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    AUTOR
Eduardo Gil Bera

    GÉNERO
Biografía

    TÍTULO
Baroja o el miedo

    OTROS DATOS
Barcelona, 2001, 2.900 pesetas

    EDITORIAL
Península




Reseñas de libros/No ficción
Un Baroja imaginario
Por Justo Serna, sábado, 17 de marzo de 2001
Una biografía enrabietada de Pío Baroja que documenta mentiras y errores del biografiado y que se empecina obsesivamente en mostrar la compulsión a la mendacidad que aquél habría padecido y del que el biógrafo sería su ¡nquisidor.
He de confesar que tenía buena disposición cuando adquirí el volumen, que le tenía un prejuicio favorable. Había leído un comentario favorable de Andrés Trapiello en La Vanguardia: su autor celebraba el vitriolo y la desmesura, la documentación y el empeño, la información y la peligrosa erudición que corrige o desmiente. Varias eran las cosas que, de entrada, me sorprendían. La primera, claro, el título, Baroja o el miedo. Sabía que se trataba de una "biografía no autorizada", según reza el reclamo editorial, y por tanto me maravillaba y me intrigaba que el misterio de una vida, que su clave existencial, estuviera en eso justamente, en el miedo, en la cobardía a que da lugar: cifra, compendio y resumen que aclara avatares, que ilumina vicisitudes, que ordena peripecias y que completa pesquisas. La segunda cosa que me sorprendía era propiamente el autor del volumen, Eduardo Gil Bera. Me apresuré a averiguar algo de él, porque --ignorancia culpable-- lo desconocía todo. Para mi vergüenza y oprobio, descubrí que Gil Bera no sólo no es autor novel, sino que, además, es polígrafo, reúne títulos y premios, cultiva el ensayo, la novela y la poesía, es bilingüe, es decir, domina el castellano y el eusquera y, para colmo, es traductor de algunos escritores que me agradan, que conozco y que con él comparto. La tercera cosa que me espoleaba eran los exergos iniciales, aquellos que pueden tomarse como sus instrucciones de lectura, las citas de autoridad que dan principio a la obra y que son ornamento y guía: el primero de ellos, perteneciente a Josep Pla, hace alusión a que "algún día se tendrá que decir la verdad sobre Baroja"; el segundo, del propio biografiado, es una cita acerca del miedo, del miedo ordinario y metafísico, particular y universal. La cuarta cosa que me maravillaba, al menos por lo que el editor prometía, era el aparato crítico que se anunciaba, el soporte documental y el completo sistema de referencias en que se habría apoyado el biógrafo: una corrección minuciosa de las torrenciales y dilatadas memorias del propio Baroja, para lo cual Gil Bera se habría empeñado en contrastar datos, hechos e interpretaciones con informantes cualificados y con la bibliografía oceánica y parasitaria que rodea al novelista vasco.
O Baroja es el mayor mentiroso del orbe o las mentiras con que retocó su vida y su recuerdo son tan comunes como las de cualquiera de nosotros cuando evocamos nuestra mejor imagen, cuando reparamos en nuestro mejor perfil

Sin embargo, pronto, muy pronto, esa predisposición comenzó a flaquear, debilitada por varias cosas que me pusieron en guardia, varios vicios que me desagradaron o simplemente me incomodaron. El primer descubrimiento del lector, que desde su adolescencia degustó Zalacaínes, Shantis Andías y otros, es el de un biógrafo enrabietado, un biógrafo que parece haber empleado horas y días para afearle la conducta al biografiado, para desmentir una a una las aseveraciones que Baroja hiciera de sí mismo: o Baroja es el mayor mentiroso del orbe o las mentiras con que retocó su vida y su recuerdo son tan comunes como las de cualquiera de nosotros cuando evocamos nuestra mejor imagen, cuando reparamos en nuestro mejor perfil. El segundo hecho que me sorprendió no fue ya la compulsión a corregir, el desvelamiento inquisitorial de la doblez y de la mendacidad, sino la falta de entusiasmo que el biógrafo parecía tener por los relatos del vasco al suponerlo folletinista rezagado, escritor sin estilo, prolífico e inescrupuloso. Si eso es cierto, ¿a qué ocuparse de un personaje que nos es antipático y del que no apreciamos ni siquiera la virtud que otros celebran? El tercer descubrimiento afectaba al sujeto mismo de la enunciación, es decir, se refiere a los modos y maneras expresivos del biógrafo: un biógrafo que, lejos de cancelarse, se adueña de su relato enjuiciando, denostando, bromeando, vilipendiando, calificando; un biógrafo que condena a éstos y a aquéllos, al novelista y a sus contemporáneos por advertir en todos o en la mayoría doblez, miedo, fatuidad, envidias, odios, rivalidades. Ahora bien, lo que el lector descubre con sorpresa y desagrado es que esa tarea de corrección, esas inquisiciones y esas anotaciones que validan o desmienten no están respaldadas por llamadas que revelen fuentes y documentos, orales o escritos. A cambio, comprueba con estupor el sorprendente, frecuente y dudoso uso referencial de las ficciones barojianas, como si en ellas pudieran hallarse confirmación o mentís de lo que Gil Bera averigua.
Falta la autoironía: la tolerancia con las mentiras ajenas y con las flaquezas humanas sólo se da cuando uno mismo no se cree investido de un papel inquisitorial, cuando uno mismo deja de ser un Zeus tonante, por saberse herido y vulnerable como todos

