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    AUTOR
Cristina Cuesta

    GÉNERO
Ensayo.

    TÍTULO
Contra el olvido

    OTROS DATOS
Madrid, 2000. 231 páginas. 2.300 pts.

    EDITORIAL
Temas de hoy



José Mª Piris (escolar). Asesinado

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Patricia Llanillo (ama de casa). Asesinada

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Alejandro Saenz Sachez (guardia civil retirado). Asesinado

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Mª Carmen Tagle (fiscal). Asesinada

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J. Angel Encinas (guardia civil). Asesinado

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Irene Fernández Pereda (guardia civil). Asesinada

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Reseñas de libros/No ficción
La paz y la palabra
Por Luis Garrido Muro, sábado, 17 de febrero de 2001
Contra el olvido debería ser un libro de obligada lectura en todos los colegios de España. Cristina Cuesta concede, al fin, la palabra a los grandes olvidados de más de 30 años de violencia y diálogo de sordos entre políticos: las víctimas. El resultado es un mosaico de miles de vidas destrozadas y su intento por salir adelante ante la indiferencia de casi todos. Estremecedor, de verdad.


Este libro no contiene ninguna tesis brillante. Tampoco es un análisis histórico o científico del problema vasco. A veces está mal escrito. Sin embargo, es un libro extraordinario. Y lo es porque cede la palabra a los grandes olvidados de la barbarie terrorista durante todo este largo tiempo: las víctimas. Muchas veces se olvida que detrás de los atentados, de los partidos políticos y de las difusas estrategias de pacificación se encuentra la terrible realidad de miles de personas que han perdido a su marido, a su padre, a su amigo, a su compañero. La realidad de unas vidas destrozadas por la violencia.

Sería conveniente revisar el tópico que informa acerca de la ejemplar y pacífica transición de la sociedad española a la democracia


Han sido muchas víctimas, casi un millar. Sobre todo en los años de la Transición. ¿Alguien se acuerda de que más de 120 personas murieron en 1980 a manos de terroristas de toda clase? A la luz de estas cifras, sería conveniente revisar el tópico que informa acerca de la ejemplar y pacífica transición de la sociedad española a la democracia. Hubo más miedo y silencio que paz en aquellos años. ETA era entonces bastante más que una simple banda de asesinos a sueldo. Era un estado dentro del estado. Decidía quién vivía y quién moría, quién era un traficante de droga al que había que eliminar y cómo y cuándo se debía pagar el impuesto revolucionario. Todo con una impunidad absoluta. Victoriano Madaleno fue secuestrado en la empresa de su propiedad en 1979. Los terroristas le trasladaron en su mismo coche hasta un monte cercano. Allí le pegaron dos tiros en la rodilla. Los secuestradores de Patxi Arín le esperaron en su propia casa con toda tranquilidad hasta que su víctima llegó de clase de inglés. En ese intervalo charlaron un rato con su mujer y sus hijas. La viuda de Serafín Apellániz también aguardó a su marido junto a los 4 encapuchados que luego lo asesinaron a sangre fría. La espera se hizo más llevadera gracias al vino que sirvió su anfitriona.

Vecinos que ya no saludan, desconocidos que se cruzan de acera, amigos que dejan de serlo, censuras de algún familiar... Las víctimas convertidas en culpables


A veces lo peor no era la muerte. El asesinato era el estigma que ETA utilizaba para culpar a las víctimas y a su entorno para siempre. Sus familiares y sus amigos pasaban a carecer de la compasión y el apoyo de la comunidad a partir de ese momento. Estaban contaminados, manchados, y sólo merecían la más cruel exclusión social. Varias personas dan testimonio de su soledad y abandono tras la muerte de sus familiares. Vecinos que ya no saludan, desconocidos que se cruzan de acera, amigos que dejan de serlo, censuras de algún familiar... Las víctimas convertidas en culpables. Sólo la hija mayor de Carmen Ibarlucea sabe que su padre murió en un atentado terrorista en 1979. El resto cree que falleció en un accidente mientras realizaba el servicio militar. Su madre no ha querido decírselo para "desterrar el odio de su educación". Es el mundo al revés. ETA era entonces una realidad social tan presente que numerosos familiares de víctimas del terrorismo acabaron por asimilar también su lógica perversa. Fueron muchos los que viajaron a Francia, al otro lado, para entrevistarse con dirigentes terroristas y obtener así alguna información. Necesitaban una explicación, el reconocimiento de un error, "que digan que mi hijo es inocente, que lo digan muy alto por la televisión, por la radio, por donde sea" como clama la madre de José Ignacio Aguirrezabalaga. Pedían la absolución de sus muertos para vivir por fin en paz.

Duele comprobar cómo las instituciones, la iglesia católica y el gobierno vasco han abandonado casi siempre a esta valerosa gente a merced de su soledad y su dolor


Junto a las víctimas, las asociaciones de ayuda a las víctimas del terrorismo son el otro gran protagonista del libro. Duele comprobar cómo las instituciones, la iglesia católica y el gobierno vasco han abandonado casi siempre a esta valerosa gente a merced de su soledad y su dolor. "Me ha ayudado la Asociación Víctimas del Terrorismo y Denon Artea y poco más", es una coletilla demasiado repetida al final de muchos testimonios. Los políticos, todos, no han estado a la altura de las circunstancias. Estas asociaciones son las grandes responsables de la campaña del lazo azul o de las grandes movilizaciones de los últimos años. Sólo a ellas cabe atribuir el mérito del despertar de la sociedad vasca. Nada mas que mil personas se concentraron en San Sebastián después del atentado que acabó con la vida de Rafael Garrido Gil, su mujer y su hijo en 1986. Fue la mayor afluencia en años. Hace un mes se manifestaron más de 100.000 personas por las calles de esa misma ciudad. Algo está cambiando en el País Vasco.

La última enseñanza del libro de Cristina Cuesta es la confirmación del abismo moral que separa a los verdugos de las víctimas. Los primeros gritan "Ordóñez devuélvenos la bala" o escriben "jódete" en el portal del sargento Alfonso Morcillo después de ser asesinado. Los segundos sólo quieren la paz. "Las víctimas no odian, es increíble. Yo creo que gracias a las víctimas y a los pacifistas se ha evitado una guerra civil, mantengo esa perspectiva", asegura el catedrático Mikel Azurmendi. Así es. Los testimonios que recoge la autora sólo traslucen paz, concordia y reconciliación. Después de años clamando en silencio por la paz este libro les concede al fin la palabra.

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