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Opinión/Revista de Prensa
El caso Marey y el terrorismo de Estado en España
Por ojosdepapel, sábado, 24 de marzo de 2001
La resolución del Tribunal Constitucional sobre el "caso Marey", confirmando la sentencia del Supremo, aclara definitivamente uno de los capítulos más funestos de la historia de la democracia española, pero abre un futuro sombrío para Felipe González, a tenor de los casos de los GAL que quedan por resolver.
La resolución del Tribunal Constitucional (TC) sobre el caso Marey ha confirmado la sentencia del Tribunal Supremo que condenó a la cúpula del ministerio del Interior, incluyendo al ex ministro, José Barrionuevo, al ex secretario de Estado, Rafael Vera, y a otros altos cargos y policías. Recordemos que fueron sentenciados por la organización y financiación del secuestro de un ciudadano, con el agravante de que, cuando supieron que no era un miembro de Eta, prolongaron su encierro y, con ello, su sufrimiento para utilizarlo como un instrumento más para sus ilícitos fines (El País, 17-3-2001; El Mundo, 17-3-2001). Queda también confirmado el hecho de que ambos impulsaron y financiaron las acciones de los GAL, siendo sus responsables de más alto nivel (El Periódico, editorial,18-3-2001).

Sólo una parte de la prensa española ha entrado a fondo en el asunto, un sector de aquélla que combatió más a fondo al gobierno González en la denominada “etapa de la crispación,” particularmente el periódico El Mundo y su director P. J. Ramírez, muy beligerante en sus manifestaciones (18-3-2001).
La sentencia pesará determinantemente en los próximos juicios que se avecinan por otras acciones de los GAL, casos Lasa-Zabala y Oñaederra, y de los fondos del ministerio del Interior

Felipe González, o lo que se pueda derivar de sus responsabilidades en este caso, ha sido el principal objetivo de estas intervenciones en la prensa. El se retrató cuando dijo en su momento que “no existen pruebas, ni existirán” sobre su implicación en la guerra sucia (El Mundo, editorial, 17-3-2001). De momento, ya está definitivamente zanjado que sus inmediatos subordinados organizaron una banda con miembros de las fuerzas de seguridad del Estado para desarrollar dicha guerra sucia (Casimiro García Abadillo, El Mundo, 19-3-2001). Pero el problema no se detiene en algo más que esa intuición de estar en el disparadero, mucho peor es lo que se avecina. En primer lugar, como ha fracasado en evitar que sus colaboradores puedan volver a la cárcel, es posible que no aguanten su papel de chivos expiatorios y tiren de la manta (Lorenzo Contreras, Estrella Digital, 20-3-2001).

Por otro lado, la sentencia pesará determinantemente en los próximos juicios que se avecinan por otras acciones de los GAL, casos Lasa-Zabala y Oñaederra, y de los fondos del ministerio del Interior (Francisco López Agudín, El Mundo, 17-3-2001). Las esperanzas para los acusados están prácticamente desvanecidas y, por tanto, las posibilidades de que terminen soltando la verdad son más que probables (Casimiro García Abadillo, El Mundo, 19-3-2001). Efectivamente, la situación de Felipe González es muy delicada.

Para Pedro J. Ramírez la figura del ex presidente ya ha quedado marcada para la posteridad, para la historia, asunto que obsesiona a este periodista, quien además establece una metáfora geométrica escalofriante cuando considera que González, Polanco y Barrionuevo son los vértices del triángulo de las Bermudas que ha hecho “desaparecer” a medios de comunicación y jueces, “el triángulo del poder, el dinero y la sangre” (Pedro J. Ramírez, “Bajo el estigma de la Historia”, El Mundo, 18-3-2001) . La calificación no puede ser más fuerte y rotunda.
Resulta curioso comprobar cómo políticos de uno y otro signo mandan al desván de la historia lo que les incomoda. Si para el PP es el caso Melitón o la condena del 18 de julio, para el PSOE es el caso Marey

El protagonismo que se autoconcede el director de El Mundo en el desvelamiento de las tramas de la guerra sucia es severamente criticado por Pablo Sebastián en su columna de Estrella Digital. Es interesante el rumbo independiente de este periódico electrónico, guiado por Sebastián, quien no se reprime a la hora de alinear a Pédro J. Ramírez entre “los nuevos polancos de la situación”, refiriéndose con ello a la concentración de medios de comunicación auspiciada desde el poder por José María Aznar (Pablo Sebastián, Estrella Digital, 19-3-2001). No es la primera vez que lo dice ni será la ultima. (Para quienes quieran estar al día de las corruptelas de los nuevos amos del poder y los enfrentamientos entre medios, nada mejor que acudir a la lectura de la columna de “El Conspirador” en Estrella Digital, que no tiene desperdicio: es la mejor muestra de las cualidades de Pablo Sebastián como ventrílocuo)

