallegrande, otros decían que había sido incinerado. Resultado: más leña al mito, tres decenios de misterios e hipótesis que agrandaron su figura aún más y que atraían a periodistas, historiadores o simplemente admiradores a Vallegrande siguiendo los pasos del Che. Su cuerpo, perdido en el lugar, se convirtió en un estigma para Vallegrande, una maldición que sólo podía acabar con el hallazgo de los restos y un entierro digno.

Finalmente y durante la investigación para su biografía de Guevara, Jon Lee Anderson consigue una primicia del general boliviano Mario Vargas Salinas, nada más y nada menos que el lugar exacto de la fosa donde fue enterrado el Che. Corre el año 1997, ha pasado mucho tiempo pero inmediatamente un equipo formado por geólogos, forenses argentinos y cubanos y demás expertos hallan seis cuerpos, entre ellos, uno sin manos y de mandíbula poderosa, el del Che. Fin del misterio y los restos del guerrillero heroico regresan a Cuba donde le esperan un Fidel y un país que poco tienen que ver con el que dejó en el 66.

Nadie hizo más por alimentar el mito del Che que sus propios verdugos. Quisieron enterrarlo en la memoria de los tiempos pero al año siguiente su cara ya adornaba miles de banderas en el mayo de París. Hoy, La Higuera se llama La Higuera del Che gracias al empeño del historiador vallegrandino René Villegas y al deseo de sus habitantes. Las fachadas de las casas aparecen decoradas por la efigie del guerrillero inmortalizada por Korda. La escuelita es un museo gracias a los empeños del cooperante Favio Giorgio -rosarino como Guevara y ferviente conocedor de sus enseñanzas-. Los niños aprenden en un nuevo recinto acondicionado con el dinero de las visitas y las donaciones de los turistas. Hoy La Higuera del Che es un lugar de esperanza y memoria emocionada pero aquel 9 de octubre sólo era un pueblo más en el mundo, donde se repetía la historia más vieja y triste. Un hombre mataba a otro. Un soldado mataba al Che.
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