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    AUTOR
Rosalind Minsky

    GÉNERO
Psicoanálisis

    TÍTULO
Psicoanálisis y cultura. Estados de ánimo contemporáneos

    OTROS DATOS
Traducción de María Condor Orduña. Madrid, 2000, 288 páginas, 2000 pesetas.

    EDITORIAL
Cátedra-Universitat de València (Frónesis)




Reseñas de libros/No ficción
Lejos de Freud
Por Justo Serna, sábado, 21 de abril de 2001
Un estudio sobre la cultura contemporánea basado en una perspectiva ecléctica del psicoanálisis y concebido simultáneamente como ensayo y como manual.

El psicoanálisis es una disciplina muy controvertida, un saber aceptado e impugnado, creador de un léxico especial al que unos se adhieren y al que otros se oponen. Su creador, Sigmund Freud, lo pensó como un paradigma posible de la ciencia del alma, como un programa general de investigación, como una antropología de la psique humana y, en fin, como un método terapéutico. Su hallazgo fue tan deslumbrante y sus ideas tan innovadoras y difíciles de aceptar que no fueron pocos los que rechazaron sus fundamentos y no fue menor el número de quienes se distanciaron de su credo o recrearon la disciplina sobre otras bases. Desde este punto de vista, la historia del psicoanálisis es la de sus resistencias y, la vez, la de sus disidencias. Autores como Melanie Klein o Jacques Lacan invocaron a Freud y al mismo tiempo lo enmendaron, lo corrigieron, le dieron revoques y añadidos. Otros, incluso, lo negaron y se alejaron completa o parcialmente de su obediencia o de su universo conceptual, como son los casos de Carl Jung, de Otto Rank o de Erich Fromm. Si, a pesar del dominio del freudismo, son tantos los lenguajes en competencia dentro de ese ámbito, entonces quien predica la adhesión al psicoanálisis se obliga a precisar a qué corriente, escuela o disidente se refiere o se suma.

Rosalind Minsky es autora de un volumen que lleva por título Psicoanálisis y cultura y aspira con su obra a reconstruir de una manera ecléctica el saber de la corriente. Aspira, en efecto, a encontrar un léxico común, unos fundamentos universales, que permitan tratar los estados de ánimo contemporáneos, los derroteros del mundo presente. Cree –y cree con justeza— que el psicoanálisis es toda una antropología del alma humana que puede iluminar y dar con los orígenes y causas de ciertas dolencias que compartimos. No es sólo que pueda pensarse como terapéutica de las neurosis, como un procedimiento con que hacer frente a ciertos malestares individuales, sino que lo concibe como una filosofía y una radiografía posible de la colectividad. Cuando aspira a tal fin, no inventa gran cosa: aquello que se propone estaba ya en Freud. Como se recordará, las obras de nuestro autor no son sólo volúmenes especializados que den los rudimentos del saber técnico. Algunos de ellos son grandiosas especulaciones sobre la cultura, sobre el devenir de la sociedad, sobre los atributos de la naturaleza humana. Con Totem y tabú o con El malestar en la cultura, con Psicología de las masas y análisis del yo o con El porvenir de una ilusión, nos topamos con volúmenes en los que se hace la radiografía conjetural de nosotros mismos. Es evidente que el valor científico de esas reconstrucciones es muy debatido o controvertido, que, incluso, ha sido rechazado su fundamento último. Pero lo cierto es que su audacia intelectual, su imaginación propiamente literaria y el léxico con que revistió esas obras nos las siguen haciendo muy atractivas.

Rosalind Minsky trata de aproximar lo que está distanciado, lo que Freud, Klein o Lacan no comparten, y aspira a dar con un enfoque ecléctico que haga posible un análisis común de la cultura actual

Minsky se propone desarrollar esa línea reflexiva y esa especulación, con el fin y el propósito de aplicarlas a nuestros tiempo, que ya no es exactamente el de Freud. Justamente por eso, detalla y hace explícitos los autores que han enmendado al creador y que han corregido algunos de sus presupuestos y dedica páginas y páginas a la divulgación de su léxico, a la difusión de sus lenguajes respectivos. Con ello trata de aproximar lo que está distanciado, lo que Freud, Klein o Lacan no comparten, y aspira a dar con un enfoque ecléctico que haga posible un análisis común de la cultura actual. Por cultura, desde el psicoanálisis, se entiende el conjunto de convenciones y de prótesis, de artificios, de logros y de hallazgos, que nos alejan de la naturaleza, que nos convierten en seres y productos evidentemente artificiales. La cultura es represión de lo primitivo, de la fusión temprana, es alejamiento de la biología y de la determinación que nos crea. La cultura es así nuestra bendición, lo que nos hace auparnos por encima de lo que nos niega como individuos, eso que al negarnos nos convierte en miembros indiferenciados de la especie; la cultura es también nuestra maldición, el modo de ingresar en el tiempo, en la perdición y en la caducidad, lo que limita mi omnipotencia.