Sin embargo, las pugnas entre medios no se quedan en estas estocadas al director de El Mundo. El País recibe su ración de P. J., quien le acusa de haber mirado para otro lado mientras en los años ochenta se perpetraban los atentados del GAL, haber protegido a Felipe González y de obstaculizar todo lo posible en el esclarecimiento de los hechos (Pedro J. Ramírez, “Bajo el estigma de la Historia”, El Mundo, 18-3-2001) También Sebastián acusa a el editorial de El País, “lacónico y encubridor” de “liarse a palos con todos los que han colaborado en denunciar en su día, el crimen y la corrupción instalada en el gobierno socialista” y de haber mezclado “en el mismo carro a los demócratas limpios que lucharon contra el franquismo con delincuentes del PSOE que usaron el poder democrático para robar, matar, torturar o secuestrar” (Pablo Sebastián, Estrella Digital, 19-3-2001). Efectivamente, El País había descalificado por la manipulación del caso GAL a “una abigarrada cohorte de chantajistas, delatores y justicieros”, que no hay duda de que haberlos los hubo, aunque convierte la parte en el todo, olvidando que las pruebas, las pistas y los deseos de confesar no llegaron mágicamente y permitieron resolver el caso de forma espontánea (El País, editorial, 18-3-2001).

Un capítulo importante se lo lleva la actitud del partido socialista. La nueva dirección se ha separado convenientemente de las antiguas posturas numantinas y desafiantes a la autoridad judicial y a la democracia heredadas de la época de Felipe González y la vieja guardia y ha acatado la sentencia (Javier Pradera, El País, 21-3-2001). Hasta el número dos del partido, José Blanco, chusco él, ha manifestado que eso era cosa del “siglo pasado” (ABC, 18-3-2001). Resulta curioso comprobar cómo políticos de uno y otro signo mandan al desván de la historia lo que les incomoda. Si para el PP es el caso Melitón o la condena del 18 de julio, para el PSOE es el caso Marey. Pero lo cierto es que uno y otro deben reconocer sus responsabilidades morales y alinearse sin matices, ni paseos por el desván, con la democracia con todas las consecuencias, por mucho que duela el pasado, la catarsis les reportará muchos más beneficios.
La sociedad española pedía a gritos una acción encubierta contra el terrorismo. Las cosas cambiaron después, pero esto es innegable. Y es verificable en las hemerotecas que fueron muy escasas las voces que se alzaron en contra y se preguntaron qué pasaba, cuando era evidente que todo aquello apestaba a guerra sucia

Sin embargo, hay algo en lo que llevan razón la vieja guardia socialista y El País, alineados siempre en el mismo bando. La condena está clara y no cabe reparo alguno, pero se dan elementos en todo este proceso que no encajan. En primer lugar, la guerra sucia anterior, y más intensa, a la llegada del partido socialista al poder, sin que ello pueda atribuirse a los jefes de gobierno anteriores, de los que sí puede decirse que no empeñaron precisamente su vida en resolverlos y el hecho sabido que tanto el Batallón Vasco-Español como ATE (Anti Terrorismo Eta) estaban controlados, al menos, por mandos policiales. (Javier Pradera, El País, 21-3-2001). ¿Por qué la prensa confesadamente antifelipista no se ha volcado en la investigación? Sencillamente, no les ha interesado. Está el hecho irrefutable de que antes y después de 1982 eran los mismo los mercenarios franceses los empleados en la guerra sucia (Javier Pradera, El País, 21-3-2001).

En segundo lugar, y principal, es que la sociedad española pedía a gritos una acción encubierta contra el terrorismo. Las cosas cambiaron después, pero esto es innegable. Y es verificable en las hemerotecas que fueron muy escasas las voces que se alzaron en contra y se preguntaron qué pasaba, cuando era evidente que todo aquello apestaba a guerra sucia (Gabriel Albiac, El Mundo, 13-3-2001, Juan Carlos Rodríguez Ibarra a El Mundo, 19-3-2001). Es del todo insostenible la exculpación que hace El Mundo en su editorial alegando que los políticos no se habían enterado por el silencio que rodeaba a las operaciones, lo cual recuerda a aquello de que González también se enteraba por los periódicos (El Mundo, 19-3-2001). El precio de esta inmadurez de la mayoría fue la deslegitimación de la democracia española ante el escenario internacional y en el interior de la sociedad vasca. Aunque debe quedar claro que, con o sin guerra sucia, Eta habría actuado igual y el PNV y EA también habrían derivado hacia la misma línea cómplice y parasitaria del independentismo violento. Lo venían anunciando desde el principio, además de formar parte de su historia y de la mentalidad impulsada de su fundador.

Hechos como la resolución del TC sobre el caso Marey, la ausencia de violencia contraria a la vil coacción de los terroristas y sus cómplices, la impecable actuación de los cuerpos de seguridad y las garantías políticas y judiciales son la mejor prueba de que aquélla funesta etapa está superada desde hace mucho tiempo y que la democracia española cuenta con todas las garantías para defenderse de forma legal y eficaz de dicha plaga terrorista (El Correo, editorial, 18-3-2001; ABC, editorial, 22-3-2001)
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