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Subcomandante Marcos

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Daniel Ortega y Fidel Castro

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Alberto Fujimori

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Tribuna/Tribuna libre
El subcomandante Marcos, América Latina y los intelectuales de izquierda
Por Joan del Alcàzar, sábado, 12 de mayo de 2001
Prestigiosos intelectuales europeos de izquierda coinciden en otorgarle al subcomandante Marcos, y a su lucha al frente del EZLN, un papel de referencia en la construcción de la nueva izquierda del siglo XXI. Quizá parten de análisis muy condicionados por un pesimismo político comprensible, pero excesivamente coyuntural.
Mucho se está escribiendo a propósito de los efectos de la insurgencia zapatista liderada por el subcomandante Marcos. Y no sólo por cuanto significa en el actual contexto mexicano, sino por el supuesto impulso dinamizador que a ésta se le adjudica en una deseable revitalización del discurso y la práctica transformadora de la izquierda política en Occidente.

Intelectuales de la talla y la trayectoria de Saramago, Touraine o Vázquez Montalbán, por citar a algunos, se han congratulado de la experiencia chiapaneca y perciben en ella un prometedor futuro para la causa contra la injusticia, la opresión y, en suma, contra la dominación irrestricta del capitalismo en su versión más cruel. Noticias tenemos, también, de otros analistas (Bartra, Krauze, Malamud) que llaman la atención sobre los errores de cálculo y de previsiones que, una vez más, pueden cometerse, a propósito del subcomandante, especialmente desde Europa, respecto a América Latina.
La experiencia docente me ha permitido constatar cómo entre el estudiantado universitario el referente insurgente ha suscitado y suscita la simpatía casi generalizada (...) Jóvenes moderados, en cuanto a su ubicación en el espectro político español, tienden a radicalizarse al entrar en contacto con la historia contemporánea de América Latina

En España, concretamente, persiste aún entre los sectores políticamente progresistas una visión quizá romántica, quizá ingenua, quizá, simplemente, desinformada, que parece percibir a la América Latina como un espacio geopolítico en el que sólo una revolución transformadora –no necesariamente emparentada con el canon leninista-, se intuye como remedio a los males del subcontinente. Pensemos que América Latina es primera página de los informativos las más de las veces por noticias dramáticas: los desastres naturales y las grandes injusticias políticas, sociales y económicas. En un territorio en el que, según se puede percibir desde aquí, prima la desigualdad, la opresión, los resabios autoritarios y el protagonismo militar; pareciera que la democracia fuera un lujo casi suntuario y, lo que es peor: inútil.

La experiencia docente me ha permitido constatar cómo entre el estudiantado universitario el referente insurgente ha suscitado y suscita la simpatía casi generalizada. No es ésta, sin embargo, una realidad circunscrita en exclusiva a un arquetipo de estudiante joven e idealista adscrito a la izquierda radical peninsular. Jóvenes moderados, en cuanto a su ubicación en el espectro político español, tienden a radicalizarse al entrar en contacto con la historia contemporánea de América Latina. La pervivencia, aunque sea convertida en un icono, en una camiseta con su rostro, de Ernesto Guevara, debe ser entendida como los rescoldos de un paradigma ético para esa juventud que, sin saber necesariamente mucho sobre aquél, ha asumido el referente idealizado del mítico guerrillero.
En muchas ocasiones la realidad latinoamericana se entiende como propicia a la utopía transformadora radical que, desde esa óptica española, es inviable en nuestro país. Entiendo que esto es así especialmente en aquellos sectores de los progresistas españoles que vivieron políticamente activos los años finales del franquismo y los iniciales de la transición democrática

No sólo entre los estudiantes universitarios podemos constatar esa identificación con los rebeldes. En el ámbito sociopolítico vinculable a la izquierda española, desde la moderada a la radical, incidieron con fuerza las propuestas de los insurgentes armados de los sesenta y los setenta, y duelen sinceramente las voces de los familiares de los detenidos-desaparecidos en Argentina, los desplantes y las amenazas de Pinochet y los suyos, las bravatas sangrientas de Fujimori o el escaso valor de la vida humana en Colombia. Paralelamente, se lloró la derrota sandinista, se vibró con el alzamiento zapatista y se celebran los éxitos de Marcos, mientras pervive un romántico y acrítico apoyo al castrismo cubano. Frecuentemente, esa receptividad a la pena y a la esperanza por y para América Latina tiene mucho que ver con la atonía partidaria y el descrédito de los políticos españoles percibida por amplios sectores del progresismo ibérico. En muchas ocasiones la realidad latinoamericana se entiende como propicia a la utopía transformadora radical que, desde esa óptica española, es inviable en nuestro país. Entiendo que esto es así especialmente en aquellos sectores de los progresistas españoles que vivieron políticamente activos los años finales del franquismo y los iniciales de la transición democrática. Es como si desde esta posición se entendiera que la opción transformadora latinoamericana triunfará indefectiblemente, porque no hay otra salida, y ella, finalmente, nos iluminará a todos. Desde esta posición, ante la irracionalidad de una América Latina que se percibe como en crisis permanente o, incluso, caótica, se debe imponer una racionalidad que no es otra que la que vendrá como fruto de una nueva e insobornable rebeldía que, afortunadamente, casi nadie identifica con las armas y la muerte.

