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Análisis/Política y sociedad latinoamericana
Cuando los pasamontañas salen de paseo
Por Carlos Malamud, sábado, 17 de febrero de 2001
El 8 de marzo una delegación zapatista arribará a la ciudad de México para iniciar las negociaciones de paz con el gobierno federal. Las incertidumbres son muchas, ya que pese a las concesiones del presidente Fox, el compromiso zapatista con el proceso es bastante escaso y con demasiadas puertas abiertas para una próxima retirada. De todas maneras, los dos principales protagonistas de esta historia, Fox y Marcos, son prisioneros de sus palabras y de sus ambiciones.
El día de San Valentín, 14 de febrero, apareció en el mexicano diario Reforma la segunda parte de un reportaje de la escritora Guadalupe Loaeza al sr. Rafael Guillén (a) Marcos, donde el autoproclamado subcomandante hablaba sobre el amor. ¡Sí! Sobre el amor. Es tal su capacidad de reflexionar sobre lo divino y lo humano y tamaño su don de ubicuidad que con tal de profundizar en su calculada campaña mediática se sumó a un festejo de raíces totalmente capitalistas y de origen imperial, importado del satánico vecino del norte. El tono del reportaje es melifluo y pastelero, como no podía ser de otra manera. La famosa escritora cerró su reportaje diciendo que cuando se despidió “del "Subcomandante Marcos", me sentí particularmente optimista. Incluso me felicité y hasta me dije: "¡¡¡Qué bueno que existe!!!"” En realidad, el principio publicado el día anterior no era menos apoteósico: “¡Madame!, exclamó [Marcos] con los brazos abiertos. ¡Monsieur!, le contesté, a la vez que avanzaba por la explanada, flanqueado por el “Comandante Tacho” y el “Mayor Moisés””...

Las manifestaciones del dirigente zapatista son el último acto del prólogo del proceso de paz abierto por el presidente Fox, que durante su campaña prometió que le bastarían quince minutos para solucionar el problema de Chiapas. Prisionero de sus palabras debió acelerar los tiempos frente a quienes han demostrado hasta la fecha que tiempo es lo que le sobra. Por eso el presidente decidió ordenar la retirada parcial del ejército mexicano de sus posiciones en la zona de conflicto, liberar a parte de los zapatistas encarcelados por delitos de terrorismo y presentar al Congreso los acuerdos de San Andrés rechazados en su momento por el entonces presidente Zedillo por anticonstitucionales.
Como vienen haciendo desde el 1 de enero de 1994, una vez más los zapatistas decidieron dar un golpe de efecto y se sacaron de la chistera el conejo de la Caravana de la Paz o zapatour

Rápidamente llovieron las críticas sobre la iniciativa del presidente, centradas en las múltiples cesiones al zapatismo a cambio de nada. El recuerdo del despeje colombiano y las resistencias de las FARC a negociar están demasiado presentes como para despacharlas de un plumazo. Al mismo tiempo, desde las filas del PRI (Partido de la Revolución Institucional) y del propio partido gobernante, el PAN (Partido de Acción Nacional), se elevaron numerosas voces contrarias a forzar el texto constitucional con el objetivo de llegar a la paz. Para el presidente Fox, que ha incluido el tema de la reforma constitucional en su agenda más inmediata, la vulneración de la norma no es una transgresión demasiado problemática. Vale la pena recordar que según se señala en los mentideros mexicanos, uno de los principales objetivos de la reforma en la que piensa, renovación parlamentaria mediante, es la de posibilitar su reelección de modo de poder presentarse nuevamente en las elecciones presidenciales de 2006, algo que hasta ahora está totalmente prohibido. Una vez más en América Latina asistimos al lamentable juego de cambiar las reglas de juego en mitad del partido y en propio beneficio de quien sanciona la ley.

