Director: Rogelio López Blanco      Editora: Dolores Sanahuja      Responsable TI: Vidal Vidal Garcia     
  • Novedades

    Paul Preston: El zorro rojo. La vida de Santiago Carrillo (reeña de Iván Alonso)
  • Cine

    La sombra del poder, película del director Kevin Macdonald (por Juan Antonio González Fuentes)
  • Sugerencias

  • Música

    Same Girl, CD de Youn Sun Nah (por Marion Cassabalian)
  • Viajes

  • MundoDigital

    Por qué los contenidos propios de un web son el mayor activo de las empresas en la Red
  • Temas

    Violencia y política en España
  • Blog

    Música de vendimia en el Blog de Juan Antonio González Fuentes
  • Creación

    Sensación de vértigo, de Ángel Rupérez (reseña de Guillermo García Domingo)
  • Recomendar

    Su nombre Completo
    Direccción de correo del destinatario




    AUTOR
Luis Landero

    GÉNERO
Novela

    TÍTULO
El guitarrista

    OTROS DATOS
Barcelona, 2002. 328 páginas. 16 €

    EDITORIAL
Tusquets



Juegos de la edad tardía (Tusquets, 1990)

Juegos de la edad tardía (Tusquets, 1990)

Caballeros de fortuna (Tusquets, 1994)

Caballeros de fortuna (Tusquets, 1994)

Entre líneas: el cuento o la vida (Tusquets, 1996)

Entre líneas: el cuento o la vida (Tusquets, 1996)

El mágico aprendiz (Tusquets, 1999)

El mágico aprendiz (Tusquets, 1999)


Reseñas de libros/Ficción
El afán o el arte de contar la vida de Luis Landero
Por Justo Serna, lunes, 10 de junio de 2002
Una nueva novela de Luis Landero, un relato de aprendizaje en el que arte y el empeño de prosperar son motivo de patetismo y de exaltación.
A finales de los ochenta, sin mediar una gran campaña publicitaria, Luis Landero dejaba de ser un escritor secreto. Irrumpía en el mercado de los libros y en la feria de los premios, pero sobre todo se hacía de un solo golpe de fortuna con todo el prestigio literario que puede conceder una primera gran obra. Aparecía, en efecto, Juegos de la edad tardía, y con ella deslumbraba a sus destinatarios: la justeza de su prosa, de resonancias clásicas, la variedad de su registro (del drama al esperpento, del folletín al cuadro de costumbres) y la ficción clásicamente cervantina en abierta aleación con el absurdo kafkiano atrapaban, pero atrapaba concretamente la historia de mediocridad, de superación, de impostura que era objeto de relato. Desde entonces, sus numerosos lectores le responden con ventas constantes, con admiración y con asombro por la madurez de su arte narrativo. Con ese éxito editorial, un nuevo narrador que ya rebasaba la cuarentena dejaba de ser un escritor inédito, pero sobre todo dejaba de ser un creador secreto. Landero no había demostrado prisa por triunfar ni urgencia por publicar, y desde entonces esa prudencia (la phrónesis lo llamaban los clásicos) ha permitido que no se prodigue con obras insustanciales o prescindibles. Cada libro de nuestro autor (Caballeros de fortuna, El mágico aprendiz, Entre líneas) está justificado y supone un registro nuevo de unas mismas obsesiones, de unos mismos motivos. Esto no es demérito que quepa imputársele; es, por el contrario, el modo de operar que tienen los grandes creadores: no se trata de cambiar de una obra a otra los fundamentos en que se inspira internamente el arte narrativo, sino de basar en los mismos supuestos historias diversas que se materializan de modo distinto, es decir, dar forma variada con recursos literarios a esos fantasmas a los que aludía Ernesto Sabato o a esos demonios a los que apelaba Vargas Llosa. Ahora, cuando llega la primavera, llega también una nueva novela de Landero y se titula El guitarrista.

