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Justo Serna es profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Valencia

Justo Serna es profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Valencia



Arcadi Espada

Arcadi Espada

Quintacolumnismo (Espasa, 2003)

Quintacolumnismo (Espasa, 2003)

Diarios (Espasa, 2002)

Diarios (Espasa, 2002)

Raval. Del amor a los niños (Anagrama, 2000)

Raval. Del amor a los niños (Anagrama, 2000)

Contra Catalunya (Flor del Viento, 1997)

Contra Catalunya (Flor del Viento, 1997)


Opinión/Entrevista
La verdad, instrucciones de uso: conversación con Arcadi Espada
Por Justo Serna, sábado, 15 de mayo de 2004
Non serviam

Hace unos meses, en la edición valenciana de El País (2 de octubre de 2003), Joan Garí hablaba de Arcadi Espada o, mejor, de su libro Diarios, hablaba del tono fiero de su prosa. “Diarios”, decía, “es un libro de combate. Espada pasea su inclemente mirada jupiterina por los hechos reportados por sus colegas y acaba pasándolos siempre por una implacable aduana realista, un poco como aquel personaje de la imaginería doméstica de su infancia, que cada vez que se le contaba un chiste replicaba muy serio ‘eso que usted explica no puede ser, es imposible’. La prensa española -y la mundial, por supuesto- está llena de eso, de imposibles, y Espada se encarniza -hace honor a su apellido-. Resulta de ello un volumen que es imposible acabar de leer sin descubrir que ha dejado su huella".
Da la casualidad de que estas palabras casi eran contemporáneas a la visita que Arcadi Espada nos había hecho en septiembre de 2003 para presentar en Valencia un libro publicado por el Colegio Mayor Rector Peset, El fútbol o la vida, coeditado por quien ahora suscribe. El propio Espada había participado con una simpática contribución escrita (“El cuento de la identidad”) en la que revelaba su acendrado madridismo: “Pues bien”, decía, “yo soy del Real Madrid Club de Fútbol. Han pasado tantas cosas, ha pasado todo y ya no cambiaré. Estoy en la crecida de la edad y debo decir que es la única identidad que ha superado toda las pruebas, pruebas algunas de ellas verdaderamente sensacionales: jugadores absolutamente toscos, presidentes impresentables, aficionados ruines” ¿Una rareza ser catalán, vivir en Barcelona y ser madridista? Como ya había dicho en otro artículo, “Derby local”, hoy recogido en Quintacolumnismo, “nunca he acabado de entender el dramatismo con que se plantea el infinito radiofónico Ser del Madrid en Cataluña”. Más aún: “El Madrid es el Otro gran equipo de los catalanes”, apostillaba, “y no hay duda de que sus contiendas con el Uno adquieren la rivalidad y hasta el encarnizamiento propios de lo que son: apasionados derbys locales” ¿Provocación retadora?

Es fama que Arcadi Espada tiene un verbo acerado e inmisericorde con las simplezas. Tal vez por eso Garí lo llamó jupiterino. Si lo calificaba así, era probablemente porque en la prosa de Espada parece haber la voz de un Zeus tonante, de un Dios pagano agraviado que se irrita y que lo hace explícito para así condenar, por ejemplo, el nacionalismo obligatorio y los sentimientos colectivos. Aunque eficaz, creo que hay otra imagen para describir mejor el individualismo del periodista Espasa. Lo diré sin ambages: creo que Arcadi es luciferino. Permítanme explicarlo.

Hay una célebre novela, una de las grandes novelas del siglo pasado, que resume muy bien los reparos que cabría hacer a toda forma de nacionalismo, y que, no por casualidad, se titula Retrato del artista adolescente. En ella, James Joyce nos habla de un personaje que irrumpe en la vida, que ha de hacer su vida y que, con gran esfuerzo, aspira a distanciarse de la infancia y del mundo que lo aprisiona. Me refiero, por supuesto, a su protagonista Stephen Dedalus. Como el personaje mitológico en el que, en parte, se inspiran su perfil y su destino, también Stephen debe aventurarse, debe huir del laberinto, debe remontar el vuelo con tino, con prudencia; debe, en fin, desprenderse del fardo o de la carga con que pretenden aherrojarlo. “No serviré por más tiempo –dice con orgullo luciferino—a aquello en lo que no creo, llámese mi hogar, mi patria o mi religión. Y trataré de expresarme de algún modo en vida y arte, tan libremente como me sea posible, tan plenamente como me sea posible”.