Pese a que aparentemente a los indígenas les sobra el tiempo, el margen de maniobra de los zapatistas se vio reducido por la iniciativa presidencial y con la boca pequeña manifestaron su disposición de acudir a negociar al DF (Distrito Federal). Pero como vienen haciendo desde el 1 de enero de 1994, una vez más decidieron dar un golpe de efecto y se sacaron de la chistera el conejo de la Caravana de la Paz o zapatour, a la que harán coincidir con el III Congreso Nacional Indígena. Tal caravana, integrada por 23 comandantes zapatistas y un subcomandante, saldrá de Chiapas el próximo 24 de febrero y arribará al DF el 8 de marzo, tras dar veinte vueltas por diez estados, pasando por Oaxaca, Orizaba, Puebla, Hidalgo, Querétaro, Morelos y Guerrero. Uno de sus principales objetivos es discutir con los parlamentarios el reconocimiento constitucional de los derechos y la cultura indígena, y para ello acudirán a la cita enmascarados, la mejor manera de no perder sus tradicionales señas de identidad.

A pesar del entusiasmo de parte del PRD (Partido de la Revolución Democrática), muchos de cuyos militantes piensan escoltar la caravana a su paso por los distintos estados, los marchistas no las tienen todas consigo. La seguridad de los zapatistas se ha convertido en un verdadero quebradero de cabeza para las autoridades que están montando un colosal sistema de protección a lo largo del trayecto, ya que son numerosas voces que se han alzado contra la caravana. Entre ellas destaca la de los ganaderos y ejidatarios de Chiapas que fueron desplazados de sus tierras por los insurgentes tras el alzamiento zapatista de 1994.
El principal problema de los indígenas pasa por el reconocimiento de sus derechos dentro del actual marco constitucional, lo que supone la necesidad de negociar en torno a cuestiones distintas a las de la guerra y la paz, y sobre todo hacerlo sin las armas sobre la mesa y sin los pasamontañas puestos.

En México, como en Colombia, también se bastardean las palabras. Aquí, como allí, los paramilitares son quienes se oponen a los valientes guerrilleros que insisten una y otra vez que están en guerra pese a que hace ya siete años que no disparan un solo tiro contra el Ejército Federal, el único ejército presente en la zona de Chiapas que puede recibir ese nombre, más allá de las pretensiones de otros. También se insiste una y otra vez en que en las montañas del sureste hay guerra, una guerra de exterminio contra los zapatistas y sus aliados, y por lo tanto, como hay guerra hay que hacer la paz. En realidad, el principal problema de los indígenas pasa por el reconocimiento de sus derechos dentro del actual marco constitucional, lo que supone la necesidad de negociar en torno a cuestiones distintas a las de la guerra y la paz, y sobre todo hacerlo sin las armas sobre la mesa y sin los pasamontañas puestos. No se trata de hacer pasar por el aro a los rebeldes, sino de que acepten los usos y costumbres de la sociedad a la que dicen quieren pertenecer. Más allá del áurea romántica que puede dar a estos modernos hombres del antifaz el enmascaramiento, lo cierto es que éste se usa para recordar una y otra vez que son clandestinos y que, siguiendo el pensamiento de Mao, su poder nace del fusil.

Una cuestión más sobre la cual vale la pena insistir es la de la historia de los 500 años de olvido de los derechos indígenas. Aun reconociendo claramente las difíciles condiciones de vida en que se encuentran numerosas comunidades en México y los déficits de integración política, económica y social que padecen, habría que abandonar definitivamente el tópico de que los problemas de los indígenas comenzaron en 1492. Tanto en Chiapas, como en otras regiones de América, antes y después de la conquista española vemos a indígenas explotados por otros indígenas. Recordemos los imperios mesoamericanos construidos sobre la explotación, el dominio y el vasallaje de pueblos actualmente considerados hermanos. Aún hoy, los usos y costumbres sirven para enmascarar la dominación de unos indios (los más) por otros (los que tienen cargos y el poder).

Pese al remanido discurso de la quiebra del orden político y de la podredumbre imperante en los partidos mexicanos la solución de los legítimos problemas que afectan a los indios chiapanecas pasa por la democracia y la negociación. Para ello es necesario que desaparezcan los pasamontañas y que el ejército zapatista se convierta en partido zapatista de liberación nacional. De esa manera Marcos, muy amante de las fábulas de animales, como prueba su amistad con el escarabajo Durito, evitará ser engullido por el zorro, que tiene detrás de sí el peso de todo el aparato del estado. Hasta ahora el poder evitó el enfrentamiento, un enfrentamiento que en caso de producirse daría lugar a la hecatombe del zapatismo, no de los pueblos indígenas, algo muy alejado, demasiado, del romanticismo propio del día de los enamorados.
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