Es una fina, finísima narración en la que se nos relata un aprendizaje, es la memoria de unos años de formación. Contada en primera persona por alguien llamado Emilio que ahora es escritor (según nos revela en un primer y significativo paréntesis), relata los hechos que le acaecieron treinta y cinco años atrás, es decir, a finales de los sesenta. Quien cuenta era entonces un jovencito, hijo de una familia campesina meridional instalada en Madrid. Huérfano de padre, su madre se gana la vida como costurera y acoge a algunos hospedados en casa. Por la mañana trabaja Emilio en un taller mecánico, y cuando acaba la jornada laboral acude a una academia nocturna en donde estudia el bachillerato. Una vida, pues, de abnegación, de esfuerzo menesteroso, de estrecheces en un Madrid de inacabable posguerra, una vida cuyas condiciones hoy nos parecen remotas y extintas pero que fueron habituales y frecuentes entre tantos y tantos españoles que emprendieron la hazaña de la emigración; una vida que no parece llevar a nada, como la del topo schopenhaueriano al que alude metafóricamente el narrador, cansado de excavar para al final morir; una vida encarcelada, como la de las víctimas de la hormiga león a la que también se refiere el propio Emilio, atrapadas para a la postre ser devoradas; una vida de la que es difícil escapar y de la que únicamente la virtud o competencia o excelencia nos salvarán. No se nos detalla el cuadro costumbrista que rodea la existencia de Emilio, no se precisan los objetos y el paisaje devastado de aquella España pobre, triste y apocada: son sobre todo sentimientos y vivencias, experiencias interiores que acaecen fuera y que se desenvuelven gracias a las personas o a las vidas con que roza la existencia del protagonista.
Hay una superstición muy literaria o novelesca que consiste en creer que la aventura es siempre lejana, que el riesgo corajudo que nos curte se da en otros parajes distintos de los cotidianos. Pero para quienes se han nutrido de la tradición cervantina o picaresca --como es el caso de Landero--; para quienes el orden campesino y la condición menesterosa fue el origen --como es el caso de un narrador nacido en Alburquerque--, los peligros de la vida están aquí mismo: los miedos, las esperanzas, las derrotas o las gestas heroicas, no son hechos que transcurran a miles de kilómetros

Tres personajes, con sus respectivas condiciones y caracteres, le cambiarán: el afán de su primo Raimundo, un antiguo chapista que emigrara a París y que al parecer había triunfado como guitarrista de flamenco; el amor tímidamente adúltero de Adriana, la esposa del jefe del taller mecánico retenida según los indicios contra su voluntad por un marido que se comportaría como el ogro de los cuentos; y el arte creativo del señor Rodó, un facultativo de la Biblioteca Nacional que, además, escribe y llena una maleta de historias y de esbozos de novelas. Los tres se empeñan en vivir de acuerdo con sus metas, es decir, no renunciando a la vida que se merecen, cultivando sus facultades, aguardando que la realidad se acomode a sus objetivos. Emilio querrá ejercitarse también como guitarrista, no desdeñará la escritura como gran arte al que incluso aspirar y soñará con el amor. Una a una caen las esperanzas del personaje: la realidad le hostiga y le derrumba sus quimeras o le hace ver lo inaudito o equivocado de sus interlocutores, la impostura en que se mueven. ¿Viven en el error, en la ignorancia de sí mismos y de sus cualidades que ellos creen mayores de las que efectivamente son? ¿Son todos unos impostores? Al final, como en toda novela, como en todo relato verdaderamente logrado, al modo de lo que nos sucede en la vida, no hay explicación de esos pequeños o grandes enigmas; hay la duda, la ambigüedad, la incertidumbre de qué cosa sea cierta o qué cosa sea fantasía deliberada o producto de una imaginación desbordante. Al final, sin embargo, Emilio se irá a París a desarrollarse como guitarrista, sabiendo sus lectores (o sea nosotros mismos) que luego se convertirá en escritor. Eso significa que sus metas se cumplieron, al menos en parte (no sabemos qué fue del amor); y eso significa que a pesar de la triste condición de topo schopenhaueriano que tenemos o a pesar de la hormiga león que nos atrapa, la existencia es una apuesta que hay que vivirla con plenitud, con coraje, con audacia.