Seguro que los mayores no lo habrán olvidado: hubo un tiempo en que la historia se empleaba para elevar la moral de la tropa –idealmente, la nación en armas--; para dar forma, hondura y antigüedad al espíritu nacional. No piensen sólo en el tiempo de la afirmación franquista: era también el recurso de todas las nacionalizaciones que comenzaron en el siglo XIX, el tóxico que envenenó a las masas en vísperas del 14, la solución que se daba una Europa guerrera que exaltaba el narcisismo de las pequeñas diferencias. La propia Irlanda de Joyce, “una vieja cerda que devora su propia lechigada” --en palabras del autor--, exigía su cuota de sangre y de historia. Todas las naciones han demandado a sus súbditos la entrega sublime, el libramiento colectivo. Hoy, felizmente, son cada vez menos los que aún confían en las propiedades del opio comunitario; la mayoría ya no confía en ese veneno: ya no aceptamos convertir la historia en ese veneno sublime. Para algunos, esto es el síntoma de un desarme espiritual, el contagio de un individualismo rampante. Ojalá fuera así. Nos hacen falta más individualistas que se tomen como tales. Aunque esos aspectos tienen mala prensa –con toda probabilidad, por la índole arraigadamente católica y bélica de nuestra moral pública--, para mí tienen, por el contrario, una vertiente liberadora. Y la tienen para los individuos, a los que ya no se les exige que inmolen su vida breve en el altar de la nación y de la historia para reparar faltas colectivas, deudas pendientes, antiguas batallas perdidas.

Justamente, Arcadi Espada es un individuo que se toma como tal, alguien que, seguro, tendrá como divisa el luciferino Non serviam, alguien nacido en Cataluña de origen andaluz y que, lejos de adaptarse y emboscarse, en vez de parapetarse, se hace visible para denunciar lo que juzga abdicaciones colectivas. Nació en Barcelona en 1957 y su trabajo es el de la prensa, ejerciéndolo como profesional en El País y examinando sus reglas, sus fundamentos, cosa que hace como profesor de Lengua Española en los Estudios de Periodismo de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Es autor de distintos libros por algunos de los cuales ha sido galardonado y vilipendiado: son numerosos, en fin, los enemigos que no le perdonan su tarea disolvente. Cabe mencionar, entre otros, El deporte del poder. Vida y milagro de Juan Antonio Samaranch (Madrid, Espasa, 1999, escrito en colaboración con Jaume Boix); Contra Catalunya (Barcelona, Flor del Viento, 1997, Premio Ciudad de Barcelona de Literatura 1997). Raval, Del amor a los niños (Barcelona, Anagrama, 2000, Premio Francisco Cerecedo, 2000); Diarios (Madrid, Espasa Calpe, 2002, Premio Espasa de Ensayo) y Quintacolumnismo (Madrid, Espasa, 2003). Desde el 1 de enero del 2004 escribe sus diarios en un weblog (ver link) de gran éxito en el que muchos comparecen, juzgan y comentan sus entradas. Además, como otros, ha sucumbido al poder de Google (ver link).

En ese cuaderno de bitácora, como antes en Diarios, Espada aspira cada mañana a examinar el periodismo y su verdad, cómo la prensa y los medios son nuestra salvación y nuestra condena. La conversación que hemos mantenido y que ahora se reproduce tiene fecha concreta: está elaborada entre el 26 de abril y el 7 de mayo de 2004. En ella evitamos expresamente las urgencias de la actualidad, el vertiginoso hoy en que sobrevivimos. Se trataba de hablar de periodismo, de cómo se constituye y de cuáles son los riesgos y vicios que afronta, de qué es la verdad. No es una entrevista exactamente, como otras que ya se le han hecho, una entrevista (ver link) en la que quien interroga formula cuestiones breves y abundantes, sino una conversación en donde se prefiere la expresión caudalosa al bla, bla, bla del ingenio. Lean y apreciarán la esgrima verbal de Espada, sus mandobles, sus respuestas nada complacientes, incisivas, luciferinas.

Justo Serna: De Arcadio a Arcadi. El nombre propio es un designador rígido, un rótulo que nos dan de por vida y que nos identifica a pesar de los cambios. Es, de algún modo, una fatalidad, un destino al que nos atan. Si no estoy equivocado, Arcadio se llamaba su padre, ese señor al que dedicó su libro Contra Catalunya. En un determinado momento, usted decidió amputarse la O, un momento de juventud. Como admitía en “El cuento de la identidad”, “me pasé veinte años siendo Arcadio y en estos veinticinco últimos me he convertido en Arcadi. O sea, que hasta en eso tengo problemas, hasta en el núcleo cenital de la identidad”. Supongo que esa O que perdió puede interpretarse de muy distintas maneras. Puede aventurarse, por ejemplo, que se la arrancó para distanciarse del padre o puede pensarse que la enterró para emboscarse mejor en el territorio catalán. Pero Arcadi o Arcadio tienen dos resonancias obvias: aluden a la Arcadia, la feraz y feliz Arcadia, e indirectamente aluden a aquel personaje de nombre luego repetido que ideó García Márquez y que revelaba a un tipo tenaz, obstinado, fantasioso, fundador de Macondo, un tipo que se fue desvaneciendo, que fue muriendo amarrado a un árbol mientras hablaba una endiablada jerga, el latín. Todos creemos arrastrar una identidad rotulada, una identidad que suponemos asociada a un nombre. Usted, por su parte, ¿cómo sobrelleva su nombre?

