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Figura 1: Landsat (imagen estival)

Figura 1: Landsat (imagen estival)


Tribuna/Tribuna libre
El agua en España: disponibilidades y problemas (II)
Por José Manuel Naredo, sábado, 21 de abril de 2001
El problema de la política hidráulica española es que realmente no se trasvasa de la zona húmeda a la seca, sino que el agua se extrae de cuencas que también están sometidas al clima mediterráneo. La vía para la solución del problema se anticipó en California y consiste en alterar las reglas del juego, es decir, en pasar de la economía de la obra (hidráulica), que favorece a los lobbies empresariales y especuladores, a la economía del recurso (agua), que favorece a los intereses de la mayoría.
¿De qué país hablamos?

La imagen de satélite recogida en la Figura 1 nos recuerda que la aridez estival que caracteriza a la mayor parte del territorio español lo asemeja más al del Norte de África que a los otros países Europeos. La menor y más irregular pluviometría propia del clima mediterráneo, hacen que, en España, la capacidad de los cauces regulares por unidad de superficie sea, por ejemplo, el 4 % de la de nuestra vecina Francia, lo que dificulta no solo los abastecimientos, sino también los vertidos. Además esta imagen permite precisar el límite entre la España húmeda y la España seca, evidenciando que tanto las cuencas del Duero y el Tajo, como la del Ebro, forman parte de esta última. En efecto, solo en las cuencas hidrográficas del Norte y de Galicia la precipitación supera al agua que podría gastar en ellas la vegetación, mientras que en el resto de las cuencas la precipitación no alcanzaría a abastecer el gasto de una vegetación permanente que cubriera todo su territorio, siendo así todas (1) ellas naturalmente deficitarias, aunque unas lo sean más que otras.

Al mencionado desequilibrio en cantidad que separa la España húmeda de la seca, reflejado en la Figura 1, se añade otro no menos importante en la calidad natural del agua disponible. Porque la mala calidad de las aguas suele acompañar a la poca cantidad, observándose un gradiente de deterioro de la calidad natural del agua a medida que su cantidad disminuye desde el norte húmedo hacia el sureste árido. Por ejemplo, mientras que en los ríos del norte de la Península el agua sale a los mares con cerca de cien miligramos de sales por litro, siendo por lo tanto prepotable, en las cuencas del sureste sale con miles de miligramos/litro, siendo ya inadecuada para beber e incluso para regar.
Por razones técnico-económicas, las grandes operaciones de trasvase no se plantean desde la verdadera España húmeda, sino desde cuencas que están sometidas también al clima mediterráneo y que son naturalmente deficitarias. Lo cual denota que (...) no se trata de resolver el problema técnico de llevar agua de un territorio naturalmente excedentario a otro deficitario, sino de discutir la conveniencia de utilizar un recurso deficitario en un territorio o en otro

Evidentemente la irregularidad estacional e interanual agrava la situación deficitaria antes mencionada haciéndola más inequívoca: todas las cuencas hidrográficas presentan un déficit natural de agua de calidad, con la excepción de las del Norte y Galicia.

La política hidráulica en vigor mantiene la idea falsa de que la solución del problema del agua en España pasa por enderezar el desequilibrio entre la abundancia de la España húmeda y escasez de la seca. Sin embargo, por razones técnico-económicas, las grandes operaciones de trasvase no se plantean desde la verdadera España húmeda, sino desde cuencas que están sometidas también al clima mediterráneo y que son naturalmente deficitarias. Lo cual denota que los trasvases propuestos tienen, por lo común, dimensiones socioeconómicas y no solo técnicas: no se trata de resolver el problema técnico de llevar agua de un territorio naturalmente excedentario a otro deficitario, sino de discutir la conveniencia de utilizar un recurso deficitario en un territorio o en otro.

Sobre la política hidráulica

En España se acusan cada vez más los efectos perversos de un siglo de políticas de fomento de obras hidráulicas que soslayan sus crecientes costes económicos, ecológicos y sociales. Al alejar el fantasma de la escasez a base obras hidráulicas de oferta promovidas desde el Estado, se incentivaron también usos extremadamente consuntivos y estilos de vida dispendiosos que acrecentaban más todavía el déficit de agua que los nuevos abastecimientos trataban en principio de paliar. La promoción de obras hidráulicas generó así exigencias que resultaban cada vez más difíciles de colmar, como es la avidez sin límite de extender el regadío y los asentamientos poblacionales o industriales por territorios áridos, con la consiguiente revalorización de terrenos.

