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Carlos Malamud

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Análisis/Política y sociedad latinoamericana
¿Qué fue de la revolución bolivariana del comandante Chávez?
Por Carlos Malamud, sábado, 7 de abril de 2001
Una de las últimas portadas de revista venezolana Talcual es un sencillo fotomontaje a partir de la cara del presidente Hugo Chávez, a la que se le agrega un impresionante apéndice nasal. Es obvio señalar que el título que acompaña semejante ilustración es el de Pinocho, en clara alusión al gran número de promesas incumplidas del bolivariano comandante, que mantiene buena parte de su popularidad gracias al maná recibido bajo la forma de los altos precios del petróleo.
Tras el brutal desplome de los partidos tradicionales de Venezuela (el democristiano COPEI y el “socialdemócrata” AD –Acción Democrática -), la figura de Hugo Chávez emergió fulgurante en el firmamento político venezolano. Chávez era un outsider de la política, aunque se trataba de un viejo conocido de la opinión pública local tras su destacada participación en el golpe de estado del 4 de febrero de 1992 que intentó acabar violentamente con el gobierno democráticamente elegido de Carlos Andrés Pérez.

En poco tiempo, Chávez y su Movimiento por la Quinta República (MVR) se hicieron con prácticamente todo el poder del país, a tal punto que en escasos meses redactaron una nueva constitución (El Muchachito), hecha a su imagen y semejanza. La nueva constitución, una y otra vez violentada en sus escasos meses de vida, no sólo les permitió controlar el parlamento sino también buena parte de la mayoría de las instituciones de gobierno, convirtiendo la división de poderes en un pura farsa.
Comienza a observarse un paulatino, pero firme y constante, descenso en la popularidad del presidente, pese a la parálisis casi total de la oposición que todavía sigue siendo incapaz de articular una respuesta estructurada contra la revolución bolivariana

Todo el accionar del chavismo y sus satélites se puso bajo la advocación de la revolución bolivariana, que iba a acabar con la corrupción existente en el país y sentar las bases para un fuerte proceso de crecimiento económico y de inclusión de los numerosos sectores sociales marginados y empobrecidos en la década de los 80 y principios de los 90. Quienes hasta entonces se habían beneficiado de los subsidios públicos y de las redes clientelares montadas por los caudillos de los partidos tradicionales se hartaron de tanta palabrería y decidieron darles la espalda para apoyar una aventura populista de incierto final, pero que de todas formas fue recibida con grandes expectativas por los sectores populares.

Si bien es cierto que Chávez mantiene todavía una parte importante del respaldo popular que lo encumbró en las altas esferas del poder de su país, comienza a observarse un paulatino, pero firme y constante, descenso en la popularidad del presidente, pese a la parálisis casi total de la oposición que todavía sigue siendo incapaz de articular una respuesta estructurada contra la revolución bolivariana. Una revolución que, por cierto, es vista con muy buenos ojos por Arturo Cubillas, un etarra deportado en Venezuela, para quien la figura indiscutiblemente imprescindible de Chávez ha llevado a Venezuela ante una oportunidad histórica para recuperar la dignidad, la ilusión, las esperanzas y los sueños arrebatados durante años (ver Carlos Aznárez, Los sueños de Bolívar en la Venezuela de hoy, Ed. Txalaparta, Tafalla, 2000).
Diego Bautista Urbaneja, uno de los mejores columnistas políticos del país ha descrito al chavismo como “una de las más virulentas y desmañadas dosis de populismo petrolero que [Venezuela] ha recibido en su historia”

Sin embargo no todos comparten una postura anclada en el más rancio nacionalismo antiimperialismo de los años 60. Diego Bautista Urbaneja, uno de los mejores columnistas políticos del país ha descrito al chavismo como “una de las más virulentas y desmañadas dosis de populismo petrolero que [Venezuela] ha recibido en su historia”. Uno de los pilares de la estrategia chavista era el Plan Bolívar 2000, encargado de promover el desarrollo nacional y de mostrar al país como gracias a una espléndida alianza cívico-militar se plasmarían las ventajas de la buena gestión gubernamental y el logro de la tan ansiada unidad nacional. Hoy el Plan recibe serias acusaciones de corrupción: cobro de cheques millonarios por gastos no realizados, sobrefacturación en la venta de bienes y servicios al Plan, facturas falsas, etc. En realidad, los escándalos por corrupción son cada vez mayores en un régimen que teóricamente se iba a encargar de pulverizarla.