Arcadi Espada: Como a todos los niños tocados con nombres poco comunes a mí no me gustó el mío hasta bien entrada la edad. Es decir, cuando la singularidad se convirtió en una presunción más. Empecé a hablar catalán sobre los veinte años y la gente, y las chicas, sobre todo, empezaron a llamarme Arcadi. Empecé a firmar Arcadi en la prensa en catalán y cuando entré a trabajar en El País me pareció que debía volver a Arcadio, por razones de coherencia lingüística, que hoy me parecen muy discutibles. Pero una muchacha que editó mi primera nota en ese diario puso Arcadi en el lugar de la firma. ¡Qué iba a poner si ella y casi todos me llamaban así! Y así se quedó para siempre, en catalán, en castellano y en lo que venga. Todas estas pejiguerías revelan la condición típica de un hijo de emigrante andaluz y de madre fortuitamente catalana y son vistosas, pero poco importantes. Lo mejor sobre mi nombre y apellido, todo junto, me lo hizo ver un día, muy reciente, Fernando Savater: La Arcadia y la Espada, esa dialéctica. Por supuesto, todos andamos entre Pinto y Valdemoro pero hay pocos que se llamen Pinto Valdemoro.

Justo Serna: Es usted profesor y periodista. Además ha escrito libros, entre otros: El deporte del poder, Contra Catalunya, Raval, Les dues germanes, Diarios, Quintacolumnismo. Habiendo publicado esas y otras obras y habiendo recibido distintos galardones, entre ellos el Premio Espasa de Ensayo, el Francisco Cerecedo de Periodismo, se habla de usted como escritor, como si ser reportero o cronista o periodista fuera algo menor, previo, incompleto. ¿Está usted completo justamente porque escribe o escribe porque ya está completo? Además de periodista, es usted profesor de Lengua Española en los Estudios de Periodismo de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, esto es, que usted enseña a hablar y a escribir, casi podríamos añadir que enseña retórica, el arte del buen decir, de la recta expresión. Parece, admítamelo, una tarea propia de preceptor, de mentor. Mentor, usted lo recordará, guiaba a Telémaco en busca del padre. Fénelon escribió a Las aventuras de Telémaco para instrucción del Duque de Borgoña, de quien era preceptor. Tengo la impresión de que si hubiera podido escoger a usted le habría gustado ser preceptor de príncipes, el maestro severo y tierno que enseña a hablar a los grandes, a los verdaderamente grandes.

Arcadi Espada: En estos asuntos primeros me rijo por César González-Ruano, cuando le ponían aquello de escritor y periodista. “¡Es cómo si pusieran médico y practicante!”, clamaba. Pongan cualquiera de los dos pero no los dos. La pedagogía. ¿Preceptor de príncipes? Mal asunto. Los alumnos te dan demasiadas veces la razón. A mí me gusta mucho que me den la razón: pero aún no ha acabado el placer que ya pienso que la estoy perdiendo. Cuestión de carácter.

Justo Serna: ¿Carácter, dice? Vaya si lo es o, incluso, lo parece. Tiene, o le han creado, fama de combativo, de cáustico, de disolvente, de incorrecto, tratando el nacionalismo o analizando el terrorismo (ver link). Ha alcanzado celebridad como un periodista severo, como un crítico radical de la estulticia. Hay trabajo, ¿eh? Hay mucho trabajo, ¿no cree? Si es así, ¿cómo sobrelleva una tarea tan cansada?

Arcadi Espada: A mí me gusta mucho la discusión intelectual. Soy feliz así. Puede que suene raro, pero me gusta pensar y discutir. Lo que no me gusta demasiado es escribir. Aunque lo soporto como un inexorable mandato del propio pensamiento y también de la necesidad de ganarme la vida. En la discusión intelectual que suele ser mi escritura yo actúo de un modo apasionado, incluso violento. Pero toda mi violencia se proyecta siempre y exclusivamente contra las ideas. Incluso cuando aparece un nombre propio, no corresponde al de la persona sino al de la idea. Por eso me sorprende tanto que a veces la gente se enfade conmigo a partir de lo que haya escrito sobre sus opiniones. Lo comprendo, porque no todo el mundo está obligado a tener mi punto de vista sobre la cuestión, pero siempre me sorprende. Hace poco descubrí estas palabras certeras de Mario Bunge, con las que me identifico: “Hay que odiar una idea, no sólo comprenderla, para combatirla con vigor y eficacia”. Exacto: odiarla para que ni una sola micra de odio salpique al hombre.

