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Carlos Malamud

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Fidel Castro

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Adalberto Rodríguez Giavarini

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Análisis/Política y sociedad latinoamericana
La saliva de Fidel, la bota yanqui y el voto de la Argentina
Por Carlos Malamud, sábado, 24 de febrero de 2001
El próximo mes de abril, la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas votarán en Ginebra una nueva resolución en torno a la situación existente en Cuba. Tradicionalmente la mayor parte de los gobiernos latinoamericanos se abstenían a la hora de votar, aunque en los últimos años se produjeron algunos cambios importantes, siendo el más significativo el impulsado por Carlos Menem, que en su política de reforzar las relaciones carnales con los Estados Unidos, votó a favor de condenar al régimen de Castro.
A principios de febrero, en medio de uno de sus múltiples discursos y apelando una vez más a la labia que lo caracteriza, el comandante Castro acusó al gobierno argentino y especialmente a su ministro de Relaciones Exteriores, Adalberto Rodríguez Giavarini, de lamer la bota del yanqui. El motivo de semejante exabrupto se origina en algunas filtraciones de prensa que señalaban que la Argentina volvería a condenar a Cuba en las Naciones Unidas. Tras la victoria electoral de la Alianza, la coalición de centro izquierda integrada por la Unión Cívica Radical y el Frente Grande, las autoridades cubanas esperaban que el gobierno de Fernando de la Rúa cambiara el sentido de su voto, volviendo a la tradicional abstención. La sorpresa fue grande, cuando las nuevas autoridades argentinas decidieron perseverar en la línea inaugurada por el presidente Menem y su ministro Guido di Tella.

Algunos analistas señalan que la cachetada a Rodríguez Giavarini era en realidad un mensaje encubierto al presidente Vicente Fox y a su ministro Jorge Castañeda para que México no cambie el sentido de su voto y pase de la abstención a la condena activa contra Cuba. Por elevación, el mensaje también iría dirigido a las restantes cancillerías latinoamericanas. Lo cierto es que el gobierno de La Habana está jugando fuerte ante la votación y espera sacar los mayores réditos de la creciente alianza que vincula a los comandantes Castro y Hugo Chávez.
En la polémica a casi nadie le importó el estado de la oposición interna en Cuba, la existencia de torturas en las cárceles del régimen, la inexistencia de libertad de prensa y de expresión o la nula posibilidad de ejercer los más elementales derechos políticos

Como era previsible, las declaraciones de Castro, agravadas luego por otras manifestaciones del embajador de Cuba en Argentina, causaron un gran revuelo en el país. Entre las medidas adoptadas hay que consignar el llamado a consultas del embajador argentino en La Habana y la suspensión de una misión comercial próxima a partir a Cuba. También salió a relucir la deuda de 1.500 millones de dólares que mantiene Cuba con Argentina desde los años del último gobierno de Perón en la década de 1970. Si bien la polémica se enfrió en los últimos días, no hay dudas de que ha envenenado las relaciones entre ambos países.

Lo más curioso del caso es el debate que se dio en Argentina. Fueron pocos los que centraron la discusión en el estado lamentable de los derechos humanos en Cuba. Para escurrir el bulto también se planteó la necesidad de negociar un voto común con los restantes países de la región, Brasil a la cabeza, lo que equivalía a decir que no se pasaría de la abstención. También se discutió sobre el proceso de toma de decisiones en el gobierno y si era al presidente De la Rúa a quien le correspondía decidir al respecto o había que abrir una instancia donde se pudiera discutir el tema en profundidad.

Sin embargo, en la polémica a casi nadie le importó el estado de la oposición interna en Cuba, la existencia de torturas en las cárceles del régimen, la inexistencia de libertad de prensa y de expresión o la nula posibilidad de ejercer los más elementales derechos políticos. Muy sintomático de por donde iban los tiros es el documento hecho público tras la reunión de Raúl Alfonsín y Carlos Chacho Alvarez, los dos principales líderes de la Alianza, que señalaban: El sistema político cubano, seguramente, carece de derechos vinculados con el pluralismo político que en la Argentina, y en muchos otros países, por razones históricas e ideológicas, se consideran esenciales. Pero ésta no es la materia que se está analizando en Ginebra y por eso deben evitarse todo tipo de confusión y tergiversación
Una parte importante de la opinión pública latinoamericana sigue viendo en Cuba y en Castro un ejemplo de lucha nacionalista y antiimperialista, más allá de los costos que esta lucha tuvo para los cubanos e inclusive para los propios latinoamericanos

La duda que queda después de leer el texto es cuál es entonces la materia que se está discutiendo en Ginebra. ¿Se discute del sexo de los ángeles o de las relaciones de poder en el mundo? Es evidente que en las actuales relaciones internacionales las relaciones de poder tienen un papel destacado y que el doble rasero es una tónica permanente en las mismas. ¿Por qué se condena a Cuba pero no a China? El tamaño del mercado de uno y el del otro son a todas luces incomparables y de ahí buena parte de la hipocresía de las diplomacias europeas y norteamericana. Pero la existencia de dobles estándares no debe ser la coartada para el inmovilismo permanente, especialmente en un tema tan sensible a los intereses latinoamericanos.

Es precisamente allí donde está el meollo de los derroteros que ha seguido la discusión. Una parte importante de la opinión pública latinoamericana sigue viendo en Cuba y en Castro un ejemplo de lucha nacionalista y antiimperialista, más allá de los costos que esta lucha tuvo para los cubanos e inclusive para los propios latinoamericanos. La mejor prueba de esto fue la irrupción en el debate de Diego Armando Maradona, el Diego de la gente, que anunció a bombo y platillo que el comandante Castro llevaba razón, como prueban sus resonantes triunfos en la lucha por la salud y la educación de su pueblo. Clara es la deuda de Maradona con Castro, después de someterse en la isla a una cura importante, desintoxicación incluida.

Es hora de empezar a plantearse que si América Latina quiere seguir avanzando en su democratización es vital y necesario que Cuba se sume al club de las democracias regionales. Con el actual estado de cosas volveremos a las andadas. Hoy es el eje Castro-Chávez, y ayer las múltiples e innumerables injerencias de Cuba en los asuntos internos de los otros países, como el apoyo dado una y otra vez a cuanto experimento guerrillero apuntaba en la zona. ¡Qué curioso que un régimen que tan celosamente defiende su soberanía no tenga el mismo cuidado con lo que ocurre en la casa de los demás! Cuando se escriba la historia de Manuel Piñeiro, Barbarroja, sabremos mucho más acerca de las actuaciones descaradas de los servicios de inteligencia cubanos en la vida política de los demás países de la región. Por eso el sentido del voto latinoamericano en lo relativo a los derechos humanos en Cuba no es un tema baladí. Falta que los gobiernos se den cuenta de ello.
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