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    AUTOR
Rüdiger Safranski


    GÉNERO
Biografía

    TÍTULO
Nietzsche. Biografía de su pensamiento


    OTROS DATOS
Traducción de Raúl Gabás. Barcelona, 2001, 410
páginas, 3.500 pesetas.


    EDITORIAL
Tusquets




Reseñas de libros/No ficción
"Yo no soy un hombre, soy dinamita"
Por Justo Serna, sábado, 24 de marzo de 2001
Los cien años transcurridos desde la muerte de Nietzsche le han devuelto actualidad. Se multiplican las biografías. Una de ellas es la de Safranski.

El 25 de agosto de 1900, después de haber estado postrado durante diez años, después de un derrumbe psíquico del que ya no se recuperó, fallecía Friedrich Wilhelm Nietzsche. Transcurrido un siglo, el recuerdo de su vida y de sus ideas ha culminado en una efeméride de libros, de reediciones y de nuevos volúmenes que analizan y subrayan lo que dijo y lo que hizo. Podemos discutir acerca de sus logros doctrinales o, incluso, podemos reprocharle retrospectivamente el sacrificio biográfico que se infligió a sí mismo y la coherencia personal que se exigió; podemos celebrar su apuesta atea a favor del individuo y de la vida o podemos, por el contrario, imputarle los efectos perversos, las consecuencias post mortem, de unas ideas expresadas metafóricamente, a martillazos. Pero, desde luego, lo que no podemos ignorar es su hondura, su atrevimiento, sus hallazgos, su estilo y su grandísimo ascendiente sobre tantos y tantos lectores. En efecto, Nietzsche ha sido uno de los pensadores más perdurables del novecientos y sus concepciones han sido extraordinariamente influyentes, incluso entre aquellos que no frecuentaron sus obras, entre quienes vivían en una época nietzscheana sin saberlo. Que hoy reparemos en sus ideas, en sus inquietantes y seductoras ideas –que fueron intempestivas y hoy, sin embargo, parecen dichas para nosotros--, no se debe sólo a la actualidad circunstancial de la muerte, del siglo transcurrido desde su muerte, a la superstición que rendimos a los números redondos. Que aún hoy nos demoremos en sus páginas se debe a la clarividencia de sus hallazgos y a la expresión exacta, precisa y desgarrada de nuestro dolor, al descubrimiento insoportable de nuestra soledad, del vacío y de la contingencia que nos aquejan. No fue, desde luego, el primer pensador que nos enfrentó a la muerte y a la finitud, pues otros antes y después que él lo hiciera nos hablaron del cese de toda metafísica compensatoria, del fin de la providencia y del sentido trascendente. Pero fue él quien mejor lo supo decir, aquel que con un estilo aforístico, metafórico, contundente y dolido, avecindó expresión y doctrina, vacío y forma. La literatura sobre Nietzsche es oceánica. Generaciones y generaciones de exégetas e intérpretes han vuelto sobre él, sobre sus pensamientos y sobre su biografía, y han multiplicado hasta el vértigo el número de los libros parasitarios, los libros que le rinden tributo, que lo impugnan, que lo completan o que lo matizan aseando la expresión indómita de sus ideas. Nietzsche emprendió una aleación de vida y obra, y la logró hasta tal punto que sus doctrinas fueron y son inseparables de la coherencia personal con las experimentó. Más aún, el propio pensador no quería sino vivir de acuerdo con unas ideas que eran la celebración inmanente de la vida que nos ha sido dada, quería morir rebasado por la vida, llevándola hasta el límite, expandiéndola, haciendo del día a día, de la vigilia y del sueño, los momentos de una auténtica obra de arte.

Nietzsche ha sido uno de los pensadores más perdurables del novecientos y sus concepciones han sido extraordinariamente influyentes, incluso entre aquellos que no frecuentaron sus obras, entre quienes vivían en una época nietzscheana sin saberlo

Los comentaristas académicos de la gran filosofía suelen separar vida y obra. Si las ideas son perdurables, si los logros del pensamiento son memorables, esas obras rebasan el cuerpo mortal, rebasan el contexto en que se alumbraron. Su verdad –se nos dice— no puede reducirse al avatar personal o circunstancial en que fueron pensadas, porque, de aceptarse esa posibilidad, la verdad de la obra sería extratextual y estaríamos en un tris de recaer en una forma u otra de determinismo. Reparemos, por ejemplo, en el destino que se le ha reservado a la biografía Michel Foucault, un autor muy próximo a Nietzsche, y que ha provocado una controversia entre sus biógrafos. Hay, en efecto, una interesante y dura liza entre Didier Eribon, David Macey y James Miller por hacerse con la mejor explicación y aleación entre vida y obra. Se trata una liza paradójica dado que el propio biografiado optó por multiplicar sus vidas, por ocultarse en sus libros, por camuflarse violentado la noción misma de sujeto, de autor y de obra; se trata de una controversia áspera y reduccionista en la medida en que algún biógrafo ha querido erigirse en neurótico defensor y celoso guardián del personaje y algún otro ha sido acusado de “aclarar” el enigma del pensador reduciendo la obra a un prurito sexual.