Justo Serna: La principal enseñanza a que se obliga un preceptor que guía y tutela a sus pupilos es la de la verdad. Desde hace tiempo, usted lleva a cabo una cruzada a favor de la verdad en el periodismo, no sólo como lo opuesto a la mentira, sino la verdad como meta cognoscitiva, oponiéndose con ello al relativismo o al escepticismo epistemológico. La verdad. “¿Qué es entonces la verdad?”, se preguntaba Nietzsche en Sobre verdad y mentira en un sentido extramoral. “Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas, sino como metal”. Insisto: usted lleva desde hace tiempo una batalla abierta contra quienes hacen de la verdad un asunto opinable. Admitiendo su dignísimo combate, admitirá también usted que no hay un único concepto de verdad, que tenemos una idea de verdad como correspondencia, que disponemos de una acepción de la verdad en sentido textual, interno, el que se valida dentro del enunciado o discurso sin apelar al referente externo, que hay un uso de la verdad en su significado pragmático. ¿Cuál es la verdad del periodista?, parece preguntarse. La noción de verdad como correspondencia de los enunciados con el mundo externo. Pero, entonces, ¿qué papel cabe atribuir a la retórica como productora de sentido, de verdad, a esa retórica del buen decir?

Arcadi Espada: La verdad, la pura verdad, es que no entiendo lo que dice.

Justo Serna: Ja, ja, ja. Sr. Espada, un esfuerzo más, si de verdad quiere ser debelador de oscuridades y errores.

Arcadi Espada: Se lo digo seriamente y hechos todos los esfuerzos necesarios. Yo no creo que la verdad sea un texto. Pero esta discusión es imposible mantenerla en una entrevista con este formato. Por suerte o por desgracia me dedico a un oficio donde la distinción entre lo verdadero y lo falso es tajante. Es probable que otras personas tengan otras experiencias. La visión inmediata y nítida de las cosas que me ha dado mi oficio contrasta con el ambiente de mi crianza, marcado por la síntesis marxismo/freudismo/posmodernismo. Durante muchos años tuve de resultas de tal contradicción una vida incómoda: hasta que la reacción antiposmodernista de determinados filósofos, historiadores y científicos me devolvió una grata compañía intelectual. Los libros más importantes sobre mi oficio los han escrito Sokal, Weinberg, Pinker o Feynman. Aunque el 99 por ciento de los periodistas no sepan quién es ninguno de ellos

Justo Serna: "JOURNAUX: Ne pouvoir s'en passer mais tonner contre”, dice Gustave Flaubert em su Dictionnaire des idées reçues. “Leur importance dans la société moderne. Ex. : Le Figaro. Les journaux sérieux : La Revue des Deux Mondes, l'Economiste, Le Journal des Débats! il faut les laisser traîner sur la table de son salon, mais en ayant bien soin de les couper avant. Marquer quelques passages au crayon rouge produit aussi un très bon effet. Lire le matin un article de ces feuilles sérieuses et graves, et le soir, en société, amener adroitement la conversation sur le sujet étudié afin de pouvoir briller". Flaubert hizo sarcasmo del precepto moderno de la actualidad, de la obligada lectura matinal de los periódicos. Usted es ese lector moderno descrito por el novelista francés: Diarios y su actual blog son parte de esa actualidad que enfrenta y examina, es decir, intervienen también sobre ella. En su Cuaderno de Bitácora que cada mañana renueva, y que ya es un fenómeno en Internet, se rinde homenaje a la actualidad, a la idea misma de actualidad. “En mi curioso ayer”, decía un personaje de Jorge Luis Borges, “prevalecía la superstición de que entre cada tarde y cada mañana ocurren hechos que es una vergüenza ignorar”. ¿Es para usted la actualidad su superstición, su narcótico, su evasión? En Diarios y en el blog parte de la idea de que, en efecto, hay hechos que comentar y que sería una vergüenza no hacerlo. Ahora bien, de lo que no habla más que a retazos y en términos cifrados es de usted. Tal vez ya va siendo hora de que el yo de cada mañana se exprese sobre sí mismo y se someta a idéntica radiografía, ¿no cree? Porque abrir un blog es como abrir un comercio o algo así. En realidad, si lo miramos bien, es una especie de expositor. Dijo Umberto Eco en cierta ocasión que la página web más rara que había visto era una en donde su propietario mostraba su esófago. Literalmente, su esófago. Por lo que llevo visto, usted no llega tanto, pero alguna víscera sí que muestra en su expositor, ¿no?

