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    AUTOR
Émile M. Cioran

    GÉNERO
Aforismos

    TÍTULO
Cuadernos, 1957-1972

    OTROS DATOS
Selección de Verena von der Heyden-Rynsch. Prefacio de Simone Boué. Traducción de Carlos Manzano. Barcelona, 2000. 265 páginas. 2.500 pesetas

    EDITORIAL
Tusquets




Reseñas de libros/No ficción
Recuerda que eres mortal
Por Justo Serna, sábado, 10 de febrero de 2001
La obra de Cioran nos acerca a nuestra propia realidad, al disfrute de lo más cercano, y vacuna contra el engreimiento desbordado o la caída en la desesperación
Hay asuntos sobre los que se discute aunque sólo sea porque su condición abstracta o invisible posibilita la controversia, el conflicto de interpretaciones. Sin embargo, cuando nos las vemos con algo material, con un dato material de la experiencia, parece haber consenso acerca de su existencia. Uno de las certidumbres de nuestra cultura, uno de los hechos incontrovertibles, es la noción de obra. Cuando digo obra me refiero en este caso a la producción intelectual de la que un autor deja huella en un soporte. Un libro, por ejemplo. Si un libro contiene la materialidad de un volumen, nada habría que objetar a su definición como obra. Ahora bien, como nos advirtió Michel Foucault hace ya más de treinta años, suponiendo que nos las veamos con un autor, “¿todo lo que ha escrito o dicho, todo lo que ha dejado tras de sí forma parte de su obra?”. Más aún, reparemos en el ejemplo de Nietzsche, ejemplo que el mismo Foucault anota y que, como después veremos, viene bien a las intenciones que nos proponemos. Imaginemos un diálogo figurado entre estudiosos.

Puestos a editar las obras completas de Nietzsche, ¿dónde deberíamos detenernos o, mejor, qué cosas deberían formar parte o no de esas obras aparecidas póstumamente?, se preguntaría un escéptico o un escrupuloso. “Hay que publicarlo todo, por supuesto”, respondería el esforzado erudito. “Pero ¿qué quiere decir este ‘todo’?”, nos interrogaríamos parafraseando al primero. “Todo lo que el propio Nietzsche publicó”, diría el segundo. “¿Los borradores de sus obras?”, insistiríamos. “Desde luego”, respondería el erudito. “¿Los proyectos de aforismos?”, añadiríamos. Sin lugar a dudas. “¿También las tachaduras, las notas bajo los apuntes?”, proseguiría el escéptico. “Sí”, concedería el erudito. Pero ¿qué pasa “cuando, en el interior de un cuaderno de apuntes lleno de aforismos, se encuentra una referencia, la indicación de una cita o de una dirección, una nota de lavandería”? ¿Las tomamos como pertenecientes a la obra o no? Y si las descartamos, ¿no corremos el riesgo de sepultar una idea luminosa tomada al margen? “De entre los millones de huellas dejadas por alguien tras su muerte, ¿cómo se puede definir una obra?” La condición de póstumo no asegura la evidencia incontrovertible de la obra o la pertinencia de su inclusión en los textos definitivos.
Cuando se cierne sobre nosotros la amenaza de morir de éxito o cuando el dolor se nos vuelve irreparable, cuando el narcisismo nos desequilibra o cuando el pesimismo nos ciega, en una palabra cuando la omnipotencia infantil triunfante o frustrada regresa para dañarnos, hay que volver a Cioran

Dejemos ahora a Nietzsche y tomemos, por el contrario, a otro de los grandes maestros del nihilismo contemporáneo. Me refiero, por supuesto, a Emil Cioran. Las preguntas y las dudas que planteaba correosamente nuestro escéptico figurado son centrales en este último caso, no porque haya alguna afinidad entre ambos pensadores, afinidad que a buen seguro Cioran descartaría, sino por la condición problemática del autor y de la obra. Cioran, como sabemos sobre todo a partir de la difusión que en España hizo de él Fernando Savater, fue un apátrida afincado durante muchos años en París, un escritor que abandonó el rumano por la lengua francesa, un polemista que, pese al interés, al humor y al desgarro de sus ideas, sólo tuvo una escasa repercusión en los ambientes culturales de posguerra. Fue un estilista si por tal se entiende la expresión pasional, el retorcimiento elegante y el solecismo intencional que adrede inflige a un idioma prestado. Fue alguien que predicó el hastío de vivir –como si de un volcán apagado se tratara--, la derrota que significa abandonar lo potencial, el error que entraña el nacimiento, el vacío existencial, la nostalgia del Paraíso. No fue un existencialista angustiado al modo de los que frecuentaron el París de posguerra, no predicó la náusea ni tampoco se abandonó a un lenguaje abstruso. Practicó el sedentarismo viviendo en hoteles durante mucho tiempo, ensalzó el disfrute de las pequeñas cosas de la vida sin darles la trascendencia grave y esencial de las que carecían. No se tomó enfáticamente y se vio con ironía, con la ternura del que se sabe desvalido. Recomendaba, por ejemplo, la visita frecuente al cementerio para aplacar el dolor humano, para rebajar la herida que lo ordinario nos inflige y, más aún –añadiría yo mismo--, para alejar la soberbia, para evitar la jactancia arrogante del éxito. A lo que nos cuentan, fue a la vez orgulloso y autopunitivo, tortuoso e irreparablemente vitalista sólo porque sabía de la posibilidad cierta del suicidio. Tuvo una juventud peligrosa, explosiva, altanera, casi delirante y una madurez descreída, mostrándose cada vez más afín al budismo, a la templanza sabia que se distancia del yo enfático y evidente. Un personaje así merece la pena frecuentarlo. Cuando se cierne sobre nosotros la amenaza de morir de éxito o cuando el dolor se nos vuelve irreparable, cuando el narcisismo nos desequilibra o cuando el pesimismo nos ciega, en una palabra cuando la omnipotencia infantil triunfante o frustrada regresa para dañarnos, hay que volver a Cioran.

