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Carlos Malamud

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Análisis/Política y sociedad latinoamericana
¿Debe hablar Marcos en el Congreso?
Por Carlos Malamud, sábado, 24 de marzo de 2001
En estos días estamos asistiendo a un interesante debate en México acerca del deseo de Rafael Guillén, mundialmente conocido como el subcomandante Marcos, de presentarse encapuchado y en uniforme de combate ante el pleno de ambas cámaras del Congreso federal mexicano para explicarle a sus señorías su postura acerca del conflicto indígena.
Tras el zapatour Marcos creía haber tocado el cielo con las manos. Las masas lo habían acompañado y protegido a lo largo de más de 3.000 kilómetros y un selecto grupo de personalidades nacionales y extranjeras aguardaban su llegada al Distrito Federal. Como no podía ser de otra manera, llenó el Zócalo, tras lo cual decidió buscar cobijo entre los estudiantes universitarios. A partir de allí comenzaron los problemas. De repente, quién dominaba magníficamente la escena en un medio selvático y rural parece que ha comenzado a perder los papeles en el mundo urbano. Es que resulta bastante más fácil seducir a respetables damas, entregadas periodistas o reputados intelectuales en medio de La Realidad (dícese de la guarida selvática del subcomandante), que en el más conocido y trivial medio urbano, donde sólo lo rutinario se convierte en anécdota.

Ya en camino al DF, Marcos amenazó con volver a las armas si sus demandas no eran escuchadas, aunque al poco tiempo tuvo que desdecirse de sus palabras, no porque dejara de creer en ellas, sino porque en ese momento sonaban inconvenientes. Una vez instalado en su nuevo hogar afirmó que permanecería en la ciudad de México hasta tanto el Congreso aprobara la ley indígena. Cuando descubrió que las cosas no eran tan sencillas y que el Poder Legislativo Federal no estaba dispuesto a reunirse en pleno para escuchar la soflama de un enmascarado cambió de plan y amenazó con volverse a casa, con retornar a la selva. Hoy todavía está deshojando la margarita.
Para alguien acostumbrado a interpretar la realidad a partir de la confrontación de clases, de aislar la contradicción principal separándola de las secundarias, de cotejar permanentemente lo que ocurre en la infraestructura sin dejarse deslumbrar por lo que sucede en la superestructura debe resultar obvio que todo sigue igual

Hay dos elementos de los últimos discursos marquianos a los cuales me quiero referir. En primer lugar su afirmación de que nada ha cambiado en México, lo que implica equiparar al presidente Fox con sus antecesores priístas. En segundo lugar, su teoría del retorno a la selva, que mucho habla del profundo desconocimiento que tiene nuestro personaje del funcionamiento de un sistema democrático. Para la mayoría de los mexicanos, las elecciones de julio de 2000 que permitieron el espectacular triunfo de Fox sobre el candidato del PRI fueron el capítulo inicial de una obra todavía inacabada llamada transición a la democracia. Esta obra tuvo un capítulo central en diciembre cuando Fox ocupó el cargo de presidente de la Federación. Sin embargo para Marcos todo sigue igual. Es evidente que para alguien acostumbrado a interpretar la realidad a partir de la confrontación de clases, de aislar la contradicción principal separándola de las secundarias, de cotejar permanentemente lo que ocurre en la infraestructura sin dejarse deslumbrar por lo que sucede en la superestructura debe resultar obvio que todo sigue igual.
Qué dirían los indios lacandones si una delegación parlamentaria se adentrara en Chiapas y concurriera a sus lugares de culto portando monstruosas radios o grabadoras con música discotequera a todo volumen

Marcos pudo viajar tranquila y confortablemente, sano y salvo, a través de casi medio México porque nada cambió. En realidad, si no hubiera sido por los dispuestos muchachos italianos que lo protegían de las balas enemigas nunca hubiera llegado a su destino en el DF. Si el problema indígena ocupa hoy un lugar destacado en la agenda política del país no es porque el presidente lo rescató del olvido (para solucionarlo en 15 minutos) pese a tratarse de un tema que, bien o mal, despreocupa a la gran mayoría de los mexicanos, sino gracias a la constancia y a la perseverancia de los zapatistas.

Como nada ha cambiado Fox puede decir las siguientes palabras: “Como Presidente de todos los mexicanos y como parte integrante del proceso legislativo hago un llamado respetuoso al Congreso de la Unión para que encuentre los espacios y las formas para recibir y escuchar al EZLN y para que procese y decida sobre la reivindicación de los derechos y la cultura de los pueblos indígenas. [También] es nuestro deseo que el diálogo prospere para apoyar e impulsar, junto con los legisladores, el EZLN y los integrantes de los pueblos indígenas del país la aprobación de la reforma constitucional”. Pero ya se sabe, la retórica del poder es sólo un conjunto de palabras huecas. Las buenas son las otras, las que explican claramente y sin dobleces a los indígenas como funcionan de verdad las cosas.

Con todo, desde la perspectiva del futuro de la democracia en México la pregunta central que uno debe formularse en relación con este problema es si Marcos puede y debe hablar ante el Congreso de la Unión y si puede hablar encapuchado. Me decía una amiga periodista, buena conocedora de la realidad mexicana, que el estómago del sistema político de aquel país es muy ancho y que puede digerir no sólo a Marcos hablando encapuchado en el recinto parlamentario sino también otras monstruosidades más, como ya ha sucedido en el pasado. Mi respuesta es que no se trata de eso. No se trata del futuro de México sino del futuro de la democracia mexicana, que no es lo mismo. Y si para los indios los ritos y los símbolos son importantes, para la democracia también lo son. Qué dirían los indios lacandones si una delegación parlamentaria se adentrara en Chiapas y concurriera a sus lugares de culto portando monstruosas radios o grabadoras con música discotequera a todo volumen. Los gritos por la profanación del lugar sagrado se oirían en todas las páginas web del mundo. Pero nuestra papanatería es tan grande que cuando algunos intentan profanar el parlamento nos parece algo normal. Nuestro relativismo ya ha llegado a tales extremos que con tal de resolver el conflicto, todo vale.

En realidad, si los parlamentarios mexicanos quieren construir su democracia sobre bases sólidas se deben negar a un acto de semejante naturaleza. Me parece muy bien que el Sr. Guillén (el presidente Fox habla del subcomandante Marcos), a cara descubierta, comparezca ante una comisión del congreso para discutir sobre la ley indígena. También debe quedar perfectamente claro que carece de la representatividad necesaria y de la legitimidad que le dan los votos y que hasta ahora no está dispuesto a negociar ni una mísera coma de su programa máximo, lo que equivale a no querer negociar. Marcos da la sensación de que desdeña al Parlamento y de que el poder le es totalmente ajeno. ¿Entonces, por qué tanto empeño en marchar al Congreso y querer aprobar una ley? Después de mucho tiempo y gracias a mucho esfuerzo los mexicanos están sentando las bases para construir una democracia sólida y estable en su país. Que no pierdan el norte y no se dejan arrebatar lo que tanto trabajo les costó conseguir.
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