Arcadi Espada: Tengo un problema con el blog. Específico. La intimidad. En el primer volumen de Diarios había retazos, como usted dice. Ahora me cuesta mucho más. Incluso los retazos. No encuentro la voz apropiada. Y si no la encuentro es que, quizá, no debo encontrarla. La intimidad, el léxico de la intimidad es el principal problema literario, dijo Pla. Estoy bastante de acuerdo. En los blogs hay muchos ejemplos de esa intimidad expuesta. Y muy pocos bien resueltos. Supongo que la escritura en directo, esta escritura que se produce y se ve debe de estar en la raíz del problema. Voy a seguir intentándolo. Quisiera alcanzar una exhibición violenta y educada de lo íntimo. Verdadera y transitiva.

Justo Serna: La fotografía es objeto de reflexión para usted, justamente porque el fotoperiodismo es un género próspero, creciente e incluso peligroso. No sólo porque los retratistas se la jueguen en medio del conflicto del que testimonian, sino porque hay fotógrafos que incurren en un riesgo muy tentador: hacer del referente símbolo, hacer del fotografiado metáfora del mundo, de una parte del mundo. En ello es usted seguidor de las sabias indicaciones que Roland Barthes dejó dichas en Mitologías: la fotografía de prensa tiende con frecuencia a descontextualizar, a descarnalizar, a restarle biografía al retratado para así hacer de él un símbolo, para hacer de él un significante que se rellena con otro significado que nada tiene que ver con él. Emprender una operación de este tipo no es testimoniar ni informar. Para usted, hacer algo así es simplemente mentir.

Arcadi Espada: La reflexión sobre la fotografía me ha llevado a una cierta teoría del hecho. Nada de lo que queda al margen del encuadre puede contradecirle. Es entonces, y sólo entonces, cuando podemos hablar del encuadre como un hecho. Un encuadre que, por supuesto, puede ser fotográfico o textual.

Justo Serna: Charlando con Albert Boadella y con Dolors Caminal hace poco, usted oyó algo significativo, valioso y discutible. “Yo pinto lo que veo", le dijo Dolors, "no lo que sé. Lo que sé no tiene ningún interés”. Esa declaración podemos tomarla como un aforismo sabio, pero podemos tomarla también como una aspiración jamás resuelta, consumada, como la búsqueda insomne, furiosa, sincera del realismo. Ojalá fueran así las cosas. ¿Pintamos lo que vemos o lo que sabemos? Qué disyuntiva. ¿No le parece que vemos lo que sabemos? Ya lo dejó dicho Umberto Eco en Kant y el ornitorrinco. Cuenta el semiólogo italiano que el gran viajero que fue Marco Polo tuvo una vez que enfrentarse a un dato incómodo de la experiencia: en Java se tropezó con rinocerontes. ¿Cómo nombrarlos, cómo hacerse una idea cabal de su condición? Jamás los había visto antes, pero eso no fue óbice para que con gran realismo los definiera como unicornios. En efecto, vio lo que sabía. ¿Qué le respondería al sabio Eco, a quien yo me he atrevido a parafrasear?

Arcadi Espada: Hay un problema. Piénselo. Marco Polo no se tropezó con rinocerontes. La frase de la pintora Caminal tiene para mi interés, porque simboliza el esfuerzo por encarar lo real sin dogmas, conveniencias ni ataduras. Es evidente que nuestra percepción de las cosas está en parte determinada por lo que sabemos de las cosas. Por eso, precisamente, es posible desnudar esa mirada, rebañarla y acceder a una percepción distinta sobre las cosas. Es como cuando uno pronuncia muchas veces la palabra gato y esa repetición rítmica acaba liberando de su significado a la palabra para extraer de ella la simple carnosidad de su fonética. Miradas lentamente las cosas ese proceso de despojamiento puede producirse. Al menos yo lo aprecio no sólo en las intenciones de la pintora Caminal sino también en sus resultados. Sea como fuere, los gatos, los rinocerontes y los ornitorrincos no son construcciones sociales. A diferencia de los unicornios. La cuestión de lo real y su representación se manifiesta muy bien en el sueño. No hay un grave problema, soñando, en creer que lo que uno sueña es verdadero. Pero puede haber dificultades si en plena vigilia uno cree que lo que ve lo está soñando. Es por esta trascendental diferencia que la relación entre lo real y la representación no puede vincularse a un juego de prosas, de relatos. Semejante punto de vista sólo opera en la ficción: es decir allá donde lo real sólo es relato.