Hay, en efecto, que volver a la obra de alguien que nos obliga a reparar en nosotros mismos. Permítanme, para subrayarlo, exhumar una anécdota de la Roma imperial, una anécdota que recuerdo haber leído a algún otro autor pero del que ahora no retengo su nombre, una anécdota, en fin, que resulta enteramente aplicable a Cioran para poder entender la clase de tónico que el ex rumano nos administraba y nos seguirá administrando. Durante la ceremonia en la que se coronaba al nuevo emperador que accedía al trono, la tradición antigua había instituido la costumbre de que el gobernante se hiciera acompañar por un individuo que, justo en el momento de máximo esplendor, tenía por única función repetirle al oído: “Recuerda que eres mortal”. Es decir, Cioran sería como el bufón necesario que precisa el ser humano, ese ser engreído y enfático que unas veces se juzga rey y otras mendigo, que se ensoberbece o que se hunde al primer fracaso, ese ser insustancial que cree alejarse del sinsentido y de la muerte y que se piensa justificado, necesario. El hombre es mortal y Cioran cumplió ya con ese destino escandaloso.
Los Cuadernos son así retratos de interior, retazos de su psique en los que la fecha carece de importancia, puesto que expresan estados anímicos siempre presentes, logros o derrotas de un alma ya hecha

A su muerte, en 1995, se encontraron treinta y cuatro cuadernos inéditos de anotaciones, de aforismos, como si fueran las entradas de un dietario y abarcaban un período que iba de 1957 a 1972. Se publicó en Francia un volumen póstumo de mil páginas. Ahora, la editorial Tusquets tiene el acierto de proporcionarnos una versión española abreviada, una antología de esa edición original. Esos Cuadernos contienen borradores, ideas en latencia, aforismos provisionales aún por pulir o por trasladar a otros volúmenes, citas, retratos personales, estados de ánimo, invectivas, humoradas, pesimismos, euforias y exaltaciones. Expresan soledad, soledad alegre y taciturna a un tiempo, y no son propiamente un diario. ¿Deberían formar parte de unas obras completas del autor? Desde luego no son anotaciones marginales, perecederas, dado que el propio Cioran las conservó y numeró en cuadernos sucesivos, ni son simples notas de lavandería que un discípulo minucioso o una viuda desamparada exhumen por exceso de celo o por falta de resignación. Son algo más, son el relato de un autor que asiste a su agostamiento desde el primer día, pero son también el relato de lo que él mismo creía su declinación literaria (después de haber dejado de fumar, por ejemplo, como si de un Italo Svevo se tratara). Aun teniendo una cierta e irregular datación, no expresan un orden sucesivo ni dan cuenta de evolución alguna. ¿No nos había advertido en Del inconveniente de haber nacido que “lo que sé a los sesenta años, ya lo sabía a los veinte”? Los cuarenta o los sesenta años transcurridos son sólo un minucioso o incluso un superfluo trabajo de comprobación, añadía.

Los Cuadernos son así retratos de interior, retazos de su psique en los que la fecha carece de importancia, puesto que expresan estados anímicos siempre presentes, logros o derrotas de un alma ya hecha. Esos cuadernos son sobre todo daguerrotipos antiguos en las que es difícil advertir el paso del tiempo y a partir de los cuales es casi imposible ordenar el relato de una vida. El lector, es decir, yo mismo, un historiador que como dijera Foucault de todos los historiadores es sobre todo un caballero obsesionado con la exactitud, no echa en falta la cronología, sin embargo. Esto es, lee la obra como si su escritura fuera simultánea y no sucesiva, como si esas anotaciones fueran jirones contemporáneos, trozos de alma arrancados a la vez. Son, pues, un pequeño tesoro que se añade al legado mayor de Cioran, un tesoro que salvó del olvido su compañera Simone Boué, su viuda, unos Cuadernos que ella misma prologó y que no pudo ver publicados: en vísperas de su publicación, Boué moría “accidentalmente” –nos advierten los editores-- confirmando con ello el destino irreparable y escandaloso que a todos nos aguarda y haciendo de estos Cuadernos una obra doblemente póstuma. ¿La última humorada de Cioran?
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