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Tribuna/Tribuna libre
Previo a una discusión sobre transgénesis
Por José Antonio Pereiro Muñoz, sábado, 12 de mayo de 2001
Los biólogos moleculares son ya capaces de utilizar herramientas biológicas sin rebajarlas de su nivel de complejidad. Antes de comenzar una exposición sobre el tema, le recomiendo que olvide cuanto haya leído en los periódicos
Para que cualquier debate sobre transgénicos pueda adquirir algún sentido es necesario ubicarlo previamente en el desarrollo de la disciplina científica, y de la utilización de técnicas de modificación genética por parte de la especie humana. Pero, antes de embarcarnos en ese viaje, conviene hacer algunas precisiones de tipo general que pueden y deben aplicarse, no sólo al debate que pueda plantearse sobre transgénesis, sino a cualquier otro que se base en la aplicación de los conocimientos científicos; intentaré comentarlos armado de mi intuición, fuente constante de errores, aún a sabiendas de que la problemática sobrepasa ampliamente la formación del que suscribe.

Resulta evidente que la discusión actual sobre transgénesis que puede seguirse en los medios de información, ahora, a comienzos del siglo XXI, es muy poco informativa. La mejor prueba es la presencia en los medios de opiniones contradictorias, sin que resulte claro cómo podría superarse la contradicción. No podemos preguntarnos de forma rigurosa por el papel de los medios de comunicación de masas en este momento, pero nadie dudará de que los utilizados por la mayoría de la población están adscritos, con mucha frecuencia, a alguna de las corrientes ideológicas prevalentes en los grupos de gran poder socioeconómico, aquellos que vendieron tabaco o armas, por ejemplo; independientemente, muestran muy poca capacidad para plantear ante sus lectores un asunto problemático con el rigor necesario para que éstos puedan decidir por sí mismos cuál es la conclusión que consideran correcta. Me consta que no les faltan expertos y profesionales de calidad, pero sospecho de dos circunstancias que ayudan a que la incapacidad mencionada sea posible: el escaso espacio y/o tiempo que pueden dedicarle a cada tema, dada la gran cantidad de noticias sobre diferentes cuestiones que tienen que distribuir es la primera: parece que es inevitable que las noticias no se atengan al tiempo necesario para ser preparadas convenientemente, sino que su preparación depende del tiempo de que se dispone para su preparación y emisión o edición. Y la segunda es las pocas ganas de resolver un debate abierto y con componente ideológica, que resulta mucho más beneficioso si deriva en un problema aparentemente insoluble.
Y, siguiendo el camino lleno de curvas que sigo mientras escribo este artículo, querría ser acompañado de otra reflexión previa que subyacerá a los artículos que sobre transgénesis aparecerán en los próximos números de esta revista: nadie debe olvidar que el cuchillo no es bueno ni malo, ni peligroso per se. El peligro viene de las manos que lo manejan, y de la situación en que se encuentra el propietario de esas manos que lo mueven

Por otra parte, los partidos políticos y grupos de presión, que con tanta atención tienen que evaluar en continuo el estado de la opinión pública, siguen muchas veces el camino inverso a la búsqueda objetiva de la verdad, sustituyéndola por la estimación objetiva de la mentira, en cuanto se hace una encuesta para saber cuál ha sido el poder de una opinión o una sugerencia, más que para conocer hasta qué punto la verdad se impone a la mentira: introduzco un mensaje, y hago luego una encuesta para saber cómo ha calado el mensaje. Parece una barbaridad y probablemente lo es: no servirá para saber si el mensaje contiene algo de cierto, pero sí si lo puedo vender. Pero, ¿dónde se genera la opinión pública? ¿Cuál es el espacio común entre la opinión preponderante y la certeza? Todo son dudas para mí, absoluto ignorante de esos meta-asuntos. En un artículo publicado hace unos días en el diario El País, no pude dejar de asombrarme cuando, tratando de Berlusconi y su partido, Umberto Eco razonaba cómo una persona puede hacer caso a la propaganda y seguir sus consejos si el mensaje se ha memorizado suficientemente, al tiempo que contesta en una encuesta que no cree una sola palabra ni una sola imagen del contenido del mismo anuncio que siguió. De lo cual se derivan corolarios nada favorecedores para los consumidores y usuarios, por cierto.