El ejemplo de California anticipó este tipo de problemas: tras casi un siglo de promoción estatal de obras hidráulicas de oferta apoyadas por el Estado, que llegaron hasta a sugerir la traída de aguas de Canadá, la espiral de obras y despilfarro alcanzó cotas cada vez más insostenibles. Esta espiral estaba firmemente apoyada por lobbies interesados en la construcción de obras públicas y en la revalorización inmobiliaria, tan bien ejemplifiados en la película Chinatown, en la que las empresas hacían “terrorismo hidráulico” desembalsando a escondidas, por la noche, para justificar la necesidad de nuevas y mayores obras hidráulicas. En 1978 el presidente Carter vetó los cada vez más faraónicos proyectos en cartera, con miles de kilómetros de nuevos trasvases, cientos de kilómetros de túneles y enormes bombeos, sin que con este veto se derrumbara el nivel de vida de la población. Pues a la vez que se cerró el grifo de la promoción pública de obras hidráulicas, se apoyó la consideración del agua como un recurso escaso estableciendo un nuevo marco institucional que indujo a economizarla. En vez de nuevos embalses y trasvases para hacer frente al desabastecimiento ocasionado por la irregularidad hídrica típica del clima mediterráneo, se instalaron los conocidos “bancos de agua”, que permitieron asegurar los abastecimientos más prioritarios y valorados con los caudales libre e interesadamente cedidos desde los usos menos valorados. Las transferencias voluntarias entre usuarios próximos suplieron así a las grandes operaciones de trasvase desde territorios lejanos forzadas desde el Estado. Aunque los “bancos de agua” abastecieran solo una pequeña fracción de la demanda, fueron el emblema del cambio desde la mera promoción de obras de oferta hacia la gestión y conservación del agua, popularizando expresiones que designaban el nuevo campo de actuación (y de inversión) de la política hidráulica (como la water management y la water conservation): los logros en ahorro y eficiencia evidenciaron los elevados niveles de despilfarro hacia los que había conducido la política expansiva precedente .
Hay que cambiar con decisión las reglas del juego económico para hacer practicable el paso desde la economía de la obra hacia la economía del recurso, más acorde con los intereses de la mayoría: las tribulaciones del PP al respecto hicieron que las aguas de la crítica que mantuvo desde la oposición, volvieran a su cauce tras más de cuatro años en el gobierno sucumbiendo, al igual que en su día hizo el PSOE, a las presiones de grupos de intereses empresariales y especulativos minoritarios


Sin embargo, a diferencia de Carter, Aznar no parece que vaya a pasar a la historia en nuestro país como el presidente que promovió el cambio desde la economía de la obra (hidráulica) hacia la economía del recurso (agua). Este cambio parecía próximo cuando el PP se sumó, desde la oposición, a las críticas generalizadas que suscitó la retahíla de embalses y trasvases contenidos en el proyecto de Plan Hidrológico de 1993, prometiendo un Libro blanco del agua que abriera un período de reflexión para discutir cuál era la política hidráulica que interesaba aplicar en el país. Pero cuando el PP llegó al gobierno en 1996, no propició la reflexión prometida y el Libro blanco salió a duras penas al final, y no al principio, de la legislatura, ahogando la discusión con una sobredosis de datos y planteamientos poco esclarecedores de la encrucijada en la que se desenvolvía la política hidráulica en España. Con todo, el Libro blanco reconocía la “crisis” de la política tradicional de obras hidráulicas y la “inexcusable necesidad de replantearla”.

Rompiendo con sus antiguas promesas, el nuevo gobierno del PP solicitó al poco de haber sido nombrado, en el 2000, la aprobación urgente de un nuevo Plan Hidrológico cortado por el mismo patrón del antiguo del PSOE que tanto había criticado. Ambos privilegian las grandes obras hidráulicas de oferta desatendiendo la gestión del agua en su conjunto, ambos se apoyan en una misma noción de “recursos excedentarios” o sobrantes para justificar grandes operaciones de trasvase forzadas y financiadas desde el Estado, ambos cierran los ojos a unos desequilibrios regionales que contribuyen a acentuar. Bien es cierto que el PHN 2000 modera sus propuestas de embalses y trasvases con relación al más faraónico plan de 1993, pero aún así mantiene la idea de la existencia de cuantiosos “excedentes” de agua trasvasables sin detrimento de las cuencas cedentes que resulta hoy día a todas luces inadmisible, así como su imposición desde el Gobierno central en un Estado que se pretende descentralizado, siendo ahora el PSOE quien, paradójicamente, critica esta política hidráulica.

¿A qué se debe este baile de disfraces operado entre el PSOE y el PP en terreno de la política hidráulica? La principal explicación estriba en que, mientras no se cambie el marco institucional, economizar agua no es negocio y los lobbies interesados en las obras hidráulicas y el manejo discreccional de las “concesiones” presionan a los gobiernos para que mantengan el statu quo hidráulico de expansión y despilfarro. Hay que cambiar con decisión las reglas del juego económico para hacer practicable el paso desde la economía de la obra hacia la economía del recurso, más acorde con los intereses de la mayoría: las tribulaciones del PP al respecto hicieron que las aguas de la crítica que mantuvo desde la oposición, volvieran a su cauce tras más de cuatro años en el gobierno sucumbiendo, al igual que en su día hizo el PSOE, a las presiones de grupos de intereses empresariales y especulativos minoritarios. En vez de hacer una política hidráulica que refleje los intereses mayoritarios de los ciudadanos, nos encontramos, con una penosa campaña mediática en la que el actual Gobierno intenta “vender” a los ciudadanos, con anuncios a doble página en la prensa, el nuevo PHN 2000 como algo acorde con los intereses de la mayoría.


NOTAS
(1) Tanto en Las Cuentas del Agua en España (1997), como en el Libro Blanco del agua (1999), se observa que en todas las cuencas, con la excepción de las del Norte y de Galicia, la evapotranspiración potencial excede a la precipitación. Por ejemplo, en la ciudad de Zaragoza, que ha capitaneado las protestas contra el trasvase del Ebro, la precipitación (P) anual media apenas supera los 300 milímetros (1 mm = 1 l/m2), mientras que el gasto potencial de la vegetación, es decir, la llamada evapotranspiración potencial (ETP) , se acerca a los 800, arrojando un déficit de más de 400. Para la media de la cuenca del Ebro, incluida su cabecera más lluviosa, cabe estimar P = 630 y ETP = 790, obteniendo un déficit medio de 160 mm.
(2) Véase, Arrojo, P. y Naredo, J.M. (1997) La gestión del agua en España y California, Bilbao, Bakeaz.

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