El tono general del relato es el de un cuento de hadas cuyo desenlace no está claro y cuya moraleja es ambigua, pero los personajes son redondos, las situaciones son verosímiles, los retos son perfectamente creíbles y los fundamentos morales en los que se inspira Landero son suyos y nuestros a la vez. ¿Cuáles son esos motivos internos que sirven de acicate para el genio creador de Landero? Para nuestro autor, el relato es sobre todo el de una indagación sobre la común mediocridad, sobre la existencia trivial que es siempre la nuestra, sobre esa vida heroica y doblegada con que nos probamos. Las novelas de Landero tratan siempre de individuos de origen humilde, pobretones o menesterosos, derrotados de antemano por el destino o por el medio; pero tratan también de unos personajes que quieren auparse por encima de ese infierno de determinaciones gracias a sus particulares anhelos, gracias a sus escondidas, recónditas o explícitas virtudes o competencias; tratan, en fin, de unos tipos que no se resignan, que emprenden una aventura ordinaria que les lleva a enfrentarse con chuscos obstáculos y con patéticos oponentes. Hay una superstición muy literaria o novelesca que consiste en creer que la aventura es siempre lejana, que el riesgo corajudo que nos curte se da en otros parajes distintos de los cotidianos. Pero para quienes se han nutrido de la tradición cervantina o picaresca --como es el caso de Landero--; para quienes el orden campesino y la condición menesterosa fue el origen --como es el caso de un narrador nacido en Alburquerque--, los peligros de la vida están aquí mismo: los miedos, las esperanzas, las derrotas o las gestas heroicas, no son hechos que transcurran a miles de kilómetros. Los personajes de Landero no creen posible ir demasiado lejos, incluso cuando la meta es precisamente París no emprenden viajes intercontinentales para templar su espíritu, para aventurarse; los personajes de Landero son ordinarios, individuos con atrevimientos y con cobardías, con renuncias y con apuestas, con resignaciones y mansedumbres a las que se enfrentan con alguna torpeza, héroes que no saben lo que les deparará el destino. Desde aquel Gregorio Olías, de Juegos, hasta el Emilio de El guitarrista, pasando por el Matías Moro, del Mágico aprendiz, los protagonistas emprenden aventuras sedentarias y están aquejados por un mal inespecífico, indefinible, por una afección transmitida de generación en generación o por las circunstancias en que se ven envueltos. A ese cuadro médico, Luis Landero lo llamaba en su primera novela el afán, un afán que, así, con todas las letras reaparece ahora en su última narración.
Los fracasos de los personajes son tales si se observan desde el estricto afán, desde esos objetivos máximos que se propusieron con loca arrogancia o que se vieron arrastrados a perseguir por mala cabeza o por estupidez; pero son menos fracasos si se contemplan desde la condición menesterosa y derrotada que es su principio y su cárcel

El afán es un prurito del alma, un acicate biográfico que puede contraerse con las primeras letras o que se manifiesta tardíamente con unas circunstancias precipitantes. Su sintomatología es el malestar y la insatisfacción personales, la voluntad de sobreponerse a los retos que la vida nos pone al margen de las fuerzas con que uno cuente, la propensión a contrariar lo que el destino nos tenga reservado al margen de las condiciones, el deseo de superarse, de elevarse por encima de la paz mediocre o de la desdicha cotidiana con que nos tranquilizamos. Sus personajes son, así, aventureros y sus novelas son el reto ordinario que un héroe anónimo se propone. El afán es el ahínco, esa intención avenada de fijarse metas que son una desmesura y de obstinarse en su logro, de empecinarse en su consecución. Los personajes de Landero son, insisto, cervantinos, tipos efectivamente mediocres que no se conocen del todo, obcecados; tipos que antes o después no se resignan, individuos aquejados por la insania de hacerse o de contarse una vida mejor a pesar de las numerosas pruebas que contradicen ese propósito. Ése es, por ejemplo, el caso de Raimundo o del propio Emilio en El guitarrista. Son audaces a despecho de sus miedos y de sus carencias; son osados, capaces de logros y de gestas. Es el suyo siempre el relato de una obcecación y de una temeridad. Pero, atención, esas novelas de la mediocridad alucinada no son consoladoras, no son melodramáticas ni reparan lo que la vida nos niega o nos hurta. ¿Por qué razón? Porque la enmienda final nos la da la propia existencia. No me refiero a la muerte, que, en efecto, es un rotundo mentís contra cualquier optimismo folletinesco; me refiero a las derrotas que arrostramos en vida; me refiero a la fatalidad odiosa con que los peores designios se cumplen día a día; me refiero a los fracasos previsibles a que estamos abocados cuando el afán nos lleva a ejecutar empresas temerarias. Ése es, por ejemplo, el caso de la patética tourné de artistas noveles en la que se enrolan Emilio o su primo Raimundo como guitarristas.