Ha habido, sin duda, muy poco rigor en el tratamiento que los medios han hecho sobre transgénicos. Pero, créanme, esta declaración no la hace el que suscribe desde el altar de los dioses donde se sacralizan los edénicos campos en los que se cultiva la ciencia, y cuyos frutos sagrados son los descubrimientos y las grandes ideas. Se hace desde el análisis de los textos dedicados en los medios al tema de la transgénesis, por parte de una persona que sólo puede ver dicho tema desde fuera, dada su propia incompetencia. Intento colocarme en el lugar del ciudadano que procura informarse suficiente y convenientemente para poder decidir qué le merece respeto y qué no le merece ninguno sobre la aplicación de la transgénesis. Intento, como Ulises, perdido en el ponto, volver al fuego sagrado del hogar donde las imágenes me resultan familiares y puedo entenderlas, aunque sé que mi viaje será largo y su final no disipará la sombra de las dudas que por el camino me acompañaron. Quede al menos el intento de que mi navegación sea rigurosa, y sirva ese rigor de modelo tanto a los que pretenden aplicar la transgénesis cuanto antes mejor, como a los que han hecho de la transgénesis bandera para la transformación del mundo, humanos incluídos, ellos mismos no sé, bandera, digo, incluso de denuncia al sistema.

¡PORROMPOMPÓN!
Y hasta ahora no hemos hablado de transgénicos, aunque nos vamos acercando: y sigámoslo haciendo, aunque no hablemos todavía de transgénicos; porque, ¿cómo se explicaría, si no por la codicia, (sino por la codicia), la monstruosa carrera protagonizada por Craig Venter y su gente, contra los investigadores de los propios Institutos Nacionales de la Salud de los Estados Unidos, por desvelar, simplemente por desvelar, la secuencia genómica de la especie humana? ¿Cómo ha podido permitirse el patético espectáculo?

Y, siguiendo el camino lleno de curvas que sigo mientras escribo este artículo, querría ser acompañado de otra reflexión previa que subyacerá a los artículos que sobre transgénesis aparecerán en los próximos números de esta revista: nadie debe olvidar que el cuchillo no es bueno ni malo, ni peligroso per se. El peligro viene de las manos que lo manejan, y de la situación en que se encuentra el propietario de esas manos que lo mueven.

Más peligroso que el cuchillo es el avión y, si no se lo cree, póngalo en manos inocentes e inexpertas. Hay fuerzas que convierten las manos expertas en manos peligrosas, esas manos expertas son las peores, porque saben dirigir mejor el cuchillo hacia su fin, y con ellas puede ser movido, digamos, por ejemplo, por la pasión o la codicia. La codicia se acendra cuando es autorizada por los poderes públicos, y toma a veces la forma de pelotazos. Los pelotazos se producen en muchas ocasiones por falta de control de los procesos, e influye en ello porque la velocidad de trasvase capitales y de transmisión de noticias es muy superior a la velocidad con que el sistema intenta evitar daños.

Y los medicamentos, los alimentos o los productos que sirven para optimizar cultivos se venden. Lo cual no significa que sean dañinos, claro, en muchas ocasiones sucede lo contrario, pero se venden, y tras ellos está la codicia, y la falta de control de los procesos económicos que se adivina hoy en tantas ocasiones.

Y hasta ahora no hemos hablado de transgénicos, aunque nos vamos acercando: y sigámoslo haciendo, aunque no hablemos todavía de transgénicos; porque, ¿cómo se explicaría, si no por la codicia, (sino por la codicia), la monstruosa carrera protagonizada por Craig Venter y su gente, contra los investigadores de los propios Institutos Nacionales de la Salud de los Estados Unidos, por desvelar, simplemente por desvelar, la secuencia genómica de la especie humana? ¿Cómo ha podido permitirse el patético espectáculo?

Pobre genoma nuestro, qué pensará de vernos.
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