Escrita con un castellano rico, un castellano que hace del insulto y de la condena su recurso, un castellano que alcanza la excelencia en la acidez verbal y en el tono avinagrado, la biografía acaba, sin embargo, por aburrir, por provocar el tedio. La mala uva continua, el enfado sin descanso, la invectiva sin desmayo terminan por agotar la paciencia del lector. En esta obra hay sarcasmo, que no ironía; hay una actitud iconoclasta universal y gratuita (¿a qué, por ejemplo, calificar Carlos V y sus banqueros como "una obra muy gorda" de Ramón Carande?). Pero falta la autoironía: la tolerancia con las mentiras ajenas y con las flaquezas humanas sólo se da cuando uno mismo no se cree investido de un papel inquisitorial, cuando uno mismo deja de ser un Zeus tonante, por saberse herido y vulnerable como todos. Sin embargo, esto mismo tal vez sea difícil, tal vez sea pedir demasiado, para un autor como Gil Bera, tan galardonado, para un autor probablemente ensoberbecido por haber sido merecedor de tantos premios --culpablemente ignorados por este lector-- en certámenes donostiarras y vizcaínos.
Las grandes mentiras, las verdaderamente logradas --como fueron las de Pla o Baroja--, son otro modo de pensarnos potencialmente, de fingir que estuvimos allí o de que hicimos aquello, de solapar lo real con la invención, de mezclar lo imaginado y lo deseado

Pero, en fin, la clave de este libro, aquello que el propio biógrafo nos da inmediatamente, al principio, es la cita de Josep Pla, el exergo que está en el frontispicio de la obra y que repito: "algún día se tendrá que decir la verdad sobre Baroja". Que una invocación a la verdad frente a la doblez, que una vindicación de la certeza frente a la ficción y a las mentiras, se haga con el respaldo del escritor ampurdanés es auténticamente chistoso, cómico, un sarcasmo involuntario o una fina, inteligentísima, ironía del biógrafo. Josep Pla cultivó numerosos géneros e hizo de la crónica, del diario y del escrito autorreferencial su manera ordinaria de expresión. Invocando un realismo genético y predicando la voluntad de verdad, el ampurdanés multiplicó el número de sus páginas al modo de un testigo, de un observador minucioso y fiel. Con los ojos abiertos y evitando los géneros de ficción --para los que no parecía estar bien dotado--, Pla se desdobló en numerosos textos circunstanciales y testimoniales cuya cualidad más celebrada fue la del verismo, la de la autenticidad descriptiva y expositiva. Desde hace un tiempo sabemos que eso fue una impostura, que los yoes del ampurdanés --el yo empírico y el yo de la enunciación-- no coinciden, que los géneros testimoniales los tomó para rehacerse con logro y artificio como si de un personaje literario se tratara. A Xavier Pla le debemos una minuciosa, inteligente y, en ocasiones, algo prolija investigación sobre el yo literario del escritor catalán (Josep Pla. Ficció autobiográfica i veritat literària. Barcelona, Quaderns Crema, 1997), una investigación en donde nos muestra la escasa fiabilidad del testimonio, el hallazgo de sus mentiras, la composición ficticia empleando géneros autorreferenciales. ¿De qué vamos a acusar a Pla? ¿De mendacidad? Probablemente no sea razonable hacerlo, pero tal vez no sea el escritor ampurdanés la mejor invocación para buscar la verdad de un autor, Pío Baroja, que se desplegó con retoques, con añadidos, con aderezos y atavíos en esa autobiografía potencial que es toda su obra y no sólo sus memorias: un relato minucioso que, en ocasiones, se demora en detalles insustanciales, que en otras se extiende en lo fundamental y que en otras corrige y se piensa en lugares en donde nunca estuvo pero en los que muy bien pudo haber estado. Las grandes mentiras, las verdaderamente logradas --como fueron las de Pla o Baroja--, son otro modo de pensarnos potencialmente, de fingir que estuvimos allí o de que hicimos aquello, de solapar lo real con la invención, de mezclar lo imaginado y lo deseado. Leamos las memorias de Baroja como si de una narración fabulosa se tratara y pidamos a su biógrafo, a quien con porfía e inquisición detalla errores o se empecina puntillosamente en afearle conductas ficticias, que se relaje, que se respalde en una chaise longue y que disfrute del artificio barojiano, del relato que es él mismo y que es la propia base de su personaje. Ésa, como nos advirtió Vargas Llosa, es la verdad, la poderosa verdad de las mentiras.
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