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Tribuna/Tribuna libre
Mauthausen, el campo de los españoles
Por Miguel Martorell Linares y Javier Moreno Luzón, sábado, 03 de marzo de 2001
Buena parte de los exilados republicanos españoles que no cayó combatiendo al fascismo en Europa, tras su captura fue exterminada en el campo de Mauthausen. Los que fueron a parar ahí tuvieron un comportamiento heroico que en España todavía no se ha reconocido como se merece.
Entre los días 29 y 31 del pasado mes de octubre, la Amicale de Mauthausen -la organización que reúne a los supervivientes de este campo de concentración nazi- y la asociación francesa de profesores de geografía e historia convocaron un simposio internacional en la ciudad austriaca de Linz. Además de promover el contacto entre antiguos deportados e historiadores, la reunión pretendía reflexionar sobre las formas más adecuadas de transmitir la memoria de la deportación de la Segunda Guerra Mundial. Con este fin fueron invitados unos treinta profesores franceses y otros tantos procedentes de Alemania, Austria, la República Checa, Italia y España, algunos de los países de origen de los prisioneros de Mauthausen. Durante la primera jornada, doce de ellos mostraron a los visitantes el campo -que se conserva casi intacto en mitad de un maravilloso paisaje danubiano- y explicaron las durísimas condiciones de vida y las vejaciones que allí sufrieron; las otras dos jornadas se dedicaron al debate.

El pueblo de Mauthausen, no muy lejos de Linz y del lugar donde nació Hitler, fue elegido para emplazar un campo de concentración por su cercanía a una cantera de granito en la que habían de trabajar los presos. Entre 1938 y 1945, a esta localidad llegaron, hacinados en trenes, cerca de 200.000 deportados. Sus habitantes no podían desconocer lo que ocurría a poca distancia: el olor de los cuerpos incinerados en el crematorio impregnaba el aire a todas horas. Mauthausen, centro de una constelación de sesenta y siete kommandos o destacamentos repartidos por toda Austria, era el único campo nazi de la categoría III, la de los prisioneros considerados irrecuperables. De ahí que el comandante Ziereis advirtiera a cada nuevo grupo de deportados que sólo saldrían de aquel infierno por la chimenea. En una primera fase, entre 1938 y 1940, la mayoría eran disidentes políticos y presos comunes alemanes y austriacos, además de prisioneros polacos. En agosto de 1940 arribaron 392 españoles, primera tanda de los 7.300 inscritos en los archivos de las SS hasta el final de la guerra. Después les tocaría el turno a los rusos, resistentes franceses, checos, yugoslavos... Los últimos procedieron de otros campos -Auschwitz, Buchenwald-, evacuados a medida que el ejército alemán cedía terreno. Mauthausen fue liberado el día 5 de mayo de 1945, tres días antes de la rendición del Reich. Allí fueron asesinados unos 116.000 hombres, entre ellos al menos 5.000 españoles.
Cuando los soldados noteamericanos entraron en Mauthausen, banderas republicanas sustituían a las alemanas y cubría la puerta del campo una gran pancarta en la que podía leerse: "los españoles antifascistas saludan a las fuerzas libertadoras"

Los españoles que llegaron a Mauthausen formaban parte del medio millón de refugiados que cruzó la frontera francesa al final de la Guerra Civil. Lejos de hallar acomodo al otro lado de los Pirineos, quedaron custodiados en centros de internamiento. Iniciada la guerra mundial, muchos fueron enviados al frente o integrados en batallones de trabajo. Los alemanes capturaron a la mayoría tras el armisticio de Vichy y los deportaron desde los campos franceses al territorio del Reich. Requerido por las autoridades germanas para determinar el destino de estos prisioneros, Franco replicó que no eran españoles; de ahí que en Mauthausen llevaran el triángulo azul de los apátridas, con una S -de spanier- en el centro. Otros republicanos se incorporaron a la resistencia francesa y fueron detenidos a los largo de la guerra. Unos pocos, en fin, abandonaron el país y se integraron en el ejército gaullista de la Francia Libre. En total, alrededor de 35.000 españoles combatieron junto a los aliados: cerca de 12.000 acabaron en los campos de concentración nazis.