Sin embargo, aunque nos desagraden esos reduccionismos y esos excesos o tutelas post mortem, no debemos inferir de ello la impertinencia o la irrelevancia de lo biográfico. Lo biográfico sigue siendo necesario en la filosofía, porque arroja luz sobre los sistemas de pensamiento y porque aclara –ahora así— las intenciones y los usos de los lectores, de los exégetas y de los comentaristas. Por tanto, queriendo oponerse a los determinismos que reducen el texto y las ideas que encierra, la interpretación filosófica podría incurrir en el vicio contrario, en una suerte de idealismo que excluye lo orgánico, lo contingente. No someter la obra a la vida es, desde luego, un modo de guardar respeto, de conceder hondura a lo que la efectivamente la tiene, un modo de evitar el reducionismo sociológico, dado que el significado o la verdad de unas palabras están en la misma expresión y no fuera de ella. Por eso, tan frecuentemente las exégesis de los profesores de filosofía excluyen o limitan al máximo las alusiones a la vida, a la historia concreta y a las circunstancias irrepetibles en que se concibieron. Hay, en efecto, historias de la filosofía, pero suelen entenderse preferentemente como un suceder de sistemas, como una sucesión de doctrinas que escapan al yo mortal que las expresó. Hay, sin embargo, algo de amputación en esta operación descontextualizadora porque el significado o la verdad de aquellas palabras están efectivamente en la misma expresión, pero ésta tiene siempre un escenario, un soporte material o físico que es un repertorio de códigos de actualización y de interpretación. La causa de la obra filosófica no es la vida, el malhumor o las alegrías de la vida, en la medida en que el pensador aspira a rebasar ese límite; la explicación de una doctrina no está en el contexto de su alumbramiento, en la medida en que esa especulación aspira a la universalidad. Pero la obra y la doctrina son productos contingentes y se deben a un ser lastrado por la finitud, por unos límites sobre los que puede callar pero de los que obra y doctrina son deliberadamente o no su oposición, su superación, su sublimación, su quintaesencia, su emblema o su condensación. Hay en ello una empresa titánica que consiste en hacer algo nuevo, algo original, algo nunca visto, contando para ello con materiales viejos, reconocibles, ya empleados, los propios de la tradición y los propios de la vida personal. Sabemos que no hay interpretación universal e inconcreta, sino que depende de un contexto. Entre otras perspectivas, la dimensión pragmática del lenguaje –sobre la que tanto se ha insistido en el siglo XX a partir, por ejemplo, de Wittgenstein—, la historia efectual que postulara Gadamer, la misma teoría de la recepción o la semiótica nos han insistido en las condiciones decisivas de la expresión y de su comprensión, de la comunicación. Si aceptamos esa evidencia para la interpretación, ¿seguiremos obstinándonos en la creación increada por temor al sociologismo? 

Si Nietzsche celebró la vida, la expansión de la vida en su misma materialidad orgánica –tal y como aprendió de Schopenhauer--, es obvio que esa enseñanza puede y debe aplicarse a su vida

Ya Nietzsche intuía todo esto y él mismo nos lo advirtió explícitamente en un pasaje conocido. “Poco a poco –leemos en Más allá del bien y del mal—se me ha ido manifestando qué es lo que ha sido hasta ahora toda gran filosofía: a saber, la autoconfesión de su autor y una especie de memoires no queridas y no advertidas”. En el filósofo –añade—“nada, absolutamente nada es impersonal; y es especialmente su moral la que proporciona un decidido y decisivo testimonio de quién es él –es decir, de en qué orden jerárquico se encuentran recíprocamente situados los instintos más íntimos de su naturaleza”. Si Nietzsche celebró la vida, la expansión de la vida en su misma materialidad orgánica –tal y como aprendió de Schopenhauer--, es obvio que esa enseñanza puede y debe aplicarse a su vida. Además, como fue la suya una existencia excitante y derrotada, una auténtica obra de arte, una existencia exaltada y pródiga en soledades, en sucesos interiores y en avatares personales, una existencia culminada con el delirio, es comprensible que numerosos exégetas se abalancen sobre ella con el fin de exhumar su secreto, su devenir o, al menos, el respaldo biográfico que tuvieron sus ideas. En efecto, en Nitezsche no hay nada impersonal.