Justo Serna: Verdad, yo, identidad, mentira, A la pugna en favor de la verdad se añade otra: usted lleva adelante una sorda o abierta lucha contra la ficción. Así como suena. No sólo contra la crónica que hizo de la narración novelesca su molde, su esquema, como Truman Capote, sino también contra la mezcla de ficción y de realidad que se extiende entre todos los ramos del periodismo. Ahora bien, su campaña no se detiene en ese rigor deontológico del que usted se haría garante, sino que también se pronuncia genéricamente contra los géneros de la ficción. Tal vez esto resulte extraño, paradójico, incomprensible para muchos: parece como si para usted la novela fuera algo del pasado, como si el presente nos diera suficientes motivos para enfangarnos sin necesidad de recurrir a la fantasía o a la imaginación que inventa mundos. ¿Es que, acaso, no concibe posible el conocimiento que se extrae de la ficción? Hay muchos lectores a quienes les gusta frecuentar ficciones, no para evadirse (lo cual es legítimo), sino para aprender sobre el mundo. Nos dilatamos con personajes y con relatos que sin ser nuestros nos interpelan y nos conmueven. Leer ficciones puede ser un acto de grandes rendimientos cognoscitivos, ¿no?

Arcadi Espada: Por supuesto. He sido conscientemente malinterpretado en este asunto. Es una vieja y sucia operación retórica hacerle decir a uno lo que no dice. Yo puedo ironizar sobre muchos novelistas vacuos e irrisorios; puedo pensar que la ficción organiza abusivamente el paisaje literario y puedo reflexionar sobre cuál sea hoy el papel de lo literario, lo específicamente literario, en un mundo cercado por la ficción y lo virtual. Pero jamás he dicho que la ficción no sea un método de conocimiento. Entre otras cosas, porque yo he aprendido mucho de las ficciones. También cómo combatirlas, por cierto. El supremo sentido del Quijote.

Justo Serna: Los libros que usted escribe o que compone (a partir de materiales previos) pertenecen a géneros periodísticos muy prestigiosos y arraigados: la crónica, la investigación, el dietario. Son relatos y a la vez son ensayos. Usted es, en efecto, un ensayista. Veamos este último aspecto. Como nos recordaba Theodor W. Adorno, es común admitir que el ensayo es un modo extracientífico de exponer o analizar un objeto o bien, como había anticipado György Lukács, es una forma intermedia entre la exactitud científica y la frescura del impresionismo. Al distanciarse de las fórmulas apodícticas y transitivas del lenguaje académico, el ensayista hace uso de una mayor libertad en el tono, en el estilo y en el tratamiento del tema, sin sujeción a las restricciones propiamente convencionales de un saber institucional. Así lo hace usted, por ejemplo, en Raval, una crónica en la que el sujeto de la enunciación está siempre presente enjuiciando, comprometiéndose, puesto que el Yo no se cancela, consciente de que no hay identidad entre la exposición y la cosa. Ese descubrimiento le aleja del positivismo y del estricto academicismo y, según una hipérbole justificada, impone a la exposición un esfuerzo "ilimitado" por lograr el mot juste. Si esto es así, la experiencia del autor con la exposición y con la cosa deja de ser irrelevante, y se convierte en central. En efecto, como sostenía Lukács, al tratar un objeto, el cronista que deviene ensayista acaba por reflexionar sobre sí mismo, construyendo con materiales extraños su propio mundo. En segundo lugar, lejos de liquidar lo que se aborda, añadía Adorno, en el ensayo el autor asume la inevitable provisionalidad de lo que dice, la evidente fragmentación de lo que trata y la irremediable accidentalidad de lo que propone: en ese sentido, es siempre un texto de circunstancias, como son los suyos, los de Arcadi Espada, apegado a un presente del que recibe su estímulo.

Arcadi Espada: Soy refractario a esa jerga posmoderna: provisionalidad, accidentalidad, fragmentación. Me parecen aplicaciones tan evidentes de cualquier inteligencia mediana que su reiteración me produce sospecha. Yo soy un periodista que se dedica a su trabajo, pero reflexionando al mismo tiempo sobre los mecanismos de producción de su trabajo. No creo que hoy pueda escribirse un relato periodístico que no tenga en cuenta esta necesidad “metaperiodística”. Sería como si un novelista se pusiera a escribir como Galdós. La primera obligación del periodismo es la de investigar sobre sí mismo.