Pero no es sólo la corrupción lo que preocupa. La presencia de las Fuerzas Armadas es cada vez mayor en un país que había hecho gala durante décadas de la profesionalidad de sus militares. Es paradójico que con un civil como ministro de Defensa, José Vicente Rangel, la injerencia de los militares en la vida pública sea cada vez mayor. Quizá sea producto del intenso romance entre el comandante Castro y el comandante Chávez, quizá un efecto de la propia esencia de la revolución bolivariana, una revolución que últimamente muestra su cara más represiva. La Guardia Nacional, policía militarizada, es enviada con creciente asiduidad a reprimir a los trabajadores del petróleo, a los estudiantes y a cuantos se opongan al orden establecido. En fechas recientes los productores agrarios agrupados en torno a la Fedenaga (Federación Nacional de Ganaderos) amenazaron con rechazar, por la fuerza si fuera necesario, las cada vez más numerosas ocupaciones de sus tierras. Chávez lanzó enseguida la contundente advertencia de que si lo hacen irán presos y que la respuesta de la Fuerza Armada Nacional, que yo comando, será implacable.
El fallo unánime de la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia decidió que el presidente Chávez seguirá en el poder hasta el 1 de enero de 2007, fecha en la que podrá ser reelecto

Los problemas de Chávez no afectan únicamente el frente interno. Colombia y Perú tienen importantes contenciosos con el gobierno venezolano. Colombia mira con temor el trato que reciben los dirigentes de las FARC y del ELN en Caracas y en otras partes del país. No es sólo que los líderes guerrilleros se paseen por las calles de Caracas en coches oficiales y sean recibidos en los despachos de los más altos funcionarios del país, sino que en la práctica reciben por parte de Chávez el tratamiento de parte beligerante en el conflicto. A la oposición frontal de Chávez al Plan Colombia y a la negativa venezolana de extraditar al pirata aéreo José María Ballestas, hay que agregar las recientes maniobras militares bautizadas con el poco sugestivo nombre de Maremoto 2001, realizadas por primera vez en la zona fronteriza de la Guajira, en la que existe un diferendo entre ambos países. Por su parte Perú se queja amargamente del trato de favor dispensado a Vladimiro Montesinos en Caracas. Será por el valioso aporte de Montesinos a la lucha antiimperialista en América Latina, uno de los pilares del eje que están intentando construir Chávez y Castro y al que eventualmente sumarían a Daniel Ortega en caso de que éste triunfara en las próximas elecciones presidenciales a celebrarse en Nicaragua.

Esta semana la prensa venezolana ha hecho público el fallo unánime de la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia que decidió que el presidente Chávez seguirá en el poder hasta el 1 de enero de 2007, fecha en la que podrá ser reelecto. Esto supone no considerar el año y medio de su primer mandato que a efectos de la posible reelección no será tenido en cuenta. Si bien los futuribles no deberían hacernos perder demasiado tiempo, no es confiando en que una agudización de los errores presidenciales y un descenso en los precios del petróleo, que hasta ahora han evitado el desplome de la gestión chavista, eviten la continuidad de Chávez hasta el 2013. La oposición democrática venezolana no debe seguir perdiendo el tiempo en discusiones internas sino que debe trabajar arduamente para convertirse en el menor tiempo posible en una verdadera alternativa de poder.
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