Esa derrota a que nos conduce la audacia biográfica se apreciaba en Juegos y en El mágico aprendiz, y ese fatalismo ambiental, tan próximo también a Gabriel García Márquez, ese fatalismo que todo lo desmiente y todo lo anega se daba en Caballeros de fortuna. Sin embargo, los fracasos no son simplemente desmentidos amargos. Son, por el contrario, agridulces y no suponen el fin de las esperanzas ni el cese de la vida: detrás de una derrota hay siempre un pequeño logro, un escueto territorio ganado al destino, ese enemigo insidioso que se nos opone. París, por ejemplo. Los fracasos de los personajes son tales si se observan desde el estricto afán, desde esos objetivos máximos que se propusieron con loca arrogancia o que se vieron arrastrados a perseguir por mala cabeza o por estupidez; pero son menos fracasos si se contemplan desde la condición menesterosa y derrotada que es su principio y su cárcel. La audacia los ha enredado en tareas ímprobas, en asuntos desmedidos, en empresas imposibles, pero esa temeridad ha obrado un prodigio, el milagro de aventurarse, de internarse en un terreno que ignoraban o que ellos mismo se negaban, de averiguarse y de atreverse, es decir, de vivir la vida copiosamente, sin tímidas renuncias. Emprenden un viaje iniciático, de gestas heroicas y lances arriesgados, conocen el amor y el ensueño y, como si fueran efectivamente unos chiflados, se obstinan con empecinamiento: ¿con una obcecación digna de mejor causa? No, por cierto. El afán, la vergüenza o un ensimismamiento algo loco les hacen persistir y, a la postre, fracasar de algún modo, pero ese fracaso les ennoblece, les hace obrar con la rabia y la arrogancia de quien se ha impuesto como objetivo contrariar lo que de él se espera en este mundo. Las empresas que ejecutan les han obligado a mentir, a embellecer la realidad, y ese atavío de lo real, ese encubrimiento, lo viven al menos durante un tiempo como una impostura, justamente como una impostura, que es lo que parece rodear a los personajes que circundan a Emilio en El guitarrista.
Las ficciones fracasadas o aventuras ordinarias no son un embeleco absurdo --no son embuste alucinado o un error del que finalmente nos apeamos--; es el modo exacto de lo real, otro modo de observarlo, de inspeccionar lo que soy y lo que podría ser en parte, al menos si me empeñara en descartar lo que creo ser, de auparme por encima de la mediocridad a la que ya no volveré igual, de atreverme y de regresar de otra manera, más sabio, más maleado, mejor