Justo Serna: ¿Metaperiodística? ¿No es también un término posmoderno? Admitirá que los posmodernos no son unos memos y que, en cualquier caso, también entre ellos hay individuos finísimos e inteligentes e individuos de inteligencia mediana, ¿no? Lejos de satanizar a los posmodernos, ¿no creo que debemos aceptar el reto que su critica implica? Decía Aristóteles que el sentido común es ese repertorio de certidumbres que se imponen sin discusión. Tal vez, los posmodernos nos ayudan a enfrentar las evidencias de sentido común, ese depósito de verdades supuestas y universales que aceptamos por pereza. Para los posmodernos, el mundo exterior no tiene existencia fuera de la representación que cada uno se haga, pues en esa representación está la naturaleza, la índole, del mundo. En este sentido, le debo, Sr. Espada, haber reparado en un libro y en un autor sobresalientes, muy metafóricos: El paisaje de la historia, de John Lewis Gaddis, una deliciosa reflexión sobre la disciplina histórica. En un pasaje del prefacio, Gaddis habla de los historiadores como esos profesionales de la escritura que evitan hacer explícita la forma y la consciencia de la forma. Añade: “nos espanta la idea de que nuestra escritura imite, por así decirlo, el diseño del Centro Pompidou de París, que pone con orgullo sus ascensores, tuberías y cables fuera del edificio, a la vista de todo el mundo. No cuestionamos la necesidad de esas estructuras, sino sólo el impulso a exhibirlas”. Creo, Sr. Espada, que esa urgencia metaperiodística que usted admite y exige, esa investigación del periodista sobre el periodismo es, en efecto, una suerte de exhibición de las propias tuberías del oficio. ¿No se le ha ocurrido escribir, como Gaddis, un libro que se titule El paisaje del periodismo?

Arcadi Espada: Creo que lo estoy escribiendo.

Justo Serna: Y ya que hablamos de verdad y de escritura, me gustaría hacer alguna precisión sobre su estilo, sobre el estilo de Arcadi Espada. Tiene su prosa, según se aprecia en sus escritos, un tono airado, incluso irritado, seguramente agraviado por la estulticia que nos rodea o por la pereza a que nos entregamos lectores y periodistas. Son un estilo y un modo de enjuiciar el mundo incorrectísimos pero probablemente acerados y necesarios. Para algunos, esa manera de dictaminar revela un exceso de vehemencia o incluso de ira y, justamente por eso, con la misma acritud se le inculpa. Para otros, dicho estilo es un tajante y saludable examen, una fría disección de lo que no vemos o de lo que, por corrección o pereza, no queremos ver. Tengo la impresión de que quien escribe así --vale decir, Arcadi Espada-- es alguien que se sabe arrogante y quiere serlo expresamente porque no admite ser condescendiente con las tonterías colectivas, con las excusas que pretextamos, después de haber logrado lo que él ha logrado. Para la gente de su generación (para quienes nacieron a mediados o a finales de los cincuenta), para quienes debieron afrontar el legado de sus mayores, sus silencios y mansedumbres, para quienes debieron conquistarlo casi todo porque casi todo estaba secuestrado por los pijos o por la jerarquía franquista, las pequeñas metas conseguidas son logros milagrosos. No se pueden tolerar la pereza, la desidia, el abandono de quien tiene las cosas ya dadas de antemano; pero tampoco se pueden tolerar las rutinas de los colegas que se abandonan a los tópicos más insulsos y más consoladores. ¿Es de estos supuestos de donde le viene ese estilo acerado o es sólo un talante personal?

Arcadi Espada: Yo creo que ninguna idea es respetable y todos los hombres lo son. Yo trabajo sobre textos. Y me peleo con ellos, porque en la pelea está también el conocimiento. Los textos son también los nombres propios. Otra cosa son los hombres. Me produce perplejidad los malos modos con que la gente recibe la crítica en España. Yo hablo de mis colegas, como es natural. Estamos en lo mismo, trabajamos en los mismo. ¿De quién coño voy a hablar? Un colega inteligente es Álex Grijelmo (ver link) que deja una nota inteligente en el blog donde se le critica. Y un estúpido es este Suso de Toro (ver link) que, en el propio blog, llama “linchamiento” a un comentario de texto. Pero Grijelmo y De Toro son, para mí, textos. Y nunca negaría el saludo a sus portadores. Me parece que se trata de una higiene intelectual básica.

Justo Serna: En el blog, su escritura tiende en ocasiones a la limpieza o a la economía verbal, al aforismo, al comentario escueto y desgarrado, incluso a la greguería afilada.

Arcadi Espada: Tengo prisa. No en el blog. En la vida. Sé que a veces no se me entiende con facilidad. Lo sé. Pero es que tengo prisa. No puedo perder el tiempo con nexos y pedagogías. Léautaud: lo que me importa es que concuerden las ideas y no las frases.