"El campo de los españoles". Es así como Pierra Saint-Macary, presidente de la Amicale, denomina a Mauthausen. Aunque los primeros barracones se levantaron en 1938, fueron albañiles españoles quienes construyeron la fortaleza. De ahí que uno de los supervivientes franceses que nos mostró el campo observara que "cada piedra de Mauthausen representa la vida de un español". La mayor parte de los republicanos llegó entre 1940 y 1941 y falleció este último año o el siguiente. De hecho, en septiembre y octubre de 1941 todos los muertos de Gusen -un kommando destinado al exterminio de los presos más débiles- fueron españoles. Los internos de Mauthausen trabajaban hasta la muerte por extenuación extrayendo bloques de granito de la cantera y subiéndolos a la espalda por una escalera de ciento ochenta y seis peldaños mientras los kapos -prisioneros que ejercían de capataces-les empujaban, zancadilleaban y golpeaban. Cuando falleció de este modo el primer español, el 26 de agosto de 1940, sus compatriotas, ante la sorpresa de los verdugos, guardaron un minuto de silencio, situación que se repetiría en numerosas ocasiones. Con el paso del tiempo, algunos españoles pasaron a desempeñar trabajos especializados: albañiles, peluqueros, administrativos o fotógrafos tenían más posibilidades de sobrevivir que los trabajadores corrientes. También podían acceder a más información y disponer de cierta autonomía para sostener la organización clandestina republicana que, encabezada por los comunistas, funcionó desde mediados de 1941.
No vimos en el campo una placa del Gobierno democrático español que recuerde la tragedia. El balance, sin duda, resulta bastante pobre. Borrado su recuerdo bajo el franquismo, los republicanos deportados a los campos de exterminio nazis tampoco han encajado en la memoria colectiva reconstruída con la democracia

Tal y como nos explicó un deportado francés, en 1942, cuando comenzarona llegar prisioneros de la resistencia francesa o del frente ruso, los españoles eran los veteranos del campo, expertos en la lucha por la supervivencia, dispuestos a transmitirles sus conocimientos. Por otra parte, al desempeñar diversas funciones en la gestión cotidiana de Mauthausen, disponían de recursos para ayudar a otros prisioneros. Entre los objetivos de la organización clandestina española figuraba, por ejemplo, la redistribucón de la escasa comida que llegaba a los presos y de las medicinas robadas en la enfermería, con el fin de sostener a los más débiles. Sin embargo, el recuerdo más vivo que dejaron los españoles fue su fe en la derrota del nazismo, incluso en los peores momentos de la guerra. Y eso que, a diferencia de los franceses, llevaban luchando contra la Alemania nazi y sus socios desde 1936. "Una victoria más", nos contó otro superviviente, era la frase que pronunciaban los españoles cada vez que subían el último peldaño de la escalera de la cantera. Convencidos de la victoria aliada, los republicanos decidieron conservar pruebas de la barbarie para después juzgar a los verdugos. Así, el fotógrafo Francisco Boix hizo copias de las fotos que coleccionaban los SS, logró esconderlas hasta el fin de la guerra y, gracias a ellas, acusar a los jerarcar nazis en el juicio de Nuremberg. Cuando los soldados noteamericanos entraron en Mauthausen, banderas republicanas sustituían a las alemanas y cubría la puerta del campo una gran pancarta en la que podía leerse: "los españoles antifascistas saludan a las fuerzas libertadoras".

La liberación, sin embargo, no significó para los republicanos el final de la guerra comenzada en 1936. Muchos no pudieron volver a la España franquista y debieron buscar asilo en Francia. No fue casual que las asociaciones francesas que organizaron el congreso eligieron el monumento a los españoles para ofrecer un homenaje a los deportados, ni que cedieran a la delegación española el honor de depositar en él una corona de flores. De hecho, la epopeya de los españoles en Mauthausen es un hito incorporado a la historia contemporánea francesa. Lamentablemente, no cabe decir lo mismo respecto a España. La larga dictadura de Franco desterró al olvido a los españoles que lucharon en el bando aliado durante la Segunda Guerra Mundial, y la deportación española desapareció de nuestra memoria. Hubo que esperar al final del franquismo para que comenzaran a publicarse en castellano testimonios de los supervivientes y apareciera algún estudio sobre el tema. Tampoco la presencia española en los campos nazis ha despertado excesiva atención en el mundo académico español, y sólo a finales de la década de los noventa los medios de comunicación audiovisual han prestado un cierto interés al asunto: el año pasado, La 2 y Canal Plus emitieron excelentes documentales sobre los presos de Mauthausen y la historia del fotógrafo Boix. Tampoco vimos en el campo una placa del Gobierno democrático español que recuerde la tragedia. El balance, sin duda, resulta bastante pobre. Borrado su recuerdo bajo el franquismo, los republicanos deportados a los campos de exterminio nazis tampoco han encajado en la memoria colectiva reconstruída con la democracia.

Debatíamos acerca de estos problemas en las jornadas de Linz, cuando ETA perpetró un salvaje atentado en Madrid. Ernest Vinurel, ciudadanos francés de origen judío y superviviente de Auschwitz y Mauthausen, se acercó al grupo de delegados españoles y nos expresó su solidaridad con la causa de la democracia en nuestro país, así como su desazón por el hecho de que cincuenta y cinco años después del final de la guerra el fascismo siguiera campando por Europa. Además, Vinurel nos ofreció un consejo dictado por su experiencia: "hay que tomar la calle", advirtió, "no se puede permitir que los fascistas tengan el monopolio de la calle". Quizá la memoria de Mauthausen, el campo de los españoles, no resulte ociosa en la España de hoy.
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