De entre los autores que últimamente han escrito sobre él destaca Rüdiger Safranski. A este profesor alemán de filosofía, nacido en 1945, el año de la derrota del Reich, le debemos algunos libros importantes. En España se han editado tres biografías escritas por él. La de Nietzsche –el último estudio que ha publicado--, la de Heidegger y la de Schopenhauer. He mencionado las tres en el orden inverso de escritura y de aparición, y esas biografías parecen completar, en efecto, un itinerario de la filosofía alemana. Son lo que, en el medio académico, se llamaría biografías intelectuales, es decir, pertenecen a aquel género en el que su autor pone el énfasis en los aspectos propiamente doctrinales de la vida, en la formación y en la creación de un pensador, sin demorarse en lo cotidiano, sin extenderse demasiado en las alegrías y en las miserias de lo cotidiano. ¿Demasiado? ¿Cuánto es lo justo, lo adecuado? En una biografía convencional, el interés del lector se centra en lo que hace cada vida diferente, en lo que distingue a este personaje. Se trata de averiguar cómo enfrentó la vida y cómo se desempeñó, si fue un individuo calamitoso, un cobarde, un héroe, todo ello a la vez o sucesivamente. De esos textos, el lector aprende mucho: me hace otear la trayectoria de un par, me hace medirme con él, tomarlo como un interlocutor o incluso emplearlo como una proyección mía interrogándome sobre sus elecciones y sobre lo que yo habría hecho de haber estado allí. En las biografías intelectuales ese aspecto concreto y ordinario suele estar algo desvaído, puesto que se sacrifica al momento o resultado de la creación, a la obra o a la idea que se alumbró. En las biografías intelectuales de Safranski, ese desvanecimiento de lo cotidiano es evidente. Pero es, a la vez y sobre todo, una opción deliberada, marcada y explícita por la que se inclina el autor.

De hecho, con mayor o menor extensión, Safranski incluye siempre una cronología referida Schopenhauer, a Heidegger o a Nietzsche, tal vez porque sabe que ese apéndice es una ayuda necesaria que requiere el lector. Ese lector, en efecto, difícilmente podría reconstruir el día a día de los tres pensadores si no contara con ese auxilio, porque el cuerpo central del texto --la prosa que reconstruye la “biografía”—es o acaba siendo un ensayo sobre el origen de las ideas, sobre su producción, sobre los referentes en los que se funda y sobre los ecos que provoca. Hay páginas y páginas en que no hay existencia propiamente, en que no hay carne ni avatar, en que no hay zozobra cotidiana ni elecciones ordinarias. Cuando lector lleva párrafos y párrafos sin vida o, al menos, cuando el lector lleva un tiempo si apreciar las repercusiones que esas ideas tuvieron para la vida del biografiado y comienza a interrogarse de si, en efecto, está ante un auténtica biografía, Safranski detiene la escritura y cambia de registro. Desciende y detalla, por ejemplo, algún hecho relevante: en Schopenahauer, la relación con la madre y con Goethe; en Heidegger, la relación con Hanna Arendt; en Nietzsche, la relación con Lou Salomé. Cuando el lector se interroga sobre el molde y el modelo de estas biografías, Safranski regresa a los afectos, se extiende sobre los amores y los odios, sobre las miserias del personaje y sobre lo desastroso o heroico de su comportamiento. La estrategia está tan bien desarrollada que el lector, precisamente, le perdona esa escasa vida documentada. Si Safranski presentara sus libros como ensayo, entonces se apreciaría que sus textos son absolutamente parasitarios, filológicamente respetuosos de lo dicho por el autor, dependientes de sus ideas, y entonces justamente le exigiríamos mayor audacia doctrinal o analítica, mayor despegue y mayor despego; le pediríamos que se distanciara de las elaboraciones del pensador para retarlo, enmendarlo o completarlo. Ahora bien, al presentar sus textos como biografías –insisto, con escaso detalle propiamente biográfico--, la cercanía a la literalidad de lo dicho por el pensador se convierte en requisito y lo que pudo reprochársele adoptando otro género es aquí condición necesaria, virtud.

