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    AUTOR
Santos Juliá (dir.)

    GÉNERO
Ensayo

    TÍTULO
Violencia política en la España del siglo XX

    OTROS DATOS
Madrid, 2000, 422 páginas. 2899 pesetas.

    EDITORIAL
Taurus




Reseñas de libros/No ficción
Violencia y política en España
Por Manuel Alvarez Tardío, sábado, 24 de marzo de 2001
La España del novecientos no escapó a una de las mayores lacras de la contemporaneidad europea: el uso de la violencia como instrumento de dominación política. No fueron pocos, a derecha e izquierda, los que justificaron e impulsaron ese comportamiento de consecuencias catastróficas para la estabilidad política y la modernización económica
El tránsito del Antiguo Régimen al mundo liberal no fue, como es bien sabido, un proceso carente de fuertes tensiones. Dos grandes revoluciones, la americana primero y la francesa después, además de la Gloriosa que habían vivido los ingleses hacia finales del siglo XVII, transformaron de forma irreversible la fisonomía de Occidente. Aparte de los valores ilustrados y del lenguaje de los derechos universales, la Revolución Francesa alumbró un cambio decisivo para la contemporaneidad: la idea de que la revolución lo podía todo. De la revolución cabía esperar tanto una catarsis de la política como una transformación radical de la sociedad. Un nuevo mundo estaba por llegar, aunque no podría haber un cambio tan sustancial y rápido sin costes; la violencia, tarde o temprano y en mayor o menor dosis, habría de aparecer.

El cambio era necesario e irremediable. Estaba, por tanto, plenamente justificado actuar para acelerar y facilitar ese proceso; y la violencia era un medio legítimo. La Revolución provocó, asimismo, poderosas reacciones. Para detenerla y para preservar la sociedad y los valores tradicionales también se apeló a la violencia. Así, un nuevo lenguaje apocalíptico alzó a la violencia a un lugar de excepción en la vida política.
La Gran Guerra conmocionó al mundo entero pero no impidió que la violencia protagonizara como nunca hasta entonces la política de entreguerras. España vivió, aun con ritmos distintos, un auge similar del valor de la violencia en la vida política. Muy pocos escaparon a ese nuevo culto

Ya en el siglo XX, la crisis del liberalismo coincidió con una recuperación paulatina del discurso de la violencia, revolucionaria en unos casos y contrarrevolucionaria en otros. La Gran Guerra conmocionó al mundo entero pero no impidió que la violencia protagonizara como nunca hasta entonces la política de entreguerras. España vivió, aun con ritmos distintos, un auge similar del valor de la violencia en la vida política. Muy pocos escaparon a ese nuevo culto; actores políticos y grupos representativos tanto del Estado como de la sociedad justificaron y utilizaron la violencia en su afán por controlar el poder y por adecuar la realidad social a sus intereses.

A analizar ese recurso constante a la violencia en la política española del siglo XX está dedicado el volumen que dirige Santos Juliá. Diez son los autores y nueve los temas, cada uno de ellos relacionado con los distintos grupos protagonistas de la violencia política: carlistas, anarquistas, socialistas, anticlericales, militares, patronos, derecha autoritaria, terrorismo vasco y el propio Estado en su actitud ante el uso del monopolio de la violencia.
La Transición a la democracia después de 1975 rompió, afortunadamente, aunque no sin problemas, con la cultura política de la violencia

Abarca este libro todo el siglo XX –esfuerzo encomiable, sin duda alguna-, aun cuando la violencia política tuvo en España su manifestación más importante coincidiendo con la crisis del parlamentarismo liberal, la democratización de la política y el auge del autoritarismo. La crisis de la Restauración, la dictadura de Primo de Rivera, los difíciles años treinta y muy especialmente la Guerra Civil y la posguerra ocupan, como no podía ser de otro modo, una buena parte de este trabajo. El culto a la violencia persistió y se hizo sentir durante el franquismo, sobre todo desde el propio Estado; y tiene hoy día, en la violencia nacionalista y en la banda terrorista ETA, su última y más significativa manifestación. Con todo, la Transición a la democracia después de 1975 rompió, afortunadamente, aunque no sin problemas, con la cultura política de la violencia.
De un lado, la necesidad de prescindir del “paradigma de la inevitabilidad de la violencia como consecuencia de la desigualdad social estructural”; los hechos suelen refutarlo, además de que acaba siendo un lastre antes que un factor de explicación

Santos Juliá apunta en la introducción a la deslegitimación del Estado como una de las circunstancias más favorables para la manifestación de la violencia política en la España contemporánea. Pero tal déficit de legitimidad no ha sido exclusivo del caso español. Cabe preguntarse entonces por qué en nuestro país ha predominado entre distintos grupos sociales y políticos el afán por alcanzar el poder o hacerse oír o respetar mediante la violencia. De la respuesta a este interrogante depende en gran medida el interés que despierta cada uno de los capítulos de este libro. En algunos, como el que Julián Casanova dedica a los anarquistas, Carolyn P. Boyd a los militares o Pedro Carlos González a la derecha autoritaria, el análisis de la violencia y sus causas parece estar más condicionado por las circunstancias políticas y sociales que por las decisiones y la responsabilidad política de los protagonistas. Este procedimiento se revela tanto más discutible si se contrasta con otros elementos de juicio presentes en el libro. Tres aspectos parecen decisivos en la comprensión de la violencia política contemporánea; los tres resultan esclarecedores en el capítulo que Mercedes Cabrera y Fernando del Rey dedican a la violencia patronal. De un lado, la necesidad de prescindir del “paradigma de la inevitabilidad de la violencia como consecuencia de la desigualdad social estructural”; los hechos suelen refutarlo, además de que acaba siendo un lastre antes que un factor de explicación.

De otro, la presencia cada vez más poderosa, a partir sobre todo de los años veinte, de una cultura política de enfrentamiento violento y de una visión parcial y maniquea de las relaciones sociales y políticas; en fin, de una sociedad dividida en bloques antagónicos donde sólo cabía la victoria total de uno de ellos. Y por último, y no por eso menos importante, la debilidad recurrente del poder civil en España; esto es, la incapacidad –como pone de relieve Eduardo González en su capítulo sobre el Estado- de asegurar el orden público sin necesidad de recurrir al ejército. Esa debilidad del Estado, muy relacionada con los problemas de la vida política española, fue decisiva en la proliferación de opciones ilegítimas de violencia tanto durante la Monarquía constitucional como en la Segunda República.
La violencia no fue –como a veces parece desprenderse de algunos capítulos de este trabajo- ni un recurso inevitable ni el resultado natural de las agresiones de terceros o de los lastres de la vida política española

Resta además un último punto sobre el que merece la pena llamar la atención y que Florencio Domínguez comenta en su trabajo sobre ETA: el hecho de que la violencia se convierta fácilmente en un objetivo en sí mismo dentro de la organización que la sustenta. La violencia acaba siendo el motor fundamental de la supervivencia de la organización, más allá de cualquier fin político o social.

Es muy posible que la consideración de todos estos aspectos, incluido este último, permita entender que la violencia no fue –como a veces parece desprenderse de algunos capítulos de este trabajo- ni un recurso inevitable ni el resultado natural de las agresiones de terceros o de los lastres de la vida política española.
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