La aparición del EZLN chiapaneco, en enero de 1994, además de realimentar estas convicciones, provocó –sirva el ejemplo de Valencia-, una proliferación de pintadas anónimas, sin firma de ninguna organización política local. Una, que exclamaba un contundente e, imagino, juvenil “¡Viva Zapata!”. U otra, a la vez simpática e impotente: “Sociatas temblad, Zapata ha vuelto” (espetada en una pared a los socialistas de Felipe González, por aquel entonces en el poder).
Objetivamente, esa rebeldía ante la injusticia y la desigualdad que se percibe en la realidad sociopolítica latinoamericana es un síntoma de saludable ética humana (...) El lado oscuro de esta realidad, lamentable a los ojos del historiador, es que se cimienta sobre una visión distorsionada y simplista de los procesos históricos latinoamericanos

Objetivamente, esa rebeldía ante la injusticia y la desigualdad que se percibe en la realidad sociopolítica latinoamericana, es un síntoma de saludable ética humana. Afortunadamente, a tantos miles de kilómetros de distancia se constata –entre los jóvenes universitarios en particular y entre los progresistas en general-, la existencia de una proximidad solidaria con los desposeídos, con los oprimidos, con los represaliados, con los parientes de los desaparecidos, con los indígenas. Más allá de los evidentes lazos que unen a españoles y latinoamericanos, es esa vitalidad solidaria la que explica la notable y creciente presencia de ciudadanos españoles en las ONG que centran sus esfuerzos en El Salvador, Nicaragua, Guatemala, Colombia o cualesquiera otras regiones del subcontinente, y la que nos permite entender el apasionado interés con el que se sigue el proceso judicial contra la dictadura argentina o contra el general Pinochet.

El lado oscuro de esta realidad, lamentable a los ojos del historiador, es que se cimienta sobre una visión distorsionada y simplista de los procesos históricos latinoamericanos. Lo más preocupante, en mi opinión, no es sólo la constatación de ese voluntarismo político que cifra el futuro del subcontinente en una rápida transformación estructural (sin violencia, que nadie parece desearla), sino la ignorancia de los análisis históricos, politológicos y sociológicos de las experiencias insurgentes de los años sesenta y setenta realizados desde América Latina.
Que nuestros jóvenes universitarios opten por al apoyo acrítico a todos aquellos que les merecen la consideración de defensores de los parias de la tierra, es comprensible y en buena medida nos habla de una indudable salud ética de estos conciudadanos. Que intelectuales de prestigio y acreditada capacidad analítica, simplifiquen tanto cuando hablan de América Latina, ya es más difícil de comprender. Parecen deliberadamente olvidar que la democratización es la única alternativa deseable, y posible, para América Latina

Constatamos la pervivencia entre nosotros de una, llamémosle así, leyenda dorada de las causas y razones del fracaso de las opciones transformadoras en el pasado reciente de la América Latina. Esa leyenda dorada encuentra sus raíces en los simplismos dicotómicos de los años setenta, que tanta fuerza tuvieron en América Latina, y que aquí perviven porque la opinión pública, buena parte de los intelectuales y amplios sectores de la izquierda política todavía no han evaluado bien los devastadores resultados de la alegría insurgente de las décadas pasadas.