La reconstrucción del pensamiento propiamente dicho que Safranski emprende es muy correcta, ajustada a lo que se sabe de él (...) Menos atinado, incluso urgente y poco detallado es el capítulo final que le dedica a las repercusiones, lecturas e interpretaciones de la obra

Exégesis y parafraseos, resúmenes y compendios, son así el núcleo de sus páginas, páginas de las que se excluyen pormenores documentados y que, lejos de ser chismorreo o calderilla biográfica, son aspectos centrales o importantes que revelarían la otra faz del personaje. Al margen de la calidad de una y otra, y de los logros de una y otra, convendría a este respecto comparar, por ejemplo, Nietzsche en Turín (Barcelona, Gedisa, 1998), de la que es autora Lesley Chamberlain, comentarista del TLS y la biografía de la que es autor Safranski: Nietzsche (Barcelona, Tusquets, 2001). La primera, que lleva en inglés el subtítulo de The End of Future, se nos presenta por parte del editor español como “una biografía íntima” y, en efecto, se demora en aspectos privados de la vida de Nietzsche, de sus dolencias, de sus miserias y de sus soledades para remontarse al tiempo que precedió a ese último año de lucidez, cuando el pensador vagaba y expiaba sus intuiciones en Turín. Es decir, haciendo uso de la analepsis, Chamberlain emprende vaivenes biográficos que le permiten completar lo que Nietzsche había sido hasta 1889, vaivenes y prospecciones que le permiten reconstruir su pensamiento y su elaboración. Por el contrario, la segunda obra, la de Safranski, dice expresamente lo que es y con ello indica el detalle y pormenor biográfico al que renuncia. Su subtítulo es explícito: Biographie seines Denkens (Biografía de su pensamiento). La reconstrucción es probablemente más completa y al lector se le transmite con fuerza y con expresión la trascendencia del pensamiento nietzscheano, pero hay muchas renuncias y se pasa muy rápidamente sobre la vida cotidiana, sobre aquellos momentos en que Nietzsche luchaba con bravura para hacerse y rehacerse, para entenderse, para elevarse. Justamente por eso, el relato acaba propiamente en 1889 y no en 1900. Sí, ya lo sabemos, durante esos diez últimos años, Nietzsche fue improductivo y vivió sumido en el estupor, pero la nula dedicación que muestra Safranski prueba el menguado interés que el personaje le suscita en comparación con la obra, y eso, admitámoslo, es una licencia excesiva tratándose de Nietzsche, porque como el propio biógrafo nos recuerda una y otra vez fue este pensador quien aspiró más que ningún otro a hacer una aleación entre vida y obra.

Por lo demás, la reconstrucción del pensamiento propiamente dicho que Safranski emprende es muy correcta, ajustada a lo que se sabe de él, a lo que ya se sabía principalmente a partir de la biografía académica de Curt Paul Janz (Friedrich Nietzsche. Madrid, Alianza ed.). Menos atinado, incluso urgente y poco detallado es el capítulo final que le dedica a las repercusiones, lecturas e interpretaciones de la obra. Es un apartado interesante, informativo y probablemente necesario, si de lo que se trataba era de hacer una evaluación del siglo transcurrido, un ajuste de cuentas sobre los efectos de su pensamiento. Pero al lector se le antoja precipitado, demasiado breve, demasiado en un pensador que, por su estilo frecuentemente aforístico, por su empleo majestuoso de las metáforas o por la índole misma de sus ideas, ha sido una fuente inagotable de interpretaciones. En este sentido, por ejemplo, es mucho más pormenorizada la “Historia de la crítica” que emprendiera Gianni Vattimo en una escolar Introducción a Nietzsche (Barcelona, Península, 1985) que el capítulo que le dedica a este asunto Safranski. Pero hay más. Si de lo que se trataba era de trazar el panorama general de su influencias y de los efectos posteriores, de los regresos retrospectivos a que Nietzsche invita, ¿por qué acabar rápidamente con unos pocos párrafos, interesantes pero escasos, que Safranski dedica a Michel Foucault, sin añadir nada o casi nada a lo sucedido después de 1984, exactamente después de la muerte de Foucault? No hay detalle sobre el posestructuralismo, ni sobre el pensamiento posmoderno; no hay reflexión sobre la actualidad de Nietzsche, sobre su inusitada actualidad después del derrumbe de los metarrelatos modernos y después de la caída del Muro de Berlín. A este reproche se le puede contestar, sin embargo, oponiendo la evidencia de que ésa es, en efecto, otra historia, de que ésa no es la biografía de Nietszche, sino la biografía colectiva de nuestra generación de fin de siglo.

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