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Carlos Malamud

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Análisis/Política y sociedad latinoamericana
Videla 25 años después. De culpas y responsabilidades
Por Carlos Malamud, sábado, 3 de marzo de 2001
El próximo 24 de marzo se cumplirán veinticinco años del golpe de Estado impulsado por los militares argentinos contra el gobierno de María Estela Martínez de Perón, popularmente conocida como Isabelita. Fue el último golpe triunfante del siglo XX y, como se recuerda ahora, dio paso a una orgía de sangre y destrucción, materializada en 18.000 desaparecidos, más un número cuantioso de detenidos, torturados y asesinados. La sociedad argentina sigue discutiendo sobre las causas del golpe y sobre las responsabilidades de unos y otros en el mismo.
En 1976, el golpe se justificó en la brutal ofensiva guerrillera que estaba desarrollándose y ante la cual las fuerzas de seguridad se sentían totalmente impotentes. Era manifiesta su incapacidad, por acción y/o omisión, para, en el marco de la legalidad vigente, dar cumplida respuesta a los golpes de la violencia organizada. Por aquel entonces, el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) operaba en las selvas tucumanas, mientras que los peronistas Montoneros apostaban por el terrorismo urbano y entre ambos se cobraban un número de víctimas nada despreciable.

Más allá de las justificaciones y de las manipulaciones, lo cierto es que el golpe triunfó gracias a la existencia de un amplio consenso social que respaldaba el salto de los uniformados al primer plano del gobierno de la nación. No se trata aquí de justificar un golpe de por sí injustificable, sino de intentar reflexionar en torno a las cuestiones que lo hicieron posible, teniendo presente que no fue una acción improvisada y desesperada de las Fuerzas Armadas, sino un operativo militar perfectamente planificado con bastantes meses de antelación y asentado en un pensamiento claramente antidemocrático muy difundido en las filas castrenses. Pero eso no basta. Para que un golpe triunfe no es suficiente que esté bien organizado, que se hayan sumado un número de efectivos capaz de volcar la situación a favor de los putchistas ni que se haya creado en torno suyo el clima adecuado. Para que el golpe triunfe es necesario que cuente con un importante respaldo social.


Cuando muchas miradas se dirigen a ninguna parte en lugar de centrarse en las violaciones de los derechos humanos, cuando muchos silencios se alzan en lugar de las palabras de condena, cuando el algo habrán hecho se pronuncia en lugar del por qué, es obvio que una barrera de complicidad se interpone entre la represión y el estado de derecho.


En realidad, en América Latina los golpes triunfantes casi siempre lo han sido en función del respaldo social que tenían detrás. Sin él no se explicarían las atrocidades del pinochetismo, ni de los militares argentinos, ni de los uruguayos, ni de los brasileños, ni de los paraguayos, ni de los... La existencia de este consenso no significa el alineamiento de toda la sociedad junto a las propuestas totalitarias, pero si de un porcentaje importante, que fue lo que permitió el dejar hacer. Cuando muchas miradas se dirigen a ninguna parte en lugar de centrarse en las violaciones de los derechos humanos, cuando muchos silencios se alzan en lugar de las palabras de condena, cuando el algo habrán hecho se pronuncia en lugar del por qué, es obvio que una barrera de complicidad se interpone entre la represión y el estado de derecho.

Afirmaciones de este tipo son dolorosas y siempre han dado pié a la polémica. Pronunciadas ante los más diversos auditorios, una y otra vez han sido contestadas con reproches. ¿Cómo puede ser que los chilenos hayan respaldado a Pinochet o que los argentinos hayan hecho algo parecido con Videla y sus restantes comilitones? Hay numerosos indicadores de que esto es así, comenzando por los resultados electorales en Chile, por más amañados que hayan estado los comicios, o el respaldo a la Junta Militar argentina durante el Mundial de Fútbol de 1978, más allá de los lloriqueos autoexculpatorios pronunciados por Maradona en sus recientes memorias. Hoy casi todos somos demócratas, pero ayer donde estábamos...

En los 60´ y en los 70´ buena parte de la sociedad argentina, y lo mismo puede decirse de la mayor parte de los países de América Latina, descreía de la democracia. Eran los años de la Guerra Fría. Para la derecha, la democracia y las urnas eran el camino pavimentado para la llegada de la chusma popular al poder, lo que equivalía abrir las puertas del gobierno de la Nación al comunismo ateo internacional y ya se sabe el gran peligro que esto implicaba para las libertades públicas, para el orden establecido y para los intereses creados. La miopía era total. Pero donde en un lado había miopía, en el otro nos encontramos con astigmatismo o ceguera total. La izquierda también descreía de la democracia, descalificándola ipso facto como formal o burguesa. El camino al poder no pasaba por los urnas, que podían ser falseadas, sino por la revolución o preferentemente por la lucha armada. Como decía una canción que se cantaba en aquel entonces: la senda está trazada/ nos la mostró el Che.


La izquierda y la derecha descreían del pueblo y de su madurez. Ambos reclamaban la presencia de salvadores de la Patria o de vanguardias liberadoras. El respeto a la voluntad popular se había perdido para siempre


Unos y otros descreían del pueblo y de su madurez. Ambos reclamaban la presencia de salvadores de la Patria o de vanguardias liberadoras. El respeto a la voluntad popular se había perdido para siempre. En un reportaje reciente a dos periodistas argentinos que están redactando su biografía, el ex general Jorge Rafael Videla explicó que los militares desaparecieron a los opositores, y no los fusilaron, porque la sociedad argentina no se lo hubiera bancado, no lo hubiera soportado, y también dijo que si se hubiera proporcionado la lista de los desaparecidos hubieran surgido las preguntas incómodas e incontestables: ¿quién los mató?, ¿cómo los mataron?, ¿dónde están? Resulta patético que un individuo como este siga pensando que es un incomprendido salvador de la patria.

Videla y los restantes integrantes de las dos primeras Juntas militares habían sido condenados en 1985 por la Cámara Federal y fueron indultados por el presidente Menem el 29 de diciembre de 1990. En el mismo paquete también se incluía al líder montonero Marío Firmenich, en un intento de equilibrar las tornas y disminuir el volumen de las protestas. Las responsabilidades de unos y otros son claras, aunque los protagonistas directos de la tragedia, Firmenich incluido, siguen insistiendo en negar su responsabilidad. Es más, el montonero residente en Barcelona llega al máximo de su desbarramiento cuando afirma que en los setenta ocurrió una guerra civil (tanto monta, monta tanto). Más allá de los indultos, lo cierto es que Videla, Massera, Suárez Masson y algunos otros compañeros mártires están detenidos a la espera de juicio por la desaparición de bebés.

Distintas iniciativas se programan ante el 25 aniversario. Algunas intentan llamar la atención en torno a la impunidad y a la existencia de numerosos responsables aún no juzgados. Entre ellas destaca el macro concierto organizado por las Madres de Plaza de Mayo (Línea Fundadora) con el objetivo de recaudar el dinero necesario para comprar un local, ya que tras su separación traumática con el grupo acaudillado por Hebe Bonafini se quedaron sin sede... Pero hay una propuesta que ha llenado de inquietud a los militares, es un proyecto de ley presentado en el Congreso para que el 24 de marzo se lea en los cuarteles un documento autoflagelatorio. Se trata de una medida inconducente que poco hará por la reconciliación nacional. Sólo con diálogo y no con imposiciones el pasado retornará al lugar que le corresponde y los protagonistas llegarán a asumir sus responsabilidades. El Parlamento puede, y debe, condenar el golpe como una salida antidemocrática, lo demás son juegos de artificio.
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