Que nuestros jóvenes universitarios opten por al apoyo acrítico a todos aquellos que les merecen la consideración de defensores de los parias de la tierra, es comprensible y en buena medida nos habla de una indudable salud ética de estos conciudadanos. Que intelectuales de prestigio y acreditada capacidad analítica simplifiquen tanto cuando opinan de América Latina, ya es más difícil de comprender. Parecen olvidar deliberadamente que la democratización es la única alternativa deseable, y posible, para América Latina. Democracia con inversiones, con política social, con política fiscal, con capacidad redistributiva del Estado que erradique la marginalidad. Nadie, desde la izquierda que puede parecer moderada a ojos de nuestros intelectuales más radicales por inconformes, propone una democracia en la que el único logro sea establecer una calendario electoral. Que se realicen elecciones periódicamente en abierta y libre competencia partidaria, con un Estado que vele por los derechos individuales de los ciudadanos, con unos militares inequívocamente sometidos al poder civil, con un gobierno y un parlamento que promuevan y apliquen una política fiscal que merezca tal nombre, eso es lo que desean los progresistas latinoamericanos. Y a eso podríamos colaborar desde este país.

Hoy muchos de nuestros intelectuales están deslumbrados por Marcos. Quizá, simplemente, como otrora lo estuvimos con Fidel. Hay que recordarlo: Castro sedujo al mundo de la izquierda universal allá por los sesenta y los setenta. Hoy, reconociendo que en La Habana no hay meninos da rua (que no es poca cosa), debemos aceptar que aquel líder salvador se ha convertido en un viejo dictador garciamarquiano, que pilota una Cuba que languidece soportándolo, alimentado en exclusiva por la cerrazón injustificada e injustificable del Departamento de Estado norteamericano.
¿Cómo defender una democracia que no reduce con rapidez los abismos sociales? La democracia sirve para afrontar los problemas y, muy especialmente, los déficits de cualquier sociedad, pero su desempeño ha de permitirnos creer en la resolución de estos en un plazo razonable. Es desde estas dudas y desde estas convicciones que me resulta difícil aceptar que Marcos y el zapatismo sea el embrión de la alternativa para la izquierda, ni en Occidente, ni en América Latina ni, probablemente, siquiera en México

Creo que, para no reiterarnos en errores de antaño, debiéramos ser menos fervorosos y más realistas en torno a Marcos y su alternativa insurgente. Nada se puede ni se debe proponer en América Latina con armas en la mano, aunque no se dispare un tiro.

El subcomandante Marcos (que, además de campechano y simpático, es inteligente) ha sabido impulsar una nueva forma de afrontar problemas antiguos. Además, ahora en mayor medida que cuando emergió en enero de 1994, se sitúa en un contexto latinoamericano que aboca al pesimismo a muchos de los más agudos analistas de la evolución económica y política del subcontinente. El mismo Alain Touraine decía en 1997, en las páginas de El País, que América Latina había entrado en la senda de la instauración de gobiernos de centro sinistra, a la europea, como mejor alternativa para afianzar la democracia y para reparar los nocivos efectos sociales de las políticas neoliberales de los años ochenta. Claro que eso lo escribía tras la victoria de la Alianza en Argentina, tras la del PRD de C. Cárdenas en las elecciones de México D.F., y después del triunfo en las municipales salvadoreñas del FMLN. Ahora, parece, le embarga el pesimismo. Una mirada no exhaustiva nos muestra que, -por no hablar de la Centroamérica asolada-, la Argentina presidida por De la Rúa, recurre al todopoderoso ministro Cavallo para que aplique nuevas/viejas recetas de ajuste durísimo; en México la voladura controlada del sistema del PRI no ha venido de la mano del PRD, sino del PAN de Vicente Fox; el Perú se desangra tras la espantada de Fujimori; Ecuador parece casi inviable y exporta emigrantes a gran escala; Venezuela vive la incierta y preocupante revolución bolivarianay, en Brasil, F.H. Cardoso cosecha críticas acerbas por su política económica y social. Quizá por ese pesimismo, el sociólogo francés nos dice que “hoy, Marcos habla en nombre de todos los indígenas; mañana lo hará en nombre de todos los pertenecientes a esa mitad de población que no está integrada en la vida económica y nacional del país” (El País, 11.03.2001). En el mismo artículo, Touraine afirma que en América Latina “la vida propiamente política, la de los partidos y los Parlamentos, está desde hace tiempo paralizada o incluso destruida”.