¿Logra Minsky su propósito? Es decir, ¿da con una versión efectivamente ecléctica del psicoanálisis para de ese modo aclarar los enigmas o mitigar las dolencias culturales que nos aquejan? Minsky detecta algunas de esas dolencias: la violencia anómica, sin fin, sin restricción y sin culpa, propia de la conducta temeraria e irresponsable o el consumismo compulsivo al que nos entregamos y que cubre indirectamente algunas de nuestras carencias afectivas y psíquicas. Describe bien algunos de los cambios básicos que se han dado en tiempo reciente: la fluidez de los géneros y la inestabilidad de la identidad personal, con papeles masculinos y femeninos en redefinición y en negociación. Relaciona unas cosas y otras, nos advierte juiciosamente acerca de los temores que desazonan a los contemporáneos y nos muestra las consecuencias positivas de algunas de esas transformaciones. Pero, fuera de eso, fuera de esa radiografía urgente que nos propone y que sólo aparece a partir de la página cien, su propósito no acaba bien, porque su punto de partida estaba errado.

Minsky despacha muy rápidamente a los que se oponen al psicoanálisis, atribuye sus resistencias a la mala información y parece justificarlas sin más por la ojeriza y la rivalidad envidiosa que invalidarían sus críticas

No me refiero a la pertinencia o impertinencia del psicoanálisis, a si aceptamos o no las bases del freudismo. A lo que me refiero es a que Minsky no consigue una aleación convincente de tradiciones enfrentadas, a que deja fuera, sin mencionar, sin desarrollar, sin aludir, a otros autores heterodoxos que convendría haber mencionado y a que, a la postre, no tiene en cuenta a quienes estando fuera de ese universo de discurso podrían arrojar luz sobre el particular. Si es una obra que aspiraba al eclecticismo, el reparo que le opongo es atendible. Por eso, dicho cargo es lo más grave: despacha muy rápidamente a los que se oponen al psicoanálisis, atribuye sus resistencias a la mala información y parece justificarlas sin más por la ojeriza y la rivalidad envidiosa que invalidarían sus críticas. Es decir, Minsky opera como si el psicoanálisis fuera un único lenguaje, como si de verdad fuera una paradigma indiscutible, aboliendo así el cognitivismo, el conductismo y, en fin, otros ismos que ponen serios reparos a Freud y los suyos.

Cuando un autor se desentiende de los lenguajes que se le oponen opera desde una errónea omnipotencia y ya que hablamos de psicoanálisis esa jactancia conceptual nos remitiría al pasado mítico de la humanidad de la que hablara Freud, a ese mundo prebabélico, a aquel estado de la humanidad en el que, según el viejo relato bíblico, habría existido una coincidencia previa, primitiva, entre las palabras y las cosas. No es así, desde luego, y esa vieja aspiración jamás podrá cumplirse: no podemos regresar a ese momento de dicha anterior a Babel, y seguimos litigando por la forma diferente de designar las cosas, seguimos empecinados en nuestra discusiones conceptuales y hemos acabado por admitir que nuestros significantes son arbitrarios o convencionales, que no son el espejo necesario del significado ni la copia fiel del mundo externo, del referente que hay ahí fuera. Cuando, de verdad, admitimos eso, entonces los debates intelectuales, las discusiones, contemplan al otro, lo tienen en cuenta, y, lejos de reducirlo, nos obligamos a traducir nuestro propio lenguaje a los términos del adversario.

Pues bien, eso no es lo que hace Minsky. Pero, además, lo que prometía ser un ensayo sobre la cultura, una radiografía pormenorizada de nuestros males, acaba adoptando un molde de manual. Minsky emplea páginas y páginas para familiarizarnos con Freud, con Klein y con Lacan, invocando justamente el eclecticismo. En vez de lograr esa aleación convincente, lo que le sucede es lo contrario: nos presenta separadamente a esos interlocutores, a esos muertos gloriosos que forman el panteón del psicoanalisis, y trata de contentar a cada uno, dejándonos a los vivos, a los lectores, muy descontentos. Me refiero a esos mismos lectores que, afines a Freud, aspiraban a un ensayo audaz, sin deudas de manual.

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