El personaje cervantino padecía un delirio, pero el protagonista de Landero no confunde locamente lo cierto con la ficción, puesto que aún sabe discernir lo verdadero de lo falso, lo grandioso de lo patético. Sin embargo, la acumulación de azares y la suma de osadías los ha encerrado en un laberinto obligándoles a añadir osadía tras osadía o mentira sobre mentira. La impostura o la empresa alocada son tan desproporcionadas que ya no hay remedio, que no hay vuelta atrás. Esos son los casos de Gregorio Olías, de Matías Moro o de Emilio. Se saben y se viven como temerarios o como impostores. ¿Cuál es la solución? ¿Buscar un fin trágico entre las ruinas calcinadas de nuestra propia vida, una hecatombe que nos saque de la mentira, o aceptar, por el contrario, ese pequeño logro que hay detrás de la frustración de las empresas? Los azares que confirman el destino y que nos niegan son también la fortuna, la pequeña chiripa que nos asiste tarde aunque milagrosamente. Al final, el presentimiento de puro desastre, de apocalipsis personal, no se consuma y la fatalidad se incumple. Es decir, al final está París para Emilio. Hay en la realidad algo mágico, un detalle menor pero trascendente, un hecho singular que nos salva un poco antes de la hecatombe, que aligera la culpa y que nos hace tolerarnos, que nos hace aceptar un destino ciego y una fortuna sólo en parte malograda.

Pero el enredo y la impostura no son una segunda piel ni un disfraz, como creen esos personajes cuando más acuciados están; son la vida como hechura propia, puesto que lo que llamamos mentira y laberinto es el producto de una cualidad noble, el resultado de la imaginación con que me revisto. Me tomo en serio, pues, esa existencia alternativa y algo alocada en la que he querido creer y de ese modo rehago la vida real, la propia, la vida malograda, y me empeño en consumar propósitos descartados y quimeras relegadas. Al ejecutar esas metas me comporto como el tipo fantasioso y temerario que he creído ser, y esa fantasía u osadía me obligan, me comprometen. ¿Pero es sólo impostura o temeridad? No, eso que creo ser, ese personaje no es mera invención o ficción ni su aventura es únicamente mera sugestión o ensueño: en ese personaje descubro rasgos propios, audacias de las que soy capaz y que ignoraba. Por tanto, las ficciones fracasadas o aventuras ordinarias no son un embeleco absurdo --no son embuste alucinado o un error del que finalmente nos apeamos--; es el modo exacto de lo real, otro modo de observarlo, de inspeccionar lo que soy y lo que podría ser en parte, al menos si me empeñara en descartar lo que creo ser, de auparme por encima de la mediocridad a la que ya no volveré igual, de atreverme y de regresar de otra manera, más sabio, más maleado, mejor.

En una entrevista reciente que se le hiciera a Arthur C. Danto, el filósofo norteamericano lo decía con tino y con exactitud, con abierta sinceridad. "Adoro leer novelas --admitía--. Novelas que traten de situaciones humanas: relaciones entre hombres y mujeres, entre generaciones, entre padres e hijos, sobre nuestra manera de tomar decisiones... La literatura ayuda a las personas a manejarse en la vida, algo que la religión ya no hace, ni tampoco la filosofía". Si el mal que aqueja a los personajes de Landero pudiera diagnosticarse como simple insania o como falta de cordura o como temporal alucinación, como osadía equivocada, ¿habría que preguntarse por qué leer la historia de individuos con los que no tenemos o no queremos tener nada en común y que, además, son mera invención? ¿O es que, acaso, su temeridad y sus pequeños logros son los nuestros, porque tratan exactamente de las relaciones entre hombres y mujeres, sobre nuestra manera de tomar decisiones, de proponerse ir a París? La literatura de Landero nos ayuda a manejarnos en la vida, nos hace descubrir que las audacias son o pueden ser una forma de arte de uno mismo, que incluso es posible hacer de la vida una forma de arte, que las empresas en las que nos involucramos más allá de nuestras posibilidades son el modo habitual con que los humanos nos hacemos y nos rehacemos, que la ficción de Raimundo, de Adriana o del señor Rodó no es sólo un modo de engañar, sino la manera en que describimos o relatamos tantos y tantos de nuestros actos para imaginarnos y para embellecer la existencia, para contrariar el destino y para dilatar el momento de la muerte.
  • Suscribirse





    He leido el texto legal


  • Reseñas

    El itinerario del romanticismo
  • Publicidad

  • Autores

    Jose Ángel Valente: cima del canto