Es cierto que no hay demasiados signos para el optimismo. Quizá más para su contrario. De ahí la pregunta que nos acucia: ¿cómo defender una democracia que no reduce con rapidez los abismos sociales? La democracia sirve para afrontar los problemas y, muy especialmente, los déficits de cualquier sociedad, pero su desempeño ha de permitirnos creer en la resolución de estos en un plazo razonable. Es desde estas dudas y desde estas convicciones desde las que me resulta difícil aceptar que Marcos y el zapatismo sea el embrión de la alternativa para la izquierda, ni en Occidente, ni en América Latina ni, probablemente, siquiera en México. Centrémonos, brevemente, en este último país.
Podemos y debemos estar con Marcos desde la ética y, también, reconociendo su contribución a dinamizar la democratización mexicana. Pero de ahí a presentarlo como el referente para la nueva izquierda del siglo XXI, media un abismo. Marcos se ganó la protección de la opinión pública mexicana e internacional, y bajo ese paraguas ha resistido

Posiblemente la característica más significativa del complejo proceso de democratización política mexicana es el diferente grado de modernización política del país según las diversas regiones. Así como en determinadas zonas del territorio mexicano –la septentrional, singularmente-, ya se puede hablar de la existencia de un sistema político democrático homologable; en otros –la zona meridional, muy especialmente-, el caciquismo, la violencia e incluso la barbarie son, todavía hoy, los signos definidores de la realidad política. El actual ministro de Asuntos Exteriores mexicano, Jorge G. Castañeda escribió en 1996, cuando nadie podía imaginar que, cuatro años después, iba a ser un alto cargo de un gobierno del PAN, que “hay países más pobres que México y países más ricos que México, pero hay pocos países tan desiguales como México”. No es, por tanto, únicamente un problema de asimetrías entre el norte y el sur del país. Hay millones de excluidos en México y ni todos son indígenas ni todos viven en Chiapas, ni a todos los representan Marcos y el EZLN.

Como recientemente escribía Enrique Krauze (El País, 8.03.2001), los dos millones de indígenas marginales que mendigan en las calles del DF, “¿reclaman autonomía étnica y redención histórica, o una oferta económica inmediata y pertinente (como la que Fox, en una agencia especial, ha propuesto) que alivie su dramática situación?”.
Hemos de ser conscientes que esto ha ocurrido en México, un contexto social y político muy concreto y singular en América Latina. Pocas expectativas existen, creo, de que se trate de una experiencia exportable. Entiendo, contrariamente, que Marcos y el EZLN son un binomio inequívocamente mexicano

Podemos y debemos estar con Marcos desde la ética y, también, reconociendo su contribución a dinamizar la democratización mexicana. Pero de ahí a presentarlo como el referente para la nueva izquierda del siglo XXI, media un abismo. Marcos se ganó la protección de la opinión pública mexicana e internacional, y bajo ese paraguas ha resistido. Sin el abrigo de los demócratas mexicanos, que exigían al EZLN que no disparara un solo tiro y a los militares que los respetara, la guerrilla lacandona hubiera aguantado pocas horas la presión del ejército mexicano. Sin esa presión social, el viejo PRI hubiera resuelto el asunto a su manera, con la Ley de Herodes (véase el excelente film de Luis Estrada). Todos debemos felicitarnos por el hecho de que las cosas evolucionaran en este sentido, pero hemos de ser conscientes de que esto ha ocurrido en México, un contexto social y político muy concreto y singular en América Latina. Pocas expectativas existen, creo, de que se trate de una experiencia exportable. Entiendo, contrariamente, que Marcos y el EZLN son un binomio inequívocamente mexicano.

Sin embargo, gracias a Marcos y al EZLN se ha oído un grito potente que pudiera significar, ojalá, un antes y un después para las siempre relegadas minorías indígenas, y no sólo en México sino en toda América Latina. En el país norteamericano, los zapatistas deberán administrar el capital político acumulado, pactar y conciliar con otros actores políticos progresistas mexicanos para forzar a la recién estrenada democracia a afrontar con ímpetu la desgarradora desigualdad interna del país, más allá de la realidad estricta de los lacandones. Y a eso podrían, quizá, ayudarles aquellos intelectuales europeos que mantienen lazos de fraternidad ideológica con el subcomandante Marcos.

Coincido con Carlos Malamud (vid. El País, 30.03.2001) en que debiéramos apostar por la normalidad de América Latina. No sé si con la aspiración de poder imitar, en un horizonte lejano, la que imaginamos aburrida realidad política suiza. Hoy por hoy, pienso que un futuro mejor para América Latina pasa por afianzar la difícil, lenta y siempre insuficiente democracia. Si tenemos en buena parte de los países del subcontinente democracias de mala calidad (en algún caso, de pésima), el objetivo ha de ser fortalecerlas. Y como eso no va a ser fácil, por lo menos no simplifiquemos los análisis ni imaginemos remedios de efecto inmediato.
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