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    AUTOR
Justo Serna y Anaclet Pons

    GÉNERO
Ensayo. Historia

    TÍTULO
Cómo se escribe la microhistoria. Ensayo sobre Carlo Ginzburg

    OTROS DATOS
Madrid, 2000. 1800 pesetas. 286 páginas.

    EDITORIAL
Cátedra / Universitat de València




Reseñas de libros/No ficción
Dentro del laberinto microhistórico
Por José María Lassalle Ruiz, sábado, 16 de junio de 2001
Sugerente reflexión sobre el paradigma indiciario de Carlo Ginzburg que Justo Serna y Anaclet Pons plantean siguiendo el análisis conjetural y la lógica detectivesca que caracteriza la microhistoria.
Sumergirse en un ensayo que indaga sobre la fortuna editorial de un libro de historia puede convertirse en una apasionante investigación en la que el lector es capaz de sentirse tan a gusto como cuando aborda la tarea de descubrir la autoría y los móviles de un asesinato de la mano de Sherlock Holmes y Watson. Dicho así puede resultar increíble, pero es cierto. Al menos quien suscribe estas líneas puede dar fe de ello. Y lo hace, precisamente, desde su condición de no especialista en la materia. Lo cual, creo, lejos de ser un demérito para la obra que reseñamos es una prueba de que el buen trabajo investigador, cuando realmente lo es, puede trascender la torpe y roma grisura del especialismo y proyectarse más allá de sus concretos contornos para fertilizar otros escenarios y contextos investigadores.

En Cómo se escribe la microhistoria. Ensayo sobre Carlo Ginzburg Justo Serna y Anaclet Pons consiguen no sólo seducir al profano en tan compleja materia, sino, de paso, hacerle disfrutar con la lectura. De este modo demuestran que puede reflexionarse académicamente en torno a un tema concreto y, al mismo tiempo, hacerlo, por ejemplo, con la brillantez detectivesca que sugiere ese comisario Bärlach que protagoniza El juez y el verdugo de Dürrenmatt, y que recuerda a un compañero de oficio que hay que ser objetivos en el trabajo de sabueso policial, lo cual vale “tanto para mí, que tengo una sospecha, como para usted, principal encargado de investigar el caso. Esperaré el resultado de sus pesquisas. Usted deberá descubrir al asesino… sin tener en cuenta mi sospecha. Si aquel de quien sospecho es el asesino, usted mismo ha de dar con él, claro que, a diferencia de mí, de forma impecable, científica. Si no lo es, usted encontrará al verdadero asesino y no habrá sido necesario saber el nombre de la persona en la que recayó mi falsa sospecha”.
El ensayo de Serna y Pons (...) no sólo indaga minuciosamente acerca de las claves metodológicas y personales que estuvieron detrás de El queso y los gusanos, sino que finalmente aborda un estudio más amplio acerca de la microhistoria y de la posición que dentro de ella ha desempañado, y desempeña, un historiador tan peculiar e inclasificable como es Carlo Ginzburg

Pues bien, el cuerpo del delito que ocupa a nuestros detectives-historiadores no es otro que determinar cuáles han sido las razones del éxito de un ensayo histórico como El queso y los gusanos del italiano Carlo Ginzburg. ¿Por qué un libro que tiene como protagonista a un sencillo molinero friuliano que fue encausado y ajusticiado por la Inquisición en el siglo XVI ha podido acumular entre 1976 -la fecha de su publicación- y 1997 quince reimpresiones? ¿Cómo se explica que haya sido traducido a trece idiomas? ¿Qué motivos académicos justifican su enorme repercusión historiográfica? Es más, y por dar una nueva vuelta de tuerca al problema que nos ocupa: ¿por qué dos profesores universitarios como Justo Serna y Anaclet Pons han dedicado un ensayo de madurez investigadora a analizar los entresijos de una obra como ésta?

A partir de este planteamiento, la investigación que proponen los autores se sitúa en ese interesante acontecer sombrío en el que sucede todo y que, según Cèline, hace que nada se sepa de la historia verdadera de los hombres. Y lo que se dice de éstos puede aplicarse también de los libros. De manera que el ensayo de Serna y Pons se hace poroso al objeto mismo de su análisis ya que no sólo indaga minuciosamente acerca de las claves metodológicas y personales que estuvieron detrás de El queso y los gusanos, sino que finalmente aborda un estudio más amplio acerca de la microhistoria y de la posición que dentro de ella ha desempañado, y desempeña, un historiador tan peculiar e inclasificable como es Carlo Ginzburg.
La escala reducida de análisis que se propone va agrandándose y enriqueciéndose a medida que los autores nos conducen ingeniosamente a través de la neblina de los conceptos para desvelarnos finalmente la realidad verdadera de un libro que permanece agazapada detrás del mundo irreal de un historiador

Y es aquí donde Serna y Pons demuestran toda su habilidad como historiadores ya que son capaces de afrontar, en palabras de Clifford Geertz, una “descripción densa” acerca de los avatares afortunados del libro de Ginzburg; y, sobre todo, de hacerlo desde una suerte de rigor elástico que a partir de los indicios, lo particular y el contexto de la obra en cuestión, se transforma en un trabajo microhistórico en el que, sin perder el fin de la investigación –descubrir la “verdad” del éxito de El queso y los gusanos-, los autores logran internarnos en un laberinto expositivo de gran complejidad sin más ayuda que las huellas dejadas por Ginzburg en su trabajo de historiador.

En esta exhaustiva indagación, la fatiga que acompaña la lectura de un libro de escritura apretada y erudita se ve recompensada por una experiencia narrativa de aprendizaje en el que se concitan nombres y registros variados que son hábilmente empleados mediante una prosa elegante, a veces literaria. De este modo, la escala reducida de análisis que se propone va agrandándose y enriqueciéndose a medida que los autores nos conducen ingeniosamente a través de la neblina de los conceptos para desvelarnos finalmente la realidad verdadera de un libro que permanece agazapada detrás del mundo irreal de un historiador. Y así, en su papel de detectives, como diría Kracauer en Der Detektiv Roman. Ein philosophische Trakt (La novela policíaca. Un tratado de filosofía), su ensayo microhistórico termina convenciendo “a los sentimientos perdidos de que la producción de la indiscutible conexión inmanente indica también el fin. El fin, que no es tal, ya que sólo pone término a la irrealidad, hace salir con señuelo el sentimiento, que es irreal, y en el momento final se introducen soluciones, que no lo son, para que el cielo, que no existe, conquiste la tierra”.
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