Justo Serna: Usted habló en alguna ocasión del sentido del link (ver link), del hipertexto, y, por supuesto, como usuario de Internet hace uso del mismo. Podemos tomarlo como la nota al pie de los académicos, como el reenvío que hace el investigador cuando remite a su lector a las pruebas que verifican (o que permiten la falsación, si somos popperianos). Así, los documentos albergados en los archivos históricos serían algo físico que el destinatario competente podría consultar por su cuenta. Hay muchos textos de periodistas cuyos relatos de investigación se asemejan a los de los historiadores, justamente porque sus reenvíos funcionan igual y permiten idénticas operaciones de control que todo lector competente podría ejecutar. Pero el link no es fijo, sino inestable y las remisiones se amplían, se acortan, cambian o desaparecen. Por tanto, las notas con vínculos están caracterizadas por su inestabilidad y, así, ya no facilitarían de manera duradera las operaciones de control. Con el hipertexto sucedería lo que ocurre con las destrucciones documentales de la historia, esos acontecimientos sobrevenidos después de que el texto haya sido redactado (por ejemplo, destrucción de archivos, pérdida, robo u otros accidentes). ¿Cómo afrontar la inestabilidad documental, llámeme posmoderno, del link?

Arcadi Espada: ¿Por qué inestable? Cualquier link puedes traerlo a casa y allí estará para siempre. En la medida que siempre sea un link.

Justo Serna: Quienes lo celebran o quienes lo detestan admiten que, fuera del periodismo, su principal combate es el catalanismo. Quiero decir, que su principal disputa es acerca de la identidad colectiva y las pertenencias que vincularían a los connacionales. “Oasis catalán” es una de las expresiones preferidas de Arcadi Espada, empleada, eso sí, contra sus inventores, utilizada con un tono abiertamente derogatorio, crítico. Si hay un oasis, es porque hay remanso, desierto, uniformidad en el paisaje y la excepción supuestamente nos salvaría. No hay tal oasis, parece decirnos Arcadi Espada: hay aquí un desierto que algunos se empeñan en regar. Ahora bien, si las metáforas del oasis y del desierto son incorrectas, adormecedoras, si los nacionalistas pretenden aislar Cataluña haciéndola un patio de vecindad, ¿qué pide Arcadi Espada, el abismo, el escenario abrupto, sublime, la corrala oreada? Dijo Antonio Muñoz Molina en cierta ocasión: “hay quienes no quieren irse nunca y, a veces, se van pronto quienes deberían quedarse. Así que no es sólo que tiendan a quedarse los peores: es que se van volviendo peores por quedarse tanto”. ¿Se puede aplicar a Jordi Pujol, de quien usted en Contra Catalunya hizo su AntiPujol?

Arcadi Espada: Cataluña y yo ya nos lo hemos dicho todo. Pudo ser de otro modo. No fue. Y ya no hay remedio. Se arreglará, con el tiempo.

Justo Serna: ¿Y cómo sobrevive en una Cataluña en la que se hacen explícitos continuamente los rasgos colectivos, los vínculos de pertenencia?

Arcadi Espada: Bueno, yo vivo en Cataluña, pero no lo noto demasiado. Hoy se vive en cualquier parte, incluso cuando se vive en un lugar como Cataluña. Todo depende, para aludir a Gaddis, de la cartografía sentimental que utilices. Yo, Cataluña, la veo desde el Meteo-Sat.

Justo Serna: ¿Y cómo siendo individualista es a la vez un amante del fútbol? No me diga que admira a las genialidades: supongo que lo que le mueve es el sentimiento oceánico y la pasión sin sentido, ¿no?

Arcadi Espada: Fui amante del fútbol. Tuve una infancia. “Yo fui un ángel”, que cantaba Alberti.

Justo Serna: Quintacolumnismo es el título de uno de sus libros, un título provocador. En dicho volumen se recogen principalmente artículos publicados en la última página de El País durante los años noventa. Ese rótulo alude al espía que, en guerra, conspira a favor del enemigo, al personaje emboscado e incómodo vendido al adversario y que gracias a sus rasgos genéricos no es fácilmente identificable. Alude a la traición, lo cual parece muy pertinente en un crítico del nacionalismo. Pero no parece un título muy atinado en quien, como usted, se muestra abiertamente y hace explícitos sus juicios, sus malos humores. Hemos de admitir que la nómina de sus enemigos está abarrotada y no deja de crecer. Hemos de admitir también que es populosa la compañía de sus amigos, que tiene buenos amigos y que usted mismo se parte el pecho por ellos, defendiéndolos en un ambiente hostil, ejerciendo la libertad y enfrentándose contra los perseguidores.

Arcadi Espada: Amigo y enemigos. Con independencia de los recurrentes ataques de soledad, pienso que cuando se levante un enemigo, en el mismo momento, y al otro extremo, surge un amigo. Y en cuanto a amigos, siempre tengo presente la frase de Renard: “No hay amigos. Sólo hay fragmentos de amistad”.

Justo Serna: Félix de Azúa, Manuel Vázquez Montalbán, Fernando Savater, Xavier Pericay, Jaume Boix, Anna Caballé. ¿Cómo hacer explícitas y comunes esas amistades? ¿Qué les adeuda? Supongo que lo que es, exactamente lo que es, ¿no?

Arcadi Espada: Sí.
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